La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 5 #7
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Capítulo 5 #7

Quizá sería preferible invitarlos a abandonar su espacio lo antes posible.

—En fin... —dijo—. Perfecto. Perfecto. Está claro que hay mucho en lo que pensar.

—Sin duda —convino Jim.

—Muchísimo —corroboró Jane.

—Pero ahora mismo... y aunque agradezco los tragos y todo lo demás... me conviene sobar un poco. —Hizo el gesto de dormir juntando las palmas de ambas manos sin saber muy bien por qué: todo el mundo sabía qué aspecto tenía uno al dormir—. Por la mañana tengo que estar bien despierto.

—¿En serio? ¿Y por qué? —preguntó Jane.

—Bueno, ya sabéis... —Hizo un gesto vago con la mano—. Tengo cosas que hacer.

Jim estaba desenroscando el tapón de la segunda botella de vodka, aunque esta vez no se oyó ningún ¡cris! , como si el precinto ya hubiera estado abierto.

—No, de verdad. Creo que ya he bebido bastante...

—Sí, es probable —convino Jim, que miró a Jane y preguntó—: ¿Te parece que el asunto está arreglado?

—¿Que si está arreglado? Está que arde —respondió ella. Y entonces, dirigiéndose a él, pronunció unas palabras que él no consiguió descifrar: un suave repiqueteo de la lengua contra el paladar, el idioma de un país lejano.

—¿Cómo?

—Nada, nada, una simple observación.

Ahora Jim sostenía la botella boca abajo y vertía su contenido sobre su saco de dormir.

—¡Oye! Pero... ¿qué coño estás haciendo?

—¿El qué? Ah, esto... —Jim levantó la botella—. Verás, de esto no puedes beber. Fijo que no.

—Está jodidamente claro que no —agregó Jane, y ambos rompieron a reír.

Jim se puso a recorrer el contenedor meneando la botella arriba y abajo y esparciendo el líquido por todas partes.

—¡Que pares, joder!

Fue hacia él dispuesto a impedírselo por la fuerza, pero de repente se encontró en el suelo con las piernas hechas un lío bajo el cuerpo.

Jane dio un paso atrás con una ligera sonrisa en el rostro y Jim se puso a verter el líquido sobre él, salpicándole la parte frontal del suéter; su viejo suéter con agujeros y las mangas demasiado largas.

—¡Está bien, se acabó lo que se daba! ¡Fuera de una puta vez los dos!

—Creo que el amigo tiene razón —dijo Jane.

—Además, la botella ya está vacía... —apuntó Jim.

—¿Te parece que lo arropemos en la camita?

—No sé si está de humor para esas cosas.

—¡Fuera de una puta vez! —repitió él. Tenía la certeza de estar sobrio de nuevo—. ¡Ahora mismo!

Quiénes eran, qué querían... Si hacía más preguntas, seguirían allí por la mañana.

Pero ahora tenía muy clara una cosa: esos dos, Jim y Jane, eran vestigios de su antigua existencia, de sus viejos tiempos en el mi5 .

Era una llamada a la acción. Al día siguiente se presentaría en Regent’s Park y aporrearía la puerta hasta que le abriesen.

El hogar era aquel sitio al que, cuando volvías, no les quedaba otra que dejarte entrar. Y esto iba a interesarles, y mucho.

Notó que una chispa iluminaba su interior, una chispa que conocía de años atrás: la sensación de pertenecer a un lugar, de ser alguien útil, de tener algo que aportar a la lucha. Aún no sabía de qué lucha se trataba exactamente, pero no tenía la menor duda de quién era el enemigo.

Y también estaba seguro de que, ahora, percibía un olor extraño. Un olor que no provenía del vodka, un olor más intenso, por no decir acre, por no decir peligroso.

Por no decir...

... que Jim y Jane estaban saliendo del contenedor, que el mechero que Jim acababa de lanzar hacia el saco de dormir giraba sobre sí mismo, en pleno vuelo, con una lentitud que desafiaba las leyes de la gravedad y una llama que no se apagaba a pesar de tanto giro en el aire.

Él ya estaba incorporándose, y logró ponerse a cuatro patas antes de que el mechero chocara contra el saco de dormir, tal como la mierda proverbial chocaba contra el ventilador: con un ¡bum! repentino y la sensación de que aquello ya no tenía arreglo.

Jim y Jane estaban en la puerta. La puerta se cerró de golpe y se oyó un traqueteo sordo, algo que no se sabía bien qué era, como no fuese la inserción de un tablón a través de las dos asas metálicas.

No tenía modo de confirmarlo desde el interior, pero el hecho de que la puerta no se abriera por mucho que él empujara terminó por dejarlo claro.

Aporreó el metal con tanto estrépito como un grupo de rock alemán.

—¡Por favor...!

A sus espaldas habían empezado a alzarse lenguas de fuego.

El saco de dormir parecía flotar entre ellas, y el fuego se expandía por todas partes, engullendo ávidamente el líquido que Jim se había encargado de desparramar y devorando todo lo demás a su paso: prendas de ropa, algunos libros, la grasa acumulada en la sucia sartén, el suéter que él llevaba puesto...

—¡Abrid la puerta, por favor!

Te pasabas media vida suplicando que te permitieran entrar y al final iba a resultar que lo que de verdad querías era que te dejaran salir.

Pero poco importaba lo fuerte que aporrease, los gritos que pegase, porque la puerta no iba a abrirse de nuevo, y él, rodeado de humo y de un ruido ensordecedor, iba a arder entre las lenguas de fuego, que quemaron carne, hueso y metal hasta que todo volvió a quedar en silencio.