La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Mira que eres pesadita, ¿eh? Siempre quejándote, siempre lamentándote. Estar a tu lado es como vivir encadenado a Bob Marley, el fantasma de las Navidades Pasadas.

—Ése era Jacob Marley.

—¿Jacob Marley no cantaba con los Wailers? —preguntó Lamb.

Después de esa conversación, la mañana transcurrió lentamente.

Lech Wicinski estaba concentrado en su registro de desertores de las redes sociales, a los que mentalmente etiquetaba como autosilenciados.

No parecía existir un algoritmo que pudiera ser de ayuda, por lo que se limitaba a rastrear al azar temas polémicos, sobre todo los que surgían tras atentados terroristas.

Entre la aflicción y la rabia, siempre asomaba el odio.

En un momento dado cayó en la cuenta de que, pese a su mentalidad predigital, Jackson Lamb era una versión humana de Twitter: igual que la plataforma, soltaba bilis a diario y no parecía que fuera a dejar de hacerlo.

Era el tipo de ocurrencia que antes habría compartido con Sara al volver a casa, pero aquello se había acabado: ya no estaban comprometidos ni vivían juntos. Pocas relaciones sobrevivían a una acusación de pedofilia. No podía culparla por haberlo dejado, aunque en el fondo sí la culpaba.

Un usuario llamado @labomba_delaverdad celebraba los asesinatos de Nueva Zelanda.

«Donde las dan las toman», había escrito.

Probablemente era un tío. «Probad vuestra propia medicina para variar.

» No había vuelto a tuitear desde entonces; igual le habían cerrado la cuenta o simplemente había cambiado de nombre.

Shirley Dander estaba de pie en el umbral.

Lech supuso que iba a hablar con Roderick Ho, que tenía los cascos puestos y estaba a lo suyo como siempre. Pero Dander se plantó junto a su mesa y se quedó allí, en silencio, esperando a que reaccionara, como una muda pidiendo un donativo para una causa benéfica.

—¿Qué?

—¿Tienes algo que hacer?

Lech miró su ordenador, luego la miró a ella, luego al techo y finalmente a ella de nuevo.

—¿Ahora?

—A la hora de comer.

—¿Qué quieres?

—Pensaba ir a por algo de pescado.

—¿Y por qué quieres que vaya contigo? —preguntó Lech.

—Para hacer de cebo.

«La guardiana de episodios históricos pasados por alto», pensó Diana. «La comisaria de los archivos polvorientos.»

O simplemente una vieja loca que andaba en silla de ruedas.

Eran distintas formas de describir a Molly Doran.

En todas las demás plantas de Regent’s Park, las Reinas de las Bases de Datos gestionaban la información: la almacenaban, la catalogaban y la dejaban a total disposición de los muchachos y muchachas de la oficina central.

Como eficientes hormiguitas digitales que eran, se enorgullecían de lo meticuloso de sus registros.

Y cuando estaban en el pub, también lo hacían fenomenal en los juegos de preguntas y respuestas.

Molly Doran, en cambio, merodeaba por el perímetro de su finca analógica como un guardabosques a la vieja usanza, aunque fuera sobre ruedas.

El archivo que regía, comparable a toda una señora biblioteca, estaba situado varios pisos por debajo de la superficie, al final de un corredor con luces azuladas, y ocupaba una larga sala flanqueada por altas estanterías, dispuestas sobre unos raíles que permitían juntarlas a modo de acordeón cuando no hacía falta recurrir a ellas.

Y en dichas estanterías languidecían hectáreas enteras de polvorienta información, las vidas y glorias de Regent’s Park de tiempos pasados, así como sus fracasos y lúgubres infortunios.

Todo ello cabía en un lápiz de memoria, en el supuesto de que hubiese dinero para su digitalización, un proceso que tan sólo podría darse pasando por encima del cuerpo exánime de Molly Doran, como ella misma había afirmado más de una vez, quizá pensando que eso supondría un factor disuasorio.

Doran tenía claro que los contenidos que albergaban sus estanterías iban a ser los únicos que seguirían siendo secretos y estando limpios de polvo y paja cuando la Bestia colapsara (la Bestia: nombre que Molly daba a aquel despliegue de bases de datos y cachés supervisados por las Reinas), o cuando —como cada día parecía más probable— resultara que esos datos también estaban disponibles en mandarín.

Por eso había estado protegiendo el pasado del presente, lo que a ojos de Diana Taverner era casi exactamente lo contrario de lo que había que hacer.

En cualquier caso, fuera útil o no, a Molly Doran desde luego la veías muy poco.

Su archivo era su isla, y nunca se asomaba a la orilla.

Si bien los datos de entradas y salidas dejaban muy claro que pasaba más tiempo dentro del edificio que cualquier otra persona aparte de la propia Diana, bien hubiera podido ser un fantasma sobre ruedas en el que nadie reparaba excepto los más sensibles, y al que todos los demás descartaban como una simple anécdota.

Y sin embargo, ocho semanas antes, había elevado una queja formal por el comportamiento de un miembro del departamento de policía interna —los Perros—, más en concreto por «intromisión injustificada, uso de lenguaje inaceptable y comportamiento de capullo en general».

Esto último no estaba reconocido como infracción de las normas vigentes en la casa, por lo que seguramente tenía que ser considerado como una evaluación personal del carácter del intruso.

La queja había sido investigada y un lacayo de Recursos Humanos había sido enviado al archivo subterráneo con la misión de aplacar a Molly, probablemente el trabajo menos grato que se le podía encomendar a uno de Recursos Humanos.

El infractor, el Perro en cuestión, no salió muy mal parado, pues simplemente le enviaron un correo electrónico recomendándole la lectura de los protocolos sobre discapacidad descritos en el manual para los empleados.

Y, a continuación, las ruedas de Regent’s Park siguieron girando de la forma acostumbrada, al igual que las ruedas bajo la silla de Molly, o eso se suponía.

El Perro de marras era Tommo Doyle, el «chico» de Damien Cantor.

Información que había descubierto al examinar su expediente al volver a Regent’s Park tras su reunión con Cantor.

«¿Qué tal lo está haciendo Doyle?», le había dejado caer el tipo: una impertinencia destinada a menospreciarla, sin duda. Cantor era un bocazas, un niño con pantalones largos, como la mayoría de los hombres, un tipo que se creía más listo que el hambre.

Había revisado la visita guiada por Regent’s Park en las imágenes de las cámaras de seguridad.

No tardó en detectarlo, con impermeable y gafas de pasta.

Disfrazado. No era de extrañar que Oliver Nash se hubiera fijado en él.

Aquello era puro marcaje de territorio: el tipo estaba meándose en una farola.

Esa clase de conductas eran tan comunes en el negocio del espionaje como en cualquier otro: hombres en segundo plano que se creían protagonistas.

Los más jóvenes eran más cuidadosos y conscientes de la necesidad de mantener a raya a su pequeño Harvey Weinstein interior, pero los mayores, como Peter Judd, lucían su machismo como si fuera una medalla.

Y ni hablar de los especímenes como Jackson Lamb, que seguramente pensaba que lo del «techo de cristal» para las mujeres era algún servicio de un burdel berlinés.

Se acordó de la conversación, inusualmente informal, que había mantenido hacía poco con la joven Josie, que trabajaba en la oficina central.

—No deja de ser curioso —había dicho Josie—. A las mujeres siempre nos toca lidiar con las inseguridades de los hombres. El famoso test de Bechdel aquí no funciona ni por asomo, y eso lo vemos cada día.

—Nuestro trabajo consiste en afrontar las crisis y solucionar los problemas —le había respondido ella—. Lo que, de forma casi obligatoria, termina por llevarnos a conversar sobre los hombres... Eso encaja con el test de Bechdel, ¿no?

Nadie sabía qué había hecho exactamente Tommo Doyle para cabrear hasta tal punto a Molly Doran, pero no era descabellado pensar que, al final, todo llevaba al despacho de Damien Cantor.

Nada más entrar en el archivo había una especie de recoveco, un nicho justo del tamaño apropiado para una silla de ruedas. Era donde esperaba encontrar a Molly, pero estaba vacío, y la estancia entera, en silencio.

Costaba creer que alguien pudiera moverse por allí sin hacer ruido —y mucho menos Molly—. Los pasillos eran demasiado estrechos para una silla de ruedas. Tendría que avanzar despacio, con cuidado, deteniéndose a cada poco para maniobrar.

Pero no fue eso lo que ocurrió.

De pronto, unas ruedas doblaron la esquina con un rumor apenas perceptible. Era Molly Doran, y avanzaba directa hacia ella a toda velocidad.

No frenó hasta detenerse a medio palmo de sus pies.

—Me dejas impresionada —dijo Diana, seca.

—Tengo mucha práctica —respondió Molly Doran.

Diana se hizo a un lado y la otra ejecutó un complejo movimiento que la dejó justo en el centro del recoveco.

—Hace poco elevaste una queja —dijo Diana en cuanto Molly estuvo quieta por completo.

—Ya lo creo que elevé una puñetera queja.

—Con relación a Doyle.

—No sé cómo se llama ese tipejo, y me da lo mismo. Era uno de tus gorilas de seguridad. En su día ya les dije, y voy a seguir diciéndoselo, que no quiero Perros en mi sótano. Ni siquiera perros guía.

—¿Puedo preguntar qué sucedió exactamente?

—Poder, puedes. Pero no soy adivina, así que no sé qué pasará después.

—Como no cooperes de inmediato, te explico con todo detalle cuál es el futuro que te espera. Por si eso ayuda.