Capítulo 8 #3
Al cabo de un momento, ya estaba listo para entrar en acción. «Disponibilidad operativa absoluta. Preparado para el Rod-eo», pensó. Y volvió a pensarlo, porque ésta era nueva. Lo de Rod-eo, claro.
En el más puro estilo cowboy.
La tumba de Blake quería decir Bunhill Fields, el cementerio situado no muy lejos de la Casa de la Ciénaga.
Blake estaba enterrado allí, pero eso daba igual.
Lo fundamental era que el equipo se reunía en aquel punto cuando un zurullo colosal estaba al caer y no convenía encontrarse en la propia Ciénaga.
Era la zona de emergencia. Y al recibir una llamada de ese tipo tenías que dejarlo todo y dirigirte allí de inmediato sin más, porque si te convocaban junto a una tumba, más te valía hacer lo posible para que no se convirtiera en la tuya.
(Una breve imagen pasó por su mente: la de Lamb con su cuerpo exánime en brazos.
Parecía trastornado, miraba al cielo. «¿Por qué?
», se lamentaba. «¿Por qué...?» Por la razón que fuese, iba disfrazado de Batman, mientras que él, o más bien su hermoso cadáver, llevaba el disfraz de Robin. Todo muy raro.)
Pero en fin... Cuando Lamb hacía saber que necesitaba hablar con su equipo, todos tenían claro lo que en realidad quería decir: que a quien necesitaba era a él.
Los demás estaban para hacer bulto, y no había nada malo en ello, pero lo que Lamb quería era tener a su mejor agente al lado. Los demás eran sólo un adorno.
Y ésa era la parte del trabajo que más le gustaba: la parte en que podía explotar las aptitudes aprendidas en la universidad de la calle.
Pues Roddy Ho era el Duque de lo Digital, y eso todo dios lo sabía.
Era el Máquina del Monitor, el Oráculo del Ordenador, pero también muchas otras cosas.
Cuando se encontraba alejado de sus pantallas, se convertía en un Capo de las Calles, un Rey de las Aceras, un no sé cuántos de la Ciudad.
Revolvió en la taquilla hasta dar con su segundo mejor par de zapatillas (el segundo mejor par siempre era tu mejor par, y eso lo sabía hasta el más tonto, pues era el que te calzabas cuando la cosa se ponía chunga), y luego se enfundó la sudadera con capucha azul oscuro.
Caradura y capitoste, carismático y capitán, estaba hecho todo un crack.
Esto último sí que sonaba bien. El Crack de la Ciudad.
Con una economía de movimientos nacida de la práctica, se preparó para la acción: con las zapatillas en los pies y el pelo ligeramente despeinado, salió a por todas al pasillo.
Sólo tuvo que volver sobre sus pasos un par de veces: la primera para quitarse la sudadera azul y ponerse otra negra —más propia de un ninja—, y la segunda para asegurarse de que había cerrado bien la taquilla con llave.
Y ahora sí que sí: ¡que empezara el espectáculo!
Nada de ir en coche: había que desaparecer del radar.
Lo que hacías era rendirte a la ciudad, dejar que te absorbiera poco a poco y te llevara adonde tenías que ir.
Si había alguien siguiéndote ahí fuera, tal vez te mantendría un instante en el punto de mira, pero enseguida te desvanecerías y se quedaría sacudiendo la cabeza, preguntándose qué demonios acababa de pasar.
Después volvería a apostarse en el mismo sitio, aguardando a que reaparecieras, sin comprender que ya habías pasado por allí y te habías ido; que no proyectabas sombra alguna, que te habías deslizado por las calles como un susurro y que tu paso silencioso era un himno a las energizantes y oscuras virtudes de Londres.
De manera que, si los de Regent’s Park se habían jurado seguir la pista de RodMan, más les valía poner toda la carne en el asador, pues el Rodinator no dejaba huellas a su paso. Les resultaría más fácil dar con un jirón de humo en mitad de un huracán: Roddy era el Jefazo de las calles.
Aun así, parecía que iba a llover, de modo que al final pilló un autobús.
Cuando le llegó la notificación, Lech Wicinski se preguntó qué diablos significaba aquello, pero Catherine no reaccionó ante su meditada respuesta —¿¿¿ cómo ???—, por lo que al final llamó a Shirley.
—Acabo de recibir un mensaje un poco raro.
—«Tumba de Blake», ¿no? Yo también. Significa que tenemos que ir hacia allí ahora mismo.
—¿Por qué? ¿Tú crees que Lamb se ha enterado?
—¿Enterarse de qué?
Joder.
—De que le pegamos una tunda a un civil y luego le robamos sus cosas.
—Ah, eso. —Guardó silencio un instante—. ¿Y para qué iba a convocarnos junto a la tumba de Blake para algo así? Nada más fácil que pegarnos una bronca de cojones en su despacho a primera hora de la mañana.
«Una bronca de cojones», pensó él. Por su parte, más bien estaba pensando en la secuencia policía-detención-juicio-encarcelamiento.
Shirley se lo tomaba con más calma, tal vez porque las drogas le impedían pensar con claridad, aunque, por otra parte, quizá se basaba en su experiencia personal.
Seguramente no era la primera vez que un caballo lento dejaba a alguien malparado y se largaba tan tranquilo.
Había oído rumores al respecto: algo sobre un político, un andamio y una lata de pintura.
Claro que aquello tenía más pinta de accidente que noquear a un civil con una porra y luego birlarle el dinero, por lo que era de suponer que Shirley no había estado involucrada en aquel episodio.
—¿Qué suele implicar que nos convoquen junto a la tumba de Blake? —preguntó.
—¿Qué es lo que pasa, quieres decir?
—Sí... bueno... eso.
—Quiere decir que la mierda ha ido a parar al ventilador y está a punto de salpicarnos a todos.
—Entonces ¿por qué pareces tan contenta?
—Bueno, es más divertido que irse a la camita temprano —respondió ella.
Lech interpretó que la tumba de Blake era el equivalente del Protocolo Apocalipsis establecido en Regent’s Park, por el que todos los agentes estaban obligados a abandonar el edificio, borrarse del mapa y reagruparse en diferentes ubicaciones de la ciudad.
Y, por supuesto, en el caso de la Ciénaga, con un solo punto de encuentro sobraba y bastaba.
Si hubiera varios, los caballos lentos no pasarían de ser unos cuantos grupos integrados por un único individuo, lo que de hecho venían a ser el resto del tiempo.
El protocolo también exigía que te borraras del mapa y estuvieras ilocalizable: sin teléfono móvil, sin vehículo, sin que nadie te siguiera...
Así que cogió su móvil y sacó las baterías y la tarjeta sim .
Si en la Casa de la Ciénaga había problemas serios, lo mejor era no quedar en evidencia.
Por otra parte, si se trataba de una especie de broma pesada urdida por Lamb, quería tener la posibilidad de volver a casa en un Uber, así que se lo metió todo en el bolsillo.
A continuación se miró en el espejo, como solía hacer en los últimos tiempos —vaya desastre; aquellas heridas nunca iban a cicatrizar— y salió del piso en el mismo momento en que Shirley, que seguía en el pub de Shoreditch, pedía un vodka para el camino.
En cinco minutos se plantaba en Bunhill Fields, ¿no?
En diez como máximo. Shirley tenía claro que el breve texto recibido era un mensaje de emergencia, pero, a ver, ¿de qué emergencia estábamos hablando?
Y si al final resultaba ser una de las gordas, en tal caso necesitaría meterse otro chupito entre pecho y espalda.
Seguía estando nerviosa por lo ocurrido.
Al darle vueltas al asunto, se daba cuenta de que tanto ella como Lech habían tenido suerte: él, porque ella había aparecido en el momento preciso, justo cuando el pavo del impermeable negro iba a dejarle la cara peor de como la tenía, y él y ella, los dos, porque nadie había aparecido en el retrete mientras arrastraban al fulano noqueado al interior del cubículo.
Dos golpes de suerte consecutivos, que quizá suponían el final de su racha de mal fario.
Quizá esta vez podría emparejarse en el trabajo sin que su nuevo compañero tuviera fecha de caducidad.
Y no porque su última pareja hubiera sido su mejor amigo ni nada por el estilo. De hecho, si lo pensaba bien, era posible que su antiguo compañero ni siquiera se hubiera dado cuenta de que formaban una pareja.
Pero bueno, ¿y qué más daba si tenía pareja o no?
Era un pensamiento que había estado reprimiendo desde hacía tiempo, aunque le rondaba sigilosamente por la cabeza.
Su vida amorosa volvía a ir de maravilla —llevaba ya seis días liada con la misma persona—, y tampoco es que estuviera desesperada por volver a compartir despacho con alguien.
Más bien se decía que, cuando le llegara la hora, lo último que quería era desangrarse a solas en una ladera cubierta de nieve.
Quería tener a alguien cerca, alguien que tomara su mano o repitiera su nombre.
Y no es que fuera supersticiosa. No tenía la menor intención de morir pronto.
Pero allí las intenciones no contaban, como sus colegas muertos habrían podido testimoniar.
O el mismo Blake, ya puestos. Dudaba que ese Blake hubiera escogido su tumba de antemano.
Un día estás pensando en lo que vas a hacer el fin de semana y al siguiente te encuentras con que ese fin de semana nunca va a llegar.
En cualquier caso, si Lech era el que iba a ocupar el puesto vacante, seguramente era mejor que le ahorrase algunos detalles.