Capítulo 5
Mientras se preparaba para marcharse, Oliver Nash dijo:
—Por cierto, al llegar aquí he visto algo que me ha llamado la atención.
Tratándose de Nash, lo más probable era que estuviese refiriéndose a una de esas atracciones para los turistas que Londres se sacaba de la manga de vez en cuando: un asombroso elefante mecánico o un rebaño de vacas de fibra de vidrio.
En el tema de la ciberseguridad, sin ir más lejos.
Se había visto obligada a recordarle a Nash que, en la actualidad, las altas esferas no estaban por la labor de poner en marcha operaciones encubiertas de alto riesgo.
El software estaba sustituyendo a la iniciativa humana como piedra angular del trabajo de inteligencia: cientos de horas de conversaciones grabadas, kilómetros de correos electrónicos —pues así era como los medían, en kilómetros— y barriles, bañeras, depósitos llenos de litros y litros de datos: todas estas cosas, recopiladas a distancia, eran los frutos de la Calle de los Espías.
E incluso una vez cosechados, la iniciativa humana continuaba estando en segundo plano, pues el cribado de la información se dejaba en manos de algoritmos cuyos acrónimos cada vez resultaban más ridículos, pero que, en el mejor de los casos, eran tan vulnerables a la subversión como el espía físico más desencantado.
A un algoritmo no tenías que invitarlo a copas ni ofrecerle una noche de sexo rápido, sólo descubrir qué lo activaba y, una vez conseguido —una vez que le habías tomado la medida—, pasaba a ser tuyo y hacía lo que tú quisieras.
Y así de vulnerable era todo en estos tiempos: bastaba un solo ataque informático para que todos pudieran ver lo que el gobierno había estado haciendo.
—Necesitamos unos cortafuegos de mayor envergadura, Oliver. Más potentes, mejores. De esos que se ven desde el espacio.
—¡Ja! Como la Gran Muralla...
—Exactamente.
—Tiene su gracia, en vista de las circunstancias.
Dejó que su interlocutor se riera, calculando con precisión el momento en que la risa se extinguiría para dejar paso a un suspiro.
—Diana, que sepas que en esta cuestión estoy de tu lado...
—¿Por qué será que esa frase no me inspira la menor confianza?
—... pero tampoco debes perder de vista el panorama general.
—No hay panorama general que valga. Estamos hablando de la seguridad nacional, Oliver, de la protección de nuestras fronteras virtuales.
Por Dios, fíjate en el daño que nos hemos infligido a nosotros mismos en nombre de la soberanía nacional.
Y yo que pensaba que estábamos dispuestos a transgredir casi todos los límites para conseguir ese santo grial tan anhelado.
—Dejando de lado tu sesgada interpretación de la historia reciente, creo que estás exagerando.
Además, no han pasado ni veinticuatro meses desde la última reestructuración de ese tipo, que pudimos abordar gracias a un incremento en el presupuesto más que considerable, por no decir sin precedentes. No creas que lo ignoro.
—Dos años es mucho tiempo en el ciberespacio.
—No te digo que no, pero no va a ser fácil convencer a los de la Comisión de Supervisión.
Claude Whelan tenía unos cuantos amigos bien situados, no lo olvidemos.
Y discúlpame si hiero tu amor propio, pero tú no tienes tantos apoyos como él, quizá porque no estás tan dispuesta a «jugar para el equipo», como dicen nuestros primos estadounidenses.
—Yo no estoy en este negocio para jugar para el equipo, ni me gusta arreglármelas con cuatro apaños. Tampoco ando buscando amigos o compañeros de juego en Whitehall. Tan sólo espero que me respalden mientras hago lo posible por mantener a raya a nuestros enemigos comunes.
—Como lo demuestra el episodio sucedido en Kazán.
—Un episodio que la Comisión de Supervisión recibió con una ovación, por si lo has olvidado.
—Lo sucedido estimuló las zonas erógenas indicadas, claro; sin embargo, con la perspectiva que da el tiempo, se ha llegado a la conclusión de que ahora no es momento para echar más gasolina en unos cuantos incendios de por sí problemáticos.
Y algunos que se han tomado la molestia de examinar las actas no han dejado de señalar que en ningún momento se te dio carta blanca para recurrir al...
eh... al procedimiento del que estamos hablando.
Simplemente se te pidió que estudiaras la viabilidad de una operación de ese tipo.
—Bueno, pues yo creo que hice precisamente eso, de la forma más clara posible.
—Y además hay otras necesidades que atender, no sólo las tuyas, y muchas de ellas son igual de urgentes. No digo que no haya argumentos para la renovación que tienes pensada, pero eso es precisamente lo que tienes que hacer: argumentarla. No limitarte a exigirla.
—¿Y si te digo que no tengo previsto exigir nada? ¿Que lo único que quiero es que me autoricen a reorientar unos recursos que ya existen? —Descruzó las piernas y luego volvió a cruzarlas—. Todo cuanto me hace falta se puede conseguir a través de un reajuste presupuestario interno.
Nash lo pensó un momento.
—Hablo en serio, Oliver —continuó ella—. He encontrado una forma de ahorrar.
—Pensaba que estabais casi sin blanca.
—Lo estamos. Pero siempre puedo establecer prioridades.
—Cuéntame más, por favor.
—Hay un proyecto conocido como Quimera.
—Ah, un nombre muy apropiado. ¿Y cómo es que no he oído hablar de él?
—Porque yo me encargo de que no haya filtraciones. Quimera no aparece mencionado en ninguna agenda de los últimos años porque ha estado haciendo exactamente lo que tenía que hacer y cuando tenía que hacerlo, y además sin salirnos del presupuesto.
—¡Dios mío! ¿Y estás segura de que quieres cerrar ese proyecto? Lo pregunto porque me entran ganas de ponerlo en un pedestal para que todos puedan verlo. —Se removió en la silla—. Bueno, bueno... un poco de humor nunca viene mal. Pero, dime, ¿cuál es la naturaleza exacta de esta... eh... quimera?
—Quizá es preferible que no hagamos hincapié en lo que vamos a perder y nos centremos en las ganancias que podemos obtener.
—Por supuesto. Y estoy seguro de que tienes razón y de que no hay motivo para abrumar al comité con detalles técnicos, pero, para quedarme tranquilo, necesito saber de qué estamos dispuestos a prescindir.
—Muy bien —convino ella—. Quimera fue establecido a mediados de los noventa y se centraba en el análisis en tiempo real y a largo plazo de los efectos psicológicos que experimentan los topos cuando se infiltran en ciertos grupos de presión nacionales.
—Ah, como los que se infiltraron en el Frente de Liberación Animal. Es eso, ¿no?
—No estoy autorizada ni a confirmarlo ni a desmentirlo.
—Vaya, esto no puede ser más misterioso, más... ¿«subterfugioso»?
—No me gusta tener que repetir lo que resulta obvio, pero somos el servicio secreto.
—¿Hay un adjetivo derivado de «subterfugio»?
—Me lo apunto, Oliver. Haré que alguien se ocupe de mirarlo.
—¿Y este proyecto tenía un coste tan alto como para suponer un ahorro sustancial si se le pone fin?
—Estamos inmersos en la burocracia. Todo lo que hacemos cuesta dinero porque todo ha de ser debatido en comités cuyos miembros cobran las consabidas dietas.
Pero bueno, ¿hemos de ponernos a debatir cuestiones de principio o puedo contar con tu apoyo cuando se produzca la próxima reunión de la Comisión de Supervisión?
Si este comité me da luz verde, todo se puede llevar a cabo de forma interna, de tal forma que, cuando vuelvas a oír hablar de ello, ya estará implementado. Sin complicaciones ni sorpresas.
—Voy a meditar la cuestión. Pero en principio no veo razón para objetar.
—Te lo agradezco. Bueno, tengo que hacer una llamada. ¿Hay algún otro asunto del que quieras hablarme?
—Sí, espera un momento. —Nash consultó el teléfono, donde guardaba sus notas—. Ah, esto... Un estadounidense residente en el país ha estado llamando al ministerio. Asegura que a su pareja... entiendo que era su pareja... la asesinaron en Moscú... por orden de Putin.
—¿Y el difunto era de los nuestros?
—¿Un británico, quieres decir? No, por lo que entiendo tenía pasaporte ruso.
—De manera que, incluso en el supuesto de que lo asesinaran, tampoco es asunto nuestro. ¿Por qué me vienes con este tema?
—El ministro tampoco me ha dado instrucciones específicas —dijo Nash—. Lo único que quiere es dejar de recibir esas llamadas.
—De esto ha de ocuparse la policía. A ver, no es de recibo que por un lado me vengas con que tengo que reducir costes y por el otro...
— Mea culpa .
—... vayas ofreciendo mis servicios a tus amiguitos de Westminster cada vez que tienen un problema.
—Lo siento, Diana. Como siempre, tienes razón. Gracias por tu tiempo. —Se levantó para irse, pero, mientras se guardaba el móvil en el bolsillo, añadió—: Por cierto, al llegar aquí he visto algo que me ha llamado la atención.
«Un asombroso elefante mecánico», pensó ella. «O un rebaño de vacas de fibra de vidrio.»
—Me he encontrado con un grupo de personas en el vestíbulo —explicó Nash—. Una de esas visitas guiadas para funcionarios de otros departamentos.
Eran una especie de aquelarres bastante frecuentes, de hecho. A los funcionarios de marras los llevaban a hacer un recorrido relámpago por Regent’s Park, o cuando menos por ciertas zonas de acceso no restringido que bastaban para provocar su entusiasmo, aunque fuera por proximidad a la acción.
«Aquí es donde James Bond cuelga la gabardina al llegar por la mañana. El centro de control se encuentra unos pisos por debajo...»
—Tampoco es algo extraordinario —dijo Diana—. Esas visitas guiadas llevan años haciéndose.
—Sí, claro. En realidad, lo que me ha llamado la atención ha sido uno de los integrantes del grupo. Damien Cantor, el jefe del canal Go tv . Lo conoces, ¿no? El hombre más rico del país antes de haber cumplido los treinta y cinco años, o eso dicen.
Ella descubrió que en su escritorio había algo que requería su atención. Al cabo de unos segundos, preguntó:
—¿Y estaban enseñándole el edificio?
—Igual está planteándose hacer una oferta para comprarlo —dijo Nash—. Estoy bromeando, ¿eh?