La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 3 #7
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Capítulo 3 #7

—Porque caes en el error, tan extendido, de pensar que estas buenas gentes son enemigas de la democracia. Cuando, en realidad, son los defensores de la nueva democracia. Una nueva democracia que, en última instancia, implicará la transferencia de poder a un espectro más amplio de representantes.

—Cómo has cambiado —indicó ella—. Pocos años atrás los habrías descrito como una panda de piojosos. Pero, claro, entonces tus ambiciones eran más convencionales.

—Las cosas cambian —dijo él sin alterarse—.

Las circunstancias cambian. La forma tradicional de hacer las cosas ya no sirve.

Las nuevas realidades del poder están evolucionando ante nuestros ojos, y esta gente forma parte de ese proceso.

Digamos que el negro ya no está de moda, ahora triunfa el amarillo.

—Eso sería una estupenda ironía si tú fueras negro —apuntó Diana—.

Aunque, bien pensado, quizá la ironía es lo que está de moda.

Está por todas partes. —Lo miró a los ojos y agregó—: Antes teníamos a la extrema derecha por un lado y a la extrema izquierda por el otro.

Ahora se dan la mano por detrás. Supongo que racistas y antisemitas siempre tendrán puntos en común, pero preferiría que no se pasaran el día desfilando y coreando consignas.

—Sólo son ciudadanos descontentos.

—Que desahogan su insatisfacción de la forma más típica: buscando a ciudadanos más débiles a los que intimidar. Por favor, no me digas que estás pensando en ponerte al frente de su movimiento, Peter. Porque entonces vamos a tener un serio disgusto.

—Cosa que no podemos permitirnos, ¿verdad? —La ausencia de luz en sus ojos desmentía el tono de voz que había adoptado—. Así que lo mejor es no pelearnos. Aunque me veo obligado a plantearte otra cuestión que también podría llevarnos a discrepar.

—Damien Cantor.

—Siempre te las arreglas para dejarme con la boca abierta. Sí, Damien Cantor.

—Quien, la verdad sea dicha, no me ha caído especialmente bien. Lo has notado, ¿verdad?

—Yo diría que hasta él mismo lo ha notado, y mira que no se le da muy bien eso de analizarse a sí mismo.

Bueno, la verdad es que hay división de opiniones sobre el joven Damien.

Unos piensan que es un idiota y otros que es un cabrón.

Pero todos están de acuerdo en que es una figura que no se puede ignorar, porque se ha ganado el oído de la opinión pública.

Y también los ojos. Y sin duda otras partes de su anatomía.

Pero lo que de momento hay que tener en cuenta es su influencia mediática.

Sé que no eres aficionada a mirar las cuentas, y lo entiendo: para eso estoy yo...

pero no olvides que Cantor es uno de los principales contribuyentes a la causa y, como tal, quizá sea buena idea permitirle cierto nivel de acceso.

Un pase entre bastidores, por así decirlo.

—¿Estás bromeando?

—Tú y yo sabíamos que estos nuevos acuerdos iban a exigir cierto grado de flexibilidad.

Y esto forma parte de eso. Damien no tiene por qué caerte bien, pero debes aceptar que forma parte de un panorama más amplio.

Y desde luego no estoy sugiriéndote que aparezcas en su programa de noticias.

Estamos de acuerdo en que eso no nos interesa.

—Me alegra ver que te preocupas por mí, pero ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?

Soy Primera Mesa en Regent’s Park, ¿de veras crees que voy a hacerme amiga de un buscavidas de internet sólo porque se puso el primero en la cola de donantes cuando pasaste el sombrero?

Eso te corresponde manejarlo a ti, Peter.

He aceptado venir al restaurante esta noche para estrechar unas cuantas manos y repartir alguna sonrisa que otra, pero no voy a bailar la danza del vientre para tus amiguitos.

Si tanto quieres complacer a ese tipo, menea tú mismo el trasero. ¿He sido lo bastante clara?

Por lo visto no lo había sido, porque Judd replicó:

—Sólo te pido que le hagas creer que forma parte del equipo, que tiene acceso a lo que se cuece entre bastidores.

Cantor no es un periodista de verdad, no tiene interés en investigar ni conseguir exclusivas.

Lo que le interesa es estar cerca de los resortes del poder.

Hazle creer que lo está, y verás cómo afloja aún más billetes la próxima vez que...

eh... que yo vuelva a «pasar el sombrero», por usar tu expresión.

Diana le clavó los ojos, pero él fingió no darse cuenta; estaba mirando al frente, por encima del hombro del conductor, a las calles que iban desplegándose frente al coche, a los reflejos en los charcos y ventanas que convertían la noche londinense en un caleidoscopio, haciendo que los locales de comida rápida y las oficinas de radiotaxi centellearan como espejos.

Pero esa expresión de inocencia le sentaba tan bien como una toca a una bailarina de striptease .

—¿Qué has hecho? —le preguntó ella.

—No sé de qué hablas.

—Esa frasecita la podrías usar como tono de llamada en tu teléfono, pero a mí no me engañas. Me estás diciendo que le haga la rosca a Damien Cantor porque te conviene, porque algo has hecho mal. Porque has metido la pata de alguna manera. ¿De qué manera?

—Diana...

—No voy a preguntártelo dos veces.

—A fin de afianzar los apoyos adecuados para nuestro proyecto —respondió él—, y aquí estoy refiriéndome a personas que creen en lo que estamos tratando de hacer, a personas con el carácter apropiado, he tenido que...

revelar algún que otro pequeño detalle sobre esto y aquello.

Nada que pueda dejarnos en evidencia. No hay de qué preocuparse.

—Pues la expresión de tu cara no invita precisamente a la tranquilidad.

—No he divulgado nada que pueda hacernos daño, Diana. Me conoces y sabes que no haría nada parecido. Sólo he contado... algún chismorreo interno de nuestro negocio.

—Tú no formas parte del negocio, Peter. Ni como cliente siquiera. Como mucho, te dedicas a deambular por la tienda con la idea de mangar cuatro chocolatinas.

—No dejas pasar una sola metáfora. Ésa es otra cualidad tuya que me encanta.

—Se volvió para mirarla de frente—. Como he dicho, Damien quizá no sea el compañero ideal para una cena.

Pero es alguien a quien debemos tener en cuenta.

Un influencer . De manera que sí, es posible que le haya permitido echar una miradita tras el telón.

Un pequeño vistazo, podríamos decir. Para mantenerlo de nuestro lado, que es lo que nos interesa.

—¿Qué clase de vistazo?

—Le conté un par de cosas sobre ese grupo de deficientes que tenéis, los caballos lentos. Sobre el uso que les dais. Eso es todo. —Hizo un mohín y sus labios de querubín temblaron ligeramente—. Le pareció gracioso. Igual que a ti. Por eso tú misma me lo contaste a mí tiempo atrás, ¿no?

—Pero no para que fueras diciéndolo por ahí.

—Todo va a ir sobre ruedas, no te preocupes —dijo él con suavidad. El taxi aminoró la velocidad cerca de la casa de Diana—. Recuérdame: ¿te dejo aquí? ¿O... eh... quieres que baje contigo?

—Tú te vas a casa con tu señora.

—Claro.

—Y estoy pensando seriamente en ponerle fin a nuestro «pequeño acuerdo» —agregó ella, haciendo hincapié en las últimas dos palabras mientras el coche se detenía. Abrió la portezuela y se bajó con elegancia.

Peter se despidió con un gesto tras la ventanilla.

—Tiene su gracia que sigas pensando que eres la que manda aquí —dijo mientras agitaba la mano. Pero el taxi ya se había puesto en marcha y era imposible que ella lo hubiera oído.

Al cabo de un rato Reece consiguió recuperar el control —que tampoco había perdido del todo, hay que decirlo—.

Derramó algunas lágrimas, sí, pero eso a un adulto se le puede perdonar.

Andy tenía veintiocho años cuando murió, los mismos que él.

Perder a alguien a esa edad, sentirte perdido a esa edad...

lo menos que se podía esperar eran unas cuantas lágrimas.

El gordo no se había movido del sillón, pero las luces de los coches que pasaban por la calle proyectaban su sombra en las paredes y daba la impresión de que estaba montado en un carrusel demoníaco.

Reece sintió el impulso de echar las cortinas, pero el efecto era casi hipnótico, y si se movía quizá el tipo se le echaría encima.

Daba la sensación de que era muy capaz de hacerlo, a pesar de su voluminosa figura, del mismo modo que un dragón de Komodo puede lanzarse contra una cabra que pasa cerca.

—¿Quién es Andy? —preguntó el gordo finalmente.

—Mi pareja.

—Y está muerto.

—Lo mataron.

—¿Cómo?

—Dijeron que fue un paro cardíaco, pero...

—¿«Dijeron»? ¿Quiénes?

—Estaba en Moscú, y no padecía del corazón.

—Tu amigo murió de un paro cardíaco en Moscú, y tú crees que fue cosa de Vladímir Putin...

—Porque estaba escribiendo un libro.

—¿Andy era uno de los tuyos?

—¿Qué quieres decir?

—Dios mío, por una vez que intento ser fino al hablar... A ver, ¿cuál es la palabra políticamente correcta para referirse a un enanito?

—Tengo acondroplasia. Es un trastorno genético. —Se sentía invadido por una rabia que le resultaba familiar—. ¿Quieres que te lo deletree?

—No, joder. O nos van a dar las tantas de la noche. —La botella destelló al levantarla. Bebió un largo trago y preguntó—: ¿Así que los dos erais igualitos?

—Su enfermedad era más rara que la mía, pero el resultado era el mismo. Era una persona con un trastorno del crecimiento, sí.

—Pues más le habría valido mantener la cabeza gacha, ¿no?

—Para ti todo esto es un chiste, ¿verdad?

—Por el momento, sí —replicó el gordo—. ¿Qué era lo que estaba haciendo en Moscú? ¿Investigar?

—Sí. Y... bueno, él antes vivía allí. Sus padres siguen viviendo allí.

—Así que era ruso.

—Sí. Se llamaba Andréi.

—Un ciudadano ruso que murió en Rusia. ¿Tú estabas allí?

—No.

—¿Llegaste a ver el certificado de defunción?

—No, pero...

—¿La policía investigó el caso?

—No.

—¿Sus padres montaron un follón?

—No, ellos creen que...

—Y el cadáver ¿dónde está?

—Lo incineraron.

—¿Estuviste presente?

—No.