Capítulo 4 #2
—¿Cómo? —preguntó Roddy—. Es una camisa de cachemir con estampado paisley.
—Lo que tú digas. —Fingió reflexionar—. «Para necios»; sí, tiene sentido. —Se arrellanó en el asiento y puso los pies en el escritorio. De un modo u otro, se las había arreglado para quitarse los zapatos—. Entonces, ¿a todos os llegó ese mensaje?
—A ti también —dijo Catherine.
—¿En serio? —Se palpó los bolsillos, pasando de uno a otro con histrionismo hasta encontrar el móvil en el primero que había revisado.
Todos esperaron a que lo encendiese—. Sorpresas te da la vida; al final va a resultar que no soy mejor que vosotros.
—Dejó caer el teléfono sobre la mesa y prosiguió—: A ver si me aclaro: una pequeña yegua lenta fue a comprar al mercado y resulta que un aprendiz de espía andaba siguiéndole los pasos.
—¿Qué te hace pensar que era un aprendiz?
—Al final lo descubriste, ¿no? A ver, los demás.
—Señaló a Shirley, que había vuelto en silencio y estaba haciendo visibles esfuerzos por disociarse de sus propias manos—.
¿Tú qué hiciste anoche? No, déjame adivinarlo...
Estuviste moviendo el esqueleto en la pista de baile hasta altas horas de la madrugada. ¿Alguien te estaba vigilando?
—Cuando estoy en un club nocturno siempre hay gente que me mira.
—Claro, porque tienen miedo de que les robes las copas. —Hizo una pausa—. No, un momento... la borracha eres tú —le dijo a Catherine—. Con vosotras siempre me confundo. ¿Habéis pensado en llevar chapas con el nombre?
—¿Para hacerte la vida más fácil? Olvídalo —replicó Catherine—. Y no, a mí nadie estuvo siguiéndome anoche.
—¿Estás segura?
—Acabo de decírtelo.
—Ah, las ventajas de la sobriedad... Debe de ser estupendo eso de recordarlo todo, segundo a segundo.
—Volvió a mirar a Louisa—. Y ojo, que esta señora aquí presente habría podido darte lecciones en su juventud.
Tenía debilidad por los marineros, si mal no recuerdo.
Pero de verdad, ¿eh? De haber tenido ocasión, se habría tirado a toda la oficialidad del Titanic .
Sacó un cigarrillo de la nada y un mechero del mismo sitio, y encendió el uno con el otro. Luego se quedó contemplando el mechero un momento antes de tirarlo hacia atrás por encima de su hombro y señalar a Lech Wicinski.
—¿Estás pensando en tapar la obra de arte que tienes en las mejillas con esos pelillos púbicos? ¿O es que tu maquinilla eléctrica, tu Elektrorasierer , está kaputt ? Sin ánimo de ofender, ¿eh?, lo pregunto sólo por curiosidad.
—Soy polaco, no alemán —respondió Lech.
—Bueno, no será porque los alemanes no lo intentaran en su día. Por cierto, ¿esa focaccia la hiciste tú?
—Sí.
—Pues hay que ponerle más ajo. —Soltó un eructo—. En fin, ¿algún fantasma te estuvo siguiendo anoche? ¿O estabas demasiado ocupado tocándote la zambomba como para darte cuenta?
—No estoy seguro —dijo Lech—. Es posible que hubiera alguien.
—«Es posible que hubiera alguien...» Eso abre un enorme abanico de posibilidades. ¿Te importaría ser un poco más preciso?
—Puede que hubiera alguien en el autobús, al volver a casa. —Se encogió de hombros—. Igual no era nada, pero me bajé en la parada anterior, por si acaso.
—Seguro que eso les dio un buen susto. ¿Alguno se rindió con las manos en alto?
—Nadie se bajó en esa parada.
—Porque estaban demasiado asustados, seguro. ¿Y tú?, ¿tienes algo que contar?
Esto último iba dirigido a River Cartwright.
—Nada que reseñar —respondió River.
—¿Anoche no llegaste a oír pasitos fantasmales a tus espaldas?
—Tendrían que haber ido muy rápido. Estuve conduciendo.
—Ah, claro, ahora tienes coche. Fundiéndonos la herencia, ¿eh? ¿Qué coche te has comprado? No, déjame adivinar... un Aston Martini, seguro.
—Algo así —dijo River.
—¿Y adónde fuimos con el bólido?
—A ningún sitio en particular. Salí a rodarlo un poco, y ya.
Lamb se lo quedó mirando, pero no dijo nada más.
El humo de su pitillo era más denso de lo normal, casi parecía el de un colchón en llamas. Los ojos empezaban a lagrimear, las gargantas a picar.
—A mí todavía no me has preguntado —intervino Roddy.
Lamb suspiró.
—Muy cierto, mi querido Donkey Kong. ¿Alguien ha estado siguiéndote últimamente?
—No.
—Pues vaya intercambio provechoso.
Con el cigarrillo en la boca, Lamb metió ambas manos en la cintura del pantalón para reajustarse los calzoncillos.
Cumplida la misión, se quitó el cigarrillo y echó la ceniza en la taza más cercana.
Pero el cigarrillo se deshizo por completo.
Contempló el estropicio con amargura antes de dejar caer el filtro en la taza.
—Y que quede claro asimismo que, o todos los demás estáis demasiado alelados para daros cuenta de que Regent’s Park nos vigila, o sólo están vigilando a la mujer de vida alegre que tenemos en nuestras filas.
Aunque también es posible que ésta se lo haya imaginado porque le aterroriza la posibilidad de acabar sus días soltera y sin pareja.
—También puede haber sido una coincidencia, por raro que parezca —apuntó Catherine.
—Ah, gracias. Siempre podemos contar contigo para que hagas de avutarda del diablo.
—Abonada —dijo ella automáticamente, y se corrigió de inmediato—: Abogada. Maldita sea, estoy empezando a hablar como tú.
—Ese tipo se largó por piernas en cuanto vio que lo había descubierto —puntualizó Louisa—. Ni me lo imaginé ni fue una coincidencia.
Lamb bajó los pies al suelo, y lo hizo con tanto cuidado que sólo derribó unas pocas cosas del escritorio.
—No. Porque de haberlo sido estaríamos hablando de dos coincidencias, en vista de que alguien ha estado machacando nuestros expedientes en la base de datos del servicio. —Volvió a mirar a Wicinski—. Lo de «machacando» va sin segundas, ¿eh? Aquí no me refiero a tu afición predilecta.
Lech no replicó, pero el mensaje de su mirada, su postura y su cuello enrojecido no podían ser más explícitos: «Que te jodan, Lamb.»
—¿Has hablado de esto con Regent’s Park? —terció Catherine.
—¿De nuestro estatus de refugiados? No. Prefiero saber qué es lo que Taverner se trae entre manos antes de preguntarle, y todavía no he averiguado de qué se trata. Estoy demasiado ocupado. Algunos de nosotros tenemos una vida fuera del trabajo, ¿sabéis?
—Consolando a unos enanos gays estadounidenses —soltó Shirley.
—Me alegra ver que hay alguien que presta atención a lo que digo.
—Eso has dicho, ¿no?
—Era sólo un enano —matizó Lamb—. Su amigo está muerto. —Sin solución de continuidad, se tiró un pedo rápido y funcional—. ¿Alguna cosa más? Por Dios, qué caras. Ni que fuerais el coro en el funeral de un sin techo. Inspiráis tanta confianza como una autopista española.
—Nada como una arenga para insuflar ánimos a la tropa —observó Catherine.
—Yo tengo algo —dijo Ho.
Lamb lo fulminó con la mirada.
—¿Ladillas, quieres decir? Eso explicaría que andes tan nerviosillo.
—Sé cuándo eliminaron nuestros expedientes.
—¡Joder, lo nunca visto! ¡Información de verdad! —Lamb volvió a arrellanarse en el asiento—. Venga, desembucha. Sorpréndenos a todos.
—En la primera semana de enero; el día cinco, para ser precisos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó River—. Si los expedientes ya no están, no veo manera de saber cuándo los borraron.
Ho adoptó el aire de superioridad con que los gatos miran a los meros mortales.
—Comprobé cuándo se actualizó la base de datos del personal, dejando al margen las copias de seguridad rutinarias. Y luego comprobé en qué momento se hizo una actualización sin añadir nada nuevo.
—¿Y cómo deduces que...?
—Porque la información disminuye.
—Lo que significa que estuvieron borrando algo —dijo Louisa.
—Pues claro. —Ho entrelazó los dedos con suficiencia—. Además, la actividad del administrador queda registrada. Pero hay que saber dónde buscar.
—Y por eso te tenemos aquí —dijo Lamb—. Ya sabía yo que tenía que haber una razón, más allá de mi proverbial generosidad.
—Con una amplia sonrisa en el rostro, fue mirando a los demás, uno por uno—.
¿Os dais cuenta? Eso de ser un mequetrefe sin escrúpulos a la larga tiene sus recompensas.
Muy bien, Austin Powers; como premio, puedes conservar la camisa. Iba a obligarte a comértela.
—¿Y de qué nos sirve saber la fecha? —preguntó Shirley.
—Por difícil que te resulte hacerte a la idea —contestó Lamb—, saber cosas es mejor que no saberlas. Para que lo entiendas, la diferencia es como llevar un gramo de cocaína en el bolsillo o no llevarlo. Espero que así lo pilles.
Shirley se las arregló para no ponerse a revolver en sus bolsillos, pero le faltó poco.
—Bueno, bueno... —dijo Lamb—. Ya he tenido bastante por hoy. Venga, a mover el culo y a trabajar. Y no olvidéis que todos estamos en la misma alcantarilla, aunque algunos estáis dando vueltas alrededor del desagüe.
—Gracias.
—Podría ser peor. Podríais formar parte de una unidad de élite que se dedica a ejecutar a personas por todo el mundo. Entonces sí que tendríais un problema.
Nadie se atrevió a preguntar a qué se refería. Salieron en tropel.
De camino a sus despachos, Shirley le preguntó a Louisa:
—¿Te has metido en algún lío últimamente?
—¿Yo? —dijo ella—. No.
—Entonces, ¿por qué en Regent’s Park les ha dado por seguirte?
—No necesitan una razón —respondió Louisa—. Somos caballos lentos. Con nosotros pueden hacer lo que quieran.
Louisa esperó hasta después de la pausa del bocadillo para ir al despacho de River Cartwright, que no pareció sorprenderse al verla aparecer.
Tenía encendido el ordenador, cuya pantalla se reflejaba en el cristal de la ventana a sus espaldas: columnas con números, probablemente sacadas de un registro electoral.
Gran parte de su trabajo consistía en rascar bajo la superficie de las vidas de sus conciudadanos en busca de irregularidades que nunca llegaban a aflorar, porque no existían.
Pero no tenía las manos ocupadas con el teclado o el ratón.
Sostenía algo que dejó caer en el cajón en cuanto ella entró.
—Hola —la saludó.
—¿Estás bien?
—De maravilla.
Ella se sentó en una esquina del escritorio, arqueó una ceja y preguntó: