La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 5 #5
35%

Capítulo 5 #5

El jardín era una delgada franja de terreno en su mayor parte pavimentada.

Un jardinero acudía una vez a la semana para encargarse de las enormes plantas que crecían en unos macetones igual de enormes.

También había mobiliario de exterior, por si un día hacía amigos, los invitaba a su jardín y ellos se mostraban dispuestos a pasar un buen rato en su compañía.

Era un sólido mobiliario de madera que, con la luz de alarma encendida, daba la impresión de ser una escenografía.

Descorrió el cerrojo de la puerta y salió al jardín. Enseguida percibió el humo del cigarrillo de Jackson Lamb y poco después vio que su corpachón ocupaba una de las sillas.

—¿Se puede saber qué estás haciendo en mi jardín? —le soltó él.

Ella negó con la cabeza.

—Ahora te toca decir: «Perdona, pero es mi jardín», y a partir de ahí vamos improvisando —añadió él.

—Vete a tomar por saco. No tienes idea de lo rápido que van a venir los Perros. Y te aseguro que no van a tener miramientos a la hora de sacarte de aquí.

—En tal caso, mejor esperar sentados.

Diana lo fulminó con la mirada, volvió a negar con la cabeza y se dirigió a la cocina, donde llenó la copa hasta el borde. Tuvo que andarse con cuidado al salir otra vez, para que el vino no se derramara.

La dejó en la mesa, arrastró otra de las pesadas sillas de madera y se sentó.

Lamb miró la copa y dijo:

—No hace falta que te molestes. Estoy bien.

—Ya lo sé. La botella que llevas encima asoma por el bolsillo del abrigo.

—Ah, eso. —La sacó y desenroscó el tapón—. Salud.

Ella levantó la copa con la intención de parecer agresiva y sardónica, aunque no quedó claro si lo había conseguido.

—Y bien —dijo él—. Supongo que estarás preguntándote por qué te he invitado a charlar un rato aquí fuera.

—Deja los chistes de una vez. Al grano.

—Has estado utilizando a mi gente como señuelos en ejercicios de adiestramiento, como blancos en una galería de tiro.

—Uy, perdona. ¿Hay alguna razón para no hacerlo?

—Una razón obvia: esos putos blancos son míos.

—Lo que dice mucho a tu favor, desde luego. —Echó una ojeada a los pies de Lamb, donde las colillas de cigarrillo habían brotado como setas—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Más de lo previsto. ¿Desde cuándo tienes vida social?

—Siento haber tardado tanto.

—Y que lo digas. Hasta es posible que haya tenido que echar una meada en una de tus macetas.

Ella no creía que estuviera hablando en broma. Señaló el cigarrillo de Lamb y dijo:

—¿Me invitas a uno de ésos?

Él suspiró.

—Hay gente que se cree con derecho a hacer lo que quiera con las cosas de los demás.

Aun así, le pasó uno.

—¿Lo has liado tú mismo? —preguntó ella.

—Has de sujetarlo en ángulo.

Él deslizó un mechero de plástico por la mesa, y ella dio una calada que le recordó a la primera que había dado en la vida.

—Santo cielo, ¿de dónde has sacado esta cosa?

—De la tienda del Viejo Miles.

—¡Vaya por Dios! Ha cerrado, ¿no? —Sacudió la cabeza—. La vieja guardia solía reunirse allí, en los tiempos en que Partner estaba al frente.

—Allí sólo iban los encorbatados y los parásitos —corrigió él.

—«Encorbatados» y «parásitos»... —repitió ella. Y luego añadió—: Pero todo está cambiando, ¿no crees? Yo creía que las cosas ya habían cambiado lo suficiente, pero parece que no.

—Si hubiera querido escuchar los lloriqueos de una mujer con malas pulgas, habría ido a uno de esos bares para pijos de la City.

—Bebió un trago de su botella, cuya etiqueta ella no reconoció—.

Por eso borraste nuestros expedientes, ¿no?

—agregó Lamb—. Para que tus agentes novatos no llegaran a saber que estaban siguiendo a profesionales de verdad.

Ella exhaló un humo que parecía más negruzco de lo acostumbrado.

—Te ha llevado tu tiempo descubrirlo.

—En cuanto comprobé que seguían pagándome mi salario, el tema ya no me pareció urgente. Además, te encargaste de que nadie me siguiera a mí.

—Claro —convino ella—. No quería que el novato al que le tocase la china quedara traumatizado de por vida.

Él asintió, como si eso último fuera obvio.

—También me he enterado de lo sucedido en Kazán. Algo me dice que los encorbatados de Whitehall se corrieron en los pantalones y que luego se echaron atrás.

—Nada a lo que no esté acostumbrada.

—¿Y el primer ministro qué piensa?

—Oficialmente no sabe nada. Así, su asesor especial no tiene que decirle lo que debe pensar.

Los dos guardaron silencio. Sobre sus cabezas, en el cielo oscuro y sin estrellas, no sucedía absolutamente nada. O al menos nada que pudieran ver.

Unos segundos después, Lamb continuó:

—En mis tiempos estuve más de una vez en intercambios de prisioneros en un puente.

Veías cómo uno de los tuyos volvía hacia tu lado y cómo uno de los otros se alejaba en dirección contraria.

Y ahí se acababa la historia. Quedaban fuera del tablero.

Eran intocables. Nadie lo puso jamás por escrito, pero no por ello era menos cierto.

Era una norma sagrada. En caso de no cumplirla, estabas entrando en terreno chungo, en territorio comanche.

—Inclinó la botella en dirección a ella—.

Putin se ha cagado en esa norma concreta. Hiciste lo que tenías que hacer.

—Gracias.

—Pero lo más probable es que nos haya declarado la guerra. Supongo que lo sabes.

—Yo creo que terminará por captar el mensaje.

—Lo digo porque he oído un rumor —repuso él.

—¿Y tú haces caso a ese tipo de cosas?

—Pues claro que hago caso, no te jode. Soy un espía. —Tiró la colilla en el montón a sus pies—. Por lo visto, contamos con una unidad de élite especializada en ejecuciones.

—¿Ése es el rumor?

—No, el rumor es que los han puesto en el punto de mira. Ojo por ojo. Te cargaste a una de las estrellas de su elenco y ahora vienen a por las tuyas. El verano promete ser interesante.

—Para lo de Kazán recurrimos a alguien que no está en nómina —dijo ella.

—Lo suponía.

—Porque la situación no está tan clara como antes.

A la mitad de los organismos de seguridad europeos ahora les ha dado por ponerse a vigilar a nuestra gente.

Se acabaron las colaboraciones extraoficiales, se acabó eso de mirar para otro lado cada vez que hacemos una incursión menor en su territorio.

Se acabó lo de recurrir a atajos a través de países amigos.

La cooperación ahora tiene lugar ateniéndonos de forma estricta a lo que está escrito en el papel, y resulta que hay mucha más letra pequeña de lo que sospechábamos.

—Contempló su copa de vino sin tocarla, lo que ahora resultaba más fácil, pues no quedaba más que la mitad—.

Es otro de los incontables beneficios de «ya sabes cuándo».

—A mí no me mires —dijo él—. Yo voté al Partido Liberal Demócrata.

—Muy gracioso. Pero la verdad es que, en efecto, contamos con equipos tácticos, y tenemos unos agentes que podrían eliminarte incluso a ti con las manos desnudas, aunque estoy convencida de que preferirían hacerlo usando guantes de goma.

Pero lo que no tenemos es una unidad como la que tú has descrito. ¿De dónde viene ese rumor?

—Me lo contó un hombrecillo que conocí en la cueva del Viejo Miles.

—Ya, ¿y ese tipo cómo se enteró? ¿Lo leyó en Twitter?

—Su pareja era periodista y estaba escribiendo un libro sobre Putin.

—Ah.

—Y está muerto.

—¿Lo asesinaron?

Él se encogió de hombros.

—¿Dónde?

—En Moscú.

—Ese hombrecillo... es estadounidense —preguntó ella.

—De pura raza.

—Y su pareja era un ciudadano ruso, ¿no? —Estuvo a punto de dar otra calada, pero se lo pensó mejor—. Pues tu hombrecillo ha estado escribiendo al ministro. Sin embargo, la información que tenemos habla de un fallecimiento por causas naturales.

—¿Y cabrear a Putin no equivale a «causas naturales»?

—A ver, no sería el primer periodista ruso que cae en una trampa para osos —dijo ella, dando un sorbo a su copa—.

Si los cadáveres empiezan a acumularse, tendré claro que nos encontramos ante un problema.

Uno más para mi lista, que no deja de crecer.

Pero bueno, estoy cansada. ¿Te importaría mover el culo y largarte de una vez?

Él levantó su corpachón de la silla no sin dificultad. Cuando logró ponerse en pie, ella volvió a pensar en las trampas para osos.

Lamb sacó un nuevo cigarrillo, a saber de dónde, y dijo:

—Eso de financiar la ejecución de una de las figuras de Moscú sin autorización oficial de los de arriba me ha sorprendido incluso a mí. Es impresionante, hay que reconocerlo.

—Tal vez cuento con algún padrino que otro.

—Pues espero que no acabe por hacerte una oferta que no puedas rechazar.

De pronto, ella se sintió abrumada por un mal presentimiento y, sin poder evitarlo, susurró:

—Es posible que haya cometido un error, Jackson.

Él se mantuvo a la espera, pero ella no quería entrar en detalles:

—En fin, qué más da. Es lo que hay. Eso es lo que dice la gente hoy en día, ¿no?

—Las reglas de Londres, Taverner. Si eres lo bastante maduro para reconocer que has cometido un error, eres lo bastante estúpido para cometer otro más.

—Gracias.

—Y deja de joder a mis agentes.

—No son verdaderos agentes.

—Ésa no es la cuestión. La cuestión es que dejes de joder. —Señaló la puerta de la casa con la cabeza—. ¿Puedo entrar?

—No. Puedes irte por donde has venido.

—He venido desde la casa.

—No es verdad.

Diana cerró con llave la puerta corredera y entró en el cuarto de baño. Al salir, la luz de alarma estaba apagada y el jardín, vacío.

—¿Le importa si entramos un momento a echar un vistazo?

Si esa pregunta la hubiera hecho la mujer, Loy no habría dudado lo más mínimo.

El hombre añadió:

—Por cierto, somos Jim y Jane.

—Jim es él —aclaró ella—. Yo soy Jane.

—Somos dos emprendedores interesados, por así decirlo...

—... interesados en su concepto, concretamente.

—Contenedores de transporte: es una idea brillante.

—Sin duda.

—Y estamos muy interesados en explorar a fondo su potencial.

—Mediante un acuerdo de franquicias, posiblemente —indicó Jane.

—Con esto queremos decir que los costes de diseño correrían a nuestro cargo, y también los costes de producción, por supuesto.