La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—¿Al final te has comprado un Aston Martini?

—No: un Renault Crisis.

—Conociéndote, lo veo mucho más probable. —Se inclinó hacia delante y él cerró el cajón de golpe—. ¿Eso que tienes ahí metido es lo que yo creo que es?

—No es nada. Háblame del tío que te estaba siguiendo.

—Sólo era un tío que me estaba siguiendo —dijo ella—. Eso de ahí es un pasador de pelo, ¿verdad?

—¿Un pasador?

—Déjalo —repuso ella—. Pero los dos sabemos de qué estamos hablando.

—Sólo estaba poniendo un poco de orden en el cajón, eso es todo —aseguró él.

—Claro, porque cuando llega la primavera siempre te da por hacer limpieza a fondo. Te he visto hacerlo mil veces. Ese pasador era de Sid, ¿me equivoco?

—¿Y yo por qué iba a tener...?

—Porque lo encontraste en su escritorio después de que la... después de lo que pasó. Venga, River, estás hablando conmigo. ¿Qué sucede? ¿Por qué te ha dado por pensar en Sid?

Él puso el gesto obstinado de siempre.

—Porque cuando te hicieron esa llamada creíste que era ella, ¿no? Pero podía haber sido cualquiera. Alguien que se equivocó de número, un cruce de líneas. Quienquiera que fuese no dijo nada, ¿verdad? No puedes reconocer a alguien por un silencio al otro lado del teléfono —dijo ella.

River se quedó callado, curiosamente, con un silencio típico de él.

Se había echado hacia atrás en la silla, que ahora se sostenía sobre las dos patas traseras, y la miraba con el ceño fruncido.

Ella desvió la mirada hacia el otro escritorio de ese despacho, ahora vacío.

Su antiguo ocupante ya no era más que una mancha difusa en la ladera de una colina lejana.

Igual que Emma Flyte, que nunca había llegado a ser un caballo lento y que, francamente, era mejor que cualquiera de ellos.

Esas muertes eran más recientes que la de Sidonie Baker, pero, como ella sabía muy bien, las heridas recientes hacen que las viejas cicatrices vuelvan a picar.

No hacía falta ser un genio para deducir por qué River había estado toqueteando el pasador de Sid: ese pasador era el único rastro de la presencia de Sid que el personal enviado por Regent’s Park había dejado en la Ciénaga.

—Sé que no soy psicóloga, River, pero...

—Está viva.

—Eso quieres creer, y yo también. Pero hasta que no aparezca en carne y hueso...

—Hablo en serio, Louisa. —Dejó que la silla volviera a descansar sobre sus cuatro patas y puso las palmas sobre el escritorio—. Ha aparecido en carne y hueso: Sid está viva.

Ella lo miró fijamente. No tardó en darse cuenta de que iba en serio.

—Pero... ¡por Dios, River! ¿De verdad?

Él alzó la vista al techo y negó con la cabeza.

—Vamos a otro sitio.

Se levantó y se dirigió hacia la puerta agarrando de paso su abrigo, colgado de un gancho.

Louisa lo siguió un segundo después sin que le importara la posibilidad de que Lamb pudiera oírlos ni la certeza de que salir de la Ciénaga sin su permiso era un crimen sancionado con la pena capital.

Un minuto más tarde estaban en el patio. Y algo después, en el pub situado calle arriba.

Ahora tenía el cabello diferente. Tal vez por efecto de la muerte. Seguía siendo más o menos rojizo, pero lo llevaba corto, casi al estilo punk. Una franja blanca en la sien izquierda y el surco que la bala había dejado al pasar le daban el aspecto de haber sido esculpida de un modo imperfecto.

Las pecas de su rostro se habían desvanecido y su piel parecía más blanca, aunque eso podía deberse a la ausencia de luz. También estaba más delgada, hasta el punto de que su torso parecía perderse bajo los pliegues de una sudadera con capucha y con el emblema de una universidad estadounidense.

Antes era toda líneas limpias y aire fresco; ahora hacía pensar en ropa tendida en una cuerda. Pero tenía los ojos de Sid y la boca de Sid, por lo que seguía siendo Sid. Había regresado del limbo de los espías y estaba sentada en casa del Viejo Cabrón, en plena campiña. ¿Cómo era posible?

¿Y qué dijo River al verla?

Lo que dijo fue:

—Jesús... ¿Sid?

Dos resurrecciones en una sola frase.

Ella lo observó mientras él cerraba la puerta a sus espaldas como si fuera imprescindible que ese encuentro tuviera lugar en un espacio cerrado, aislado del vacío exterior.

Tenían que estar a solas en esa estancia que aún le resultaba familiar, que no había cambiado hasta un instante antes y ahora se transformaba de pronto.

—Hola, River —dijo. Su voz era la misma de siempre, quizá un poquito más frágil. Había algo meditado en su forma de hablar, como si fuera una actriz y estuviera colando una morcilla porque no se sentía segura con su parlamento—. Te he oído llegar. Sabía que eras tú.

Estaba sentada en el sillón del Viejo Cabrón, pensó él.

Si entrecerraba los ojos, casi podía ver las zonas pulidas de los reposabrazos, los hundimientos en el tapizado, la desvaída silueta de su abuelo.

Su propia butaca, en la que tantas veces se había sentado a escuchar las historias que el viejo rememoraba, no había llegado a amoldarse a su cuerpo de esa manera.

Los asientos preferidos eran como una premonición del futuro: la forma que acababan adoptando dependía de lo que uno aportara, de su propio compromiso.

Él llevaba tiempo sin sentarse en esa butaca, y ya no era necesario hacerlo: su abuelo había fallecido.

Cruzó el despacho y se acuclilló junto a ella.

—¿Sid? Eres tú, ¿verdad?

—Sí, soy yo, de verdad.

Quería tocarla, asegurarse. Todo aquello podía ser una extraña alucinación: una alucinación que lo había empujado a recorrer un montón de kilómetros por culpa de una vecina, así que necesitaba asegurarse de que su carne seguía siendo carne.

Extendió la mano y ella se la cogió. Su mano estaba inesperadamente cálida.

—Estás viva.

—Pues claro.

Hablaba como si la alternativa fuera impensable, aunque la última vez que él la había visto estaba tendida en la acera sobre un charco de sangre.

Su recuerdo de lo que ocurrió después se limitaba a un confuso recorrido por calles llenas de zombis bajo el ulular de las sirenas.

«Las heridas en la cabeza sangran mucho...

Las heridas en la cabeza sangran mucho...

», iba diciéndose. Se había aferrado a esa idea.

Y el hecho de que estuviera perdiendo mucha sangre no implicaba que el desenlace fuera fatal por necesidad.

Podía ser una herida superficial. Pero entonces... ¿por qué parecía tan muerta?

—Y estás aquí. ¿Por qué no me avisaste?

—Iba a hacerlo, pero sabía que acabarías apareciendo por aquí tarde o temprano. —Recorrió el despacho con la mirada—. ¿Y esto?

Se refería a que aquella habitación estaba intacta en una casa por lo demás vacía. Uno no vaciaba una casa entera y dejaba un solo espacio tal cual, con sus muebles y demás.

—Tu abuelo ha muerto, ¿verdad? Y has dejado esto como un santuario para preservar su memoria...

—No exactamente. Bueno, sí, en cierto modo, pero... eso ahora da igual. ¿Dónde estabas? ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? ¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo?

—Te llamé.

Él se acordaba perfectamente de esa llamada: el teléfono había sonado en su despacho y, cuando descolgó, nadie dijo nada al otro lado de la línea; sólo se oía una respiración.

Estaba seguro de que era Sid, por mucho que no creyera en esas tonterías esotéricas.

Su forma de respirar... Durante la breve temporada en que habían trabajado habían estado casi todo el tiempo metidos en aquel despacho sin hablar apenas.

Con el tiempo, él se había acostumbrado a su presencia silenciosa: era capaz de escucharla sin que ella dijera nada.

—Pero no supe qué decir, la verdad.

—¿Que estabas viva, quizá?

—Pero eso ya lo sabías, ¿no? ¿O es que no lo sabías?

—Nos dijeron que habías muerto, Sid.

—Vaya...

Ella había desaparecido del hospital, se había esfumado como si nunca hubiera estado en ese lugar.

De hecho, ésa era la versión oficial: Sidonie Baker jamás había estado allí.

Y cuando él trató de averiguar qué había sucedido, se encontró con una puerta cerrada tras otra.

Sidonie Baker había muerto y no tenían por qué darle explicaciones.

Ella estaba muerta, y él era uno de los condenados a la Casa de la Ciénaga, así que no le quedaba otra que joderse, volver a su escritorio y dejar de hacer preguntas.

Se había adentrado en un mundo turbio y lodoso, y Diana Taverner había sido la encargada de enturbiarlo, así que no le hacía ninguna gracia que alguien insistiera en revolver el barro con un palo.

A ella no pareció sorprenderla escuchar que había estado muerta, aunque de pronto parecía menos animada.

Durante su larga ausencia había adquirido cierto grado de templanza.

Sin duda había tenido que esperar mucho antes de volver a aparecer, y saltaba a la vista que, con el tiempo, había ido acostumbrándose a la espera.

—Hubieras podido...

Pero no valía la pena seguir por ese camino.

Sí: ella hubiera podido avisarlo, ponerse en contacto con él.

Pero ¿qué sabía él sobre desaparecer? En la Casa de la Ciénaga al menos podía abrir una ventana y, si le daba por ahí, ventilar sus frustraciones a grito pelado.

Nadie le prestaría atención, pero podía hacerlo.

Probablemente la situación de Sid era muy distinta.

—Estuve mucho tiempo recuperándome. —Se llevó la mano a la franja blanquecina de la sien—. He perdido un par de años de mi vida.

—Lo siento.

—No fue culpa tuya.

Sí lo había sido, o al menos así lo recordaba él. Un momento de confusión en una calle mojada por la lluvia, un único disparo... Unas cuantas personas más habían estado involucradas, y todas estaban muertas.

—¿Cómo me has encontrado? ¿Cómo has dado con esta casa? ¿Y cómo supiste que lo mejor era venir aquí?

—Estaba en tu expediente. Tuve que leerlo, ¿recuerdas?

Pues claro que lo recordaba.