La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 4 #5
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Capítulo 4 #5

A la hora del almuerzo, mientras se dirigía hacia la salida, Catherine Standish oyó que Jackson Lamb estaba torturando a un jabalí verrugoso en su despacho.

Lo mejor que podía hacer era seguir su camino escaleras abajo, en dirección a la puerta siempre atrancada, hiciera frío o calor, y continuar por el patio trasero y el callejón hasta Aldersgate Street, cuya grisácea monotonía era como un arroyo primaveral de aguas cristalinas después de haberte pasado la mañana en la Casa de la Ciénaga.

Pero algo la impulsó a asomarse al despacho de Lamb, más que nada para cerciorarse de que ningún animal estaba siendo maltratado, y lo interrumpió a mitad de un ronquido.

Como solía suceder, se diría que aquel despacho era sutilmente distinto cuando él era el único ocupante, como si la pequeña estancia lo envolviera en un abrazo mohoso, aunque la familiar mezcolanza de olores —a alcohol, cigarrillos y sudor rancio— continuaba estando tan presente y siendo tan palpable como de costumbre.

Lamb abrió los ojos antes de que Catherine pudiera escabullirse.

—¿Qué?

—Me parecía que estabas sufriendo uno de esos ataques que te dan a veces.

—¿Qué ataques? Yo no tengo ataques.

—Ah, perdón, te lo digo de otra manera: uno de esos accesos de tos en los que parece que vayas a echar los pulmones por la boca.

—Tengo alergia a las solteronas entrometidas —replicó Lamb—. Probablemente sea eso. —Se rascó la nuca con fuerza y, cuando su mano reapareció, en ella había un cigarrillo.

Ya hacía mucho que a Catherine no le impresionaban semejantes trucos de magia. Aun así, se quedó atónita al ver el aspecto industrial del cigarrillo en cuestión.

—¿No sería más rápido pegarle fuego a un neumático y ponerte a inhalar el humo?

—No te digo que no —dijo Lamb—. Pero ya sabes lo pesados que se ponen hoy en día con la seguridad laboral y esas cosas. —Se encajó el cigarrillo en los labios, pero no hizo ademán de encenderlo. Y mejor, porque se lo había puesto al revés—. ¿Qué es lo que quieres decirme pero no me dices?

Standish guardó silencio unos segundos.

—Si empiezo con el listado, no acabaré nunca —respondió.

Pero era una réplica un tanto patética, y en la cara de Lamb estaba pintándose una meliflua expresión benévola, del tipo que la bruja mala suele adoptar en los cuentos de hadas, así que Catherine se adentró un paso en el despacho y añadió—: Anoche estuve hablando con Molly Doran.

La expresión de Lamb no cambió.

—Le tendí una emboscada mientras volvía a casa.

—Muy bonito, abusar así de una inválida.

—Yo sólo...

—Pero bueno, Molly es como es. Y como obviamente no te despellejó ni te colgó del árbol más cercano, debía de estar de buen humor.

—Los expedientes de su archivo son previos a la digitalización —indicó Catherine. A veces, si no te dejabas desorientar, si seguías por donde ibas, lograbas que Lamb te prestara atención—. Quería averiguar si también habían eliminado las versiones en papel de nuestros expedientes.

Lamb consultó el reloj en su muñeca.

—¿Qué? —preguntó Catherine.

—Abril, cinco de abril —dijo Lamb—. Enhorabuena. Para llegar a tan brillante ocurrencia sólo has necesitado... ¿cuántos meses?, ¿tres?

Catherine reprimió un suspiro.

—Ya lo habías comprobado por tu cuenta, ¿no?

—Sí, pero a Molly no la avasallas así como así.

La chica es como es... Eso ya lo he dicho, ¿no?

—Se quitó el cigarrillo de la boca y volvió a encajárselo, del modo adecuado esta vez—.

Hace años que nadie ha solicitado o mirado nuestros expedientes.

Es motivo de orgullo, ¿no crees? Que se hayan olvidado de nosotros, quiero decir. ¿O igual es cosa mía?

—Pero los expedientes en papel siguen ahí —insistió Catherine—. De manera que, por mucho que se hayan olvidado de nosotros, olvidan olvidarse de nosotros como tiene que ser.

—Si vas a venirme con cuestiones filosóficas, necesito echar un trago.

—Abrió el cajón y metió la mano en él como si fuera un oso rebuscando miel en un tronco hueco—.

En fin, todo esto es un montón de mierda.

No lo que acabas de decir, aunque eso también.

Estoy hablando de nuestra condición de parias intocables.

No se han olvidado de nosotros. Están «reconvirtiéndonos».

Pronunció esta última palabra con una mueca de desprecio, como haría un sumiller de restaurante al ofrecerte un vino barato endulzado con gaseosa.

Catherine dio un paso al frente, agarró el respaldo de la silla de las visitas y volcó al suelo su cargamento de recipientes de comida para llevar. Luego sacó un pañuelo de la manga de su vestido y se puso a limpiar el asiento. Cuando estuvo más o menos satisfecha, se sentó.

—Dijiste que no sabías qué era lo que Taverner se traía entre manos.

Lamb la miró con satisfacción.

—Fue lo que dije, sí. Pero lo curioso de mí, y eso es lo que me diferencia de vosotros los payasos, es que mi cerebro sigue en la brecha, así que, aunque antes no lo sabía, ahora sí lo sé. Si no lo has entendido, te lo repito sin problema.

—Lo he entendido más o menos. ¿Qué es lo que está pasando?

—Es lo que le dije a Guy. Ella reparó en él, así que el tipo que la seguía sin duda era un principiante. —Lamb había encontrado una botella en el cajón, de Talisker—. ¿Vas pillando la idea?

—Están llevando a cabo un ejercicio de adiestramiento —dijo ella.

—¡Premio para la señora, se lo ha ganado!

—Por eso nos han borrado de los registros.