Capítulo 6 #5
—Ya, sin duda. Pero el hecho es que los titulares de prensa no hacen más que repetir estas cosas cada vez que tu foto sale impresa. No es que te describan como un impresentable porque seas un impresentable. Lo hacen porque tienen miedo. Y lo que tú tienes que hacer es capitalizar ese miedo.
Flint estaba frotándose el estómago con la mirada perdida. Se diría que era lo que acostumbraba a hacer cada vez que estaba dándole vueltas a alguna cuestión, por lo que cabría suponer que Judd en aquel momento ya estaba incluyendo ese gesto en el listado de cosas que sería necesario pulir.
—¿Qué es lo que propones?
—Pretendo ayudarte —le dijo Judd—. Yo puedo ponerte en contacto con la gente adecuada, con personas que te escucharán sin prejuicios y harán lo posible para que tu voz sea escuchada sin la acostumbrada condena editorial.
—¿Y?
—Y me aseguraré de que te vean en los sitios adecuados y en compañía de las personas oportunas.
Por ahora no eres más que una cara habitual en las noticias y el blanco de las burlas en las tertulias de la televisión.
Pero en cuanto empieces a firmar una columna diaria en un periódico, la cosa cambiará.
Entonces empezarán a tomarte en serio. —Judd dejó la taza sobre la mesa—.
Habrá que empezar desde abajo, en Go tv .
Es un canal con grandes aspiraciones y anda buscando a alguien con quien alinearse ideológicamente.
Si deciden apoyarte, tendrás una influencia que hasta ahora no habías soñado.
Y una vez que entres en esa dinámica, con el tiempo te convertirás en una fuerza imposible de detener.
—Lo dices como si fuera muy fácil —comentó Flint—. ¿Y tú qué ganas?
—Poder.
—Muy... sincero por tu parte.
—Muchas veces lo soy. A ver, yo miento como un bellaco siempre que me conviene, como hace todo el mundo. Pero aquí y ahora no tiene sentido mentir. Tu movimiento podría llegar a tener mucho éxito, y nunca me ha gustado estar en el lado equivocado de la historia. O sea, en el lado de los perdedores.
—¿Y si decido que tu ayuda no me interesa?
—Entonces pondré el mismo esfuerzo en tratar de destruirte. Pero no te enfades. No es algo personal.
Flint asentía con la cabeza, dando a entender que había llegado a una conclusión.
—Siempre te he tenido por otro pijo de mierda como los demás. Como el que hoy es primer ministro. Pero tú eres un cabrón de mucho cuidado, ¿verdad?
—Sí —convino Judd—. Y otra cosa, la vida que llevo tampoco es un secreto para nadie. Y el número de hijos que tengo es de dominio público.
—Por curiosidad, ¿cuántos...?
—He dicho que ese número es de dominio público. No he dicho que lo tenga presente en la memoria. Te llamaré esta noche. Así que ten preparada tu respuesta.
Y dicho esto, Judd lo ignoró por completo, como si Desmond Flint ya se hubiera ido de la habitación.
—Mejor te aviso —indicó Shirley Dander—: las dos últimas veces que formé equipo con otros, ambos acabaron muertos.
—¿Los... mataste?
—No, nada de eso. —Negó con la cabeza para subrayar su inocencia—. Bueno, cualquier día me cargo a Ho si surge la oportunidad. Pero aún no ha surgido.
Habían comprado unas enchiladas en el mercado de Whitecross y estaban comiendo en una de las terrazas del complejo Barbican, con los platos de papel apoyados en el hormigón de un gran parterre de flores que parecía salido de una ficción distópica.
Lech cayó en la cuenta de que hacía meses que no compartía una comida con nadie.
Tan sólo media hora antes, la mera idea le hubiera resultado absurda.
Shirley no era una amiga, era simplemente una presencia cercana, como un fenómeno meteorológico perturbador.
Dio un bocado y miró en ambas direcciones. No vio a nadie vigilándolos. Aunque, por otra parte, ése era precisamente el objetivo del ejercicio de adiestramiento en curso.
—No hagas eso —dijo Shirley.
—¿Qué?
—Hacerles saber que lo sabemos.
Wicinski pasó la frase por el software de traducción.
—¿Has detectado a alguien?
Shirley se encogió de hombros.
—En el mercado había un tío que igual estaba siguiéndonos. Pero en cuanto sabes que alguien puede estar siguiéndote, empiezas a ver a los cabrones por todas partes. Como pasa con los ratones.
Lech se acordó de la trampa para ratones que en cierta ocasión metió en su papelera: una pequeña sorpresa destinada a Roddy Ho, a quien le había dado por revolver entre sus desperdicios. Ah, los viejos tiempos...
—Si están siguiéndonos a todos, esos tipos acabarán por tropezar entre ellos —dijo—. ¿Y a estas alturas no estarán preguntándose ya cómo es que todos trabajamos en el mismo edificio?
—Será porque es un edificio lleno de pringados. Y también es posible que no nos sigan a todos simultáneamente, sino a uno solo cada vez. ¿Quién sabe? Lo que a mí me mosquea es que estén haciéndolo.
—Te mosquea lo bastante como para unir fuerzas con el paria de la Ciénaga, ya lo veo.
Ella frunció los labios, como si estuviera muy triste.
—Ay, pobre de mí. Me pillaron mirando porno infantil. Qué pena...
—Vete a la mierda, Dander. Yo no lo hice, nunca lo he hecho y nunca voy a hacerlo.
—Ya.
—Nunca.
—Ya. Es lo que dijo Catherine.
Lech estuvo a punto de atragantarse.
—¿Qué dijo?
—Que lo del porno con niños fue un montaje. Que te tendieron una trampa. No dijo por qué. El asunto está clasificado como confidencial. —Shirley esbozó unas comillas con las manos para subrayar la última palabra y, al hacerlo, salpicó de salsa el pantalón de Lech—. Uy, perdón.
Lech contempló la salpicadura roja en su pantalón de loneta. Luego miró a Shirley, que estaba metiéndose en la boca lo que quedaba de su almuerzo. Ella puso los ojos en blanco y se encogió de hombros.
—Me he disculpado, ¿no?
—Así que todos sabéis que me tendieron una trampa. Empezando por Lamb. Pero seguís tratándome como si fuera un trozo de mierda.
Ella respondió con la boca llena:
—Es verdad que lo pasaste mal. Pero eso no significa que nos tengas que caer bien. Normalmente eres bastante capullo, ¿sabes?
—¡Por el amor de Dios! ¡A mí me han destruido la vida!
—Ninguno de nosotros está contento con su suerte. —Engulló el bocado que estaba masticando y le ofreció una servilleta de papel—. Lo mejor es que pongas un poco de agua en la mancha. Y luego le das un toquecito, pero sin hacer presión.
—Eso sólo servirá para empeorar las cosas.
—Pero al menos estarás haciendo algo. —Como él no cogió la servilleta, ella la usó para limpiarse la boca—.
Mira. Tu vida se fue a la mierda. Pues bienvenido al club.
Mientras tanto, Regent’s Park sigue cagándonos encima desde las alturas con su escuadrón de palomas.
¿Piensas quedarte ahí tirado con la boca abierta o vas a coger un arco y unas flechas?
Él reprimió el impulso de frotar la mancha del pantalón y se frotó la mejilla en su lugar.
Las cicatrices seguían pareciéndole algo ajeno, como si llevara una máscara y a cada momento se olvidara de ello.
O como si hubiera despertado una mañana metido en una fiesta de disfraces o en un atraco a mano armada.
—Tú también eres bastante capulla —dijo.
—Vale —repuso ella—. Con el tiempo te acostumbrarás. ¿Tú tomas coca?
—No. Bueno, alguna que otra vez. Pero no.
—Tampoco estoy invitándote a una raya. Lo digo porque en uno de los puestos de comida tai de por aquí hay cierto fulano que... Bueno, si un día te entran ganas, no tienes más que hablar con él.
Él tuvo la extraña sensación de que era una señal de amistad. A modo de pipa de la paz. Y tampoco había que ser un lince para adivinar lo que Shirley metería en la cazoleta de cualquier pipa.
—Entendido —dijo finalmente. En la terraza ya no había nadie más. Entre el dosel formado por las nubes se colaban jirones de cielo azul—. Y bien, ¿qué es lo que tienes planeado?
Shirley respondió:
—Vamos a bajarle los humos a uno de esos cabronazos.
River estaba en su despacho. Se había pasado el día ante la pantalla o mirando por la ventana, por la que entraba un cuadrado de luz solar que iba a parar al escritorio vacío que en su día había ocupado Sid.
Para él, había seguido siendo su escritorio, incluso durante la etapa de J.
K. Coe, lo cual no había sido justo para Coe, pero la Casa de la Ciénaga nunca había destacado por el sentido de la justicia.
Y ahora Sid había vuelto. Todo aquel tiempo había seguido en el mundo, escondida; parcialmente borrada, pero todavía viva, esperando el momento de aparecer ante él en el despacho de la casa de su abuelo.
Durante meses, él había estado preguntándose qué secretos seguiría albergando aquel despacho en el viejo caserón, encriptados entre una pléyade de hechos y ficciones.
Sacarlos a la luz sería una labor propia de un archivero como Molly Doran.
Se acordó de la vez que se había quedado sentado en la cocina, mirando cómo su abuela preparaba un ganso para la cena de Navidad.
El proceso había implicado la extirpación de las vísceras, que ella efectuaba con la misma tranquila morosidad con que abordaba casi todas las cosas, aprovechando para explicarle, de paso, el significado de la palabra «aruspicina»: la adivinación del futuro a partir de las entrañas de los pájaros u otros animales.
Él había pensado hacer algo parecido, pero al revés: sacar aquellos libros de las estanterías, abrirlos y examinar sus entrañas en busca de indicios sobre el pasado.
El pasado de su abuelo, concretamente. Aunque lo que había encontrado esa noche en el estudio del Viejo Cabrón era un fragmento de su propia vida. Tocaba seguir leyendo.