La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 3 #8
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Capítulo 3 #8

—Y bien, para resumir: en la otra punta del mundo pasó algo que no llegaste a ver y de lo que nadie sospecha. ¿Qué crees que deberíamos hacer? ¿Organizar una maratón benéfica para llamar la atención sobre el tema?

—Putin hizo que lo asesinaran.

—¿Y qué? Todos sabemos que ese tipo tiene sangre en las manos.

Mejor dicho, hasta los codos. Pero lo que piense el resto del mundo a él le importa una mierda, y lo que pasa dentro de Rusia es como si ocurriera detrás de una puerta cerrada.

Además... —Dio otro trago—. Me doy cuenta de que la pérdida de tu amigo debe de haber dejado un pequeño huequecito en tu vida, pero el hecho de morir en Rusia no siempre supone un asesinato por orden del presidente.

Y si fueras cardiólogo, me extrañaría que vivieras en un puto agujero como éste.

Yo pensaba que los de tu cuerda erais muy limpitos y os gustaba tenerlo todo como los chorros del oro.

—Ya veo por dónde vas: supones que todos los gays somos fanáticos del orden y la higiene.

—Estaba refiriéndome a los enanos, para ser sincero. ¿O igual son los gnomos los que son tan apañados? Con vosotros me hago un lío.

—Ahora sólo intentas ofenderme.

—Algo de eso hay, sí. Y no estaría de más que te mostraras mínimamente amable. He tenido un día muy largo. —Contempló la botella en su mano—. ¿Te apetece beber algo?

—Sí, gracias.

—Pues ponme otra a mí también, de paso. Esto que tengo aquí es material del bueno. Mejor me lo guardo para después.

Se metió la botella en el bolsillo.

Reece repasó mentalmente lo que acababa de oír y luego volvió a repasarlo para estar seguro. Se acordaba bien de lo que había en la nevera, y no tenía más que cervezas: unas botellas de Beck’s. Se levantó de la caja de madera, fue a la cocina y volvió con una en cada mano.

—¿Esto es lo mejor que puedes ofrecerme? Joder, tío. —Aun así destapó su cerveza y tiró la chapa abrefácil a un rincón.

—Andy había estado investigando a fondo —explicó Reece—. Y tenía un contacto en el gru . Es la...

—Mira, vamos a dar por hecho que sé bien lo que es el gru .

—Pues ese contacto le contó que tienen una unidad especial, un departamento de ejecuciones.

Volvió a sentarse en la caja y abrió su propia botella.

El gordo dijo:

—Si ésa era la gran noticia que Andy había descubierto, ¿cuál era su idea de una exclusiva mundial? ¿La carga de la Brigada Ligera?

—Operan en grupos de dos personas que fingen ser un matrimonio. Y a una de esas personas la mataron no hace mucho, en territorio ruso, en la ciudad de Kazán, en venganza por aquellos atentados con novichok.

—Es un rumor que corre, sí. Y veo que ha llegado hasta Brewer Street, y más puntualmente al garito del Viejo Miles... —Se llevó la botella de cerveza a los labios y se tomó de un trago la mitad de su contenido—. Pero no me vas a decir que asesinaron a alguien por un mero rumor.

Sin embargo, Reece no había acabado:

—Su contacto también le dijo a Andréi que Rasnokov le había declarado la guerra al servicio secreto británico por orden de Putin.

Que se habían enterado de que aquí, en el Reino Unido, había una unidad parecida, asignada a las ejecuciones, y que planean cargarse a sus miembros uno a uno en suelo británico. Andy estaba escribiendo sobre eso.

—En su libro —dijo el gordo sin mostrar ninguna emoción.

—Tenía pensado venderle la información a un periódico.

—Pero no le dio tiempo porque, al parecer, murió de un paro cardíaco.

—Andy no tenía problemas de corazón.

—Nadie los tiene. Hasta que los tiene. —En un dos por tres se había acabado la cerveza. Lanzó el casco vacío al mismo sitio donde había tirado el tapón y soltó un eructo estruendoso—. ¿Y Andy te contó todo esto poco antes de morir?

—El día anterior. Hace diez días. Estuvimos hablando por teléfono.

—Hay mucha gente que escribe libros —dijo el gordo—. O que vende reportajes a la prensa. Y no todos acaban siendo asesinados. Aunque igual no sería mala idea, hablando con franqueza.

—Andy se tropezó con algo muy grande y de pronto murió. ¿Tú crees que fue una coincidencia?

—Es cuestión de perspectiva. Si Andy era de tu tamaño, todo aquello con lo que se tropezara sin duda le parecería enorme. ¿Hay más cervezas?

—No.

—Mejor. Porque ese mejunje era una puta abominación.

—Se levantó de forma tan repentina que Reece pensó que iba a lanzarse contra él.

El cigarrillo le colgaba de la boca—. Mira, la gente se muere.

Mejor que te vayas haciendo a la idea. Pero si prefieres dejarte llevar por la paranoia, eso es cosa tuya.

Un consejo, en todo caso: ándate con cuidado a la hora de mencionar nombres como el de Rasnokov y no vayas contando tus fantasías por ahí o acabarás siendo un incordio.

Y eres lo bastante pequeño como para que te aplasten. A estas alturas tendrías que saberlo.

—Vete a la mierda —le espetó Reece.

—Hombre, ahora sí que me dejas hecho polvo. Pensaba que me dirías que «siguiera el camino de baldosas amarillas».

Y dicho esto, se marchó.

Reece se acercó a la ventana y lo vio alejarse calle abajo dejando un rastro de humo a su paso.

El chaleco reflectante había quedado tirado en el suelo: el gordo ya no lo necesitaba para camuflarse.

Se preguntó dónde lo habría robado en el breve trayecto desde la cueva del Viejo Miles.

Se preguntó también si habría dejado tirado en el suelo al dueño del chaleco amarillo.

Daba igual. Andréi habría pensado que valía la pena investigar esa posibilidad, pero él era escritor, y mira de qué le había servido.

Aunque era posible que el gordo cabrón estuviera en lo cierto. La gente se moría, y tal vez la muerte había sido tan sólo lo último que le había ocurrido a Andy en su corta —en todos los sentidos— existencia.

Presa de un súbito arrebato de ira, arreó una patada al montón de libros más cercano.

Las anotaciones insertadas entre las páginas salieron volando por los aires, acompañadas de los garabatos de Andréi: unas pistas inútiles, pues él era incapaz de descifrar la mitad de lo escrito en aquella letra de renacuajo, y lo demás estaba en ruso.

Pero no importaba. Nada de cuanto pudiera hacer iba a devolverle a Andy, y su intento de abordar a un espía de verdad en el garito predilecto de Andy tan sólo le había valido una retahíla de insultos y una nube de humo apestoso en la sala de estar de su piso.

No había más que cabrones en el mundo, y eso incluía a Andy y, probablemente, a él también.

Al cabo de un rato recogió los libros y volvió a ponerlos en un montón.

Las anotaciones ya no iban a poder encontrar el camino de vuelta a las páginas correspondientes, por lo que se limitó a agruparlas y a meterlas en el volumen que estaba en lo alto de la pila.

Quizá esa noche había puesto algo en marcha, algo de lo que nunca llegaría a enterarse.

Pero lo más probable era que no hubiera pasado de proporcionar media hora de entretenimiento a un espía gordinflón.

Dejó las botellas vacías en la caja para el reciclaje y el destrozado chaleco amarillo en el cubo de la basura.

Y se metió en la cama.