La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 4 #6
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Capítulo 4 #6

—Justamente, para que Lady Diana esté en situación de pintar unas idems en nuestras espaldas y darle unos dardos a sus agentes novatos.

—Lamb volvió a arrellanarse en su silla, que crujió con rabia—.

Supongo que esperaba que, en algún oscuro recoveco de vuestros supuestos procesos mentales, no era del todo descartable que aún os acordaseis de las cuatro reglas fundamentales del oficio.

Como la de asegurarse de que nadie te está siguiendo mientras haces tus cosas.

O hasta poner un poco de puta atención al entorno, como hace la gente normal.

Lo que podría haber hecho que el ejercicio resultara un pelín más exigente de lo esperado para sus aprendices de espía.

—Desenroscó el tapón de la botella—. ¿Te apetece un trago?

Catherine ignoró su invitación.

—Así que Regent’s Park ha estado utilizándonos para labores de entrenamiento. Y antes nos borraron de los registros para que esos agentes novatos no supieran que también éramos espías.

—Para ser justos —dijo Lamb—, suponer que unos impresentables como vosotros sois espías requiere toda una acrobacia mental. Es como llamar estadista a Farage.

—Y ahora Kay White está muerta.

Lamb estaba absorto en la contemplación del chorrito de whisky que iba vertiendo muy despacio en el vaso, así que Catherine no llegó a ver su expresión cuando preguntó:

—¿Eso te lo ha contado Molly?

—No hacía falta que me lo contara.

Cuando Lamb levantó la vista, nada sugería que la noticia lo hubiera pillado desprevenido.

Kay White había sido uno de los caballos lentos algunos años atrás. Lamb la puso de patitas en la calle después de que, según él, los vendiera a todos a Regent’s Park, presumiblemente con la condición de que la readmitieran en su seno. Cosa que no sucedió. Porque nunca sucedía.

—Kay seguía relacionándose con algunos antiguos colegas —dijo Catherine—. Y éstos siguen en contacto conmigo.

—Toda una red de verduleras, qué gracioso —repuso Lamb.

—Se cayó de una escalera de mano mientras estaba haciendo limpieza en el desván de su casa.

—Dicen que la mayor parte de los accidentes se producen en el propio domicilio —apuntó Lamb—. Es la razón por la que nunca visito a nadie.

—No, es la razón por la que nadie te invita a sus casas.

Lamb alzó el vaso en su dirección y se lo bebió de un trago.

—Esto no es propio de ti.

—¿El qué?

—Que uno de tus agentes muera y ni siquiera pestañees.

Lamb dejó el vaso en el escritorio. Ahora tenía el cigarrillo sin encender entre sus dedos.

—¿Uno de mis agentes? Esa tipa no pasa de ser un recuerdo lejano. No llegaba ni a eso hasta que mencionaste su nombre hace un momento.

—Vale, de acuerdo, ya no estaba en activo. Pero en su día formó parte de tu equipo. Eso debería importar, ¿no?

—Quizá lo haría si no la hubiera despedido por dejarnos a todos con la mierda hasta el cuello. Vamos a ver, ha pasado mucho tiempo de todo eso, y yo no soy rencoroso. —Volvió a meterse el cigarrillo en la boca—. Pero la tipa merecía morir. Hasta Gandhi estaría de acuerdo.

—¿Nunca te has parado a pensar que, para ser una sección insignificante del servicio secreto, sufrimos un montón de bajas?

—Siempre me he dicho que no era de extrañar que tanta gente os tuviera manía.

—¿Me estás diciendo que esta presunta muerte «accidental» no te preocupa? ¿En este preciso momento?

—¿En serio? ¿De verdad me preguntas eso?

—Lamb echó la cabeza atrás y soltó un ladrido al techo.

Casi podría parecer una risa—. Mira, yo confío tanto en Taverner como en mi capacidad para volar sin motor.

Pero está claro que no va a poner a los de la Ciénaga en el punto de mira con el simple propósito de adiestrar a sus alevines de espía.

No me malinterpretes, Taverner sería muy capaz de hacerlo si tuviera una razón de peso. Pero éste no es el caso.

Catherine se limitó a fruncir los labios.

—Por Dios, Standish. A los de Regent’s Park nunca les ha hecho falta matarnos. A ver, míranos. ¿Qué sentido tendría una cosa así?

—Me preocupa que esto esté sucediendo precisamente ahora.

—Es primavera. ¿Qué mejor momento para ponerte a limpiar el desván?

Catherine se levantó.

—¿Qué querías decir esta mañana con lo de la unidad de élite que se dedica a ejecutar personas?

—Nada por lo que tengas que exprimirte demasiado los ovarios. Si es que ya no están exprimidos a base de bien.

Ella se mantuvo a la espera, pero Lamb no dijo nada más.

—Y ahora que has deducido qué es lo que está pasando —prosiguió Catherine—, ¿tienes previsto hablar con Taverner al respecto?

—Eso viene a ser como preguntar si Notre Dame es inflamable. Hablando de lo cual...

De pronto, en la mano tenía un mechero. Lo encendió y acercó la llama al cigarrillo.

Catherine se estremeció.

—Tendrías que empezar a tomarte tu salud en serio.

—Todo lo que ignoro sobre la vida sana —dijo Lamb— te lo podría escribir en la parte de atrás de un paquete de cigarrillos. —Soltó una densa bocanada de humo—. Y dile a Cartwright y a Guy que, la próxima vez que se escabullan sin autorización, a ella la colgaré de sus testículos. O viceversa.

Volvió a llenar su vaso, y Catherine lo dejó a su aire.