La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 3 #6
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Capítulo 3 #6

Para facilitar dicha represalia se había visto obligada a aceptar la recaudación de fondos que Judd había orquestado por su cuenta.

Qué se le iba a hacer. Judd tenía razón, no era cuestión de volver atrás en el tiempo: lo sucedido desde entonces había sido de lo más provechoso.

Bebió un sorbo de brandy para superar el momento que se avecinaba: iba a tener que decirle a Peter Judd que estaba más o menos de acuerdo con él.

Pero resultó que éste tenía la vista clavada en un punto impreciso del espacio.

Una sonrisa reptaba por sus labios de querubín.

Volvió a la tierra y dijo:

—Perdona, me he quedado en las nubes un momento. —Levantó la copa para brindar con ella—. Eso de una Diana traviesa me ha hecho soñar despierto...

—Nunca cambiarás, ¿verdad? —dijo ella—. Discursos con mensajes subliminales para el votante, mente calenturienta cuando una mujer anda cerca...

—Veo que lees lo que escriben sobre mí —repuso él.

El olor a tabaco ruso volvía a notarse. Reece Nesmith III abrió los ojos y después parpadeó varias veces.

Estaba tirado en el suelo de la salita de su piso.

El tío gordo ocupaba el único sillón con un chaleco amarillo hecho un amasijo a sus pies y el cigarrillo responsable de aquel tufo colgándole del labio inferior.

Su gesto era digno de un tótem: serio e inexpresivo.

—Me has pegado —le dijo él con voz más aguda de lo normal.

El otro no respondió. No le quitaba la vista de encima, pero daba la impresión de tener la habitación entera bajo control, como poco antes en el garito de Miles.

Ahora había menos que vigilar, claro, y tampoco mucho mobiliario: el sillón, una mesita con el televisor, estanterías repletas, con más libros de los que podían albergar, y otros tantos en montones esparcidos por la habitación: zigurats de volúmenes en equilibrio precario, muchos de ellos con múltiples papelitos asomando entre sus páginas, como si hubieran estado engendrando otros textos en miniatura.

Eran las notas de Andy, garabateadas con letra de renacuajo.

Juraba que podía reconstruir toda su biblioteca a partir de ellas, pero tal vez fuera una fanfarronada.

En todo caso, él nunca lo había puesto a prueba.

Intentó levantarse, pero no pudo porque la habitación le daba vueltas. Se contentó con aclararse la garganta y volver a decir:

—Me has pegado.

Esta vez su voz no sonó tan aguda.

El cigarrillo ruso brillaba intensamente.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el gordo.

—¡A cagar!

—Así que eres ruso, ¿eh? Camarada Akagar, algo me dice que aprendiste inglés mirando la Super Bowl en la tele. Porque ese acento que gastas es americano.

—¡Acabas de agredirme en la puerta de mi casa!

—Y después te he dado cuatro patadas en la escalera.

Por si quieres llevar la cuenta. —El gordo se quitó el cigarrillo de la boca, examinó la punta incandescente, como si estuviera produciéndose algún error de naturaleza técnica, y se lo volvió a poner—.

Has estado siguiéndome desde ese cubil de espías. O lo has intentado.

—¡Tú me has estado siguiendo!

—Da igual. La cuestión es que esto de jugar a policías y ladrones no es lo tuyo. —El cigarrillo no tiraba; lo dejó caer al suelo—. ¿Vas a decirme cómo te llamas o tendré que sacártelo a patadas?

Nada en su expresión sugería que hablase por hablar.

Reece miró el chaleco amarillo, sobre el que ahora descansaba el cigarrillo encendido. Era una prenda de trabajo, de las que se usan en la construcción; seguramente no ardía así como así. Pero más valía no tentar a la suerte.

—Me llamo Reece Nesmith —dijo.

El gordo soltó un gruñido.

—Reece Nesmith Tercero —aclaró Reece.

—¿Hay dos más como tú? Estamos hablando de casi la mitad de la pandilla. ¿A qué hora viene a recogeros Blancanieves?

—Muy gracioso.

—Me alegra que lo veas así. A veces me veo obligado a explicar mis chistes. ¿Y lo tuyo a qué se debe, si se puede saber? ¿Es una enfermedad o simplemente eres una especie de monstruito?

—No soy un monstruo —contestó Reece.

—Bueno, bueno, no te lo tomes así. Tendrías que ver a los payasos con los que me veo obligado a trabajar.

La deformidad física en su caso supondría una mejora.

—Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó una botella de whisky medio llena, cuyo tapón desenroscó—.

Pero volvamos a la cuestión de por qué estabas siguiéndome.

Y ya puestos, ¿qué hacías metido en un garito de euroespías?

De euroespías jubilados, además. —Bebió un trago—.

Y que en su momento no pasaron de ser unos recaderos de tres al cuarto, y eso en el mejor de los casos.

—Tú eres espía, está claro.

—Si eres uno de esos frikis de James Bond que creen que se les va a pegar el glamour del Cero Cero Siete, conmigo te has equivocado de persona. —Se tiró un pedo y sacó otro cigarrillo—. Para tener clase hay que entrenar en serio.

—No enciendas esa cosa, por favor.

—Tú ya no vas a crecer más. ¿Qué más da?

—Estás en mi casa.

—Y un buen incendio no haría más que incrementar su valor. —Aun así, no encendió el cigarrillo, o por lo menos no todavía—. ¿Por qué me estabas siguiendo?

—Te he oído hablar con el otro británico, el que se las da de haber estado en el ajo, pero nunca lo ha estado.

El gordo asintió con la cabeza.

—Estabais hablando de Putin, de lo del novichok. De cuando untaron una pasta tóxica en el pomo de una puerta y dejaron el frasco en un parque.

—Donde alguien la encontró —completó su interlocutor—. Y acabó muerto. ¿Y tú a qué te dedicas? ¿Eres reportero de uno de esos periódicos que regalan en el metro? Todo eso es historia antigua.

—Corre el rumor de que hubo una ejecución en represalia. De que vosotros, los británicos, os cargasteis a uno de los responsables. De eso hablabais.

—Si estás pensando en adquirir los derechos cinematográficos, vas por mal camino, porque ninguno de los presentes en la cueva del Viejo Miles tiene la menor idea de lo que pasó realmente. —Volvió a levantar la botella y dio otro trago—. Y Chester Smith menos que ninguno.

—Por eso precisamente no intenté seguirlo a él.

El chaleco reflectante había empezado a arder.

Reece se levantó como pudo, fue hacia allí y lo pisoteó, levantando un jirón de humo negro que parecía un espíritu maligno.

Junto a una de las paredes había una caja vacía de las que se usan para transportar el té.

Agarró la lámpara que estaba encima y la dejó en el suelo.

Luego se sentó sobre la caja y preguntó:

—¿Y tú cómo te llamas?

—Las preguntas las hago yo, retaco. Así que me seguías porque te ha parecido que sé de lo que hablo. Y por eso precisamente estabas allí, ¿verdad? En busca de alguien como yo.

El cigarrillo entre sus dedos, todavía sin encender, daba la impresión de ser un arma mortífera.

Reece se preguntó si no habría cometido un error, pero ya no había marcha atrás.

Y ese gordo cabrón no iba de boquilla: era un profesional.

Lo había seguido casi un kilómetro por el centro de Londres sin que se diera cuenta. Chester Smith no habría podido.

—Mi colega Andy solía ir a ese lugar —respondió—. El Viejo Miles organizaba muchas reuniones; una vez al mes o así. Las llamaba «cónclaves». Y Andy solía acercarse porque algunos de esos viejos que asistían le resultaban útiles como fuentes.

—¿Fuentes para qué?

—Estaba escribiendo un libro.

—¿Sobre qué?

—Sobre Putin. Tenía un montón de material.

Había estado investigando a fondo, centrándose sobre todo en sus primeros años.

Sabía exactamente qué clase de hombre es, de qué cosas es capaz.

Y Chester Smith tenía razón: tratará de vengarse si alguien ha matado a uno de los asesinos que envió aquí.

Pero Smith se equivoca en una cosa: no lo está planeando.

Ya está pasando. La venganza está en marcha.

—¿De qué me estás hablando, pequeñín?

—Putin hizo que asesinaran a Andy. Lo mandó matar...

Al pronunciar esas palabras, no pudo evitar echarse a llorar.

El taxi que la llevaba a casa, y que compartía con Peter Judd —aunque no durante tanto rato como éste seguramente esperaba—, quedó atrapado en una concentración de los chalecos amarillos.

La gente, con letreros y pancartas, se había desbordado hacia la calzada, no se sabía si por accidente o a propósito, aunque de ser lo primero, la paradoja era evidente, en vista de los repetidos lemas que exhortaban a «recuperar el control de la nación».

Cuando el conductor hizo sonar la bocina, los manifestantes le respondieron de inmediato, alzando los puños y soltándole palabrotas.

Alguien aporreó el capó. El taxista revolucionó el motor y se apartaron de su camino, pero siguió mascullando imprecaciones un buen rato, hasta que Judd exclamó:

—¡Hay una señorita en su vehículo!

—No vaya a ser que me desmaye al oírlo, ¿eh? —dijo Diana—. Estás hecho todo un caballero.

—Una de las numerosas tragedias del feminismo es que las mujeres ya no están dispuestas a aceptar la galantería.

—Te agradecería que me ahorraras el listado completo. Tengo que estar en mi despacho a las siete.

Judd asintió. Señaló la luneta trasera y dijo:

—¿Tenéis gente ahí?

—¿Gente?

—Gente. Entre nuestros amigos concentrados ahí detrás.

—No estoy segura de que sean mis amigos —dijo Taverner—. Ya puestos, ni siquiera creo que sean amigos entre ellos. Yo lo dejaría en una simple coalición de rabiosos.

—Estás esquivando la pregunta, y eso ya es una respuesta, ¿no? —Judd frunció el ceño, lo que siempre era augurio de sesudas consideraciones—. ¿Estás segura de que esas concentraciones entran dentro de tus competencias?

—¿Me preguntas si el desorden en las calles supone una amenaza para la seguridad nacional? Déjame que lo piense... sí.