Capítulo 5 #3
Antes de que la luz del día hubiera desaparecido del todo, Diana estaba sentada en un banco de espaldas al Globe, contemplando el Támesis.
Era su banco favorito desde hacía tiempo, ubicado justo en medio de un tramo de doce metros que quedaba fuera del alcance de las cámaras de vigilancia urbana.
Pero, además, ella misma se había encargado de mejorar las cosas, haciendo que lo cubriera casi por entero una gran salpicadura de mierda de pájaro.
Era una calcomanía de plástico, sí, pero lo bastante realista como para conseguir que nadie más se sentara.
El banco de marras también le ofrecía la oportunidad de fumar, un hábito al que casi nunca se rendía en presencia de otros.
No era fácil dilucidar cuál de las dos cosas repugnaba más a los turistas que pasaban por allí: el cigarrillo o los excrementos.
De vez en cuando, en momentos como ése —mientras la nicotina hacía su efecto por primera vez en la jornada, mientras contemplaba el discurrir del río que se dirigía a su hogar—, podía permitirse no pensar en nada y, sencillamente, sentirse viva.
Ese día, sin embargo, nada de eso iba a suceder. Llevaba horas echando chispas.
—Ah, una mujer hermosa dejándose llevar por el vicio. ¡Qué imagen más estimulante!
Si Peter Judd comprendía los requisitos de un encuentro clandestino, también hacía todo lo posible por contravenirlos.
Ella despegó la calcomanía y le dejó espacio para tomar asiento. Mientras posaba su bien trajeada corpulencia en el banco, el recién llegado añadió:
—Me has convocado de urgencia, ¿eh? ¿Quién te ha echado arena en el tarro de vaselina, Diana?
—¿Cómo se explica que Damien Cantor formara parte del grupo de visitantes que ha venido a Regent’s Park esta mañana?
—Veo que me crees capacitado para pasarme el día moviendo hilos. Es muy halagador, pero por lo general estoy tan sumido en la oscuridad como tú misma.
—Yo no suelo estar sumida en la oscuridad.
—No. Si recuerdo bien, prefieres hacerlo todo con las luces encendidas. ¿Puedo coger uno de ésos?
Taverner sacó la cajetilla y el mechero del bolso y se los pasó. Judd se estremeció al dar la primera calada, como si estuviera experimentando un intenso placer.
—Gracias. Mira, Cantor es un inversor. Quiere levantar los zócalos de la casa, comprobar si hay humedades.
Y probablemente ha pensado que sería buena idea, o incluso divertido, sumarse a un grupo de visitantes, pero eso hay que achacarlo a su juventud...
y al hecho de que es megarrico. Los megarricos siempre piensan que son la polla en vinagre.
—Hablando de pollas en vinagre —dijo Diana—, haz que tenga presente que la suya corre peligro, y que a los Perros se les puede cortar la polla sin que por eso dejen de estar operativos.
Lady Di acabó de fumarse el cigarrillo y aplastó la colilla con el tacón. Una gaviota cercana contemplaba la escena con hambriento interés.
—Es un poco pronto para pensar en modificar la composición de... eh... de nuestra pequeña camarilla —repuso él—. Además, como ya creo haber mencionado, Cantor es uno de nuestros principales donantes. Marginarlo en este momento sería como prescindir de Beckham en una semifinal.
—Queda claro que tus referencias deportivas se han quedado anticuadas. Supongo que ya no te hace falta caerle en gracia al electorado.
—El electorado puede irse a la mierda.
—Cantor puede ser todo un figurón en su propio mundo, pero aquí estamos hablando de mi mundo —prosiguió ella—. Y su papel en mi mundo se limita a darme apoyo y aceptar mi gratitud. O a quitarse de en medio por completo.
—Siempre que te pones a trazar líneas rojas resultas arrebatadora —dijo él sin inmutarse—.
Despiertas al feminista que hay en mí. Voy a hablar con nuestro amigo Damien, ¿de acuerdo?
Y todo irá sobre ruedas, no te preocupes.
Comeremos perdices y todo eso. Pero bueno, ya pasó la crisis, hablemos de otras cosas. Tu reunión con Nash ha ido bien, ¿no?
—Más o menos.
—No hace falta que me cuentes. Te has inventado un proyecto, un supuesto proyecto que se ha quedado obsoleto, y le has ido con el cuento de que puedes recortar gastos suprimiéndolo y redirigiendo esos fondos a otras iniciativas más interesantes.
Y lo único que hace falta es que el comité lo autorice de forma automática.
—Está todo controlado.
—¿Y no crees que Nash es capaz de... bueno, de sumar dos y dos?
—¿Dos y dos? Ya le costaría sumar uno y uno.
Era injusto, cosa que ambos sabían, pero la política era el arte de despellejar a los que no estaban físicamente presentes.
—Estupendo. Me alegra ver que ya no tienes los reparos que mostraste ayer.
Este trabajo que estamos haciendo, este camino que hemos emprendido, es sumamente beneficioso para la nación.
Me siento embriagado de heroísmo. —Los ojos se le fueron a su propia entrepierna—.
Hay otra cosa más, una cosita de nada. He estado hablando con nuestros...
ángeles de la guarda, por así decirlo, y hay consenso en que nos gustaría que pusieras coto a tu infiltración en el movimiento de los chalecos amarillos.
El río seguía fluyendo, la brisa seguía soplando, el cielo seguía filtrando algo de luz del atardecer.
Ella sacó otro cigarrillo del paquete, pero el mechero no se encendió a la primera.
—Estoy segura de que no te he oído bien. Durante un segundo me ha parecido entender que te crees con derecho a dictar la política del servicio secreto.
—De política nada. No es eso. No quiero entrar en disquisiciones semánticas, simplemente estamos refiriéndonos a una operación de vigilancia menor. Nada más.
A ella no le hacía falta mirarlo para saber que ya estaba esbozando un mohín que anunciaba el discursito inminente.
—Vamos a ver. Entiendo que no te guste que los desharrapados anden descontrolados por las calles, pero se trata de un episodio sin importancia.
Las protestas terminarán por apagarse, como siempre sucede, y en el paisaje lleno de humo que dejarán aparecerán una o dos figuras a las que convendrá prestar atención.
Fíjate en lo sucedido con el Momento Innombrable.
Un político de pacotilla como Nigel Farage, un tío que es de chiste, que nunca había logrado ser miembro electo del Parlamento, se pone al frente de un partido que todo el mundo desdeña como una caterva de xenófobos descerebrados y, diez años después, ese mismo individuo ha logrado lo que quería y ha cambiado el curso de la historia.
Y estos otros, los chalecos amarillos, pues ¿quién sabe?
Bien podrían suponer el comienzo de algo parecido, de una nueva fase en nuestra evolución política.
La democracia está muy bien, Diana, pero nadie ha dicho nunca que sea lo mejor del universo.
Y mucho menos la panacea. Que sí, que procede de la antigua Grecia, de acuerdo, pero ¿cómo está Grecia hoy en día?
En el furgón de cola, mendigando las migajas.
Ahí los ha conducido esa gran idea que tuvieron en su momento.
—Gracias por la lección de historia —dijo ella—. Pero ese panorama que describes no es lo único que me preocupa. No, lo que me inquieta es que estás diciéndome que esa decisión ya ha sido tomada, si lo he entendido bien, y que estoy aquí para seguir vuestras instrucciones. Y esto no funciona así.
—Lleváis demasiado tiempo sepultados bajo una montaña de burocracia.
Todas esas comisiones y subcomisiones de supervisión, todos esos mierdecillas de funcionarios de medio pelo cuyo único propósito consiste en fingir que son importantes, cuando hasta el más ciego se da cuenta de su insignificancia...
Te guste o no, es el mundo del que procedes.
Un mundo en el que tan sólo te permiten tomar unas decisiones tan triviales que ni merecen la pena del papeleo, pues las decisiones serias resultan tan incendiarias que nadie quiere encontrarse cerca del fuego. ¿Todo esto te suena?
—Peter...
—Nadie está tratando de obligarte a hacer algo que no quieres, Diana.
Nuestro único propósito es animarte a ver las cosas desde una perspectiva más amplia ahora que estás al frente de un equipo con unos intereses más diversificados.
—Negó con la cabeza con solemnidad—. Si pensara que alguien está tratando de coaccionarte, yo sería el primero en impedírselo.
Ése era uno de los clichés preferidos de Judd. En teoría, él siempre estaba dispuesto a tumbarse delante de una apisonadora en defensa de este o aquel principio. En la práctica, sin embargo, solía estar bien lejos en el momento de sacar la pajita más corta.
—Sea como fuere, ya puedes decirles a tus angelitos que no vamos a tener en consideración sus deseos. No mientras yo esté tomando decisiones operacionales o de cualquier otra clase. Y si, cuando sepan esto, alguno de ellos prefiere retirar su apoyo, es muy libre de hacerlo. ¿Queda claro?
—Clarísimo. Pero ten presente que, si deciden retirarte el apoyo, volverás a encontrarte en la casilla de salida, pasando el sombrero ante un comité formado por inútiles y pigmeos.
—Se tocó el nudo de la corbata con el dedo índice—.
Siempre que te las arregles para lidiar con la mala publicidad que pueda salir a relucir, claro.
—Repíteme lo que acabas de decir.
—Tan sólo quiero señalar que, si disgustas a unos hombres ricos y poderosos, harán lo posible por evidenciar su disgusto.
Pero estoy seguro de que las cosas nunca llegarán a ese punto.
Sólo es un pequeño favor, Diana. Deja que la campaña de los chalecos amarillos llegue a su final natural sin tratar de desacreditar a quienes la encabezan. ¿Por qué te parece tan mal?
—Que pases una buena noche, Peter.
Mientras cruzaba por el Millennium Bridge, Diana recordó que se había olvidado de volver a pegar la calcomanía que imitaba la mierda de pájaro. Pero bueno, ése era el problema con la mierda: una vez que empezabas a esparcirla, nunca iba a parar exactamente adonde tú querías.