Capítulo 6 #3
Molly proyectó la barbilla hacia delante, lo que no le daba muy buen aspecto precisamente, aunque hacer el listado de aspectos que llegaba a presentar no era tarea fácil.
Desde hacía largo tiempo —Diana sospechaba que poco después del episodio que la había dejado confinada en una silla de ruedas—, le había dado por maquillarse el rostro de formas que un payaso podría llegar a patentar, si las patentes de payaso fueran una realidad y no una leyenda de internet.
Mejillas rojas y cutis blanco, con unos emplastos tan gruesos como un almohadillado de fibra sintética en un chaleco antibalas.
El pelo desgreñado, la ropa demasiado holgada.
Su aspecto suponía un desafío dirigido al mundo en general, pero a Diana era mejor no desafiarla, porque lo que hacía era agarrar el desafío de marras, hacerlo trizas con las manos y tirarlo al cubo de la basura más cercano.
—Esos tipos acostumbran a mostrarse irrespetuosos —dijo Molly.
—En el caso de este elemento concreto, ¿de qué clase de falta de respeto estamos hablando?
—De una entrada sin autorización.
—¿Te importaría dar más detalles?
—Lo sorprendí husmeando en el archivo al llegar por la mañana. Lo que significa que se coló y entró sin mi permiso. Un permiso que, por otro lado, tampoco hubiera obtenido.
—Los Perros están autorizados a acceder a todas las plantas del edificio —le recordó ella—. Y da igual que te caigan bien o mal. ¿Qué era lo que estaba haciendo exactamente?
—«Mirando cosas» —repuso Molly—. Eso fue lo que me soltó. Un cuento chino muy poco original.
—¿Y no le creíste?
—Me llamó «lisiada».
—¡¿Cómo?!
—Le dije que se fuera y me contestó que él no obedecía las órdenes de una lisiada.
—Y entonces elevaste una queja.
Molly se limitó a asentir.
Diana miró en derredor. Eran las dos únicas personas en la sala, como era de esperar.
Los secretos que Molly guardaba no exigían una supervisión urgente; más bien descansaban agazapados como trampas para seres humanos en una tupida jungla.
Cuando volvió a mirarla, reconoció en ella una expresión familiar: denotaba la existencia de una capa freática de conocimientos a la que su interlocutor no estaba ni cerca de llegar.
Daban ganas de soltarle un bofetón, la verdad, aunque eso no era lo que más convenía.
Más valía seguir cavando un poco más. Y tampoco tenía muchas opciones.
—Entonces, creías que estaba mintiendo.
—En ese momento no pensé nada —matizó Molly—. Sólo me puse furiosa. Era un tiarrón, con pinta de haber estado metido en fregados muy serios. De habérselo propuesto, podría haberme lanzado a la otra punta de la sala con la silla y todo.
—Y los hombres fuertes no son unos perdonavidas. Esa actitud es más propia de los hombres débiles.
Ambas conocían personalmente a la excepción a esa regla, claro, pero era un caso aparte.
—Sin embargo, después de que los de Recursos Humanos me enviaran a aquel subnormal para apaciguarme, me puse a pensar con más calma —indicó Molly—, y se me ocurrió que el gorila me insultó por un motivo concreto: para que dejara de preguntarme qué era lo que había estado haciendo aquí dentro.
—¿Has comprobado si falta algún expediente?
Molly ni se molestó en echarse a reír.
—Lo haré cuando disponga de una década libre.
—Y el gorila sólo necesitaba un teléfono móvil... —concluyó Diana.
Después de estar diez minutos a su aire en ese lugar, el tipo podía haberse marchado con cien años de historia metidos en el bolsillo.
«Es culpa mía», pensó Diana. Al menos lo parecía, lo que venía a ser lo mismo.
Hasta hacía pocos meses, la jefa de los Perros había sido una tal Emma Flyte, y ella había tenido mucho gusto en propiciar su marcha después de que irrumpiera en su reino.
Y poco después se había producido un pequeño éxodo desde las filas del departamento, pues tres o cuatro de los colegas de Flyte habían decidido irse también.
Lo que no supuso un gran problema: se buscaron sustitutos y punto.
Y en vista de que muchos de los Perros en su día habían sido miembros de cuerpos militares de élite, seguramente se consideró que un antiguo oficial del sas con experiencia en la seguridad privada estaba más que cualificado para ocupar una de aquellas vacantes.
Dejó a Molly y subió en ascensor a la oficina central con la mente en ebullición. Josie estaba junto a la puerta de su despacho con los informes matinales en la mano. En ellos se detallaba lo sucedido durante la noche.
—¿Algo que destacar?
—Nada realmente importante. Básicamente, unas cuantas actualizaciones sobre la vigilancia a esa gente de Mánchester.
—No necesito revisarlas. Lo que necesito es un café.
—Sí, señora. —Josie hizo amago de irse, pero se acordó de algo—. Ah, y hay una muerte sospechosa. Horrible de veras. Un incendio en un contenedor de transporte.
—Por Dios. Las víctimas habrán sido unos inmigrantes, como de costumbre.
—No. Para empezar, hay una sola víctima. Un hombre.
—Tampoco nos corresponde hacer de policías.
—Un hombre que antes estaba en Regent’s Park —aclaró Josie.
Catherine Standish rellenó la taza-cubo de Lamb unas cuantas veces a lo largo de esa mañana.
Su jefe no siempre bebía té, pero cuando lo hacía, engullía cantidades industriales.
Las primeras veces que ella entró en el despacho, Lamb estaba sumido en uno de sus trances: con los pies descalzos sobre el escritorio, las manos unidas sobre la panza y los ojos abiertos clavados en el techo.
La experiencia le había enseñado que ni por asomo debía intentar establecer comunicación.
En la cuarta ocasión, Lamb clavó la mirada en ella, como si estuviera leyéndole la mente.
Y, como sin duda era el caso, optó por decir lo que pensaba:
—No hubiera estado de más prestarles un poco de apoyo.
—Cállate, anda. Le dije a Taverner que no siguiera jodiendo a mis agentes.
Lo más probable es que no me haga caso, aunque eso de que sus novatos y pardillos se dediquen a seguirlos por las calles tampoco es que sea una jodienda de verdad.
Un pequeño magreo, como mucho. —Levantó el enorme tazón—.
Además, se lo he contado a todos ellos, ¿no es así?
Y algo me dice que Dander no va a quedarse de brazos cruzados.
Catherine procesó lo que Lamb estaba diciéndole.
—Es posible que alguien acabe malherido.
—Me alegra ver que vas captando la idea. —Lamb pegó un sorbo colosal al té—. Y otra cosa más, Taverner no está muy metida en este asunto. Está pendiente de otras cosas que no marchan bien.
—¿Y eso es motivo de alegría para ti? Todos estamos en el mismo bando, ¿o ya lo has olvidado?
—Por Dios, ¿es que no has aprendido nada?
Cuando te dicen que hay que tomarse las cosas como vienen, eso no significa que por las mañanas tengas que hacer un borrado de memoria.
—Dejó el tazón-cubo en la mesa. Era virtualmente imposible que lo hubiera vaciado—.
Si todos estuviéramos en el mismo bando, no tendríamos que pasarnos media vida cubriéndonos las espaldas.
—Uno no puede cubrirse las espaldas. Lo que sí se puede es cubrirles las espaldas a los demás.
—Con el debido respeto a su señoría, eso es pura pedantería —sentenció él imitando lo mejor que pudo a Winston Churchill—. Y dicho esto, ya puedes largarte de una puta vez.
Era imposible tratar con Lamb cuando estaba de mal humor. Aunque a veces podía ser peor cuando tenía buen día.
Aun así, le preguntó:
—¿Qué quieres decir con eso de que a Taverner las cosas no le van bien?
—Quiero decir que es posible que haya cometido un error.
—¿Al meterse con tu gente?
—No, por Dios. Está claro que eso da igual.
No, me refiero a algo que dijo y luego fingió no haber dicho.
Hay algo que la inquieta, y dado que esa mujer no tiene vida personal, ese algo tiene que estar relacionado con Regent’s Park.
—Entrecerró los ojos en dirección al techo—.
Y se trata de un asunto no oficial, o no estaría inquieta.
Si fuera un asunto normal y corriente, siempre podría echarle la culpa a cualquier otro.
—¿Tú crees que está llevando a cabo una operación clandestina?
—Es posible, y última vez que lo intentó rodaron cabezas. Bueno, tampoco rodaron exactamente. Digamos que alguna que otra cabeza con cara de susto acabó plantada encima de un escritorio.
—Gracias por recordármelo. ¿Qué piensas hacer?
—Pienso pegarme un almuerzo de campeonato, seguido de una buena siesta —aseguró Lamb—. Pero primero dile a Ho que suba a verme. No veo por qué tengo que ser el único en poner toda la carne en el asador.
Situado al lado mismo de Kingsway, el hotel era discreto y un tanto cutre, la clase de establecimiento al que podías llevar a una fulana, pero sólo si tenías lo suficiente para apoquinar una noche entera.
Peter Judd recogió su llave en recepción y preguntó si en la habitación había un hervidor eléctrico.
Señaló la bolsa de plástico que llevaba en la mano y dijo:
—He traído mis propias galletas.
Lo dijo como felicitándose a sí mismo, como si creyera que entrar en un supermercado, hacerse una idea general de su funcionamiento y salir con la compra suponía una proeza sólo comparable al día en que el príncipe Carlos fuera a echar una carta al buzón por sí solo, sin ayuda de nadie.
—En nuestras habitaciones encontrará todo lo necesario —le respondieron.
—Me alegro mucho de saberlo —dijo él—. Aunque no sé muy bien a qué se refieren. ¿Podrían llamarme cuando llegue mi invitado?
Cosa que sucedió al cabo de una hora.