Capítulo 8 #5
—Lamb piensa que alguien se está vengando por esa ejecución que tuvo lugar en Kazán hace un mes.
—Yo creía que eso era un simple rumor.
—Era un rumor, sí. Pero resulta que es verdad.
—Bienvenidos a la Calle de los Espías —murmuró Shirley.
—Cuando dices que «alguien» se está vengando, doy por sentado que te refieres al gru —indicó Lech—. ¿Han enviado a un equipo de asesinos?
—Una vez más, es una posibilidad —respondió Catherine.
—Pero ¿por qué vienen a por nosotros? —preguntó Louisa—. Nosotros no tenemos nada que ver con lo sucedido en Kazán.
—Aunque es comprensible que sospechen de nosotros —intervino Ho frunciendo el ceño.
—Esto es cosa de Regent’s Park —opinó Shirley—. Nos han metido en la mierda hasta el cuello, como siempre.
—Eso es mucho suponer, ¿no? —dijo Lech—. Una cosa es que nos usen como señuelo para sus agentes novatos, pero de ahí a que Taverner nos haya vendido a los rusos... no lo veo.
—Ya, pero nosotros hemos visto cosas de Lady Di que tú ni te imaginas —dijo Louisa—. Y hay algo más... Han matado a dos personas que ya no estaban en el equipo, ¿verdad? Eso sugiere que quien sea que esté detrás está trabajando con una lista antigua.
—En la que, aun así, seguimos apareciendo algunos de nosotros —repuso Catherine—. Por eso me quedaría más tranquila si River ya hubiera aparecido. ¿Estás segura de que ha salido de la ciudad?
—Bueno, ahora que lo dices... —señaló Louisa—. Hay algo que tienes que saber.
La interrumpió un ruido como de metal herrumbroso. La puerta de Bunhill Row estaba abriéndose. Un instante después se cerró y se oyeron unas pisadas sobre el camino de losas.
No podían saber quién se acercaba, pero estaba claro que eran dos.
—Dispersaos —ordenó Louisa.
Ella, Lech y Shirley fueron hacia las tumbas situadas a un lado de los muretes, donde podían esconderse entre los árboles.
También había algún arbusto pegado al muro: eran escondites para niños, en los que ni por asomo iban a estar a salvo.
Si los que habían ido a por Struan Loy y Kay White iban ahora a por ellos, lo tendrían fácil.
Louisa se agachó en la oscuridad e hincó la rodilla en tierra, pero, al volverse hacia sus compañeros, vio que Catherine y Ho seguían de pie a plena luz, contemplando algo situado a sus espaldas.
Era Lamb, que se acercaba caminando hacia la tumba.
Y no iba solo. Lo acompañaba una joven india cuyo brazo derecho colgaba en un ángulo extraño mientras su mano izquierda aferraba el hombro opuesto, como si quisiera mantenerlo todo en su sitio.
Lamb estaba empujándola hacia delante con una delicadeza infrecuente en él, o que rara vez mostraba.
La joven tenía el rostro contraído por el dolor y murmuraba algo en voz baja.
—Aquí llega papaíto —anunció Lamb.
Un tanto azorada, Louisa emergió de las sombras. Los otros la siguieron.
—Yo ya sabía que era él —dijo Ho en tono burlón, mirando a Louisa.
—Catherine lo sabía, dirás —matizó ella—. Tú eres lento para reaccionar.
Entretanto, Catherine estaba estudiando a la joven.
—¿Quién es ella, y qué le has hecho? Parece estar lastimada.
—Está perfectamente —respondió Lamb.
—Pues parece estar lastimada —repitió Catherine.
—Le he roto el brazo, vale. Pero por lo demás está perfectamente.
Catherine le clavó los ojos.
—¿Que le has roto el brazo? ¡Por Dios! Hay que llamar a una ambulancia.
—El primero que saque un teléfono queda despedido —dijo Lamb—. Teníais la orden de borraros del mapa y manteneros incomunicados en cuanto hubierais leído el sms . ¿O tengo que recordaros que sois espías? Toma, sujeta esto.
«Esto» era la joven, y Lamb se dirigía a Lech, a quien no le hizo mucha gracia tener que sujetar a una cautiva lesionada y claramente cabreada.
—¿Estás bien? —le preguntó mientras Lamb la empujaba hacia él.
—Cabrón —le espetó la desconocida.
—¿Quién es? ¿Y cómo es que le has roto el brazo? —preguntó Shirley.
—Zorra.
—¿Me dejas romperle el otro?
—Aquí nadie va a romperle nada a nadie —intervino Catherine.
—Ésta es de Regent’s Park —indicó Louisa.
—Vaya, veo que hay alguien despierto —dijo Lamb—. Gracias, Lara Crocs. Espero que no hayas tropezado con alguna de esas tumbas de ahí detrás. Y sí, ésta viene de Regent’s Park, y está aquí por gentileza de Míster Cagada. Nuestro amigo Ho siempre se las arregla para meter la pata, no falla.
Ho volvió a fruncir el ceño.
—Lo que nos está diciendo es que venía siguiéndote a ti, imbécil —tradujo Lech.
—Y tú te has quedado a la espera de que llegaran, para interceptarla —dijo Catherine mirando a Lamb—. Pero ¿por qué has tenido que romperle el brazo?
—Porque si le hubiera roto la pierna, habría tenido que cargar con ella —contestó el otro—. No hay que ser un lince para entenderlo, ¿verdad?
—Tenemos que llevarla a que la vea un médico —insistió Catherine—. No puedes...
—Es una fractura limpia —indicó Lamb—. ¿O crees que soy un aficionado? Tú no te preocupes, que Taverner se encargará de que la atiendan en cuanto le haya transmitido mi mensaje.
—¿Qué mensaje? —preguntó la joven.
—Que lo que sea que esté tramando se le está yendo de las manos, y que somos nosotros los que estamos pagando el pato.
Díselo a tu jefa. Dile que quiero hablar con ella sobre Kay White y Struan Loy.
Dentro de una hora. Ya sabe dónde encontrarme.
—Le lanzó una llave a Lech, que la atrapó al vuelo—.
Será mejor que la dejemos salir andando.
Ver cómo intenta trepar la verja sería divertido, pero no hay tiempo.
—¿Estás seguro de esto?
—De lo que estoy seguro es de que no quiero oírte hablar.
Durante un segundo, el grupo se quedó inmóvil, como congelado. Luego, todos, salvo Lamb, vieron a Lech alejarse por el sendero con la mujer herida, en dirección a Bunhill Row.
—¿Y has montado este lío sólo para llamar la atención de Taverner? —preguntó Catherine cuando ya habían perdido de vista a Lech y a la mujer.
—También pensé en meterle una cabeza de caballo en la cama —dijo Lamb—, pero la logística era un infierno.
—Sid está viva —anunció Louisa.
Lamb no pareció sorprenderse.
—¿Y Cartwright está con ella?
—Eso creo.
—Entonces quieres decir que Sid estaba viva hace un rato —dijo Lamb—. Y River también. —Se frotó la boca y apareció un cigarrillo—. No sé quiénes son esos cabrones, pero está claro que no son aficionados. Y, como digo, el tiempo corre.
Encendió el cigarrillo y la llama iluminó un instante su rostro.
Louisa pensó en River y se estremeció. Empezaba a llover.