La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 6 #6
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Capítulo 6 #6

Roderick Ho había respondido a la convocatoria de Lamb tras la reunión matinal, pero ahora estaba en su despacho otra vez.

En la Casa de la Ciénaga no te hacía falta ser un espía, pues los crujidos en la vetusta escalera y las bisagras chirriantes de las puertas no paraban de darte pistas sobre dónde estaba cada quien.

Al bajar, River vio que Ho había dispuesto sus monitores en lo alto, de tal forma que se proyectaban sobre su rostro como si fueran lámparas de bronceado.

Con la salvedad de que las pantallas le conferían un tono cerúleo.

Agazapado tras ellas, Ho lo miró de reojo, con suspicacia.

—¿Qué pasa? —preguntó River.

—¿Por qué lo preguntas?

—Simple curiosidad.

Ho negó con la cabeza mientras chasqueaba la lengua:

— Tch, tch, tch.

—¿Lamb te ha encomendado una misión especial?

Ho entrecerró los ojos y él lo interpretó como un sí. Pero Ho siempre creía que todo lo que hacía era una misión especial, aunque fuese descargarse los menús de los garitos de comida para llevar.

—Bueno, pues yo tengo una misión de ésas. Cuando estés libre...

—Yo no trabajo para ti.

—Ninguno de nosotros trabaja para los demás. Lo que hacemos es trabajar en equipo. Cooperar, no sé si me explico. —Ho lo miraba como si no acabara de asimilar el concepto, por lo que le dio una pista—: Como los Vengadores, ¿lo pillas?

El otro puso los ojos en blanco.

—Me refería a la vieja teleserie. Porque, ahora que lo pienso, eres clavadito a Emma Peel.

—¿Me has llamado?

Era Louisa, que había seguido a River al piso de abajo.

Ho saltó como un resorte:

—Tengo cosas que hacer. Dejadme en paz.

Louisa entró, se situó detrás de él y contempló las pantallas. Él hizo amago de taparlas con los brazos, como haría un escolar en un examen, pero como no era un pulpo, lo consiguió sólo a medias.

—¿Estás mirando registros de Uber? —apuntó ella—. ¿Qué es lo que pretendes hackear?

—No estoy hackeando nada. Sólo estoy mirando.

—Imagínate —propuso River— que te doy el nombre de una calle y una fecha, y te digo que hay unas personas que han estado yendo de puerta en puerta asegurando que son misioneros...

—No te entiendo.

—A que no serías capaz de indicarme si son misioneros de verdad o no.

Louisa sonrió.

—No trates de engatusarlo. Roddy es demasiado listo. —Señaló una de las pantallas—. ¿Diana Taverner? ¿Le estás siguiendo la pista a Lady Di?

Todo lo que tenía que ver con Lady Di captaba la atención de River.

—Esto es para Lamb, ¿verdad? ¿Qué se trae entre manos?

—Es estrictamente confidencial.

—Llevabas años con ganas de soltar esa frasecita.

Louisa seguía leyendo lo que había en la pantalla —una lista de fechas, otra de conductores, otra más de recorridos—, lo que la obligaba a inclinarse cada vez más.

—Principios de enero... —dijo.

—Justo la semana en que nos borraron del mapa —recordó River.

Ho hizo un rápido movimiento y las pantallas se apagaron.

—¡Ey! ¡Estaba leyendo!

—Fuera de mi despacho —ordenó Ho.

—¿Qué está pasando aquí?

Catherine acababa de aparecer.

—¡Señorita! ¡Señorita! —dijo Louisa con voz aniñada—. ¡Ho está usando el ordenador para espiar a la gente!

—Muy gracioso —dijo Catherine—, pero estáis haciendo más ruido del que Lamb tolera cuando está despierto. Y lo estará pronto si seguís así.

Ho se chivó:

—Cartwright quiere que investigue a unos misioneros.

Catherine se volvió hacia River y arqueó una ceja.

—He tenido un arrebato de espiritualidad —explicó él—. Pensaba que Roddy podría ayudarme. Se me había olvidado que es un capullo.

—No pienso ayudarte —repuso Ho.

—¿Te acuerdas de que Lamb espera la siguiente lista de posibles casas seguras antes de las cinco? —dijo Catherine.

La lista que River estaba elaborando debía incluir propiedades que los elementos hostiles pudieran utilizar como escondrijos en el país entero, detalle que él se repetía en voz alta cada vez que pensaba en el encargo: «En el país entero... el país entero.»

—Y tendrá su lista antes de las cinco —aseguró—. Sólo estoy tomándome un pequeño descanso con los compañeros. Siempre viene bien para la moral.

—Ándate con cuidado —dijo Catherine—. Como a Lamb le dé por nombrar a un responsable de moral, nos va a amargar la vida a todos.

Dicho esto, se dio media vuelta y se fue.

Louisa examinó las pantallas apagadas.

—Mejor así —dijo—. Nadie puede encontrar a un par de personas anónimas que van llamando de puerta en puerta.

Ho negó con la cabeza.

—Habías dicho que no valía la pena intentar engatusarlo —recordó River.

—Ya lo sé. Es demasiado listo —respondió Louisa.

—Ya, claro —dijo Ho. Toqueteó el teclado y las pantallas volvieron a la vida—. ¿Nombre de la calle?

River le dio el código postal y la fecha que le había indicado Sid.

—Ahora vais a ver magia de la buena.

River y Louisa se miraron.

—¿Té? —dijo ella.

Una vez en la cocina, él se puso a abrir y cerrar las puertas de los armarios sin ton ni son. El desaliento lo invadió. El azúcar, prehistórico, estaba hecho piedra; los filtros del café estaban húmedos. Cogió el asa rota de una taza y la hizo girar entre los dedos.

—¿Nunca te has preguntado dónde estarías ahora si hubieras dicho que no cuando te mandaron aquí?

Louisa estaba ocupada lavando su pequeña cafetera personal.

—Por favor. ¿Cuándo te darás cuenta de que no todo gira en torno a ti? —dijo—. Por ejemplo, que Sid siga con vida.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que Sid es algo más que un simple capítulo en tu vida. Deberías tenerlo presente.

—Se supone que eres del mi5 , no una consejera sentimental con columna en un periódico de tercera.

—Nadie ha dicho que no pudiera ser las dos cosas a la vez. —Se detuvo, dejó la cafetera y dijo—: Sid cree que la están siguiendo.

—Ya lo sé. Yo mismo te lo conté.

—Sí, pero resulta que a nosotros también nos están vigilando, ¿no? Y Sid también es un caballo lento, o lo fue en su momento. ¿Te has enterado de lo de Kay?

—¿Kay? ¿Kay White?

—¿Te acuerdas de ella?

—La que no se callaba ni a tiros —dijo él—. ¿Qué le pasó?

—Catherine me dijo que se cayó de una escalera de mano o algo por el estilo. Un accidente doméstico. Fácil de simular.

River miró el asa rota que tenía en la mano y la tiró al fregadero. Rebotó contra el fondo haciendo ruido.

—A ver si lo entiendo. ¿Estás insinuando que esos payasos de Regent’s Park no se limitan a seguirnos, sino que están eliminándonos? No me parece probable. Además, hace años que Kay ya no está con nosotros y...

No llegó a terminar la frase.

—Lo mismo que Sid —recordó Louisa.

Se miraron.

—¿Qué estás pensando ahora mismo?

River respondió:

—Que es de locos. De locos.

—Sí, ya. Como tantas otras cosas que tienen que ver con la Ciénaga.

—Pero estamos hablando de Regent’s Park. Y de Taverner... Taverner nunca autorizaría una cosa así.

Le vino a la mente uno de los aforismos de Jackson Lamb: «En este mundo se ven cosas muy locas.»

—Tendríamos que contárselo a alguien que esté por encima de nosotros.

—No —dijo River—. Ella me hizo prometerle que no se lo diría a nadie.

—¿A quién le prometiste qué? —Roderick Ho acababa de aparecer en la puerta.

—A nadie, a nadie —contestó River—. ¿Qué es lo que has encontrado?

Ho lo ignoró y se dirigió a Louisa:

—¿Lo ves? Te he dicho que sí podía hacerlo.

—La verdad es que no me lo has dicho —repuso ella—. No con palabras, al menos.

—Da igual. —Roddy pasó de largo frente a River y abrió la nevera, donde encontró media pizza abandonada en su caja de cartón.

Sacó la pizza y dejó la caja donde estaba—.

En ese código postal hay siete usuarios activos de Twitter.

—Cerró la nevera sin dejar de mirar a Louisa—.

Y dos comentaron que alguien llamó a sus puertas la mañana que me has dicho.

—El que te ha dicho de qué mañana se trataba soy yo —intervino River—. Por si sirve de algo.

Al parecer no sirvió de nada, porque Ho siguió hablando como si no lo hubiera oído:

—A uno le dijeron que eran de la Iglesia del Cielo de los Últimos Días, y al otro, de la Iglesia del Cristo Redentor de los Últimos Días. Ni la una ni la otra existen. Así que esos misioneros no eran verdaderos misioneros de verdad.

—Esas frases que dices ¿son espontáneas o las practicas?

Ho frunció el ceño.

De arriba les llegaron unos ruidos sordos con los que estaban familiarizados. Era Jackson Lamb, que reclamaba su atención dando taconazos en el suelo.

River dijo:

—Lamb quiere que le entregues la información sobre Lady Di que has estado descargando. ¿De qué va ese asunto?

—Está por encima de tu nivel —contestó Ho metiéndose la pizza en la boca antes de desaparecer escaleras arriba.

—Qué lujo —apuntó Louisa—. Ya te ha recetado otra de sus frases.

—De manera que esos dos no eran misioneros... —musitó River.

—Es lo que parece.

—Lo que implica que Sid tenía razón: iban a por ella.

—Es posible. —El aroma del café recién hecho empezaba a impregnar la cocina. La Ciénaga se transformó por un momento—. Por eso decía que hay que contárselo a alguien que esté por encima de nosotros.

—¿A alguien de Regent’s Park? ¡Pero si están usándonos como dianas de tiro al blanco!

—A Lamb.

—Hay algo que no entiendo —dijo River—. Si nos han borrado de los registros, ¿cómo se explica que estos tipos sepan dónde pueden encontrarnos? Si es el caso, claro.

Louisa se lo quedó mirando.

—¿No estarás sugiriendo que Lamb tiene algo que ver con el asunto?

—No lo sé. Yo no sé nada. Lo único que sé es que Sid corre peligro.

—Y tienes pensado montártelo a lo Jason Statham para protegerla.

—Le dices a Catherine que me he puesto enfermo y me he ido a casa, ¿vale? Dile que he visto comer a Ho.

Enfiló hacia la puerta, pero Louisa lo detuvo.

—¿River?

—¿Qué?

—No quiero perder a nadie más.

—¿Tú has visto que el amigo Statham saliera malparado alguna vez?

—Bueno, básicamente lo he visto protagonizar películas infumables —respondió ella, pero River ya se había ido.