La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Fue un uppercut sin demasiada fuerza, y con el inconveniente de que su objetivo era el lado de la cabeza del tío del impermeable, lo que daba pie a que la peor parada fuese su propia mano.

Pero tampoco estuvo tan mal: un cinco sobre diez, quizá, y hasta hubiera podido ser un siete o un ocho si hubiera llegado a conectar.

Pero falló por un par de centímetros, pues el otro apartó la cabeza con habilidad, dejando bastante patente que el asalto de un desconocido no le resultaba algo inusual.

Estaba mejor adiestrado y también en mejor forma.

O sencillamente era mejor. Eso tampoco se podía descartar.

Y a continuación le asestó dos golpes a Lech en el estómago, en rápida sucesión. Él trastabilló hacia atrás, derribando la puerta de un cubículo, y tan sólo logró mantenerse en pie extendiendo las manos y apoyándose en ambas paredes, lo que venía a ser toda una invitación al siguiente golpe...

Un golpe que resultó ser una auténtica maravilla, de los que te acuerdas al despertarte durante meses y meses, y cuyo aniversario celebras escondiendo la cabeza bajo la almohada y llorando en silencio.

Por suerte para él, quien lo propinó fue Shirley, y quien lo recibió, el tío del impermeable.

Cuando River llegó, la casa estaba tan oscura como una frase de una canción de rock.

Mientras aparcaba en la cuneta, reparó en las roderas recientes dejadas por otro vehículo.

Podía ser algo, podía no ser nada, pero en lugar de recoger las compras que llevaba en el asiento posterior —pan y queso, y algunas otras cosillas que podían gustarle a Sid—, se dirigió a la casa de inmediato, por la parte de atrás.

La puerta no estaba cerrada con llave. Y en el cristal había un boquete, practicado de modo primoroso.

Esto no era el destrozo de unos gamberros.

—¿Sid?

La casa desocupada respondió de la manera predecible.

—¡Sid!

No tenía sentido intentar pasar desapercibido, así que echó a correr por el pasillo mientras de las baldosas brotaba el recuerdo de una queja de su abuela Rose: «No corras por la casa, cariño.

» El estudio se encontraba a oscuras. Sid había estado allí —su manta estaba tirada por el suelo y había un vaso medio lleno de agua junto a un libro abierto en la mesa—, pero ya no estaba.

Corrió al piso de arriba, fue de una habitación vacía a la siguiente. Las paredes desnudas lo contemplaban desde todos los ángulos.

De vuelta en el despacho, hizo lo posible por tranquilizarse y trató de recordar lo que le habían enseñado en sus días de adiestramiento.

No había señales de pelea, sino sólo de que alguien había tenido que marcharse de repente.

El gran pisapapeles de cristal que le habían regalado al Viejo Cabrón por su jubilación había ido a parar al suelo.

Lo recogió, sorprendiéndose como siempre de lo pesado que era, lo escudriñó en busca de respuestas y terminó por devolverlo a su estante.

No tenía ni idea de dónde estaba Sid, pero su chaqueta y sus deportivas ya no estaban allí.

Si alguien se la hubiera llevado a la fuerza, no iba a preocuparse por recoger esas cosas.

Y si habían ido a buscarla, la vigía de la casa vecina tenía que haberse enterado.

Un segundo después ya estaba aporreando la puerta de Jennifer Knox.

—¡Ay, por Dios! ¡Ay, por Dios! ¡Ay, por Dios!

—Lo siento, no pretendía...

—Es muy tarde.

No tanto, pues aún no eran las ocho, si bien la oscuridad iba abriéndose paso por los caminos cercanos mientras el vecindario empezaba a acurrucarse como una paloma en su nido.

—Lo siento, señora Knox. No la molestaría si no fuese una emergencia, pero tengo que saber si alguien ha venido a la casa de mi abuelo. ¿Ha visto algún coche?

—¿Esto tiene que ver con su amiga?

—Con mi amiga... sí.

—Se ha ido en el coche con los otros dos, no hace ni cinco minutos.

—¿Qué otros dos?

—La pareja de... —bajó un poco la voz—. La pareja del hospital.

—A ver —dijo River—. Me está diciendo que una pareja ha venido.

—Un hombre y una mujer, sí.

—En un coche.

—Sí. De color plateado, creo. O blanco. No es fácil distinguirlos con la luz de las farolas.

La anciana se hizo a un lado para que entrase en la casa y él lo hizo, dejando la puerta abierta. Iba a tener que irse a toda prisa y no quería obstáculos en su camino.

Pero la señora Knox ya estaba dirigiéndose a la sala de estar.

—¿Le importaría cerrar la puerta para que no se escape el calor, por favor?

Él la cerró y volvió a la sala.

—¿Le han dicho adónde iban?

—Han dicho que esa muchacha no se encontraba bien. ¿He hecho lo que tenía que hacer?

—¿Le han dicho adónde iban? —insistió él.

—La chica lleva días en la casa, y no ha salido ni una sola vez. Yo creía que ya se habían llevado todos los muebles. ¿Dónde habrá dormido, si no hay camas?

—Señora Knox...

—Se han sorprendido cuando les han dicho que la muchacha estaba dentro. Pensaban que no había nadie en la casa.

Él se tomó un momento para sopesar estas palabras. ¿Habían ido en busca de Sid, pero no esperaban encontrarla o ni por asomo habían ido en su busca?

—Pero sabían a quién me refería cuando les he dicho que usted tenía alojada a una amiga en la casa.

—¿Y le han dicho adónde iban?

La otra frunció el ceño.

—Señora Knox...

—Por favor. No me gusta que me presionen.

—Lo siento, pero es importante. Necesito saber adónde se han llevado a mi amiga.

—Han dicho que la trasladaban de vuelta al hospital. Y que no me preocupara si la veía un poco nerviosa, porque llevaba cierto tiempo sin tomar su medicación.

—¿Ha visto cómo se marchaban con ella?

—Usted no me dijo que esa chica estaba tomando medicación. Debería haberme avisado, ¿no?

—Lo siento. —Improvisó y descartó una serie de cuentos chinos sobre leves dolencias que requerían dosis mínimas de medicación, pero todo esto era perder el tiempo—. ¿Sabe qué dirección tomaban?

—No estoy segura. ¿El hospital dónde queda?

—Hay diferentes rutas —respondió River—. Y tengo que hablar con ellos de inmediato. ¿Por dónde...?

—Carretera abajo —dijo la mujer—. En dirección al pueblo seguro que no, porque en tal caso los faros del coche habrían iluminado mis cortinas...

Que no llegaban a estar cerradas, no del todo.

Había un pequeño hueco, frente al que se encontraba una mesita con un cuaderno y un bolígrafo al lado.

Nada más verlos, se hizo una visión de conjunto de la vida de la señora Knox, tan nítida que se diría iluminada por un foco.

Ahí lo tenía, con eso llenaba sus días vacíos.

Sin pedir permiso, atravesó la estancia y agarró el cuaderno.

—Pero, pero... ¿se puede saber qué...?

—¿ xth ?

—¡Esto es privado!

—Era lo que ponía en la matrícula, ¿verdad?

—¡Para que lo sepa, yo no me dedico a fisgonear!

—Me da exactamente igual. Es lo que pudo anotar de la matrícula, ¿cierto?

—Mire usted, yo vivo muy sola y...

«¿ xth ?»

Habría podido memorizar las letras sin dificultad, pero no iba a hacerle falta.

—Lo siento —dijo, aunque no lo sentía en absoluto.

Arrancó la hoja de la espiral del cuaderno.

—¡No puede hacer eso!

Pero sí que podía, y lo había hecho. Le dio las gracias a la vecina, o se disculpó. O al menos hizo una de las dos cosas, se diría a sí mismo más tarde.

Con las prisas por llegar al coche, no cerró la puerta al salir. Una imagen se grabó en su memoria al marcharse: la señora Knox enmarcada por un rectángulo de luz en el umbral de su casa. Retorciéndose las manos, posiblemente.

—¡¿Dónde te habías metido?!

Shirley se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? Estaba al acecho, esperando a que le hicieras picar el anzuelo y lo llevaras a la red.

—Pero no te he visto por ninguna parte.

—Se suponía que no debías verme.

De hecho, Lech habría necesitado una vista sobrehumana para conseguirlo, pues ella estaba bastante lejos, tras decidir deshacerse de su propio perseguidor.

Se le había ocurrido coger la Northern Line hasta King’s Cross para despistarlo, pero se había equivocado de andén y había acabado haciendo un breve e imprevisto viaje hasta Mornington Crescent.

Al final le salió bien, porque nadie la siguió en ese recorrido.

De hecho, iba sola en el vagón. Su perseguidor seguiría ahora mismo en algún punto de la línea...

a menos que no hubiera habido nadie siguiéndola, claro.

Ése era el problema de esas mierdosas gincanas de adiestramiento de Regent’s Park: nadie te decía cuándo empezaban ni cuándo terminaban, si es que terminaban.

Luego, cuando por fin había vuelto a Old Street, se había quedado un momento junto a los tornos y luego había dado una vuelta —abajo y arriba— sin ver a Lech ni, mucho menos, a su perseguidor.

Así que había decidido que necesitaba un pequeño estímulo para mantenerse bien despierta y había entrado en los baños a meterse una raya.

Entonces había oído la voz de Lech en los urinarios.

No tenía por qué dar explicaciones sobre lo que hacía allí dentro; bastaba con el hecho de que había estado a su lado cuando las cosas se habían puesto difíciles.

Extendió la mano e hizo un gesto en el aire.

—Fíjate: soy tan intuitiva y rápida como Wonder Woman.