Capítulo 8
En esas reuniones a las que asistía menos de lo debido («Me llamo Catherine y soy alcohólica»), siempre le aconsejaban que soltara lastre y no se obsesionara con lo que no podía controlar.
Uno de los efectos secundarios de la adicción —o de la recuperación— era esa sensación de haberle fallado al mundo, como si se hubiera quedado dormida en el momento importante y por su culpa el mundo se hubiese ido al garete.
Y, dado el estado del mundo, no era difícil que ese sentimiento se volviese abrumador.
Pero pensar así implicaba avanzar poco a poco en la dirección equivocada. Era mejor ceñirse a los doce pasos de aquellas reuniones. Reparar el daño causado a otros, por ejemplo.
Estaba pensando en Kay White.
En la Casa de la Ciénaga se daba la peculiaridad de que sus ocupantes casi siempre sabían dónde se encontraban todos los demás.
Había organizaciones que contaban con auténticas murallas chinas para prevenir la difusión de información confidencial al exterior, pero las paredes de la Ciénaga eran como un queso suizo y estaban llenas de agujeros: literalmente —porque a más de uno le había dado por soltarle un puñetazo al enyesado— y en el sentido de que siempre se producían filtraciones.
Los gemidos de los suelos de tablones y los crujidos en las escaleras te decían dónde estaba cada uno; aquello era un panóptico auditivo, un sistema de sonido que todo lo abarcaba.
Y sin embargo, era fácil olvidarse de todos los demás.
Las distintas pesadumbres que los caballos lentos acarreaban con ellos, así como la monotonía de sus rutinas diarias, llevaban a que gran parte del tiempo lo pasaran a solas.
Algunos más que otros. Kay White, por ejemplo, no le caía bien a nadie.
Para empezar, no cerraba la boca ni un segundo, de manera que ninguno de ellos se llevó una sorpresa cuando los traicionó, ni añoró mucho su pérdida una vez que la echaron.
Y ahora que estaba muerta, la sensación venía a ser más de lo mismo: aquella mujer no había dejado impronta alguna en ese lugar; no había nada que lamentar, y la ausencia de dolor muchas veces provocaba sentimientos de culpa.
Con intención de mitigarlos, Catherine estaba esforzándose en reparar las cosas mentalmente.
La jornada de trabajo se había acabado, pero ella seguía detrás del escritorio, con las manos entrelazadas sobre el regazo y los ojos cerrados.
Cualquiera habría dicho que estaba rezando, pero simplemente estaba intentando convocar un recuerdo, tratando de evocar algún momento que hubiera compartido con Kay White, algo que se sobrepusiera al constante ruido de fondo.
Pero no había nada sustancial. Cuando Kay se había ido, junto con aquel otro —no recordaba cómo se llamaba—, ella se había sentido aliviada.
Y no era cuestión de sentirse culpable por eso.
Así era la vida: ibas coincidiendo con un montón de desconocidos que sólo estaban de paso, aunque algunos se quedaran cerca de ti durante años seguidos.
Struan Loy: así se llamaba el otro. Loy había estado en la Ciénaga por la misma época que Kay, y Lamb los había echado a ambos a la vez.
Y Struan Loy también se había sumado a aquel invisible coro formado por los que se habían perdido más allá de las lindes de la memoria.
En su caso, la mayoría eran borrachos como ella: otros alcohólicos que habían hecho lo posible por empañar cualquier recuerdo que pudiera tener de ellos, y que habían acabado convirtiéndose en meros borrones macerados en alcohol.
Pero entre los olvidados se contaban algunos caballos lentos, y ése era el motivo por el que ahora sentía aquel incómodo sentimiento de culpa. De vergüenza, incluso.
Lo mejor que podía hacer era irse a casa, estaba claro.
Pero antes —antes de atravesar el laberinto de bares y pubs de las calles de Londres, antes de enfrentarse a las licorerías, los supermercados y colmados donde se vendía alcohol, antes de pasar por delante de aquellos establecimientos tan tentadores—, antes iba a echar un rápido vistazo a los motores de búsqueda acostumbrados para ver si descubría en qué andaba metido actualmente Struan Loy.
Quizá así tranquilizaría un poco su conciencia, al menos durante un tiempo.
—Vivimos tiempos nuevos, circunstancias distintas, y están surgiendo nuevas alianzas —dijo Peter Judd—.
Se trata de una progresión natural y... en fin...
necesaria. Una progresión, repito. Y los que no se den cuenta acabarán por sufrir el destino habitualmente reservado a quienes son incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias.
—La derrota política, quiere usted decir.
—La extinción política, quiero decir.
—¡Venga ya! —dijo Diana.
Habría sido estupendo que el canal Go tv efectivamente hubiera hecho una pausa para la publicidad justo en ese momento. Pero no, nada de eso: había continuado vomitando la misma mierda.
—Y usted considera —prosiguió el entrevistador— que Desmond Flint es una de las personas que encarna las nuevas circunstancias sobre las que estamos debatien...
Ella apagó el aparato.
Las apariciones televisivas de Judd no habían disminuido desde su marcha del gobierno, un giro en su carrera política que ciertos comentaristas describían como una caída en desgracia.
El hecho era que Judd nunca había aspirado a la gracia divina, por lo que su nueva situación no le había supuesto un gran problema.
Por lo demás, la idea de que su influencia se había agotado sólo tenía sentido si se tenía en cuenta la opinión general, pero en la actualidad el buen juicio ya no servía para nada a la hora de hacer predicciones políticas.
Los caminos seguidos por los líderes mundiales para acceder al poder —entre los que se contaban la conspiración, el racismo visceral, la fecundidad indeterminada y hacer trampas en el golf— estaban tan alejados de las rutas tradicionales que tan sólo un imbécil osaría efectuar predicciones de futuro.
No era de extrañar, por tanto, que Peter Judd siguiera siendo un comentarista político muy popular.
Él quizá no era un imbécil, pero sus partidarios a ultranza eran otra cosa.
Ella estaba en su despacho, protegiendo su intimidad con la pared de cristal esmerilado.
En la oficina central, el personal del turno de noche se estaba poniendo manos a la obra, prestos a responder a las constantes emergencias de seguridad nacional.
Una de ellas, pensó Diana, estaba teniendo lugar en ese mismo momento: Judd había cumplido las amenazas que había insinuado en su última reunión y había pasado a apoyar el movimiento de los chalecos amarillos.
Había quienes aseguraban que eso equivalía a colaborar con el partido nazi.
Pero claro, últimamente los nazis contaban con muchos apoyos.
El viejo adagio de que convenía aprender del pasado no siempre implicaba el estudio de movimientos históricos de carácter monstruoso a fin de que nunca volvieran a producirse.
También podía indicar la intención de perfeccionar sus trayectorias con la esperanza de que la próxima vez salieran triunfadores.
Durante su reunión, Judd había formulado otra amenaza todavía más clara: «Si disgustas a unos hombres ricos y poderosos, harán lo posible por evidenciar su disgusto.»
Y cuando te metías en un callejón sin salida, lo mejor era tomarte un tiempo prudencial antes de volver a asomar la nariz.
Aquella tarde había estado reunida con el equipo de Operaciones, uno de cuyos actuales proyectos de bajo nivel era la infiltración en el movimiento de los chalecos amarillos.
Nada demasiado importante: un par de jóvenes que repartían folletos, apilaban sillas de plástico y hacían lo posible por mostrarse útiles.
La idea era tener un ojo puesto en aquella tropa, por si las cosas se desmandaban y hacía falta sacar la polla.
Pero esa tarde ella les había anunciado que el operativo quedaba en suspenso.
En torno a la mesa redonda, los asistentes a la reunión se miraron con extrañeza.
—¿Le parece prudente? Todo parece indicar que ese movimiento está ganando empuje, y no al revés.
—Y nosotros nos vemos obligados a caminar sobre la cuerda floja —dijo Diana—. Nuestra función es proteger la seguridad nacional, y eso no incluye vigilar con excesivo celo las opiniones disidentes.
—Pero...
—No pretendo abrir un debate al respecto. Sólo estoy explicando cuál será nuestra estrategia.
—Si usted lo dice.
—Pues claro que lo digo. Acabo de decirlo, ¿no?
El ambiente mejoró un poco cuando empezó a exponer los detalles de la nueva financiación, pero la orden de olvidarse de los chalecos amarillos le había dejado un regusto de traición, por lo que se alegró cuando la reunión tocó a su fin.
En cualquier caso, era una medida necesaria, pues le daba cierto margen mientras decidía qué hacer con Judd y con Cantor.
Seguro que encontraría una salida. Se había metido en un berenjenal, claro, pero llevaba suficiente tiempo en Regent’s Park como para confiar en su capacidad de maniobra.
Incluso sin escaño en el Parlamento, Peter Judd seguía siendo una fiera peligrosa en la jungla política.
Pero ella se había curtido en la Calle de los Espías, donde las fieras peligrosas formaban parte de las bajas diarias.
Judd era rápido a la hora de actuar, había que reconocérselo.
Ella no se esperaba que hiciera público su apoyo a los chalecos amarillos con tanta celeridad.
Por otra parte, si al final resultaba que había cometido un catastrófico error de juicio al respaldar a Desmond Flint, lo afrontaría con su estilo habitual: fingiendo que aquel apoyo nunca había existido.
La obediencia con que la opinión pública lo seguía por vericuetos así era realmente asombrosa.
Josie había interrumpido sus meditaciones justo antes del cambio de turno.
—Me preguntó por Thomas Doyle, un recién incorporado a los Perros.
—Sí.
—Pues ya nos ha dejado.