Capítulo 5 #4
La mayoría de las grandes ideas, o muchas de ellas, en su momento fueron descartadas como disparatadas, y lo normal era que te considerasen un idiota por haberlas concebido.
Por otra parte, lo mismo pasaba con las ideas estúpidas.
Lo más complicado era distinguir entre las unas y las otras.
De manera que, un par de años atrás, cuando a Struan Loy se le iluminó la bombilla, fueron legión los que le dijeron que estaba como un puto cencerro.
Pero él tuvo la fuerza de carácter necesaria para estar por encima de las críticas, para reconocer la genialidad de su invención personal y negarse a escuchar los comentarios de los mediocres, y el resultado era que ahora estaba viviendo en un contenedor de transporte, alimentándose de salchichas caducadas que cocinaba en un hornillo de camping y preguntándose si esos ruiditos procedían de otra rata o de una araña gigante de Madagascar.
Esos contenedores habían dado la vuelta al mundo, por lo que las arañas exóticas no podían descartarse.
En su momento, no obstante, la idea le había parecido excelente.
Por aquel entonces, además, las cosas prometían.
Tras haber dejado un empleo y a la espera de ponerse a trabajar en otra cosa, había pasado a ser uno de los socios sin derecho a voto de un centro de fitness .
Bueno, lo de socio tampoco era del todo cierto, pero sí tenía derecho a roce, pues llevaba un tiempo acostándose con una de las propietarias, una divorciada llamada Shelley, quien, con intención de mosquear a su ex —la otra mitad del negocio—, había dejado que él alquilase el recinto por las noches para impartir clases de defensa personal.
Como alguna vez dejaba caer aquí y allá, en una etapa anterior había formado parte de los servicios de seguridad.
No estaba autorizado a dar detalles, pero había recibido adiestramiento y actuado sobre el terreno.
Dicho de otra forma: más valía no tocarle las narices, lo que acojonaba un poco y era un buen reclamo para el cursillo «Adelántate a tu agresor», unas clases más bien moviditas que al final resultaron no ser muy indicadas para los mayores de cincuenta años.
Después de que se llevaran a uno de sus clientes en camilla, Shelley le dijo que aquello era la gota que colmaba el vaso y él se quedó boquiabierto, pues no había sido consciente de que cayera gota alguna, y al final resultaba que habían estado acumulándose sin que él lo supiera.
Había que reconocérselo, Shelley fue generosa mientras su acuerdo se mantuvo, y para muestra el viaje que hicieron juntos a Sudáfrica, con safari incluido.
En aquellos idílicos parajes todo había salido a pedir de boca, pero durante los dos días que estuvieron en Johannesburgo a él se le había ocurrido de pronto aquella genialidad: contenedores de transporte.
En Johannesburgo podías ver bloques de apartamentos enteros construidos con esos armatostes: colosales bloques de contenedores apilados unos encima de otros y pintados de vivos colores, como si fueran juguetes infantiles, con gente que vivía en ellos.
En resumidas cuentas: por un lado había una crisis de vivienda, como todo el mundo sabía, y por el otro existía esa solución, con la que habían topado casualmente algunos habitantes de Johannesburgo, y nadie mejor que él para trasladarla a su propio país.
Contenedores de transporte. Mucho más baratos que los edificios de verdad.
Saltaba a la vista que valía la pena invertir hasta su último penique en esta empresa, así como muchos otros peniques que no tenía pero que pudo pedir prestados con unos intereses que, a largo plazo, también saldrían baratos.
Así que, después de que su rollo con Shelley terminara, ni corto ni perezoso compró una docena de contenedores a una empresa de transportes que había ido a la quiebra y estaba liquidándolo todo, incluidos esos activos concretos, apilados tras un polígono industrial en las afueras de Leicester.
Struan Loy, emprendedor. Lo único que faltaba era reclutar a algunos expertos en arquitectura y diseño, que abundaban entre los jóvenes brillantes de Sudáfrica, y su futuro estaría más que asegurado.
Para resumir: dos años más tarde no tenía trabajo, no tenía dinero y estaba recortando gastos en todos los sentidos, lo que había implicado mudarse a vivir a uno de los contenedores, por mucho que éstos todavía no hubieran sido renovados.
Aquello era casi como vivir en la calle, como carecer de hogar. De hecho, era esto último exactamente.
En comparación, su etapa en los caballos lentos podía ser descrita como el momento álgido de su carrera profesional.
Así era como los llamaban: los caballos lentos, los desalojados de sus puestos en Regent’s Park debido a la envidia, el resentimiento y a la estrechez mental de otros; aunque, en su caso concreto, también porque había cometido la imprudencia de enviar a varios destinatarios un correo electrónico en el que sugería que la persona que por entonces ocupaba la Primera Mesa era un títere de Al Qaeda.
Fue toda una lección de cómo funciona la burocracia: entre otras cosas, carece del menor sentido del humor.
Luego tuvo lugar el secuestro de un chico, un caso en que el equipo —los caballos lentos— se vio involucrado de lleno, por lo que él acabó por tomar la decisión perfectamente racional de salvar su pellejo vendiéndolos a todos a Diana Taverner con la esperanza de redimir su propia carrera profesional.
El resultado fue que se quedó en la calle.
Era descorazonador hasta qué punto un hombre valioso podía encontrar obstáculos en su camino...
Pero ahora en serio, ¿qué demonios eran esos ruiditos en el rincón?
Aunque de hecho no procedían del rincón, según advirtió en ese momento, sino del exterior: eran unas pisadas en el resquebrajado suelo de hormigón que cubría aquel páramo.
Fue hacia la puerta tan sigilosamente como pudo y escudriñó la oscuridad.
El aire olía a lluvia. Unos pocos metros más allá, frente al siguiente contenedor, vio a un hombre y una mujer.
Ambos se volvieron hacia él, aunque había tratado de no hacer ruido.
No pudo evitar fijarse en que llevaban sendas botellas de vodka en la mano.
Se acercaron y la mujer lo saludó con una sonrisa.
—Struan Loy, ¿verdad? El señor Struan Loy.
Había hecho hincapié en lo de «señor», a pesar de las circunstancias.
Él preguntó:
—¿Y ustedes quiénes son?
—Nos hemos enterado de ese proyecto de negocio que tiene entre manos.
—El proyecto de los contenedores de barco —dijo el hombre, dirigiendo su mirada al que le servía de alojamiento y a los contenedores contiguos—. De los contenedores «residenciales», vaya.
Iban vestidos con impermeables, trajes negros y camisas blancas. La mujer era guapa, pero llevaba el pelo recogido en un moño de aspecto monjil, como si no quisiera que te fijaras en ella, al menos de entrada. El hombre, bien afeitado, se mostraba tranquilo y cortés.
—Un servidor, sí. Yo mismo, quiero decir.
De pronto cobró conciencia de su propio atuendo: unos vaqueros viejos y un suéter cuyas mangas le iban largas.
No era el mejor vestuario para una reunión de negocios, pero no parecía que a sus visitantes les importara, porque seguían plantados ante lo que podríamos llamar el umbral de su casa —aunque distaba de serlo—, expectantes y con las botellas en la mano, como a la espera de una invitación.
«De no ser por el vodka», pensó, «los habría tomado por una pareja de misioneros».
Diana Taverner había cenado comida italiana y bebido dos copas de vino chileno, pero al llegar a su hogar en Notting Hill no podía sentirse más británica: fatigada, irritable y con el recelo metido en el cuerpo.
Y eso de «hogar»... en fin, cuando le preguntaban al respecto siempre decía que su hogar estaba en la pintoresca región de los Cotswolds, teniendo buen cuidado de no dar el nombre concreto del pueblecito donde se hallaba su cottage .
Se suponía que Londres era tan sólo su lugar de trabajo, el lugar donde estaba su oficina.
Pero durante las contadas ocasiones en que se había decidido a soportar un fin de semana en el tan pintoresco Temple Guiting, al final se había encontrado pegada al teléfono y contando las horas que faltaban para volver a la ciudad.
La casita tenía estufas de leña y vigas de madera a la vista, suelos de piedra y un curioso asiento de ventanilla enclavado a mitad de la angosta escalera, cosas que, una vez de vuelta en Londres, describía como llenas de encanto rústico, pero que más bien suponían un soberano coñazo.
Allí podía contemplar las estrellas, era verdad, pero entre las cuatro paredes se veía obligada a andar con la cabeza gacha.
Las vigas a la vista eran un peligro. Su hogar, de hecho, estaba en Regent’s Park.
Pero la casa de Notting Hill era elegante y sobria, y estaba sembrada de alfombras que amortiguaban los sonidos; tenía luces indirectas, las paredes estaban impolutas y disponía de una nevera llena de vino.
Se despojó de los zapatos, cogió la correspondencia, fue hacia la cocina y se sirvió otra copa más.
A través de la acristalada puerta corredera vio que la luz de alarma detectora de intrusos estaba encendida, lo que significaba que un zorro había atravesado el jardín.
En un minuto se apagaría. Dejó el correo en la mesa y subió al piso de arriba con la copa de vino.
Se quitó el maquillaje y respiró hondo unas cuantas veces.
Estaba al frente de la puta Primera Mesa, y no había llegado hasta allí para rendirse sin más.
En su momento ya había eliminado amenazas mayores que las que ahora suponían Damien Cantor y Peter Judd.
Y los ángeles problemáticos tampoco eran una novedad: algunos habían intentado desafiar al mismísimo Dios y todo el mundo sabía cómo habían acabado.
Tras terminarse la copa, dejó en paz el espejo y bajó para volver a llenarla.
La luz de alarma seguía encendida.