La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

Su invitado era un hombre de mediana edad, tirando a gordo, con unos carrillos sudorosos y mal afeitados, más por descuido que con intención de andar a la moda.

Hacía tiempo que no se lavaba el pelo y la camisa le quedaba tan ceñida como para incomodar a quien estuviera cerca, por lo que tan sólo Dios sabía qué se sentía al llevarla puesta.

El recién llegado escudriñó la habitación con suspicacia antes de entrar, y se quedó de pie con la puerta abierta a sus espaldas, en lo que parecía ser un torpe plan estratégico por si había que salir corriendo.

Judd, que había colocado las dos butacas disponibles en el centro de la habitación, estaba vertiendo agua caliente en una tetera.

—Estoy «echándole leña a la chimenea» —comentó pretendiendo ser gracioso—. Eso decís los del norte, ¿no?

—Yo soy de Hertfordshire; o sea, del suroeste.

—Claro. —Llevó la tetera a una mesita en la que había dispuesto dos tazas y el paquete de galletas abierto—. No se me ha ocurrido ponerlas en un plato —se disculpó—. Doy por hecho que no eres de los que se andan con remilgos.

El otro finalmente había cerrado la puerta. A su invitación, tomó asiento en una de las butacas.

—Y bien, Desmond Flint —dijo Judd, sentándose en la otra—. Flinty, te llaman, ¿no? Supuestamente eres duro como el pedernal.

Flint se lo quedó mirando sin decir nada.

—Es un suponer, claro está —agregó él—. Perdóname si doy la impresión de estar un poco nervioso.

—Estaba tan nervioso como un gato acurrucado en una canasta—.

Es verdad que en Oxford llegué a tratar con unos cuantos que decían ser de origen...

eh... obrero, pero se referían a que habían estudiado en internados privados de segunda categoría.

¿El té lo tomas con leche? Hay unos cartoncitos...

—¿Por qué me has hecho venir aquí?

—Para que me cuentes lo que estás haciendo; lo que crees que estás haciendo con esos... ¿cómo los llamáis?... chalecos amarillos.

—¿Y por qué demonios iba a contártelo?

—Porque podrías obtener algún beneficio.

Flint se lo quedó mirando unos segundos más hasta que consiguió dejar atrás la suspicacia. Cuando habló, lo hizo con fluidez, como si sus palabras estuvieran lubricadas por la costumbre:

—Todo se reduce a que la voluntad del pueblo acaba viéndose frustrada una y otra vez.

En los últimos años lo hemos visto continuamente: unas promesas electorales que quedan en nada, un Parlamento que se hace el remolón a la hora de llevar a la práctica lo que el pueblo quiere, lo que el pueblo exige.

Los políticos están a nuestro servicio, ¿no es cierto?

En tal caso, ¿cómo se explica que unas veces hagan lo que se les ordena y otras no lo hagan en absoluto?

Todo esto tiene que terminar. Y es lo que estamos haciendo: poniendo punto final a esta situación.

Él esperó a que Flint terminara y aplaudió con cortesía.

—¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de todo? Que en realidad no has dicho una puta mierda.

—Acabo de explicar...

—No, lo único que has hecho es hablar. Decir palabras. Pero no me malinterpretes. —Cogió la tetera y sirvió—. Ahora mismo es lo único que tienes que hacer: decir esas palabras y hacer el ruido necesario. La gente en realidad no escucha, se limita a seguir el ritmo con los pies.

—A mí sí que me escuchan.

—No. Se fijan en ti y punto. Pero eso ahora mismo no tiene por qué ser un inconveniente. La línea divisoria entre la notoriedad política y la respetabilidad política es muy fina, y tú ahora te encuentras haciendo equilibrios sobre ella. Es un buen punto de partida para hacer carrera.

—Si me interesara la respetabilidad política, me habría presentado a las elecciones.

¿Y de qué carajo habría servido? —Flint cogió su taza, pero volvió a dejarla en su sitio sin haber probado el té—.

Todos sabemos que el sistema está trucado en favor de la clase dirigente.

De la que tú formas parte, dicho sea de paso.

De manera que, ¿por qué he de escuchar lo que tengas que decirme?

—Porque he conocido la situación de cerca y me he alejado de ella —dijo él con aplomo—.

Sé muy bien lo que es ocupar uno de los principales cargos del Estado y sentirse insatisfecho, desilusionado con todo el proceso.

—Rebosaba sinceridad—. Yo tenía la convicción de que podría hacer cosas positivas dentro del marco existente, pero con el tiempo me di cuenta de que siempre habrá personas que harán cuanto esté en su mano para que nada cambie en absoluto, por mucho que la situación sólo beneficie a un pequeño porcentaje de la sociedad.

—¡Vete a la mierda!

—Buena respuesta, sí, señor. Coge una galleta, anda.

—Él mismo cogió una—. Reconozco que no suelen enviarme a la mierda tantas veces como merezco, en vista de las sandeces que digo.

Por otra parte, hoy en día trabajo en el sector de las relaciones públicas.

Si no dijera sandeces, no estaría haciendo mi trabajo.

—¿Qué es lo que quieres?

—Ver hasta dónde puedo empujarte.

—¿Empujarme?

—Hacia arriba, por el palo untado de grasa. Hasta llegar a lo más alto. O cualquier otra metáfora que sea de tu gusto. Una metáfora consiste en referirse a una cosa como si fuera otra.

—Vete a la mierda otra vez.

—¿Lo ves? Al final nos estamos entendiendo.

Flint cogió una galleta.

—Corrieron rumores de que no te quedó más opción que dejar el cargo. De que entre bastidores abundaban las intrigas.

—Para eso están los bastidores, amigo mío.

Para encubrir lo que tiene lugar detrás.

Y el hecho de que no lo sepas deja patente lo mucho que me necesitas en tu equipo.

Y en cuanto a mi abandono de la primera línea de la política, ¿quieres saber la verdad?

Pues sí, es cierto que ambicionaba ocupar el cargo más alto de todos, pero se interpusieron en mi camino.

En cualquier caso, eso fue entonces, y ahora es ahora.

Las cosas están cambiando, y a vuestro modo estáis haciendo una pequeña contribución a ese cambio, que aun así iba a producirse, por otra parte.

Quizá no esté de más tener presente esto último.

—Es verdad que hay un cambio en marcha, eso lo has captado. Un cambio descomunal, y necesario desde hace mucho.

—A ver. No conviene sobreestimar su impacto.

Cuando la clase dirigente se derrumbe, ¿sabes quién va a sustituirla?

Más clase dirigente. Todo se reducirá a imprimir nuevos membretes en el papel.

Y lo que yo te ofrezco es la oportunidad de subirte al carro ganador.

Más te vale, porque si no subes tú, otro subirá en tu lugar.

—¿Te estás quedando conmigo, colega? Lo digo porque en cualquier momento me levanto y me largo, ¿sabes? Y soy muy capaz de romperte la nariz antes de hacerlo.

—Sin duda eres muy capaz. Tienes pinta de ser un tipo duro. Pero como hagas cualquiera de esas dos cosas, como poco vas a quedarte sin saber algo que te conviene saber.

Judd bebió un nuevo sorbo de té y se mantuvo a la espera.

Flint tenía las palmas puestas en los brazos de la butaca, dispuesto a levantarse. Pero no lo hizo.

Judd bebió otro sorbo de té. A la espera.

Finalmente, Flint dijo:

—¿Y bien?

—El servicio secreto tiene gente metida en tu organización.

—Nosotros... no somos una organización propiamente dicha.

—¿En serio? ¿No lo sois? Pero tenéis gente que se ocupa de hacer cosas, ¿me equivoco? Alguien se ocupa de imprimir folletos, ¿no? ¿Quién redacta vuestras proclamas? ¿Quién se encarga de imprimirlas? ¿Quién las empaqueta?

—Entendido.

—¿Quién las distribuye? ¿Quién decide cuándo y dónde se hace lo siguiente, y quién decide de qué se trata?

—He dicho que entendido.

Judd sonrió con benevolencia.

—Por mucho que no tengáis un comité directivo, estáis obligados a tomar decisiones y contáis con gente que os orienta al respecto.

Es posible que entre esa gente haya algunos que están ahí con el único propósito de informar de vuestras intenciones a lo que supongo que hemos de llamar «las autoridades».

También es posible que se hagan pasar por simpatizantes que se suman a las concentraciones que organizáis.

Son los que instarán a los demás a agarrar un ladrillo y estrellarlo contra una ventana.

O los que sugerirán no moverse de la calzada cuando el señor agente de policía así lo indique, y los que os invitarán a responder soltándole un puñetazo.

Agentes provocadores, los llaman. Porque están ahí para provocar, como la lencería, y con la misma finalidad —volvió a sonreír—: conseguir que a alguien lo jodan a base de bien.

—Y estás diciéndome que ese alguien voy a ser yo.

—Y, por asociación, todos cuantos apoyan tu movimiento.

—Dejó la taza en la mesita—. ¿Un poco más?

¿Seguro? ¿Te importa si me sirvo otra? —Se volvió a llenar la taza—.

Es posible que yo haya conseguido poner freno a estas actividades encubiertas.

Y, si no es el caso, no tardaré en conseguirlo.

Y a todo esto, permíteme volver a mi argumentación inicial.

La respetabilidad política. La cuestión no es salir elegido, sino contar con una voz.

—Por eso no te preocupes, que yo ya tengo una voz a la que la gente escucha y presta atención.

—¿En serio? Lo digo porque, si de los medios de comunicación tradicionales estamos hablando, no pasáis de ser un chiste.

Una turba de desharrapados que anda por las calles.

¿Y cómo se explica que tus secretillos hayan estado saliendo a la luz?

¿Que hayan estado mirando tu historial profesional con lupa?

¿Que hayan salido a relucir unos cuantos impagos de la manutención de tus hijos y algún caso menor de alteración del orden público? Y un fraude hipotecario también, ¿no?

—¡Eso fue un error burocrático!