Capítulo 7
Atardecía, y él y Shirley estaban esperando a que pasara lo peor de la hora punta sentados en un pub de la zona.
El local tenía una ubicación idónea que facilitaba las cosas.
Lech pidió una copita de vino que le duró cuarenta minutos, lapso en el que Shirley engulló dos grandes jarras de cerveza mientras le explicaba, por motivos que él no llegaba a comprender, los distintos tipos de modelado corporal que se ofrecían en doscientos metros a la redonda: bifurcaciones de lengua, orejas de elfo, dilatación de oreja...
La dilatación implicaba practicar unos boquetes en los lóbulos lo bastante anchos como para que un lápiz pudiera pasar por ellos.
Lech se preguntó si no habría sido preferible que Shirley pasara por completo de él.
Por entre las ventanas del pub, parcialmente oscurecidas por las promesas dirigidas a los transeúntes —¡ buena comida !
¡ happy hour de cinco a siete de la tarde !
—, veía a los oficinistas de camino a la parada de autobús o del metro.
El aire olía un poco a lluvia, las aceras estaban algo mojadas, y se preguntó si su impermeable seguiría colgado de un gancho en el piso de su ex novia, si era buena idea seguirle la corriente a Shirley en esa movida y si una hora que duraba el doble de lo normal era dos veces más feliz o tan sólo la mitad.
—Pues eso —dijo Shirley—. Estoy pensando en afilarme las orejas también. ¿Cómo lo ves?
Lo que él veía era que Lamb estaría encantado, tanto que seguramente sería presa de uno de sus sísmicos ataques de tos.
—Yo creo que mola. No te lo pienses más.
Shirley dio la impresión de sentirse complacida.
—Igual lo hago. —Miró su reloj y dijo—: Muy bien. Ha llegado la hora de ponernos en marcha.
Lech decidió no acabarse el medio dedo de vino que le quedaba en la copa. Se levantó y, al ver que ella no lo secundaba, la miró con extrañeza.
—Tú no te preocupes —le dijo Shirley—, yo estaré por allí.
Pero ya llevaba un rato observando y Shirley no estaba allí, o él por lo menos no la veía.
Tras subirse el cuello de la chaqueta, bajó por el corredor en dirección a Subway 3, giró por él y entró en aquel complejo soterrado que siempre le hacía pensar en un coliseo, aunque no estaba claro si los oficinistas en circulación eran unos gladiadores o carnaza para leones.
Aquí abajo se concentraban unos cuantos comercios sin pretensiones, de esos que seguramente no sobrevivirían ni diez minutos a cielo abierto —aunque no podía negarse que, en los resquicios y recovecos de Londres, florecían especies bastante raras—.
Pasó junto a una librería, una tienda de postales y pósteres, una cafetería y una cerrajería; eludió una pantalla del tamaño de un buzón de correos que regurgitaba los mismos anuncios que su monstruoso pariente en lo alto y se fijó, sin detenerse, en un cartel que informaba de la renovación de Subway 2.
La puerta de acceso a esa sección estaba tapiada con tablones, y pudo oír el ruido de una taladradora.
Aún había gente por allí, por lo general de camino a la estación del metro, pero siguió adelante y giró a la derecha, hacia Subway 1 —donde estaba la salida Hoxton/Shoreditch—, dejando atrás un puesto de bocadillos y una floristería, cuya efímera fragancia era una nota de luz en la oscuridad.
Al llegar a la otra punta subió por las escaleras hasta llegar a la superficie, donde volvió sobre sus pasos y cruzó la verja de entrada en dirección a los bloques de protección oficial.
Sin mirar atrás, de pronto dio un giro de 180 grados y enfiló el corredor, dirigiéndose al metro otra vez.
Arriba, abajo. No parecía que nadie estuviera siguiéndolo, pero tuvo buen cuidado de no mirar para cerciorarse.
A Shirley tampoco se la veía por ninguna parte.
De vuelta en el coliseo subterráneo, de repente se preguntó si no estaría siendo objeto de una broma pesada, en plan cabrón... Quizá los demás estaban ahora mismo con ella en el pub, partiéndose de risa después de haberlo enviado a hacer el primo por ahí.
«Que se vayan a la mierda», pensó.
Pero no, aún no. Que se fueran a la mierda dentro de diez minutos, o tal vez veinte. Porque él ahora mismo no tenía ninguna otra cosa que hacer, y siempre le había gustado pasear después del anochecer. Lech Wicinski: sempiterno andarín por calles vacías.
Y aunque estas calles no estuvieran completamente vacías, o no merecieran el nombre de calles, por el momento ya le venían bien.
«Supongo que se estarán preguntando qué hacen aquí, reunidos en la biblioteca.»
El que pronunciaba esas palabras era Poirot; o más bien aquella bala alojada en lo profundo del cerebro de Sid Baker.
Y era un hecho que ella estaba en la biblioteca o, mejor dicho, tratando de esconderse en el estudio. Aunque allí no había reunión alguna, no se veía a ningún otro sospechoso convocado por el investigador belga. Allí tan sólo estaba Sid, y en el exterior había otras personas, fueran quienes fueran.
Había bajado las escaleras mientras aquellos dos venían por el sendero del jardín, y ahora estaba sentada tras la puerta cerrada del estudio, envuelta por el sonido del timbre de la entrada, que iba apagándose a lo lejos.
Nada resuena tan fuerte como un timbre en una casa vacía.
El corazón le palpitaba con violencia y sentía un extraño cosquilleo en el estómago.
El despacho estaba a oscuras. «Aquí no hay nadie...
» Volvió a sonar el timbre, y luego llamaron una vez más.
Y entonces se oyó un tintineo, el de la ranura del buzón, e intuyó que aquellos dos estaban arrodillados ante la puerta de entrada, escudriñando el recibidor por turnos.
En la casa volvió a hacerse el silencio, tan sólo interrumpido por el ligero traqueteo del pomo de la puerta.
En un mundo perfecto, aquellos dos se habrían ido sin más. Pero, en un mundo perfecto, a ella no le habrían pegado un tiro en la cabeza.
En el estudio había una estantería con objetos en exposición en lugar de los libros acostumbrados.
Ese detalle la había sorprendido. Ella no había llegado a conocer al Viejo Cabrón —así era como lo llamaba River, y de ahí que pensara en el anciano con ese sobrenombre—, pero sabía quién era, y le resultaba difícil imaginar que aquella leyenda del mi5 , el hombre que había llevado el timón de la nave mientras sucesivos capitanes nominales ocupaban la Primera Mesa, tuviera por costumbre coleccionar baratijas: una bola de cristal, un pedrusco de hormigón, un trozo de metal que parecía un amasijo...
Pero así funcionaban las vidas, mediante la lenta acumulación de minucias privadas, y lo que importaba era si alguno de aquellos objetos podía usarse como arma.
Quizá sí, si quien lo empuñaba estaba en forma.
Ella no lo estaba, pero eso no le impidió agarrar la bola de cristal, cuyo peso le pareció reconfortante.
Tenía la base apenas lo suficientemente limada para mantenerse en pie.
Y estaba vacía. Había esperado encontrarse con el ala de una mariposa o con un sutil fragmento del otoño —un guijarro, una hoja de árbol—, pero nada: cristal y peso.
Se agachó junto a la puerta y acunó la bola con las manos intentando convencerse de que la anclaba a la tierra.
Funcionó hasta cierto punto; sin embargo, oyó que llamaban con los nudillos a la puerta trasera de la casa.
Un año o dos antes, un turista se había separado de su grupo en el metro y habían tardado casi tres días y medio en encontrarlo.
La historia era tan parecida a un mito clásico que ni siquiera tenía gracia.
Lech estaba empezando a experimentar algo parecido.
Giró en dirección a Subway 4 —Saint Luke’s/Clerkenwell—, pasó por delante de los urinarios públicos y viró a la izquierda.
Subió por la pendiente, bajo el puente peatonal, y llegó por quinta vez a la plaza, con sus árboles, sus bancos, sus parterres de flores y sus hileras de bicicletas eléctricas.
Aún no llovía, y ahora había menos gente.
Era un momento de calma: ese breve lapso que se abre entre el fin de la jornada de trabajo y el inicio de las noches de copas en un día laborable, una versión menos frenética que las noches de copas del fin de semana, aunque no sin su pequeño componente convulso.
A veces te aferrabas a las horas periféricas de la jornada porque las centrales te carcomían el alma.
Otras veces pasaba a la inversa. Meneó la cabeza con intención de disipar la idea de que sus propios días carecían de asideros sólidos y continuó andando: dejó atrás aquel mural abominable, pródigo en ciervos y druidas, y bajó por las escaleras de vuelta a la penumbra.
Y ahí estaba ese tipo otra vez.
La primera vez que lo había visto, el fulano iba vestido con un impermeable gris.
Ahora llevaba uno negro, pero las solapas estaban lo bastante abiertas como para poder ver el interior gris: era una prenda reversible, idónea para cambiar de vestuario en un abrir y cerrar de ojos.
Antes llevaba gafas y ahora no. Daba igual.
Le tenía tomada la matrícula. No dejó que se le notara; no alteró el paso ni frunció el labio al llegar al área central y enfilar de nuevo hacia Subway 3: Moorgate y Old Street West (South Side).
Empezaba a tener la sensación de que era muy capaz de dibujar el coliseo de memoria, y hasta de llenar el boceto de figuras monstruosas, desharrapadas y babeantes.
Subió las escaleras, esperó dos minutos mirando el reloj —tiempo suficiente para que quien lo seguía empezara a preguntarse si lo había perdido por las calles de alrededor— y luego volvió a bajar por la pendiente.
Había menos gente. Shirley seguía sin aparecer y, a esas alturas, él estaba convencido en un ochenta por ciento de que todo aquello era una puta broma; de que los demás se habían reunido ya con ella en el pub y se estaban descojonando de él.