La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 6 #7
47%

Capítulo 6 #7

Las tardes solían hacerse largas, pero aquélla parecía estar llegando a su fin.

Pronto se haría de noche, Sid estaba segura, aunque los pocos árboles que había alrededor no servían para indicar el descenso del sol como lo harían los edificios en las grandes ciudades: se movían demasiado.

Y nada recordaba el norte, donde había estado los últimos años.

Allí anochecía de otra manera. En todo caso, lo más cercano a un indicio de la proximidad del atardecer podía ser la oscilación de las ramas.

Se veía mejor desde el piso de arriba. Le había dicho a River que se pasaba el día en el despacho del caserón, pero no era verdad.

A veces tenía que ir al baño, y aunque esas visitas siempre resultaban breves, pues nunca se prolongaban más de lo estrictamente necesario para lo imprescindible, otras veces, como ahora mismo, se aventuraba escaleras arriba y entraba en el dormitorio principal con vistas al camino que serpenteaba entre los árboles.

Un camino sorprendentemente bien mantenido, para lo poco que se usaba.

Algo más allá, ese mismo camino desembocaba en una carretera mayor, que a su vez llevaba a una autovía, que a su vez acababa en Londres.

Una ciudad que, a tantos kilómetros de distancia, era una turbulencia casi incomprensible.

Aquí, en la calma rural, la casa de al lado estaba separada por una generosa franja ajardinada y un seto imponente.

Y la siguiente vivienda se hallaba cien metros camino abajo.

Antes de llegar a ella te encontrabas con un sendero que conducía al pueblo vecino.

Sid sabía todo esto porque lo había visto en un mapa que había encontrado en el despacho.

En él distinguió otros senderos, marcados mediante líneas de puntos, por los que podía aventurarse y olvidarse de que estaba en la campiña.

Una campiña que no ofrecía ningún consuelo.

Esa noche, la angustia la había empujado a subir al piso de arriba una vez más.

El hecho de estar sola el día entero la desestabilizaba.

El silencio permanente resultaba opresivo, pero cualquier ruido inesperado —el paso de un camión, el eco de unas voces— la llevaba a agazaparse contra una pared, a la espera de que dejara de oírse.

Y de repente se encontraba palpándose la cicatriz del cráneo, preguntándose hasta qué punto su identidad, la de Sidonie Baker, se había visto afectada por el paso de aquella bala.

No era propio de ella agazaparse contra una pared.

Era una secuela del disparo: un nuevo rasgo personal, el producto del dolor y el desconcierto.

No sentía mucho dolor físico, todo había que decirlo.

De vez en cuando tenía unas jaquecas tremendas, que surgían de la nada y se esfumaban de forma igualmente repentina, pero cada vez se daban menos.

Sin embargo, sus sueños ahora eran muy extraños, por lo que las horas de descanso resultaban inquietantes y poco reparadoras.

A veces se le aparecía la bala de marras, encarnada en un ciudadano belga vestido con traje blanco y con un asimétrico bigote en la cara.

Por incomprensible que fuera, le llevó mucho tiempo descubrir que se trataba de Hércules Poirot.

«Nuestra pequeña materia gris, non ?», comentaba socarrón.

«Tantas... ¿cómo las llaman?... Tantas neuronas echadas a perder...

tch, tch, tch .» Esa pequeña reprimenda, en la que las vocales se fundían, se repetía durante las horas de vigilia.

«Es culpa tuya, te entrometiste en mi camino... tch, tch, tch .»

Le habían extraído la bala de la cabeza pocas horas después del tiroteo. Sin embargo, seguía presente, como una pasajera mortífera empeñada en acompañarla de por vida.

Antes de subir al piso de arriba, había cortado una rebanada del pan que River le había llevado y una loncha de queso cheddar.

Pan y queso. Pensó que River seguramente tenía cosas mejores que hacer que planificar menús, pero aun así...

Quizá le haría alguna broma cuando volviera, aunque ahora mismo tenía que preparar las bromas de antemano.

Si por casualidad llegaba a recuperar su antigua vida, necesitaría algo más que un mapa de aquella zona rural, que de repente se iluminó —la zona, no el mapa— con un par de faros que atravesaron la penumbra como dos medias lunas, iluminando un instante el dormitorio: las paredes desnudas, el marco de la ventana sin cortinas...

Sid dejó de masticar. El coche no era el de River, pero había reducido la marcha. Acabó deteniéndose en la cuneta. El conductor apagó el motor. Sid sintió un sobresalto en su interior y se estremeció.

El coche seguro que volvería a ponerse en marcha y se iría. Y River llegaría poco después, y ella le haría alguna broma sobre aquel régimen de pan y queso. «Tch, tch, tch», musitó Hércules Poirot en su cabeza.

Pero el coche no se movió. En cambio, se abrieron las puertas y bajaron dos personas, un hombre y una mujer a los que reconoció de inmediato, pues habían llamado a su puerta en Cumbria, vestidos de misioneros. Y allí estaban de nuevo, dispuestos a matarla.

Camino abajo, todos los árboles cambiaron de forma al paso de una ráfaga de viento.

De haberse encontrado fuera, los habría oído suspirar al moverse, pero, desde el interior de la casa, la impresión que tuvo fue que estaban dándole la bendición en silencio.

Ellos ya habían cumplido, la noche había caído, y ella tuvo la sensación de que estaban diciéndole adiós con las ramas.