La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Pues sí que se ha ido pronto.

—Había llegado al final de su período de prueba.

Estaban dispuestos a aceptarlo, pese a que había suscitado alguna que otra duda con episodios como el de Molly Doran.

Le habría bastado con esforzarse un poco en guardar las apariencias.

Pero estaba claro que no tenía intención de hacerlo: fue él mismo quien presentó la renuncia.

—Ya veo.

—¿Quiere que siga?

—Envíame su expediente. Si es que podemos llamarlo así.

—Por supuesto. Y hay una actualización sobre ese hombre muerto en un incendio cerca de Leicester. El antiguo agente de Regent’s. ¿También se la envío?

—Sí, por favor.

Una vez que Josie se marchó, ella se había puesto a ver noticias, empezando por los informativos serios hasta llegar a Go tv . Había apagado el aparato después de la entrevista a Judd.

Para entonces ya tenía dos mensajes de Josie en la bandeja de entrada del correo electrónico: el expediente de Tommo Doyle y la crónica periodística sobre la muerte de un tal Struan Loy.

Se acordaba de Loy. Era uno de esos tipos que se las dan de bromistas y que, por consiguiente, son un incordio en cualquier oficina.

En todo caso, había acabado incinerado en un contenedor de transporte en las afueras de Leicester.

La investigación seguía abierta, pero estaba claro que se trataba de un asesinato.

En su momento Loy había sido uno de los caballos lentos, pero eso no tenía nada que ver.

La gente puede morir asesinada, los caballos lentos eran gente...

En fin, aquello era un diagrama de Venn que podía verificarse en cualquier momento, y que acababa de hacerlo en las inmediaciones de Leicester.

Era poco probable que Jackson Lamb lo viera de esa forma —era bastante propenso a tomarse a la tremenda cualquier señal de peligro—, pero ella tenía otras cosas de las que ocuparse.

Y además, Lamb no tenía acceso a las actualizaciones diarias y la prensa de la capital no había informado sobre el suceso. Probablemente ni se enteraría.

—¡No me jodas! —exclamó Jackson Lamb.

Echó la cabeza atrás y se quedó mirando el techo.

—El periódico de Leicester sólo habla de «circunstancias sospechosas» —señaló Catherine Standish.

—¿Un tío que muere quemado en un contenedor de transporte? La verdad, no hace falta ser Shylock Holmes.

Catherine pensó que era mejor hacer como si no lo hubiera oído.

Un observador inexperto seguramente habría pensado que Lamb se disponía a echar una siesta.

Tenía los pies en el escritorio, con los dedos asomando por los agujeros de los calcetines y una mano apoyada en el barrigón, como en una jovial ilustración de un libro de Dickens.

Pero Catherine, veterana en esas lides, percibía la tensión que estaba apoderándose de él, y también sabía que, cuando Lamb se ponía a pensar, era como un oso en hibernación.

Más valía no molestarlo, a riesgo de perder una extremidad.

De modo que se sentó en la silla para las visitas, la situada junto al montón de envoltorios de comida para llevar, y esperó.

De los pisos inferiores llegaba una sucesión de ruidos sordos.

Pasada la hora del cierre, la Casa de la Ciénaga era un hervidero de golpes y ruidos, como si los fantasmas del lugar se pusieran a arañar ventanas y paredes tras la marcha de sus ocupantes.

Aunque quizá eso era lo habitual, lo mismo que ocurría en otros sitios, pensó Catherine: nada más que un edificio que se relajaba y se asentaba al caer la noche.

Pensó en Kay White, que se había caído de una escalera en su propia casa.

En Struan Loy, metido en una trampa metálica y gritando hasta quedarse sin aire.

Dos fantasmas más.

Finalmente, Lamb levantó el brazo que le colgaba por un lado del asiento.

Desde luego, tenía un cigarrillo en la mano.

Se lo metió en la boca y, sin que se supiera de dónde, extrajo un mechero de plástico que se negó a funcionar.

Tras mirarlo con decepción un segundo, como si se sintiera herido por su falta de respuesta, lo tiró por encima del hombro y le clavó la vista.

—Conmigo no cuentes —dijo ella.

—Dios mío. Recuérdame para qué sirves, anda.

—Fumas demasiado. Como si creyeras que eso es una virtud.

—Sólo un idiota podría creer algo así.

Mientras se embarcaba en el laborioso proceso de abrir un cajón tras otro y revolver en el interior de cualquier manera, Catherine agregó:

—Regent’s Park nos está vigilando de forma intermitente. Y alguien más nos persigue. ¿Cómo se explica que todo esto suceda a la vez?

Por toda respuesta, Lamb hizo girar la rueda de otro encendedor, extraído de las profundidades de algún cajón e igualmente inútil. Volvió a tirarlo por encima del hombro, enviándolo al mismo rincón oscuro que su predecesor.

—Esas dos cosas tienen que estar conectadas —insistió Catherine.

—¿Cómo?

—¡Qué quieres que te diga, no lo sé!

—Pues piénsalo. ¿Cuántos puntos de conexión pueden darse? ¡Por Dios, aquí no hay forma de fumarse un pitillo!

Pero, justo en ese momento, su errante mano acababa de tropezarse con una caja de cerillas.

La levantó con aire triunfal, ofreciendo a su interlocutora el panorama de una mancha en el sobaco.

Con una diligencia que habría sido la envidia de una ardilla, y hasta de un gordinflón alcoholizado, sacó una cerilla del interior con una sola mano y la prendió, aunque perdió algunos puntos cuando se le cayó la caja abierta mientras llevaba a cabo la operación.

Las cerillas restantes salieron despedidas por todas partes, pero la que estaba encendida fue a besar la punta del cigarrillo, y eso era lo que importaba.

Una vez cumplida su función, Lamb la tiró por ahí.

—Loy ya no era un caballo lento, ni tampoco White. ¿Cómo se explica que alguien pensara lo contrario?

—Porque ese alguien está operando a partir de información obsoleta —respondió Catherine.

—¿Y de dónde podría proceder?

—Ay, Dios...

—Con eso quieres decir que se te ha iluminado la bombilla, ¿correcto?

Si a mí me costara tanto sumar dos y dos, seguiría preguntándome por qué los calzoncillos se me encogen cada vez que estoy mirando porno.

—Lamb hizo una pausa para dar una calada, frunció el rostro en presunta muestra de placer y expulsó el humo con la boca abierta, como si estuviera bostezando.

A Catherine no le hubiera sorprendido atisbar un pajarito en sus fauces de cocodrilo, ocupado en picotear restos de carne prendidos entre los dientes—. Ser un genio es agotador.

—Tiene que ser difícil.

—Pues sí, y encima tengo que aguantar los desaforados sarcasmos de mis subalternos. —Se incorporó con dificultad en el asiento, hasta quedar más o menos erguido. Nuevas cerillas fueron a parar al suelo—. Hace un par de días conocí a un enano... igual lo he mencionado.

—Algo dijiste, sí.

—Me contó que su amiguito periodista había oído por ahí que Rasnokov, que ahora mismo ocupa la Primera Mesa del gru , había declarado la guerra a un departamento de Regent’s Park, el que se encarga de las ejecuciones sumarias.

Muy bonito, precioso. Salvo por el pequeño detalle de que los de Regent’s no tienen un departamento de ese tipo.

Regent’s Park puede ordenar un asesinato de forma puntual, claro, y a veces contrata a profesionales de la zona, como hizo para lo de Kazán.

Así que el gru se encuentra con el mismo problema que George Bush tuvo en su día.

¿Cómo le declaras la guerra a algo que no existe físicamente?

—Hizo una pausa para dar otra calada—. Respuesta: lo haces de todas formas y rezas a quien coño haga falta para que nadie lo descubra.

—Nos han llamado muchas cosas —dijo Catherine—, pero nunca nos han acusado de estar especializados en ejecuciones.

—Eso nadie lo piensa. Pero una vez que te ponen una etiqueta, los hechos dejan de tener importancia.

A esos sujetos les han dado nuestros nombres y les han indicado que somos los objetivos a batir, y en ésas andan.

Mientras le rompían el cuello a Kay White, seguramente se dieron cuenta de que la amiga tenía más de Mary Poppins que de Modesty Blaise, pero ¿y qué?

A ellos les pagan por hacer un trabajo, no por ocuparse de los detalles.

—Pero ¿quién nos ha puesto esa etiqueta? Algo me dice que la cosa viene de lejos, de muy lejos. ¿Es posible?

—Me gusta pensar que he hecho muchos enemigos por ahí —reconoció Lamb—.

Pero, vamos a ver, ¿a estas alturas de la vida?

Ni siquiera yo mismo me pondría en los primeros lugares de una lista de personas a las que valdría la pena liquidar.

Antes vendría la mitad de los ministros del gobierno.

Por no hablar del capullo que inventó la cerveza con sabor a frutas.

—Estoy segura de que el gru lo ve de forma parecida. Pero, en uno u otro caso, lo que es evidente es que esa lista tiene que proceder del archivo de Molly.

—Ajá. No puede provenir de los registros actuales, porque no aparecemos en ellos. Y aunque esté obsoleta, se solapa bastante con la lista actual. Si White y Loy aparecen en ella, Cartwright y Guy sin duda también. Por no hablar de ti y de mí.

—Y de Roddy.

—No hay mal que por bien no venga. —Lamb soltó una última nube de humo y aplastó el cigarrillo contra el canto de la papelera. Catherine advirtió que no se trataba de una de las aberraciones que había estado fumando en los últimos tiempos. Sólo era un cigarrillo con filtro normal y corriente.

Lamb se fijó en su mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Estaba preguntándome qué vamos a hacer ahora.

—Reunirlos a todos antes de que aparezcan nuevos fiambres —indicó él.

Catherine Standish había enviado la orden de activación, pero Ho estaba seguro de que en última instancia provenía del propio Lamb.

«Tumba de Blake. Ahora.»

Se quedó mirando el mensaje de texto durante cinco segundos, como si esperase que se autodestruyera. Finalmente tecleó su respuesta:

«Afirmativo.»

Lo pensó unos segundos y envió otra más:

«De pm .»

Por si Standish no lo había captado a la primera.