Capítulo 4 #4
Porque ella había formado parte de los caballos lentos, sí, pero también había sido algo más.
La habían enviado a la Casa de la Ciénaga para mantenerlo vigilado a él.
La iniciativa había sido de Taverner, sin duda alguna, aunque él nunca llegó a conocer los detalles porque a ella le pegaron un tiro pocos minutos después de habérselo confesado.
—He perdido muchas cosas por el camino —dijo ella.
Claro, sus cosas se habrían ido perdiendo entre un hospital y otro.
—Pero me acordaba de ti.
Si él respondió algo, no se dio cuenta. Y a lo mejor no había nada que decir.
—Cuando mejoré un poco —siguió Sid—, me trasladaron a una casa en Cumbria. ¿Has estado allí?
Él tardó unos segundos en reaccionar. No tenía claro qué era real y qué no.
—Una vez. Hace mucho tiempo.
Había estado en Cumbria durante unas breves vacaciones con su abuela Rose. El Viejo Cabrón no había ido. A saber dónde andaría. Aunque en teoría estaba jubilado, seguía habiendo huecos en su vida familiar.
—Es precioso, ¿no? —dijo ella—. Esas colinas, lagos, prados enormes... En fin, hay una granja allí que funciona como albergue...
Probablemente era un centro del servicio, pensó River. Seguían existiendo uno o dos lugares como ése. Por mucho que se hicieran recortes aquí y allá, el mi5 tenía que cuidar de sus agentes heridos, aunque sólo fuera para asegurarse de que seguirían pudiendo reclutar a otros en el futuro.
—¿Y ahora estás mejor? ¿Estás completamente recuperada?
—A veces me duele la cabeza, pero estoy más o menos bien.
Aun así, pensó River, había algo que ya no estaba, y era imposible no notarlo.
Sid ya no parecía tener la vitalidad de antes.
Pero ¿cómo iba a tenerla? ¡Si había estado muerta!
Bueno, no —y la prueba irrefutable la tenía delante—, pero quitarse de la cabeza la idea de que había muerto no era nada fácil: equivalía a reescribir su propio pasado.
Así debían de sentirse quienes abrazaban una nueva religión, pensó: como si un rayo o un trueno ensordecedor los sacudiera.
—Entonces sabías dónde vivía —dijo—. Al menos dónde había vivido en mi niñez. Pero ¿por qué has venido, y por qué justo ahora?
—Porque necesitaba un lugar donde esconderme.
Eso era perfectamente creíble porque daba la impresión de que Sid iba a echar a correr en cualquier momento para esconderse bajo las hojas del jardín.
River seguía cogiéndola de la mano. Nunca se habían tocado de ese modo cuando compartían despacho.
—Bueno, pues aquí estás a salvo —dijo—. Aquí nadie puede hacerte nada.
No necesariamente era cierto, pero le pareció que era lo que ella necesitaba oír.
—Quizá por el momento.
—¿Y de qué estás escondiéndote?
Sid tardó unos segundos en responder.
—Alguien trata de matarme.
Parecía un momento lo suficientemente dramático como para que River hiciera una pausa en el relato.
El pub situado frente a la Casa de la Ciénaga daba la sensación de ser una prolongación de sus vidas laborales: un lugar en el que la rutina se imponía a la relajación.
Te servían el café en una jarrita, pero sabía al mismo café instantáneo de la oficina.
A River le habría venido bien algo más fuerte, una bebida de verdad, pero eso sería un error, porque en cuanto pudiera pensaba volver a la carretera y dirigirse de nuevo a Tonbridge.
Anoche le costó lo suyo dejar a Sid a solas en esa casa, y sólo lo hizo porque ella insistió: «Es mejor que todo siga igual. No llames la atención.»
—¿Y no se lo has contado a Lamb? —preguntó Louisa.
—¿Tú qué crees?
—Yo creo que igualmente acabará por enterarse.
—Sid estaba asustada, tenía miedo. Me pidió que no se lo contara a nadie, y eso es lo que estoy haciendo.
—Pero me lo estás contando a mí.
—Bueno, sí... Te lo estoy contando a ti.
—Gracias. Creo que debo agradecértelo, al menos. ¿Y quién está intentando matarla?
—Eso ella no lo sabe. Lo único que sabe es que alguien ha estado siguiéndola.
Louisa se lo quedó mirando.
—Eso ahora se lleva mucho.
—¿Qué quieres decir?
—¿Cómo que qué quiero decir? ¡Anoche estuvieron siguiéndome! ¿O ya lo has olvidado?
—Sí, claro, perdona... Por supuesto que me acuerdo... ¿Crees que hay alguna conexión entre ambas cosas?
—No estoy diciendo que haya una conexión.
Lo único que digo es que... en fin, no importa.
De modo que Sid tiene la sospecha de que alguien está vigilándola.
¿Y no cuenta con un controlador o alguien con quien hablar?
Tampoco es que se desentendieran de ella y la dejaran sin más en la campiña, ¿verdad?
Estaba recuperándose de un traumatismo craneoencefálico.
Después de pasar unos meses en la granja de Cumbria, a Sid la habían trasladado a una casa de campo en las afueras de Kendal.
Allí estuvo durante más de un año, aprendiendo a llevar una vida normal y a valerse de nuevo por sí misma.
A River esa frase le impresionó, incluso se había imaginado a Sid saliendo con una placa de principiante para hacer las compras en el supermercado o sacar dinero de un cajero automático.
O abriendo sobres de color manila con instrucciones básicas de sus obligaciones cívicas: tasas municipales, registro en el censo electoral, convocatorias para formar parte de un jurado...
—Sid tenía una controladora asignada a la unidad de los lecheros —dijo River—. Se acercaba dos veces por semana para asegurarse de que todo estaba en orden. De que Sid estaba saliendo adelante.
Los «lecheros» eran los que se ocupaban de atender a los espías jubilados. Y, por lo visto, también a los agentes que habían sido abatidos en una misión sobre el terreno.
—Y esta lechera... porque estás diciéndome que era una mujer, ¿no?, y eso la convierte en lechera... ¿qué opinaba de su recuperación? ¿Cómo la veía?
—Ni idea. —River bebió un sorbo de café e hizo una mueca de asco—. Tampoco he sometido a Sid al tercer grado. No he querido agobiarla, así que no conozco todos los detalles.
Louisa se lo quedó mirando.
—No me gusta tener que preguntártelo, River, pero... ¿ella está bien?
—¿En qué sentido?
—Bueno, ya sabes lo que les pasa a muchos...
—River estaba mirándola con cara de pocos amigos, pero ella insistió—: Mira, a Sid le pegaron un tiro en la cabeza.
Queda claro que sigue viva, y ya me has contado eso que tiene en el pelo, lo de la franja blanca, pero ¿cómo la ves, por lo demás?
¿Sigue teniendo un aspecto angelical, como salida de un cuadro de Burne-Jones?
¿O ahora parece más bien una obra de Picasso?
—Conserva su belleza —respondió River—. Aunque diría que se la ve un poco más frágil.
—¿Y mentalmente?
—Muchas veces parece estar en una nube. Pierde el hilo al hablar... Pero ten en cuenta que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Varios años, de hecho. Un reencuentro así siempre es complicado, y es difícil distinguir entre la torpeza y lo que es... en fin, permanente.
—Lo siento, pero no es tan difícil —repuso Louisa—.
Sid era brillante, ingeniosa... Siempre tenía una réplica a punto.
Eso significa que la Sid con quien has estado hablando no se ha recobrado del todo de la herida que sufrió.
—Cogió su taza de café, recuperó la cordura y volvió a dejarla en su sitio—.
No es lo mismo pensar que alguien está vigilándote que creer que alguien quiere matarte.
Y hasta es posible que esos misteriosos vigilantes sean sólo un síntoma de una enfermedad: la paranoia.
—Y esto lo dice la misma mujer a la que anoche estuvieron siguiendo al interior de una tienda de artículos deportivos.
—Bueno, eso sucedió de verdad, no me lo estoy inventando. El teléfono de ese tipo hizo ¡ping! al mismo tiempo que el mío, ¿te acuerdas?
—Yo creo que Sid dice la verdad.
—Pues vale.
—Algo pasó, y eso la empujó a darse a la fuga.
—Claro. Pero no olvidemos que ella no fue la única en salir herida esa noche. Tú has estado sintiéndote culpable desde entonces.
No necesitaba que Louisa se lo recordara.
El recuerdo estaba impreso a fuego en su memoria: la lluvia y la sangre mezclándose en la acera; el posterior recorrido nocturno hasta el hospital, donde unas puertas se cerraron de golpe mientras se llevaban a Sid en una camilla con ruedas...
River acabó encerrado en un armario, vigilado por uno de los Perros, hasta que Lamb acudió al rescate.
—Eso explica que estés dispuesto a creer todo lo que dice.
—Me lo creo porque estamos hablando de Sid.
—Tal como están las cosas, eso ahora importa poco —dijo Louisa—.
Mira, ¿quieres un consejo? Te lo voy a dar de todas formas, así que no te queda otra.
Cuéntaselo a Lamb. Siento decirlo, pero...
o bien Sid está en peligro, en cuyo caso es mejor que él lo sepa, o bien no lo está, en cuyo caso también es conveniente que se sepa. Así podrán hacer algo por ella.
—¿Y qué pasa si Lamb ya lo sabe?
—¿Que Sid está en casa de tu abuelo?
—Que sigue viva.
—Bueno, eso siempre es posible —convino Louisa—. Lamb sabe un montón de cosas que no debería saber. Pero en último término es Lamb. Y Sid es su agente, no conviene olvidarlo.
—Lo que a veces tampoco es de gran ayuda, ¿verdad? —dijo River, y ambos pensaron por un segundo en el escritorio vacío de sus respectivos despachos.
—Será mejor que volvamos —dijo Louisa, levantándose. Y mientras se abotonaba el abrigo, añadió—: A la Casa de la Ciénaga, te recuerdo.
—¿Qué quieres decir?
—Que la conexión entre Sid y yo es precisamente ésa: la Casa de la Ciénaga.
River se limitó a emitir un gruñido.