La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

Volvían a estar en un pub, aunque distinto al anterior, después de haber salido del coliseo por caminos separados y volver a reunirse en un callejón contiguo a Shoreditch High Street.

El del impermeable negro —al que ella había dejado comatoso golpeándolo con una pequeña cachiporra de cuero— se había quedado recostado en un retrete con las piernas extendidas, de manera que bloqueaba desde dentro la puerta del cubículo.

«No se morirá», había sentenciado Shirley tras pensarlo un momento.

No tenía formación médica, claro, pero sí considerable experiencia farmacológica.

Lech estaba muy nervioso: los ojos se le iban a la puerta cada vez que alguien entraba en el pub. Cualquiera diría que nunca había dejado fuera de combate a un desconocido en un urinario. Y de hecho, cuando ella le mostró la cachiporra, se le escapó un gemido.

—Esconde eso ahora mismo. Es un arma letal.

—Siempre puedo decir que es un nuevo tipo de consolador.

—Aun así, podrían detenerte.

En vista de que antes no había podido culminar la faena, ella se dirigió al cuarto de baño antes de acabarse la primera jarra de cerveza. Tras volver, con los ojos más brillantes y meneando el trasero, dejó sobre la mesa todo lo que había encontrado en los bolsillos del tío del impermeable negro.

—Joder, Shirley —musitó Lech al tiempo que recogía las llaves y el teléfono y se los metía en el bolsillo—. ¿Y si levantamos una pancarta que diga «somos atracadores»?

—Nadie está mirando.

—Eso es lo que quieres pensar.

Registró la billetera mientras ella aprovechaba para engullir unos revitalizantes tragos de cerveza.

Ya había estado en ese pub. El barrio de Shoreditch era su terreno de juego habitual, aunque ahora igual tendría que llamarlo su campo de batalla —a cachiporrazos—.

Se miró los dedos, que le hormigueaban ligeramente.

Nada como un buen leñazo para estimular la circulación...

Tuvo el impulso de decírselo a Wicinski, pero lo dejó para más tarde: se había puesto verde cuando el del impermeable negro cayó despatarrado.

Un Lech menos verde le preguntó:

—¿Sabes qué no encuentro?

—¿Qué?

—El carnet del servicio.

—Bueno, pues vuelve a mirar.

—He mirado y remirado.

—Ya, pero quizá lo llevaba en el bolsillo del pantalón y no lo he encontrado.

—O no tenía el carnet.

—O se lo había dejado en casa.

—¿Eso a ti te ha pasado alguna vez?

A ella nunca le había pasado: su carnet era prácticamente una extensión de su cuerpo.

Siempre existía la posibilidad de que tuviera que enseñárselo a un policía interesado en abortar un trapicheo con drogas, o de que quisiera usarlo para impresionar a alguien.

Cosa que casi nunca hacía, por cierto. Como mucho, un par de veces o así.

—¿Y si ese fulano no andaba siguiéndome? —dijo Lech.

—Es casi seguro que sí.

—Pero ¿y si no?

—¿Qué pone en su documentación?

En la billetera había unas cuantas tarjetas de crédito a nombre de D. Walker, pero ningún documento con foto. Y ningún carnet del servicio.

—Llevaba un impermeable reversible —observó Lech—. Se lo ha cambiado de lado cuando lo he perdido de vista un momento. Para que yo no me diera cuenta de que andaba por allí.

—Pues ahí lo tienes. Sin duda te estaba siguiendo.

—A no ser que me equivoque. Es posible que en todo momento llevara el lado negro por fuera.

—¿Y qué estaba haciendo, entonces?

—¿Esperar a alguien?

—¿Y por qué te ha seguido a los servicios?

—Porque se estaría meando —dijo Lech—. Por Dios, ¿qué es lo que hemos hecho?

—Poniéndonos en el peor de los casos —dijo ella—, hemos noqueado a un civil.

—Al que además le hemos robado la billetera y el móvil.

—Bueno, eso también.

—¡Es algo serio!

Y lo era, pero ella consideraba que lo mejor era quedarse con la parte divertida del asunto. Además, técnicamente, en último término siempre se podía atribuir la culpa a Regent’s Park.

Por otra parte, si uno se ponía en plan leguleyo, la culpable no era otra que ella misma y su cachiporra de cuero.

—Yo no soy precisamente fácil de confundir con otros —dijo Lech.

—Ni yo —repuso ella.

—Sí, pero a ti el tipo no ha llegado a verte.

Ella lo pensó un momento.

—Igual estás metido en un lío de cojones.

—Gracias.

Shirley contempló el botín en la mesa.

—Será mejor que nos deshagamos de todo esto.

—Se lo podemos devolver al fulano por correo —sugirió Lech.

—Tampoco estaría de más que nos pagase la siguiente ronda —dijo ella.

No parecía que fuese mucho pedir, en vista de que el menda del impermeable los había tenido entretenidos un rato. Pero Lech no quiso ni oír hablar del tema, y Shirley hizo un mohín de fastidio al ver que la billetera iba a parar con el resto del tesoro al bolsillo de su compañero.

—¿Otra copa? —sugirió.

—Yo me voy a casa —dijo Lech.

—Creo que será mejor que no volvamos a acercarnos por Old Street, al menos durante un tiempo.

Él no le agradeció el consejo, como tampoco le había agradecido que le salvara el pellejo en el retrete. Pero estaba acostumbrada a que nadie la valorara.

Se quedó a tomar otra copa.