Capítulo 3 #5
Esa noche, los chalecos amarillos se habían concentrado a lo largo de Wardour Street, donde Reece Nesmith III los esquivó a paso rápido, haciendo caso omiso de sus gritos y burlas. Todo eso ya lo había oído antes y, además, estaba cumpliendo una misión.
Pero el hombre al que estaba siguiendo, corpulento como era, parecía haberse esfumado entre los pliegues de la noche.
Había salido tras él momentos después de que abandonara el local del Viejo Miles y, pese a la presencia de los gilets jaunes , las calles no parecían más concurridas de lo habitual. No había niebla, las farolas funcionaban...
Y sin embargo no se lo veía por ninguna parte.
Eso sí: un ligero olor a tabaco extranjero flotaba en el aire, como si el tío fuera dejando una estela tras de sí.
Volvió sobre sus pasos, sorteando de nuevo las mofas de los de los chalecos, pero estaba perdiendo el tiempo. El gordo se había volatilizado.
«Sé cómo funcionan estas cosas», había dicho. «No soy la puta mujer de la limpieza.»
El otro tipo con el que había estado charlando, el del traje, era un satélite sin importancia, un simple fan de los espías.
Pero éste, incluso gordo, seboso y vestido con prendas que parecían rescatadas de un contenedor de basura, tenía algo que lo identificaba como un espía de verdad.
Andy no habría dudado a la hora de señalarlo en una rueda de reconocimiento: «Éste se pasea por la Calle de los Espías, estoy seguro.
» Pero Andy ya no estaba allí para decirlo. Y de eso iba el asunto.
Se dio por vencido y se marchó a casa atravesando Oxford Street, subiendo por Edgware Road y cruzando por debajo del paso elevado.
Su piso estaba sobre una tienda ficticia cuyo escaparate exhibía un mosaico de carteles con propiedades en alquiler, pero cuya puerta permanecía siempre cerrada.
Su propia puerta estaba justo al lado, encajada en un entrante de la fachada.
Nada más abrirla y franquear el umbral, todo se puso patas arriba.
Lo último que alcanzó a ver fue un chaleco amarillo. Luego perdió el conocimiento.
—No esperaba encontrarme a un puto pez gordo de la tele entre tus invitados.
—Bienvenida al siglo veintiuno, Diana —respondió Peter Judd, burlón—.
No es posible atraer a patrocinadores con dinero sin que entre ellos haya gente de los medios de comunicación, y eso lo sabes.
Pero el principio de Rupert Murdoch sigue siendo válido: ¿para qué hundir a un primer ministro cuando puedes tener a toda una ristra de ellos con los que jugar a voluntad?
—Eso no me tranquiliza mucho, que digamos.
—Me limito a poner de relieve que Cantor está de nuestro lado y que le interesa más mantener una relación amistosa y duradera con una persona con poder que venirle a la gente con un titular de tres al cuarto que todo el mundo considerará un bulo.
Y en cuanto a esa entrevista que propone, mejor olvidarse.
—Desde luego: mejor que vaya olvidándose por completo.
—Aunque tampoco sería mala idea que...
—Yo en tu lugar me lo pensaría mucho antes de pronunciar una sola palabra más.
Judd guardó silencio un instante.
—Contigo no hay quien pueda. Supongo que te das cuenta, Diana.
Ella se quedó callada.
—En cualquier caso, no estaría de más que mostraras un poco de gratitud —continuó él—.
Nadie espera que vayas a salir en la tele, eso es un desvarío.
Pero recordemos que unas cuantas personas se han rascado el bolsillo para hacerte llegar unos fondos nada desdeñables, y esas personas tienen derecho a cierto reconocimiento.
Por no hablar de los que nos hemos encargado de facilitarlo todo.
—¿Este sitio tiene habitaciones arriba? —preguntó ella—. Lo digo porque siempre puedo alquilar una... y tú encargarte de que vayan haciendo cola más o menos ordenadamente ante la puerta.
—Sólo digo que nunca está de más reconocer la generosidad ajena.
—Se supone que han aportado ese dinero de forma desinteresada, Peter. Eran, según tú, una especie de ángeles de la guarda: patrocinadores sin voz ni voto, y punto.
—Los ángeles también tienen derecho a que les acaricien las alas de vez en cuando.
—Excepto los que se conjuraron contra Dios —replicó Diana—. Ésos se ganaron la condena eterna, si la memoria no me falla.
Aquellos discutibles seres angelicales —salvo que formaran parte de la legión de los condenados— estaban dispersos por la sala, ocupados en urdir pequeñas conspiraciones.
No era un grupo precisamente variopinto: todos blancos y de mediana edad en adelante, con la única salvedad de Cantor.
Ya imaginaba que todos serían nuevos ricos urbanos, pero la inquietaba haber visto entre ellos a tres o cuatro cuya presencia no esperaba, incluido el propio Cantor, pese a lo que Judd le había dado a entender.
—Agradezco el apoyo —prosiguió—, pero empiezo a cuestionar la viabilidad de este acuerdo. —El rostro de Judd no se alteró, lo que nunca era buena señal—. No autoricé la operación en Kazán para que tus patrocinadores se dedicaran a comentarla en una cena.
—¡¿Mis patrocinadores?!
—Por algo los has traído a este restaurante, ¿no?
—Pues sí, y pienso aprovechar para tomarme cuatro copas con ellos antes de que se haga tarde. Confío en que no tengas intención de aguar la fiesta. —La estudió un segundo—. Lo sucedido en Kazán sin duda va a poner cachondo a cualquier inglés con sangre en las venas...
—A cualquier inglés con sangre en las venas que llegue a enterarse —corrigió ella.
—Y serán más de los que imaginas. Ya empiezan a correr rumores por la red. Y cuando los historiadores escriban sobre esto, tu nombre figurará en letras bien grandes. «La mujer que vengó el honor nacional... y además, en la sombra, sin buscar la gloria.» ¿Sigo?
Ella asintió y él cogió el decantador de la mesa y volvió a llenar las copas de ambos. Después continuó:
—Tengo entendido que te han regalado una casita muy pintoresca en uno de los mejores barrios de la ciudad.
—A mí personalmente, no.
—Claro que no. Faltaría más. Al servicio, quiero decir.
De modo que ahora el servicio dispone de un pequeño activo que no figura en ningún registro, lo cual resulta de lo más conveniente.
—Judd dejó el decantador en su sitio—. ¿Y qué les has contado a los de la Comisión de Supervisión, si puede saberse?
—Oliver Nash puede ser muy comprensivo —respondió Diana.
—No me digas, ¿de verdad? Aun así, me cuesta creer que pueda mostrarse comprensivo con algo de lo que ni siquiera está al tanto.
—De acuerdo —dijo ella.
Judd fingió quedarse sorprendido.
—¿Perdón?
—No se lo hemos comunicado a la Comisión de Supervisión. Como creo que ya sabías.
¿Cómo se habría enterado?, pensó ella. Habría dado una mano por saberlo.
—Tampoco estaba previsto que se lo comunicaras a la comisión —agregó Judd—.
Ha sido un regalo, sin más, pensado para darte un pequeño margen de maniobra.
Una casa segura siempre viene bien, de ahí el nombre.
¿Y qué sentido tiene tener nuevos... eh...
patrocinadores... si éstos no tienen oportunidad de mostrarte su apoyo?
Claro que, si se enterara la Comisión de Supervisión, o cualquier otro de esos comités llenos de gente empeñada en cortarte las alas, volverías a encontrarte en la casilla de salida, incapaz de reunir los recursos necesarios para montar operaciones como la que estamos celebrando esta noche.
—Entendido. Gracias.
—¿«Entendido»? Lo digo porque tengo la impresión de que no acabas de hacerte cargo de lo que está pasando.
Estas buenas gentes que nos acompañan hoy están aquí por algo: son patriotas.
Quieren ayudar. ¿Y qué piden a cambio? Nada excesivo, Diana.
Nada que pueda hacer que te arrepientas de haber aceptado su generoso apoyo.
Pero, además de la íntima satisfacción de ver prosperar al servicio de seguridad de nuestra patria, es lógico que deseen compartir una pizca de esa gloria.
Participar, aunque sea de lejos. —Hizo girar el brandy en la copa—.
Tampoco estamos pidiendo que tus agentes de campo vistan camisetas con los logos de sus empresas.
Entendemos que eso sería... contraproducente.
—¿Así es como lo veis?
—Y, en fin, sería una lástima que la Comisión de Supervisión, o cualquiera de esos otros parásitos empeñados en tocarte las narices, acabara enterándose de nuestra pequeña iniciativa y no le hiciera ninguna gracia.
¿Qué crees que pasaría? ¿Se limitarían a darte una leve reprimenda?
«Venga, Diana, no seas traviesa, prométenos que no volverá a ocurrir. »
—Espero que esto no sea una amenaza, Peter.
—Me limito a recordarte que no es buen momento para empezar a tener dudas sobre la eficacia de nuestro acuerdo. Todavía nos queda mucho camino por recorrer. ¿Y a quién le interesa volver atrás en el tiempo y reevaluar lo que hoy se considera un éxito?
Lady Di pensó en ello y en las humillaciones sufridas el año anterior: el atentado con intención asesina que había tenido lugar bajo su mando; los cínicos encogimientos de hombros en Moscú, como si no tuvieran nada que ver.
La autorización de una represalia mediante un ligerísimo, casi imperceptible, asentimiento de cabeza («Mire qué opciones hay, Diana; haga sus cálculos, vea si es viable») implicaba graves riesgos, aunque no tantos como para que ella se arredrara.
Aquello era demasiado importante. O le pedías perdón a tu acosador por haberte puesto en su camino o le dabas un puñetazo en la nariz.
El matón era más fuerte que tú, estaba claro.
Pero no por ello tenías que someterte, ni mucho menos. O volvería a hacer lo mismo.