La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 9
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Capítulo 9

El coche avanzaba con lentitud por el camino, o al menos eso sentía Sid. Era como cuando te diriges a una cita que preferirías evitar: las piernas te pesan, las aceras te resultan hostiles, pero el tiempo sigue su ritmo.

La tarde caía rápidamente, como atraída por la extraña gravedad rural. No había alumbrado, pero los faros del coche revelaban detalles de los setos y cancelas, incluso algunos que salían revoloteando al ser iluminados.

«Polillas», pensó ella. «Polillas y mosquitos.» Sin duda había otras perturbaciones a su alrededor, sobresaltos y fugas repentinas, aunque ella no llegase a percibirlas. Las criaturas nocturnas que reaccionaban al paso de aquel gran obús.

Estaba sentada en el asiento trasero, con Jim a su lado.

Jane conducía con una calma deliberada, cada uno de sus movimientos perfectamente acompasado con el avance del coche.

Jim, con el cinturón abrochado, estaba medio vuelto hacia ella y lucía una expresión de falsa afabilidad.

Su cara parecía decir que todo sería mucho más sencillo si conseguían terminar con aquello sin malgastar más aliento: en palabras, en sonrisas, en vida.

Pero también dejaba claro que estaba dispuesto a escuchar cualquier súplica que ella quisiera hacerle, siempre que no esperase que fuera a servir de nada.

Su estancia en el estudio del caserón parecía cosa del pasado, como un paseo por un huerto de frutales en un día del verano.

Aunque fuese con demora, había acabado por caer en la cuenta de que aquel pedrusco de hormigón era un fragmento del Muro de Berlín.

Eso explicaba que estuviera expuesto en el despacho del Viejo Cabrón.

El anciano había dedicado gran parte de su vida a derribar aquel muro, o eso parecía, visto en retrospectiva.

Quizá no había pasado de combatir a aquellos que lo habían erigido, y el muro sencillamente era un indicador del lado en el que él mismo se encontraba.

De haber nacido en otro lugar, tal vez habría puesto el mismo entusiasmo a la hora de hacer frente a los valores occidentales.

En cualquier caso, al final del largo camino recorrido, el pedrusco había ido a parar a la librería de su estudio, símbolo de una victoria temporal.

Pues la historia era cíclica, naturalmente, y con el tiempo se construirían otros muros, y siempre habría quienes creerían que un lado era mejor que el otro y morirían en el intento de averiguarlo.

Y a largo plazo, esos muros también caerían, junto con los tiranos que los habían construido, aplastados por el peso de los ladrillos amontonados hasta tan gran altura.

Los muros no podían perdurar. Pese a todo, ella estaba pensando que ojalá se hubiera metido en el bolsillo aquel pedrusco de hormigón cuanto aún estaba a tiempo de hacerlo.

Usarlo para machacarle la cara a Jim también habría tenido algo de cíclico.

Aunque su peso en el bolsillo de la chaqueta sin duda lo habría alertado, claro. Daban por sentado que ella estaba débil y que era improbable que se defendiera, pero Jim se habría dado cuenta si ella hubiera intentado sacar aquel ladrillo.

—¿Adónde me lleváis? —preguntó finalmente.

—Ya te lo hemos dicho —contestó él—. Al hospital.

—No, en serio. ¿Adónde me lleváis?

—Tú confía en mí. De todas formas, da lo mismo —respondió Jim.

Jane quitó las luces largas para no deslumbrar al conductor de un coche que venía de frente y volvió a ponerlas en cuanto el carril se despejó de nuevo. Sid vislumbró un campo, y un árbol solitario con las ramas enredadas en una maraña de malevolencia. Luego, el árbol desapareció.

Y el final, fuera como fuese, estaba cada vez más cerca.

Desde el otro lado del agua le llegaba el sonido de un anciano que murmuraba una canción, repitiendo la misma letra una y otra vez con la misma cadencia, como si estuviera recitando en bucle una oración, y mientras caminaba por el camino de sirga en dirección a Islington, donde el canal desaparecía bajo un túnel, a Diana le vino a la mente un recuerdo que no fue capaz de definir del todo.

Había llovido, tan sólo brevemente, pero lo suficiente para avivar unos olores escondidos que endulzaban el aire de la noche.

Las casas flotantes bordeaban el camino; algunas de ellas se usaban como plataformas flotantes para lo que, en la penumbra, parecían ser unos artefactos dibujados por Heath Robinson y concebidos para que las barcazas pudieran salir volando; sin embargo, a la luz de la mañana, esos artefactos se transformaban en simples bicicletas, regaderas, contenedores de reciclaje y bandejas de semillero.

De las casas situadas al otro lado del canal llegaban los ruidos ocasionales de la vida familiar: retazos de voces y música.

Sin embargo, con la salvedad de un corredor solitario, el camino de sirga estaba desierto, y ella se encaminaba al banco más alejado, el que estaba justo a este lado del túnel. Allí la esperaba Jackson Lamb.

Desde el camino parecía un vagabundo exhausto, y ella se preguntó por un momento si sería el emisor de aquel rezo murmurado.

Sus zapatos eran como dos bultos llenos de marcas y arañazos, los bajos de su pantalón estaban raídos y su gabardina parecía haber sido confeccionada con la ajada vela de un barco pirata.

Ella tenía claro que el olor a cigarrillos y whisky iría imponiéndose a medida que se acercara a él, neutralizando los delicados aromas liberados por la lluvia; también sabía que, a pesar de su aparente tranquilidad, Lamb habría detectado su presencia en cuanto ella había puesto el pie en el camino de sirga.

Y durante medio segundo creyó atisbar, no sin inquietud, a un segundo Lamb escondido bajo el caparazón del que tenía delante, como si el Lamb auténtico estuviera posando y su visible decrepitud no fuera más que la argucia de un escultor.

Lo mejor era pasar a la ofensiva. En realidad, lo mejor era no estar cerca de él en absoluto, pero Lamb le había enviado como telegrama a una aprendiz de espía hecha polvo, y a ella no le había quedado más remedio que acudir a la cita.

—Le has fracturado el brazo a mi agente —dijo, sentándose en el banco tan lejos de él como le fue posible.

Lamb abrió los ojos.

—Te dije que dejaras de joder a mi gente.

—¡Estamos hablando de una chica de veintitrés años, por Dios!

—Y le habría hecho lo mismo a un hombre de cuarenta.

A eso se le llama ser feminista. —La miró con detenimiento—.

Cambiando de tema: «Es posible que haya cometido un error, Jackson», ésas fueron tus palabras exactas.

Pero ¿sabes qué pasa? Que mi listado de bajas no para de crecer, está hinchándose como la polla del primer ministro en una entrega de premios de un colegio de monjas.

Así que... ¿te importaría explicarme cuál fue exactamente tu error?

¿O prefieres que intente explicártelo yo?

Cambió de postura al decirlo y, durante un incómodo instante, ella se preguntó si iba a sacar un cuchillo.

Pero no: ése no era el estilo de Jackson Lamb.

Se volvió hacia él y dijo:

—No hay Primera Mesa que no cometa un error de vez en cuando, eso va con el cargo.

Pero lo que está pasando con tus antiguos agentes no se sabe de dónde viene.

No tiene nada que ver con las operaciones en curso.

Así que lo mejor para todos sería que te quitaras de en medio y dejaras este asunto en mis manos, en manos de Regent’s Park.

—Notó que el párpado le temblaba y confió en que Lamb no se hubiera dado cuenta—.

Entiendo que todos os habéis borrado del mapa.

Es lo más sensato. Seguid así hasta que os indique que pasó el peligro y al resto de tu equipo no le pasará nada.

—Es un alivio oírlo. ¿Y ahora vas a darme un besito para que duerma tranquilo?

—Tienes que confiar en mí, Jackson.

—Es curioso. Siempre que oigo la frase «tienes que confiar en mí» tengo la sensación de que alguien está meándose en mi zapato. En fin, como íbamos diciendo: has cometido un error. ¿Todo esto tiene algo que ver con ese club en Wigmore Street? ¿El que dirige Maggie Lessiter?

—Lessiter hace lo posible por ponerle sordina al asunto —respondió ella.

—Toma, lo mismo que yo ahora. —Se tiró un pedo, un solo de trompeta de tres notas, y volvió a acomodar la nalga en el asiento—. Pero, no se sabe cómo, terminó por correrse la voz.

—Por Dios, Lamb, ¿alguna vez has considerado la posibilidad de imitar a un ser humano?

—No he conocido a ninguno al que valga la pena imitar.

—Se metió un cigarrillo en la boca, pero no lo encendió, tal vez temiendo que la atmósfera entrase en combustión—.

Ese club lo frecuentan los pijos salidos de los colegios privados más elitistas, ¿no es así?

Les sirven comida inglesa al viejo estilo, y la directora les pega en los nudillos con una cuchara de madera cuando se pasan de la raya.

Y se divierten montando rifas cuyo premio es ser el próximo primer ministro del país.

—Es verdad que alguna vez me he acercado a comer por allí —reconoció Diana—. ¿Qué tiene de malo?

—Tiene de malo que has estado metiendo mano en la caja del dinero.

Porque nadie monta una ejecución en el extranjero, y menos aún en Rusia, sin contar con un montón de pasta para hacerlo.

Y teniendo en cuenta que el «ya sabes cuándo» nos está saliendo por un ojo de la cara, todo el mundo sabe que no hay dinero disponible para según qué aventurillas del mi5 .

Así que cuando diste luz verde a esa operación en Kazán, lo hiciste con un maletín lleno de billetes usados.

¿Y qué mejor sitio que el club de Lessiter para encontrar el maletín salvador?

—Eso es pura fantasía.