La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 5 #6
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Capítulo 5 #6

—Mientras que usted seguiría conservando la propiedad intelectual y el control creativo del proyecto.

—No pretendemos que nos venda su sueño.

—Está claro que nadie con dos dedos de frente estaría dispuesto a vender su sueño.

—Lo que nos gustaría es saber si estaría usted dispuesto a concedernos una licencia —dijo Jim.

Struan Loy tenía la sensación de estar siendo masajeado por unas manos amigables. Como si estuvieran embadurnándolo de aceite y aplicándole toallas calientes, con un final feliz inminente.

—Jim y Jane... —dijo. Hizo una pausa y agregó—: De acuerdo, Jim y Jane. Pasad, pasad. Y traed esas botellas.

No pudo evitarlo y empezó a adquirir maneras de comercial en cuanto se hizo a un lado para que entraran.

—Es bonito y espacioso, como podéis ver. Con un gran... potencial.

Sólo había una luz, un farolillo a pilas, pero era suficiente para iluminar las «comodidades» del lugar: el sillón y el cajón de madera que hacía las veces de mesa y de cocina a la vez.

Encima se encontraba el hornillo de camping, así como la sartén en la que había estado friendo salchichas.

Sin duda todavía estaba caliente, pero eso era lo bueno de su estilo de vida actual: ¿qué más daba si la sartén se chamuscaba un poco?

—Ahora mismo es como un pequeño campamento, no os voy a engañar. No está para entrar a vivir, pero me propuse... probarlo.

Jim miraba el contenedor con interés. Jane preguntó:

—¿Qué diseño tiene en mente?

—Bueno, pues... tendría tres ambientes. Un área principal para dormir y vivir, que ocuparía la mayor parte del espacio; una ducha, claro, con todo lo necesario, y una cocina aparte.

—Y un gran ventanal en la sala de estar, ¿no? —comentó Jane—. Me gusta. Por el momento, ¿qué usa a la hora de... en fin... en lo referente a las necesidades?

—Salgo y voy a la parte de atrás —respondió él.

Jim emitía sonidos de admiración mientras desenroscaba el tapón de la botella de vodka. Se oyó un agradable ¡cris! cuando el precinto de papel se rompió.

—¿Tiene vasos? Da igual si son de plástico. Estamos entre amigos, ¿no?

Tenía dos vasos de poliestireno y un tazón de metal descascarillado.

—Perfecto.

Jim sirvió una generosa medida de vodka para cada uno de ellos y los tres brindaron por el futuro.

Y mientras Jim volvía a llenar los vasos, Jane siguió alimentando la charla.

Habían oído hablar del proyecto cuando investigaban oportunidades de inversión y les había parecido muy atractivo.

La situación de la vivienda... era importante hacer algo en ese sentido, ¿no le parecía?

Sí, le parecía. Pero bueno, ella entendía que la respuesta del mercado estuviera siendo lenta: a la gente suele faltarle imaginación, pero cualquiera con un poco de empuje...

Qué demonios, ella no tenía pelos en la lengua; cualquiera con un par de cojones tenía que darse cuenta de que lo que se le había ocurrido: esa idea genial era justo lo que la sociedad llevaba tiempo esperando.

Con un soldador eléctrico y un poco de entusiasmo, un espacio como ése podía quedar perfectamente arreglado en un abrir y cerrar de ojos.

Hacía bien en no querer complicar las cosas.

Tres ambientes: dormitorio, cocina y cuarto de baño.

O incluso... aunque ella tampoco pretendía decirle lo que tenía que hacer, claro...

incluso era posible reducirlos a dos. Muchas propiedades, numerosos estudios y pisos pequeños, incorporaban la cocina al espacio principal, ¿verdad que sí?

Eso permitiría reducir los gastos de renovación.

Y había otra ventaja añadida: los contenedores de transporte eran apilables, como todo el mundo sabía.

De manera que, en lo fundamental, estábamos hablando de todo un bloque de pisos a la espera de ser montado.

Alguna solución ingeniosa para las escaleras exteriores y listo.

¿Qué tenía pensado él? ¿Amueblados o sin amueblar?

Lo primero, seguro. Estaba claro que tenía buen ojo.

—Beba un poco más de vodka, no se corte.

Jim le sirvió un poco más de vodka y Loy dio otro trago.

La verdad es que entraba de maravilla, igual que la entusiasta charla de Jane, que le recordaba lo que había entrevisto en Johannesburgo.

No una simple oportunidad, sino un verdadero viaje personal; una meta a la que dirigirse para luego ir más allá...

lejos de la mala suerte que llevaba tanto tiempo persiguiéndolo.

El único problema —la única china en el zapato— era que esas cosas no pasaban. O al menos no le pasaban a él.

Porque, cuando las cosas empezaban a irse a la mierda, se iban a la mierda cada vez más rápido.

Era la segunda ley del movimiento. Su reciente trayectoria había tomado un rumbo claramente mierdoso, y de ninguna manera iba a mejorar por el simple hecho de que un par de desconocidos acabaran de aparecer prometiéndole el oro y el moro.

No, allí pasaba algo raro. Y si pensaban que a estas alturas no se había quedado con la copla, más les hubiera valido seguir fingiendo que eran un par de misioneros, como su aspecto daba a entender.

—¿Y quién os ha dado mi dirección? —preguntó.

Tuvo la impresión de haber pronunciado «dirección» de forma algo pastosa, o igual no, quizá la palabreja se las traía. Aunque, en último término, todo aquel debate mental no era más que un indicio de que llevaba un rato bebiendo vodka a palo seco.

Jane y Jim intercambiaron miradas.

—Pues... se llamaba Peter, ¿no?

—¿Peter Fairfax? —preguntó Loy.

—Fairfax, sí. Creo que sí.

Estaba bien que respondieran a sus preguntas, y más cuando la respuesta indicaba algo con claridad: que esos dos estaban mintiendo. No conocía a ningún Peter Fairfax.