Capítulo 4
La otra ventaja de aquella cocina era que su tamaño casi permitía que dos personas estuvieran en ella a la vez sin que estallaran discusiones, siempre y cuando ninguna de ellas fuese Roderick Ho.
Un Roderick Ho que, justo en ese momento, estaba olisqueando la comida de Wicinski.
—¿Y esto qué se supone que es?
—Una focaccia.
—Tiene cosas encima.
—Como se supone que tiene que ser. No me digas que nunca has visto una focaccia. Si no paras de comer pizzas.
—Las pizzas son redondas.
—Sabes que la redondez no es una categoría de alimentos, ¿no? —La focaccia que Lech Wicinski había hecho la víspera descansaba en papel de aluminio sobre la maltrecha encimera de la cocina—. Prueba un poco. No te va a matar.
—No quiero que se me peguen migas a la camisa.
Lech contempló la prenda en cuestión: un trapo verdoso con estampado de paramecios, que Ho llevaba abotonado hasta el cuello.
—Unas cuantas migas igual mejoran el conjunto.
Louisa entró en la cocina con un tazón vacío en la mano. Miró a Ho, luego a Lech, luego al trozo de focaccia y a Lech otra vez.
—¿Esto lo has hecho tú?
—Sí.
—A ver, ¿con harina y esas cosas?
—Con harina, sí. Y también con esas cosas.
Louisa asintió, aunque no de una manera que indicara que lo había entendido del todo.
—¿Y qué pasó luego? ¿Se te cayó al suelo y quedó aplanado?
—Por Dios, pero ¿esto qué es? Hice un poco de focaccia y no me la acabé, así que he traído el resto. ¿Dónde está el problema?
—Es que esto por aquí no se ve mucho.
—¿El qué? ¿Hornear cosas o traerlas?
—Ambas cosas —indicó Louisa. Vació el hervidor en el fregadero y lo llenó con agua otra vez, un proceso que Ho contempló con cierto asombro—.
Agua fresca —explicó ella—. Para hacerme un café, ¿sabes?
—Se volvió hacia Lech y añadió—: Si estás pensando en montar un concurso de repostería aquí, que sepas que la cosa puede acabar fatal.
—Si se me ocurre montar un concurso de ese tipo —repuso Lech—, será para decidir a cuál de vosotros meto en el horno.
—Pero ¿qué sentido tiene hornear pan? —quiso saber Ho—. En las tiendas hay de sobra. Parece mentira que tenga que explicarlo.
—Me duele decirlo —apuntó Louisa—, pero el de la camisa rara tiene razón.
—Así que tú tampoco cocinas en casa.
—¿Yo? Apenas soy capaz de descongelar algo como es debido.
—¿Y mi camisa qué tiene de rara? —preguntó Ho.
—Parece que una rana te haya vomitado encima.
—Es un diseño italiano.
—Lo mismo que mi focaccia, mira tú por dónde —dijo Lech—. Aunque en este caso la ha preparado un polaco del East End.
Catherine acababa de aparecer en el umbral.
—¿Qué estáis haciendo todos aquí?
—¿Ahora eres la delegada de curso o qué? —preguntó Louisa—. A lo mejor hemos viajado en el tiempo y estamos otra vez en el colegio.
—Ojalá tuviéramos esa suerte.
—Como puedes ver, en el hervidor está calentándose agua, eso debería darte una pista.
—No estoy tan interesada en saber qué estáis haciendo como en por qué no estáis arriba. Hay una reunión de equipo, ¿os acordáis? A las nueve en punto.
—Pensaba que Lamb aún no había llegado.
—Y no lo ha hecho —dijo Catherine—. Pero ¿acaso crees que eso le impedirá exigir que todo el mundo sea puntual? Esa focaccia tiene buena pinta, por cierto.
—Gracias —dijo Lech.
—Pero ahora vas a ser la comidilla de todos, supongo que te das cuenta.
Louisa se sirvió el café mientras Ho hacía lo posible por leer la etiqueta en el cuello de su camisa sin desabrochar botón alguno.
Lech volvió a envolver la focaccia, con una expresión que denotaba su arrepentimiento por diversas decisiones existenciales, empezando por haber traído la focaccia a la Ciénaga y, posiblemente, hasta por no haberse quedado en Australia cuando estuvo allí de vacaciones en el noventa y seis.
—No lo decía en serio, Lech —dijo Louisa—. Lo de que esto parecía un colegio, quiero decir.
Lech puso los ojos en blanco, pero Louisa ya estaba subiendo las escaleras, por lo que no alcanzó a verlo.
En el piso de arriba, Shirley ya estaba en su sitio.
En el despacho de Jackson Lamb no había sillas para las visitas, o al menos ninguna que a él le gustara que ocupasen.
La que en teoría estaba reservada para ello albergaba una pirámide de recipientes de comida asiática con restos de todo tipo de salsas.
Pero había un espacio en concreto más codiciado que ningún otro, porque se suponía que quedaba fuera del campo visual de Lamb.
Los más recelosos sabían que nada quedaba fuera del campo visual de Lamb, y sospechaban que se trataba de otra puta jugarreta mental de largo recorrido, pero ella estaba dispuesta a apostar fuerte y se había situado a la izquierda de la puerta, junto al tablero de corcho con recortes y papelitos que alguien, presumiblemente el propio Lamb, y presumiblemente por alguna razón, había clavado allí siglos atrás.
Shirley no dijo nada cuando Louisa, Lech y Roddy entraron en fila india; quizá se había quedado dormida, allí, de pie. River llegó el último y tampoco dijo nada, aunque, para él, el sueño era un desconocido o un enemigo personal.
Louisa intentó cruzar miradas con él, pero River la rehuyó.
No era nada raro, aunque ese día River parecía cargado de energía, lo que sí resultaba inusual.
La Casa de la Ciénaga no recargaba tus pilas; más bien te chupaba la energía.
Era como si sus paredes albergaran fuerzas telúricas negativas, como si la Ciénaga se ubicara en ciertas coordenadas especiales en las que se cruzaban campos de no fuerza que absorbían el ánimo de cualquiera que se encontraran allí.
Fuera lo que fuese lo que electrizaba a River de ese modo, no era la perspectiva de pasar el día en el trabajo.
Una puerta se cerró de golpe; no la del patio interior que daba acceso al edificio, sino la del retrete situado en el piso de abajo. Eso significaba que Lamb había flotado varios tramos de escaleras arriba sin mover una telaraña a su paso, como un tapir jugando a la rayuela.
De pronto, un intenso olor a tabaco rancio irrumpió en el despacho, y los caballos lentos se hicieron a un lado para dejar espacio al hedor, primero, y después a Lamb, quien al pasar entre ellos iba negando con la cabeza con incredulidad.
—¡Menudo agujero mugriento! —exclamó.
Louisa miró las paredes llenas de manchas de humedad, la moqueta pringosa y raída, el grabado de un puente de algún otro país que parecía invitarte a tirarte de él...
—¿Ahora te das cuenta? —preguntó.
—Me refiero a esa letrina —precisó Lamb—.
Hay que tirar tres o cuatro veces de la cadena para que el agua se lo lleve todo.
—Se dejó caer en su butaca, que algún día iba a responder desintegrándose en cien fragmentos—.
Siento haberos hecho esperar. Me he pasado casi toda la noche consolando a un enano gay estadounidense.
Todos se lo quedaron mirando.
—¿Qué pasa? ¿Es que uno no puede tener vida social?
—Lo que pasa es que tú raras veces te disculpas —recordó Catherine.
—Ya, pero tampoco me equivoco con frecuencia, ¿no? —Le tiró algo a Shirley, que cometió el error de atraparlo sin pensar. Era un pañuelo de papel inusualmente pesado que amenazaba con descomponerse de un momento a otro—. Líbranos de eso, ¿quieres?
—Pero... tú estás más cerca de la papelera.
—A ver. No quiero tener esa cosa en las narices, así que, ¿cómo voy a querer tenerla en la papelera? —Recorrió con la mirada a todo el equipo reunido en su oficina—. Hoy me falla un poco la memoria, así que hacedme un favor y recordádmelo: ¿qué coño hacéis aquí?
Shirley salió al rellano reprimiendo una arcada mientras todos los presentes descartaban mentalmente la teoría del punto ciego.
—Puesta al día —indicó Catherine.
—Ah, sí. Puesta al día. Siempre es un placer compartir estos momentos con vosotros.
Así no tengo que ponerme a leer las necrológicas del periódico para echar unas risas.
Muy bien, es hora de ponernos al día... —Se llevó las manos a la barriga y sonrió con benevolencia—.
Os recuerdo que éste es un espacio seguro: nadie va a deciros lo tarados que estáis. ¿Quién empieza?
Louisa dio un paso al frente:
—Alguien estuvo siguiéndome ayer, a última hora de la tarde.
—Felicidades. ¿Te lo tiraste en su coche o te lo llevaste a casa?
—Se me pegó en Central Line y estuvo siguiéndome hasta Oxford Street. Lo desenmascaré en una tienda de artículos deportivos. Y cuando se dio cuenta se largó.
Lamb volvió a mirar a los presentes.
—¿Lo veis? Esto es lo que pasa cuando vas dejando tus datos de contacto en las paredes de los baños públicos.
—Ese tipo era de Regent’s Park.
—Ah, entonces todo queda en familia, ¿no? ¿Y esto último lo sabemos porque...?
—Porque recibió el mismo sms que nos enviaron a todos a las 6.59 de la tarde. Uno de esos mensajes de Recursos Humanos para comprobar que el sistema de alertas sigue funcionando.
«Está recibiendo este mensaje de texto para certificar que sus datos de contacto están actualizados. Presione en el enlace para confirmar recepción.»
Lamb entrecerró los ojos.
—Creía que nos habían hecho desaparecer de los registros del servicio. Esto estropea la magia, ¿no?
—Los datos de contacto siguen en los sistemas internos —terció Ho.
—Sí, oí a unos que hablaban de algo por el estilo, aunque no voy a fingir que lo entendiera en su momento.
—Esto ya lo hemos hablado antes —intervino Lech—.
Lo que han borrado son nuestros expedientes personales: nombres, fotos, historial en activo, participación en operaciones, todo eso.
La información confidencial, que es anónima, sigue en los registros: nuestro número de empleado, datos bancarios y demás.
Si no fuera así, no estaríamos cobrando, para no ir más lejos.
Lamb fingió que se sentía afligido.
—Pero ¿vosotros cobráis un sueldo? Yo creía que el propósito de todo esto era desmoralizaros al máximo.
—No nos pagan mucho, la verdad.
—Menos mal. Si os pagaran lo que valéis, les deberíais dinero. —Se volvió hacia Ho—. Esto es nuevo, ¿no? Me refiero a la camisa con paramecios.