La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—A nosotros nos encantaría ser tus amigos.

—Sí, ya lo creo.

La puerta se había abierto y aquellos dos habían entrado de una forma que se antojaba irremediable.

Como si fueran unos compradores potenciales y esa casa formara parte de su lista, con sus habitaciones espaciosas y bien ventiladas, aunque probablemente habría que resolver algunas dudas sobre el nivel freático.

Y entonces, ¿en qué se había convertido ella, cuyo nombre tan bien conocían? ¿En su agente inmobiliaria?

—River no tardará en llegar —les dijo—. River Cartwright.

—Eso es bueno. Pero cuando él llegue, ya nos habremos ido. Siempre vamos rápido.

—¿Tienes un abrigo, Sid? ¿O una chaqueta? Fuera hace un poquito de frío.

—Es lo normal en esta época del año.

Jane era rubia y Jim, moreno. Sin embargo, si los mirabas de cerca —en lugar de mirarlos, por ejemplo, desde lo alto de una ventana—, ni el uno ni la otra lo eran de forma convincente.

Sid sospechaba que se habían pasado una hora en el cuarto de baño del hotel, tiñéndose el pelo con productos comprados en alguna droguería cercana.

Iban vestidos igual que la primera vez que los vio, con camisas blancas bajo las chaquetas y abrigos negros, y hablaban animadamente y con mucho desparpajo.

No llegaban a recitar un guión, pero improvisaban el diálogo para lo que tenían planificado, y si el efecto era un tanto artificioso, pues qué se le iba a hacer.

¿Qué cabía esperar de dos malos actores?

—Yo no voy a ninguna parte —dijo ella.

—Eso tendrás que reconsiderarlo —indicó Jane.

—Tú no estás bien —explicó Jim—. ¿O ya no te acuerdas? Estuvieron cuidando de ti, en un sitio muy bonito, pero te fuiste antes de lo previsto. Sigues teniendo esos dolores de cabeza, ¿no es así?

—Y van a empeorar sin tratamiento —terció Jane.

—Así que lo que vamos a hacer es dejarle una nota a ese señor Cartwright. Le indicaremos adónde te llevamos, para que pueda ir a visitarte.

—Pero cuanto antes nos vayamos, mejor.

—El tráfico a veces está imposible.

—¿Cómo habéis averiguado dónde estaba? —preguntó Sid.

—Bueno, porque nos presentamos en la casa de la ancianita de al lado y estuvimos charlando un poco con ella.

—Es lo bonito de vivir en el campo, ¿verdad? La gente se fija en lo que sucede alrededor. Si estuviésemos en una ciudad, podrías llevar meses viviendo aquí sin que nadie se hubiera enterado de cómo te llamas.

—Años incluso.

—Así es: años, como dice Jane.

Jane acababa de encontrar la chaqueta de Sid, colgada en el respaldo de una silla.

—Será mejor que dejes eso por ahí. Da la impresión de ser un estorbo; es demasiado pesado.

Sid contempló la pistola inútil en su mano. Menuda arma más estúpida había elegido; aquello era como irse a la guerra empuñando un recuerdo turístico.

« Tch, tch, tch .»

El ruido que aquel trozo de metal hizo al caer contra la alfombra sonó un punto agresivo.

—Buena chica —aprobó Jim.

—Mira, esto es lo que vamos a hacer —sentenció Jane—. Vamos a subirnos los tres a ese coche tan bonito y caldeadito que está ahí fuera, y te llevaremos de vuelta a un lugar en el que cuidarán de ti. A un lugar del que no tendrías que haberte ido.

Sid recuperó la voz.

—Vosotros no venís de allí. No venís de la granja.

—No, cariño. Pero suelen llamarnos cada vez que hay que llevar a alguien de vuelta.

—A alguien que se ha escapado.

—Como tú misma.

Sid pensó que podía llegar corriendo hasta la puerta. Aunque quizá no. Y entonces Jim se ocuparía de ella, o a lo mejor Jane...

«Ha llegado el momento de usar tus neuronas, ma chère », dijo Poirot.

«Las pocas que te quedan», agregó la bala.

—O podrías volver a escaparte —le dijo Jane. Se agachó para recoger el trozo de metal y lo acarició un segundo mientras miraba a Sid—. Incluso podrías ir corriendo a casa de la vecina y decirle a la buena señora que vamos a llevarte a un lugar horrible.

Dejó el objeto metálico en el estante.

—Pero esa señora no va a creerte —intervino Jim—. Porque ya nos hemos ocupado de hablar un poco con ella.

—Y sabe que eres una persona inestable —prosiguió Jane—. Una persona muy capaz de hacerse daño a sí misma.

—Por lo que es mejor evitar males mayores.

—No te serviría de nada montar un escándalo. Vamos, ponte la chaqueta.

«Eso de la chaqueta tiene... ¿cómo se dice?... sentido», dijo la bala.

Así que no iba a poder correr hasta la puerta.

Jim le sujetaba la chaqueta para que metiera los brazos en las mangas.

«Tienes que ser como Villanelle, como Lara Croft», estaba pensando ella, pero seguía siendo Sidonie Baker, y Jim no parecía dispuesto a ofrecerle ninguna alternativa.

Acabó cediendo y, al acercarse, notó que la chaqueta la engullía.

—¿Estás lista?

«Más que lista, foutue : jodida», sentenció la bala.

Jim abrió la puerta con una pequeña reverencia, como si fuera un mayordomo, y la invitó a pasar.

—Saldremos por la puerta posterior —indicó en una voz tan baja que apenas se oyó.

Jane, la última en salir, apagó las luces.

En el cristal de la puerta trasera, una mano experta había abierto un boquete circular para alcanzar el pestillo, descorrerlo y acceder al interior.

La salida estaba siendo menos complicada.

Mientras la conducían al coche, Sid contempló la casa de la vecina, medio oculta tras la pantalla del seto.

Había luces en la casa, pero ninguna señal de movimiento.

Esperaba que no le hubieran hecho nada malo a la señora que vivía allí.

Tampoco tenían motivo para hacerlo, claro.

Pero la historia reciente estaba marcada por los daños colaterales, por la metralla que, con absoluta indiferencia, desgarraba vidas inocentes.

Si aún quedaban vidas inocentes en el mundo, claro.

Eso fue lo que pensó ella, pero aquel pensamiento le resultaba demasiado pesado, como si fuera un anuncio del viaje final.

Se sentó en el asiento posterior, con Jim a su lado.

El cinturón de seguridad estaba demasiado apretado, pero no se molestó en reajustarlo: en la vida había muchas cosas a las que terminabas por resignarte.

Y ahora era el momento idóneo para pegarle un puñetazo a su perseguidor.

Más que nada porque estaba ocupado en echar una meada: uno de los tres momentos primordiales en los que la atención se centra en otras cosas.

Aunque su meada era extrañamente silenciosa, lo que significaba que, o bien estaba fingiendo, o bien era uno de esos individuos a los que les resultaba imposible orinar con un desconocido al lado, como le ocurría a él mismo.

De manera que tal vez estaba preparándose para un puñetazo inminente y se apartaría con un ágil movimiento cuando él se lanzara al ataque, y entonces él acabaría con una de esas lesiones que se ven en los dibujos animados cuando un puño se estrella contra una pared de hormigón: una mano hinchada, del tamaño de un guante de boxeo, y palpitante como un trombón mudo.

Y no todo quedaría ahí, porque él era más bien especialista en análisis y estrategia, o lo había sido durante su etapa en Regent’s Park: su trabajo consistía en recopilar datos, hacer observaciones, incluso analizar de forma obsesiva detalles insignificantes.

Un analista perfeccionista, podría decirse.

Si hacía falta asestar unos mamporros a alguien, siempre tenía la opción de llamar a otros para que se encargaran.

Y no porque él fuera un miedica, sino porque cada uno debía centrarse en sus puntos fuertes.

Y además, si estaba equivocado y ese hombre de hecho era un civil, no parecía una buena idea soltarle un puñetazo.

Porque, más que el salón de la última oportunidad, la Casa de la Ciénaga era el tugurio de la oportunidad cero.

Cualquier error por su parte sería el último dentro del mi5 , y endilgarle un puñetazo a un desconocido que estaba en un urinario público y no se metía con nadie seguramente contaba como error.

De manera que, en lugar de recurrir a la fuerza física, dijo:

—Te he pillado.

El otro no se volvió.

—¿Cómo?

—Que te he pillado.

—No sé de qué me hablas, colega. ¿Te importaría dejarme en paz? Estoy tratando de echar una meada.

—Tú eres de Regent’s Park. Se supone que tenías que hacerme un seguimiento sin que te descubriera. Pero mira tú por dónde: te he descubierto.

El del impermeable dejó de mear, o dejó de fingir que estaba meando, o renunció por completo a tratar de mear. Después de subirse la bragueta, se volvió y clavó la vista en Lech.

—No sé qué son estos jueguecitos con los que me vienes, pero más te vale buscar a otro con quien jugar, ¿me explico?

Porque si sigues mosqueándome, vas a acabar con la cabeza metida en uno de ésos...

—Señaló el urinario a su espalda—. ¿Queda claro?

Porque te meto de cabeza —recalcó, y le dio un fuerte empujón en el hombro al encaminarse hacia la salida.

«Ha sido bastante convincente», pensó Lech, quien en otro tiempo se habría hecho a un lado asumiendo que había cometido un error o contemplando, cuando menos, dicha posibilidad.

Pero eso era en otro tiempo, cuando tenía la cara de siempre.

Antes de que su rostro pareciera el dibujo de un nudo ferroviario hecho por un niño de cinco años.

Identificación, carnet del servicio, cartera, teléfono.

Y ya puestos, la calderilla que llevase encima y hasta las llaves de su casa.

Y a tomar por culo. Que se joda.

—No te has lavado las manos —dijo.

—Vete a la mierda —le espetó el del impermeable negro.

Y él le soltó el puñetazo.