La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Eso significaba que tendría que devolvérsela, lo que sin duda acabaría provocando una escalada. Pues bueno, tarde o temprano tenía que llegar ese momento.

Al pasar junto a la columna central volvió a detectar a su sombra, todavía con impermeable negro, pero no se detuvo ni un segundo a mirar. Eso sí, el lenguaje corporal del otro delataba alivio. Muy bien: el tipo había creído por un momento que la había cagado, que se le había escapado.

Ahora —en el próximo minuto, más o menos— apretaría de más para compensar y procuraría no perderlo de vista. En teoría, al menos.

Recordaba esa sensación: durante la fase de adiestramiento había metido la pata más de una vez y, al darse cuenta luego, siempre se preguntaba si aquélla sería la última, si lo llamarían para una de aquellas entrevistas breves en las que te daban las gracias por tus esfuerzos y te aseguraban que alguien con tus dotes tenía un sinfín de posibilidades por delante: la jardinería, los seguros de vida...

o quizá algo relacionado con la informática, pero nada complicado.

Eso sí, de Regent’s Park ya podías olvidarte para siempre, y además tenías prohibido volver a hablar del tema. «Firme aquí, por favor.»

El tipo que lo seguía seguramente estaba pensando que aquél era el peor resultado posible. «Créeme», pensó él mientras volvía por Subway 4, «no es lo peor que te puede pasar».

En lugar de salir a la calle, se detuvo a medio camino y entró en los urinarios públicos.

Los golpes en la puerta trasera cesaron por completo, como si esos dos esperasen oír una respuesta. Al ver que no llegaba, volvieron a llamar con insistencia.

Tal vez, si se quedaba quieta y en completo silencio, pararían, pensó Sid. Pero ese razonamiento era el típico de un animal asustado: el instinto que paraliza a un conejo en la carretera, como si así los coches fueran a desaparecer. Y esto último no suele ocurrir.

Las cortinas del estudio estaban abiertas.

Ella había tratado de abrir las ventanas el día anterior, con la idea de ventilar un poco la estancia, pero estaban cerradas con una llave que no logró encontrar.

Durante una fracción de segundo se vio arrojándose al vacío, como en las películas.

En la vida real, eso implicaría acabar convertida en un amasijo ensangrentado sobre el césped.

Y no podía llamar a River. Su teléfono estaba en la casita de Cumbria, o ése fue el lugar donde lo vio por última vez. Cuando hacías lo posible por desaparecer, lo primero que hacías era librarte del móvil.

No podía llamar pidiendo ayuda; no podía salir corriendo para ponerse a salvo...

Así era como morían los conejos.

Ahora mismo estaba descalza; había dejado las zapatillas deportivas bajo el sillón del Viejo Cabrón, de modo que puso la bola de cristal a un lado y reptó hasta hacerse con ellas.

Se tumbó de espaldas, se las calzó y anudó los cordones.

Con las deportivas puestas se sintió más segura, como si acabara de enfundarse una capa protectora adicional.

« Tch, tch, tch », dijo la bala. No era tan sólo la voz de Poirot, sino también la de la razón, o eso parecía.

Una voz que se complacía en recordarle que toda ilusión de escapatoria era una gilipollez.

Dejaron de llamar a la puerta.

Parapetada tras el grueso sillón, se arriesgó a escudriñar por la ventana. No vio a nadie, como no fuera la sombra de un árbol que movía las ramas en señal de despedida. «Adiós.» Era posible que sólo se tratara de un mal presentimiento.

Pero entonces volvieron a llamar a la puerta.

Aunque esta vez lo que oyó fue más bien un leve chirrido, como si alguien estuviera arañando el cristal con la uña.

Se acordó de que la puerta trasera tenía un panel acristalado encajado en un marco de madera.

Ella había echado la llave cuando River se había marchado la noche anterior, porque eso era lo que hacías cuando estabas escondida: cerrar bien las puertas.

Pero no hacía falta ser ningún experto para saltarse una puerta con un cristal.

Bastaba con que no te importaran demasiado los desperfectos.

El leve chirrido cesó, seguido por el roce del cristal al retirar el círculo recortado.

Sí, la bola de cristal podría ser un arma.

Aunque tal vez sería mejor optar por el trozo de metal deformado, que, según le había explicado River, en su día había sido una Luger.

La historia de cómo había acabado así tenía que ver con la guerra.

Ahora parecía haber sido rediseñada por Dalí, y ella no tenía otro proyectil con que cargarla que el recuerdo de una bala. « Tch, tch, tch .»

De la parte de atrás de la casa llegó un nuevo ruido: el del cristal al estrellarse contra las baldosas del suelo.

La antigua pistola que sostenía en la mano le resultaba extraña.

Llegaba a distinguir lo que en su día seguramente fue el cañón, que ahora estaba enroscado en torno a sí mismo como un lagarto dormido, pero el gatillo había sido engullido por el amasijo de metal.

Oyó un clic que atribuyó a la apertura del cerrojo de la puerta después de que una mano se colase por el cristal cortado para liberar el pestillo.

Oyó que la puerta se abría y barría los añicos de cristal apartándolos a un lado.

Si pudiera resolver la cuestión de la pistola, recordarle lo que antes había sido, no estaría indefensa.

La atmósfera de la casa cambió de repente, y la transformación fue perceptible incluso desde el interior del estudio.

Escuchó con atención, a la espera de percibir los pasos de los dos intrusos.

Aunque sin duda estarían avanzando con mucha cautela al haber entrado ya en la casa, y no podría oírlos. Los misioneros siempre eran cautelosos.

Si pudiera recuperar a su antiguo yo, no estaría indefensa.

El silencio se hizo más denso, como si el esfuerzo de los intrusos por no hacer ruido se estuviera extendiendo sigilosamente por toda la casa.

Pero el sigilo terminó frente a la puerta del estudio.

Ya que estaba en los urinarios, Lech se encerró en uno de los cubículos y procedió a echar una meada.

«En esto se ha convertido mi vida laboral», pensó. «Yo antes era analista de inteligencia; uno de los mejores y más prometedores que había en la oficina central; y ahora me encuentro en un apestoso retrete público, con la esperanza de que uno de mi propio bando asome la patita.»

El destierro a la Casa de la Ciénaga tenía estas cosas.

Acabó y tiró de la cadena, pero en lugar de salir para lavarse las manos, se acercó a la puerta y pegó la oreja.

Los ruidos que llegaban del metro eran sordos, abstractos, propios de un acuario.

¿Cuántos hombres se habían encontrado donde él estaba ahora, ansiosos de entablar relación con un desconocido?

Cerró los ojos y pensó en la preparación de una focaccia.

Se imaginó aporreando la masa y golpeándola de forma repetida, pero la masa se empeñaba en subir una y otra vez.

—Nos interesa identificar a nuestros perseguidores —le había dicho Shirley en el pub—. Hacernos con sus carnets del servicio, sus carteras, sus teléfonos. Y ya puestos, con la calderilla que lleven encima y hasta con las llaves de sus casas. A tomar por culo. Que se jodan.

—Te recuerdo que son agentes en fase de adiestramiento —objetó Lech—. Sin duda serán astutos. Y estarán en plena forma.

—Yo sí que estoy en plena forma.

«Tú lo que llevas es un puto colocón de narices», había estado a punto de replicar. Luego, en el coche, ella había ido dando saltitos en su asiento, sin parar de moverse, sin que las dos pintas de cerveza la hubieran sosegado lo más mínimo.

«Ésta va a acabar incrustada en el techo», había pensado él.

Por eso había decidido que, tal como estaba su compañera, lo mejor para él era quedarse solo y hacer las cosas por su cuenta.

Quienquiera que hubiese entrado después de él en los servicios estaba utilizando uno de los urinarios exteriores.

Apoyó la frente contra el dorso de la mano.

El otro terminó, anduvo unos pasos y abrió un grifo.

Él lo oyó arrancar una toalla de papel del dispensador y secarse las manos.

Y después, nada. Ni pisadas, ni el ruido de una respiración.

Tan sólo un hombre en unos urinarios públicos, seguramente con una toalla de papel en la mano.

«Un hombre vestido con un impermeable negro», pensó.

«Una prenda reversible, gris por el otro lado. »

Abrió la puerta, de forma tan repentina como ruidosa, y salió del cubículo.

El otro estaba delante del espejo, estirándose la comisura de un ojo como si se le hubiera metido algo dentro.

Quizá tenía algo en el ojo, o igual no —bien podía ser una táctica destinada a ganar tiempo—, pero lo que estaba claro era que no se trataba del hombre con el impermeable, a no ser que se lo hubiera cambiado por una chaqueta en los últimos cinco minutos, y que a continuación también se hubiera cambiado la cabeza.

Cuando Lech hizo aparición, el tipo dejó de toquetearse el ojo y lo miró.

Tras un instante de vacilación, Lech se situó frente al espejo y procedió a lavarse las manos.

—Tirar de la cadena es de buena educación —observó el desconocido.

—Ya lo he hecho.

—Claro. —El otro volvió a frotarse el ojo. Estaba contemplando su propio reflejo cuando, de repente, añadió—: ¿Andas buscando compañía?

—Déjame en paz.

—Lo digo porque éste no es el lugar indicado.

—Déjame en paz, he dicho.

—Ahora hay portales en la red. Aplicaciones.

—Vete a cagar.

El desconocido tiró la toalla desechable a la papelera.

—Sólo era un comentario. Hay que ponerse al día, hombre. A no ser que te vayan los sitios como éste.

Se oyeron unas pisadas. Alguien estaba llegando.

—Tengo prisa, adiós —dijo el tipo, y salió justo cuando el hombre con el impermeable negro entraba por la puerta de los urinarios.

Ella se llamaba Jane. Él se llamaba Jim.

Sin más; los apellidos se los ahorraron.

—Y tú eres Sidonie Baker, ¿verdad? Sid para los amigos.