Capítulo 5 #2
—Ha sido una reunión provechosa, Oliver. Gracias.
Había algo desolador en una casa sin muebles, al menos si eras una especie de fantasma que se marchaba de allí.
Un extraño quizá encontraría que ese amplio recibidor tenía potencial, pero River Cartwright —que acababa de llegar pasando por la cocina, tras haber entrado en la casa por la puerta trasera, como solía hacer de niño— tenía la impresión de encontrarse en una abadía saqueada y expoliada: el baúl de madera que en otro tiempo estaba situado bajo aquella hilera de ganchos para colgar los abrigos había desaparecido, al igual que el grabado de Howard Phipps colgado de la pared opuesta.
Pero ésas eran emociones secundarias. Estaba en esa casa por Sid Baker, que se encontraba en el despacho y que, a juzgar por las apariencias, no se había movido de allí desde la madrugada.
«Sid era brillante, ingeniosa...» Ahora, más que nada, daba la impresión de estar sencillamente exhausta, y lo saludó como una paciente de larga duración saludaría a un visitante habitual en el hospital, tendiéndole la mano pero sin levantarse del sillón, con las piernas cruzadas encima del asiento.
Se diría que la franja blanca en su pelo no pasaba de ser una afectación, lo que una niñita desvalida llevaría, para dárselas de punk, en un relato de Dickens puesto al día.
—Gracias por venir.
Él no estaba seguro de haber tenido elección. Habría podido irse a casa, pero pasaría la noche pensando en lo sorprendente que resultaba que Sid se encontrara en el despacho del caserón de su abuelo, en Kent.
Comieron como si estuvieran haciendo un pícnic con las provisiones que él había comprado por el camino.
—No te han seguido, ¿verdad?
—No, no me han seguido. —Había dado dos vueltas seguidas a una misma rotonda y hasta dado media vuelta y recorrido tres kilómetros en sentido contrario para estar bien seguro—. Cuéntamelo todo otra vez —dijo—. Háblame de esos tipos que te están persiguiendo.
—Te preguntas si voy a cambiar la historia, ¿verdad?
—Me pregunto qué es lo que podemos hacer para encontrarlos.
—Yo no quiero encontrarlos —repuso ella—. Lo que quiero es que no me encuentren a mí.
—Conmigo vas a estar a salvo. Descríbemelos.
—Eran dos. Un hombre y una mujer. Iban vestidos como misioneros.
Con sendos trajes negros y camisas blancas, le explicó.
El hombre tenía la piel oscura e iba bien afeitado; la mujer era rubia y llevaba el cabello recogido en la nuca y unas gafas redondas con montura de pasta.
Habían estado yendo de puerta en puerta por la urbanización donde ella llevaba tiempo alojada.
—¿Estás segura de que no eran... eh... misioneros?
Ella le dirigió una mirada que él recordaba bien: ésa era Sid, la misma con quien había compartido despacho en su día.
Cuando aquellos dos llegaron a su casa, ella había estado observándolos desde la ventana del dormitorio. Se quedaron frente a la puerta más rato de lo normal, y ella se había visto obligada a apartarse con rapidez cuando la mujer miró hacia arriba.
—¿A qué hora?
—Por la mañana.
—¿Y adónde fueron cuando se marcharon?
—A la puerta de al lado. —Y siguieron yendo de puerta en puerta por aquella calle en curva, y luego por la acera de enfrente, como lo habrían hecho dos misioneros.
Continuó—: Quizá no iban de puerta en puerta solamente para no despertar sospechas.
Tal vez no estaban seguros de en qué casa concreta me encontraba.
—¿Y qué hiciste?
—Llamé para informar.
Lo que era el procedimiento habitual: si tenías un controlador, si tenías a uno de los lecheros, siempre llamabas para informar.
River dijo:
—Se suponía que estabas en una casa segura. ¿Cómo demonios averiguaron dónde encontrarte?
—Quizá estaban al corriente de la existencia de la granja en la que estaba recuperándome —respondió ella. En el brazo del sillón, un trozo de pan que no había tocado descansaba en precario equilibrio—. El mi5 lleva años usándola.
Y seguramente no era tan difícil establecer una conexión entre la granja y la urbanización de Kendal, situada pocos kilómetros carretera abajo.
Quizá no habían podido seguir al lechero de turno para que los condujera a la dirección exacta donde vivía Sid —pues aquella urbanización era un laberinto de calles sin salida o de un solo sentido—, pero sí podían haber descubierto su paradero aproximado y, a continuación, haber decidido ir de puerta en puerta.
—¿Y por qué estás tan convencida de que quieren matarte?
Ella cogió el pedazo de pan y lo contempló un tanto desconcertada. Luego, con cuidado, volvió a dejarlo donde estaba.
—¿Qué otra cosa podrían haber planeado?
A él se le encogía el corazón al verla allí, porque se trataba de Sid y porque estaba en aquel lugar preciso. Sid, a la que había dado por muerta. Allí, donde el corazón de él había echado sus primeras raíces.
De niño, su madre lo había ido llevando de un sitio a otro como quien carga con una maleta.
Sólo después de que lo abandonara en casa de sus abuelos llegó a descubrir lo que era un hogar de verdad.
Al pensar en ello cayó en la cuenta de que no sabía nada de la familia de Sidonie Baker ni sobre las posibles amistades que había dejado atrás.
Aparte de él mismo, claro. Y entonces se preguntó: ¿de verdad había llegado a ser su amigo?
Durante su corta relación se habían pasado la mayor parte del tiempo discutiendo.
Lo que era normal tratándose de él y cualquiera de las mujeres con las que se había relacionado, aunque era preciso agregar, en su defensa, que no todas habían acabado con un tiro en la cabeza.
Y resultaba imposible no pensar en la herida de la cabeza, en sus secuelas.
Que te pegaran un balazo en la cabeza sin duda podía dejarte con miedo a que te volviera a pasar.
Pero dos... Él lo entendía: a la segunda, cualquiera escarmienta.
Sin embargo, no podía dejar de observar que Sid parecía percibir las cosas de forma más difusa, que era más vulnerable a las interferencias.
En cualquier caso, aunque no todos los desconocidos fueran peligrosos, más valía evitar a quienes sí lo eran.
¿Por qué no iba a imaginárselos llamando a su puerta con propósitos siniestros?
La expresión de su cara debía de reflejar algo de todo eso, porque ella dijo:
—Piensas que estoy paranoica.
—No.
—Sí que lo piensas.
—Sid, has pasado por una época muy difícil, y lo siento. Fue culpa mía.
En realidad, no tenía claro si aquello era cierto. Ella estaba allí aquella noche, en una calle de Londres, bajo la lluvia, pero él no le había pedido que fuera.
—No fuiste tú quien apretó el gatillo.
—No.
—Pues eso.
—¿Por qué has venido aquí?
—No se me ocurrió ningún otro lugar. Y tú eres de fiar. —Se llevó la mano a la franja blanca del pelo—. Eres uno de los caballos lentos. No sé lo que está pasando, no tengo la menor idea de lo que sucede, pero tú no estás involucrado. Los caballos lentos nunca lo están.
Lo que era verdad sólo parcialmente, pensó él. Los caballos lentos dedicaban gran parte de su tiempo a no involucrarse en nada. Y cuando eso no salía según lo previsto, por lo general ya era demasiado tarde.
—¿Por qué crees que te persiguen?
—Porque quizá sé algo.
—¿Como qué?
—No sé... quizá antes sabía algo que ahora he olvidado. Pero eso no significa que haya dejado de tenerlo aquí dentro.
Hizo un vago gesto señalándose la cabeza, pero se refería a una zona de su mente vedada desde que recibió el disparo.
Él se imaginó que la bala había abierto un surco formando montones de tierra tras los que ahora se escondían los recuerdos, unos terrones de información que se habían vuelto irrecuperables.
«¿Qué podría ser más típico de un caballo lento que estar en posesión de una información crucial y ser la última persona en darse cuenta», pensó.
—¿Qué crees que debería hacer? —preguntó ella.
—Puedes quedarte aquí un tiempo.
—Esto no es una solución. Es un escondite.
—Es lo mejor que se me ocurre ahora mismo.
—Sentía el impulso de acercarse a ella para ofrecerle consuelo, pero no estaba seguro de que fuese la mejor forma de hacerlo.
Así que se limitó a levantarse y a encender la lámpara del rincón, ahuyentando la penumbra creciente—.
Puedo tratar de averiguar algo más sobre esos misioneros.
—No eran misioneros.
—Pues lo que fueran. Supongo que puedo hacer que Ho los investigue.
«Aunque eso significa que tendremos que tragarnos una buena ración de mierda.»
—Roderick Ho... ¿aún está con vosotros?
—Sí.
—¿Y qué tal?
—Pues ya sabes —respondió River—. Como siempre, por desgracia.
Una vez más, aquella noche no quería irse, pero quedarse no iba a resultar cómodo.
Fue al coche, abrió el capó y sacó unas cuantas cosas que se le había ocurrido llevar: un hervidor de agua, un edredón y una toalla.
Se las llevó a Sid y le preguntó qué tal andaba de ropa.
Se marchó con una lista que ella le garabateó —ropa interior, una sudadera, champú— mientras intentaba recordar si su antigua colega siempre había tenido tan mala letra.
Entretanto, Sid se había acurrucado en un nido de cojines, y así se la imaginó él durante toda la noche: como alguien que se ha perdido en un bosque y se ha cubierto con hojas de árbol con la esperanza de que eso la mantendría a salvo.