La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Se bebió el chupito de vodka de un solo trago y dejó el vaso en la barra.

El pub estaba medio vacío, y no le había parecido que nadie la observara al entrar.

Por si las moscas, se quedó a la espera un par de minutos en el portal de una tienda, revisando las aceras con una mano en el escaparate para mantener el equilibrio.

Ese último vodka no había sido una buena idea.

En todo caso, la gente decía que cuando estabas borracha lo veías todo doble, y ella ni siquiera veía a una persona siguiéndola, menos aún a dos.

Eso significaba que estaba sobria y que nadie la perseguía.

Aguardó un minuto más, lo necesario para respirar hondo varias veces y entrar en calor dando un par de saltitos mientras agitaba las extremidades al compás, y salió a la acera otra vez.

Tardaría cinco minutos, diez como máximo.

Probablemente sería la primera en llegar.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Louisa.

—Yo también me lo pregunto —dijo Catherine.

El hecho de que no hubiera nadie más en las inmediaciones tampoco era una sorpresa, pues el cementerio cerraba sus puertas a última hora de la tarde.

Lo extraño era que Louisa hubiese llegado la primera, pues era la que tenía que hacer un trayecto más largo hasta allí.

Claro que había hecho caso omiso del protocolo y había ido en coche, lo que podía explicar el asunto.

Una cosa era permanecer incomunicada y borrarse del mapa, y otra muy distinta pasarse horas haciendo el primo en el transporte público.

Ella vivía muy lejos del centro porque el alquiler era más asequible, no porque le encantara viajar en metro o autobús.

—¿Alguien te ha seguido? —le preguntó Catherine.

—Estoy bastante segura de que no.

—¿Bastante segura?

—El otro día detecté a aquel tipo, y desde entonces he sido cuidadosa. O paranoica, si lo prefieres. No creo que me hayan seguido. ¿Por qué?, ¿qué es lo que pasa?

—Mejor esperamos a que lleguen los demás.

—¿Cómo es que Lamb no ha venido contigo?

—Vendrá. Por él no te preocupes.

Louisa le echó un vistazo al vestido de Catherine.

Le llegaba hasta los tobillos, como de costumbre, y las mangas se inflaban en las muñecas.

Standish solía dar la impresión de ir disfrazada de muñeca victoriana, un atavío que a pocas personas les quedaría bien, pero había que reconocer que Catherine era una de ellas.

Por otra parte, aquel vestido no era el más indicado para encaramarse por la verja de un cementerio...

—Lamb tiene una llave —reveló Catherine.

—Ya lo sé.

—Y ha dejado la puerta abierta.

—¿Cómo has adivinado que me estaba preguntando precisamente eso? Y si Lamb ha estado por aquí, ¿cómo es que ya no está?

—Mira, viene alguien.

Era Lech.

—¿Sabíais que hay dos tumbas de Blake?

Era cierto. Una pequeña lápida vertical indicaba que los restos de William Blake, poeta y pintor, yacían en algún punto cercano, pero una segunda lápida de mayor tamaño y en horizontal transmitía mayor certidumbre sobre la ubicación de sus restos.

—Ya. Y están a unos veinte metros la una de la otra —apuntó Louisa.

—Sí, lo sé.

—Entonces probablemente nos habríamos visto de todas formas, al margen de que estuviéramos esperando junto a una u otra.

—Sí, claro. Lo decía por decir.

La oscuridad era indulgente con los estropicios faciales: los piercings poco meditados, los tatuajes aberrantes producto de la ebriedad y los recargados maquillajes propios de los nuevos románticos eran menos perceptibles en la penumbra y no parecían tan ridículos.

Sin embargo, las cicatrices de Lech empeoraban en la oscuridad.

Lo primero que pensabas al verlo era que lo mejor sería encender la luz.

Seguramente no era justo meterlo en el mismo saco que a todos aquellos que, de forma voluntaria, habían decidido convertir sus rostros en materia de barraca de feria, pues no había sido él quien había tenido la idea de grabarse la palabra pedófilo en la cara.

Pero sí que había tomado la iniciativa de intentar tapar aquella palabra con cortes hechos al tuntún, por lo que algo había tenido que ver con el resultado final.

Y ahora mismo parecía estar nervioso, pensó Louisa, como si viniera de pasar una mala tarde, a saber por qué, e imaginara que las cosas tan sólo podían ir a peor.

Lo que era un estado mental comprensible después de que Jackson Lamb hubiera hecho sonar la sirena de alarma, pero...

en fin, que existía una cosa llamada actitud positiva, ¿no?

Se preguntó dónde andaría River. Ante una convocatoria de ese tipo, lo esperable era que fuese el primero en aparecer.

Y por allí llegaba Shirley, haciendo eses en dirección a la isla central del camposanto, como si hubiera estado bebiendo una copa tras otra después de salir de la oficina. Louisa no solía juzgar a los demás, pero no pudo evitar mirarla con cierta petulancia.

—Ay, por Dios —dijo Catherine nada más ver a la recién llegada—. Bebe un poco, anda —indicó, sacando una botella de agua de algún sitio.

—A tu salud —repuso Shirley, y echó un buen trago—. Todo esto da mucha sed.

—¿A qué te refieres?

—A esto. Sea lo que sea.

El cementerio estaba encajonado entre Bunhill Row y City Road, y todavía podía oírse el constante ruido del tráfico.

Shirley había llegado por esa dirección, y Louisa no pudo evitar preguntarse cuántas personas la habrían visto trepar y saltar por la verja y qué habrían decidido hacer al respecto. Probablemente nada.

Y no porque en Londres no hubiera personas con espíritu cívico, sino porque incluso tales personas preferían lavarse las manos cuando una desconocida con una trompa de campeonato procedía a encaramarse por una verja coronada con puntas de flecha.

Y en fin, tampoco estaban pisoteando las tumbas. Dejando aparte a unas cuantas personalidades ilustres, unos muretes separaban a los muertos de los senderos adoquinados.

Shirley estaba escudriñándolo todo mientras repasaba mentalmente la lista de asistencia.

—¿Dónde está Cartwright? ¿Y el mamonazo de Ho? ¿Y Lamb?

—Aquí no están, desde luego —respondió Catherine—. Y otra cosa: ¿te importaría referirte a tus colegas con un poco más de respeto?

—Perdón. El señor Lamb, quería decir.

River aún no había llegado, lo que seguramente significaba que se había ido a la casa del Viejo Cabrón para estar con Sid Baker. Louisa trató de dilucidar qué sentía al respecto, aunque tampoco es que tuviera derecho a opinar.

Sid era un miembro del equipo, pensó; uno de los primeros, aunque antes ya había habido otros caballos lentos y en el futuro seguiría habiéndolos.

A no ser que la propia Casa de la Ciénaga estuviera condenada a la extinción.

Eso de que los hubieran suprimido de los registros del servicio no era muy tranquilizador.

Oyó un grito ahogado procedente de Bunhill Row, seguido de un sonido extraño, como si algo se desgarrara, y un golpe sordo pero contundente, de esos que se oyen cuando dejas caer desde poca altura a un friki de los ordenadores contra una superficie dura.

Roddy Ho ya estaba en pie cuando ella llegó a su lado. Tenía un bolsillo de la sudadera colgando y el ceño fruncido.

—¿Te has hecho daño?

—Nada de eso. Sólo estaba practicando la técnica de aterrizaje. El truco está en rodar al tocar tierra.

—Claro —convino Louisa—. Por si te lanzan en paracaídas un día de éstos.

De vuelta junto a la tumba de Blake, se apiñaron en torno a Catherine. Shirley seguía medio ida, pero los demás empezaban a impacientarse. El cielo amenazaba lluvia y los árboles se estremecían de vez en cuando con el viento. Los frenos de un coche chirriaron en algún punto de City Road.

—¿Alguien sabe dónde está River? —preguntó Catherine.

—Creo que se ha ido a Kent —respondió Louisa.

—¿A la casa de su abuelo?

—Ajá.

—¿Por qué?

—Por una buena razón —respondió Louisa—. En todo caso, si está en Kent tardará lo suyo en llegar aquí, aunque haya salido enseguida.

Catherine frunció los labios.

—No ha respondido al mensaje de texto.

Según el protocolo, River tendría que haberse deshecho del móvil nada más recibir el sms . Y si alguien se ceñía al protocolo, era él, pensó Louisa. Iba a decírselo a Catherine, pero ésta se le adelantó:

—Bueno. Lamb me dijo que empezara en cuanto apareciera Roddy.

Ho se hinchó visiblemente.

—¿Podrías repetirnos sus palabras exactas? —preguntó Lech.

—Mejor que no.

—Porque dudo que fueran un cumplido, ¿verdad?

—Cierra el pico, Caracortada —dijo Ho.

—Ya basta. Y esto va para todos...

Louisa pensó que Catherine a veces era clavadita a una maestra de párvulos.

—Veamos. Algunos sin duda os acordaréis de Struan Loy.

—Sí —respondió Louisa.

—No —respondió Lech.

—No —respondió Shirley.

—No —respondió Ho.

Catherine se lo quedó mirando.

—Pues tú tendrías que acordarte, porque Loy coincidió contigo en la Casa de la Ciénaga.

Ho se encogió de hombros.

—¿Qué le ha pasado a Loy? —preguntó Louisa.

Se temía que nada bueno. No era probable que los hubieran convocado para anunciarles que un antiguo caballo lento había ganado el premio gordo de la lotería.

—Ha muerto en un incendio —respondió Catherine.

Una nueva ráfaga de viento sacudió los árboles, que se estremecieron en señal de protesta. Sss, sss .

—Bueno, es muy triste, sin duda, pero yo no coincidí con él en la Ciénaga —dijo Lech—. No te lo tomes a mal, pero si la idea es hacer una colecta para una corona de flores, conmigo no cuentes. Y, aparte de eso, ¿a qué viene tanto misterio?

—Porque el incendio fue provocado. Y es el segundo... bueno, el segundo licenciado en la Ciénaga que muere en pocas semanas.

Lech lo pensó un momento.

—Una estadística preocupante —convino.

—De ahí el misterio.

—¿Quién es el otro? —preguntó Shirley.

—Kay White. También estuvo antes de que tú llegaras.

—Yo sí la conocí —dijo Louisa—. Tenía entendido que había sufrido un accidente.

—Sí —respondió Catherine—. Pero un accidente que puede que no lo fuera.

—Nos están dando caza.

—Es una posibilidad.

—¿Lamb también lo cree?