La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 6
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Capítulo 6

Damien Cantor estaba mirando un vídeo —imágenes de un ciudadano— en el que unos agentes de policía acosaban a un grupo de chalecos amarillos, cuando se abrió la puerta de su despacho y entraron dos hombres.

Iban vestidos con vaqueros y jerséis negros de cuello alto, y estaban conectados a su nave nodriza, a juzgar por sus diminutos auriculares.

Sin decir palabra, procedieron a examinar su despacho.

Silenció el portátil, se los quedó mirando atónito y finalmente acertó a decir:

—¿Perdón? ¿Perdonen? ¿Qué demonios...?

Ninguno de los dos le hizo el menor caso.

Descolgó el teléfono, pero se lo pensó mejor y volvió a colgar: si Sally no estaba ya en el despacho disculpándose, o la tenían retenida por la fuerza o se había hecho el harakiri en recepción. De manera que puso al mal tiempo buena cara, se arrellanó en el asiento y dijo:

—Vale, chicos. A vuestro aire.

Eso hicieron, más o menos. Terminaron su trabajo en silencio, metódicamente: no se trataba de asegurar el despacho, sino de dejarle claro quién mandaba.

En eso consistía la política en las oficinas, y nadie llegaba a su posición —en el piso cincuenta y dos de la torre Needle, en pleno corazón de la City, entre banqueros, abogados y demás estafadores de cuello blanco— sin saber encajar una puñalada.

Así que, cuando llegaron a su mesa, se limitó a alzar los brazos para que pudieran levantar el portátil y comprobar la parte de abajo.

—¿No me vais a cachear? —preguntó—. ¿Me pongo contra la pared? —No hubo respuesta—. No se olviden de llamarme para charlar de vez en cuando —les dijo mientras se iban—. No se corten, ¿eh?

Dejaron la puerta abierta, pero unas manos invisibles la cerraron en cuanto Diana Taverner entró en el despacho.

—Eso ha sido emocionante —dijo él—. Me he sentido como un extra en una película.

—Ya, bueno. Estoy segura de que en realidad se sentía bastante más importante —respondió Lady Di. Luego tomó asiento al otro lado del escritorio y, sin hacer el menor caso al entorno, clavó la vista en él.

Cantor pensó que eso era lo bueno de contar con ayudantes profesionales: mientras ellos te preparaban el terreno, tú podías concentrar toda tu atención en lo que te interesase.

—¿Café? ¿Té? Creo recordar que tengo una secretaria por ahí.

—No voy a quedarme mucho rato. Usted estuvo ayer en Regent’s Park...

—Pues sí.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Fui a una de esas visitas guiadas. Es un lugar fascinante; fascinante de verdad.

—Y le pareció buena idea sumarse al rebaño y repetir con ellos «¡oooh!» y «¡aaah!».

Cantor llevaba un traje azul con corbata a juego y barba de tres días, pero había optado por sumar a su atuendo un impermeable ligero y unas gafas de empollón con montura de pasta y cristales sin graduar. No parecía sorprendido de que lo hubieran reconocido.

—¿Hace falta que le explique por qué no conviene que se nos relacione? Señor Cantor...

—Damien...

—Damien. Le voy a explicar de qué va todo esto. Si no está de acuerdo en algo, quiere decir que lo nuestro no va a funcionar.

—Muy bien.

—Esto no es un trato entre iguales. Aquí usted pone el dinero y, a cambio, el país protege lo que a usted le importa. ¿Me sigue?

—Sí.

—Y supongo que Peter Judd le habrá dejado claro que usted no tiene, ni tendrá jamás, ningún control sobre cómo se usa ese dinero.

—Sí, sí.

—Dicho esto, puede haber ciertas ventajas. Por ejemplo, cierto acceso preferente cuando empiecen a saberse algunas cosas. Pero olvídese de que yo vaya a aparecer en su canal.

Él alzó las manos en señal de rendición.

—De acuerdo. Entonces no hay más que hablar —agregó Diana.

—Claro. Pero sólo para asegurarme de que lo he entendido: es como si dono dinero a la Cruz Roja. Eso no me da derecho a decirles cómo poner los vendajes. ¿Correcto?

—Correcto.

—O como si le doy dinero a un vagabundo. Si luego decide mear contra una pared, es cosa suya.

—Y puede que acabe meando sobre usted. También sería cosa suya.

Diana se levantó.

—¿Está segura de que no quiere quedarse a tomar un café?

—Estoy segura.

—¿Y hacer un recorrido por la sede de la compañía? Usted me ha enseñado la suya, ¿no? Por cierto, algo que siempre he querido preguntarle, ¿a usted también la llaman «M»?

—Que tenga un buen día, Damien.

Él insistió:

—Una cosa más. ¿Qué tal lo está haciendo Doyle?

—¿Perdón?

—Le hablo de Tommo Doyle, uno de mis chicos. Hace unos meses entró a trabajar en su policía interna, ¿cómo la llaman? Los Perros, ¿no?

Taverner se lo quedó mirando.

—¿Qué quiere decir con eso de «uno de mis chicos»?

—Doyle trabajó para mí en seguridad un par de años, pero, siendo sinceros, estaba desaprovechado. Yo no soy precisamente un objetivo de alto riesgo. Y él es muy bueno: viene del sas . Lo suyo es esto.

—No lo conozco personalmente —dijo ella.

—¿No? Yo procuro conocer a todos los que trabajan para mí —dijo Cantor—. Pero no pretendo decirle cómo tiene que dirigir su servicio.

—Hace bien.

Taverner se marchó. Cantor volvió a poner el vídeo y aprobó su emisión en el informativo del mediodía. En teoría la decisión era del editor, pero en última instancia era él quien le pagaba el sueldo.

Se acercó a la ventana y miró Londres: el ir y venir de la ciudad, su caos de cada día.

No debería haber mencionado a Doyle, pero lo peor que podía pasar era que perdiera el puesto, y siempre tendría un sitio allí, con él.

Doyle tenía buenas historias cuando se soltaba.

Un par de copas y empezaba a contar cosas que te ponían los pelos de punta.

Hay que tratar con humanidad a aquellos a quienes desprecias, sobre todo si los desprecias por su falta de humanidad.

Ésa era una de las lecciones que aprendes en la vida: una pequeña chispa de sabiduría —con la intención de ser mejor persona— que se convierte en un anclaje moral, aunque tan sólo sea porque esas palabras están ahí, metidas en tu cabeza.

Por eso Lech Wicinski pensaba a veces que así debería tratar a sus compañeros de trabajo —con humanidad—, en vista de que todos ellos parecían despreciarlo, aunque lo que pensaba con más frecuencia era otra cosa: que debían irse a la mierda todos juntos, con Jackson Lamb al frente.

—¿Qué queréis que os diga primero, la buena o la mala noticia? Eso sí, os adelanto que la mala es que no hay ninguna buena.

Así los había recibido Lamb cuando acudieron a su despacho tras la convocatoria general, transmitida a la manera de los tambores de la selva: a base de pisotear el suelo una y otra vez.

Catherine fue la primera en intervenir:

—Por una vez en la vida, ¿podrías dejar las payasadas a un lado y limitarte a explicarnos qué hay de nuevo?

Lamb, que estaba bebiendo lo que parecía ser té en un tazón del tamaño de un cubo para fregona, arqueó una ceja y dijo:

—¿Me encuentro ante un motín en mis filas?

Pues vale, soy un hombre razonable. Vamos a someterlo a votación.

Que levanten la mano los que estén de acuerdo con Standish.

Oído barra. Y ahora, que levanten la mano los que están al mando.

Vaya, ¿parece que soy el único? —Bajó la mano—. Los únicos salen ganando.

—Estupendo, nos ha quedado claro —terció River Cartwright—. ¿Cuál es la mala noticia?

—Creíais que vuestra autoestima no podía estar más por los suelos, ¿verdad? Pues felicidades. La cosa ahora promete llegar al nivel subterráneo. Cuéntales, Standish, anda.

—Louisa tenía razón —indicó Catherine—. Alguien estuvo siguiéndola, un recién incorporado a Regent’s Park. Y a los demás también os han estado siguiendo, de forma intermitente.

Una información que fue acogida de forma algo tumultuosa. Por su parte, Lamb seguía bebiendo de su cubo para el té con mucha finura, como si fuera un gorila circense bien amaestrado.

—Se trata de un ejercicio de adiestramiento —prosiguió Catherine en cuanto se atenuaron las voces—. Por eso la Casa de la Ciénaga fue borrada de los registros. Para convertiros... para convertirnos... en objetivos anónimos.

—¿Y ahora qué somos? —intervino Louisa—. ¿Unos patos de feria en una caseta de tiro al blanco?

—Algo por el estilo —convino Lamb—. Aunque con menor personalidad individual.

—Esto es cosa de Taverner, seguro —dijo River.

—Hay que reconocerlo, la cosa tiene su gracia. Es un ardid retorcido y taimado, algo muy típico de ella, pero tiene gracia.

—Un puto abuso, eso es lo que es —dijo Shirley Dander.

Ho iba mirando de un caballo lento a otro, como si tratara de dilucidar cuándo iba a llegarle el turno de hablar.

—¿Le has pedido a Taverner que ponga fin a todo esto? —preguntó Louisa.

—Joder, claro que no. ¿Por qué iba a hacer una cosa así?

—¿Para evitar que sigan tratando a tu equipo con semejante falta de respeto...? Perdón. Olvida lo que acabo de decir.

—Ya lo he hecho. —Lamb dejó el tazón en el escritorio con sumo cuidado, y a continuación eructó sonoramente, con tan poco recato como una monja recién expulsada del convento—.

En todo caso, tampoco veo dónde está el problema, la verdad.

No es que vosotros se lo vayáis a poner muy difícil.

Y si ahora mismo servís para dos cosas en lugar de para una sola, esto viene a ser como si os hubiera recortado el salario a la mitad.

—Los miró sonriente—. Al final todos salimos ganando.

—¿A qué nivel de vigilancia estamos sometidos? —quiso saber Lech.

—¿A qué nivel de qué...? ¿De qué estás hablando?

—Nivel de vigilancia. ¿Se limitan a usarnos para adiestramiento en las calles o hemos de dar por sentado que también nos siguen electrónicamente?

—Ah, sí. Entiendo que eso suponga un problema para ti.

Con tanto porno a la espera de que uno lo busque en Google...

—Adoptó una expresión meliflua—. Suponiendo que la gente haga esas cosas, claro.

Y en lo referente a tu pregunta sobre la vigilancia, mi respuesta es que no tengo ni puta idea.

Pero gracias, joven Manostijeras. Buen aporte.

—Entonces ¿la respuesta es aguantar sin rechistar todas las tonterías que Regent’s Park quiera imponernos? —preguntó Catherine.

Lamb puso los ojos en blanco.