La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Lo estudié para un examen en el colegio. ¿Tú crees que ese tío va a embarcarse en una guerra?

—Si lo creyera no habría dado luz verde a la operación —respondió Diana.

—Ay, por favor. ¿Cómo es la vida sin un poco de riesgo?

—¿Quizá más larga?

—Eres lo que no hay, Diana.

—Putin no va a declarar una guerra —repuso ella—. Porque lo que hizo fue romper la baraja. Eso de ordenar la ejecución de un espía al que en su momento habían intercambiado no es de recibo. Tendría que saberlo.

—Y ahora que tú has hecho que asesinaran a esa asesina a sueldo, estamos en paz, o tendríamos que estarlo. Porque, como tú misma has subrayado, Putin no se somete a las reglas del juego.

—Supongo que eres consciente de que quien devolvió a esa persona «al estercolero», por usar tu expresión, no fue uno de nuestros agentes.

—Al muladar —corrigió Judd, y luego añadió—: Claro, claro. Por supuesto, di por hecho que habías contratado a un mercenario.

Taverner se limitó a asentir.

—Pero lo que nos interesa es insuflar orgullo nacional, y si eso supone pasar por alto algún que otro detalle, tampoco pasa nada.

—Judd cogió su vaso—. Por lo demás, la cuestión de fondo sigue siendo la misma.

Los caballeros aquí presentes se encargaron de proporcionar los recursos necesarios.

¿Y qué más da si el que hizo el trabajo fue alguien de la casa o un freelance ?

Nuestros gobernantes, por llamarlos de alguna forma, no hicieron más que el ridículo, pero estos señores, por suerte, estuvieron a la altura.

El orgullo nacional estaba en juego. Lo entendieron y sacaron la chequera.

—Son héroes, sin duda.

—No te rías. Bien que aceptaste su dinero. Así que menos humos.

De haber tenido a otra persona delante, Diana tal vez se hubiera esforzado en mostrarse contrita, pero Judd era tan poco amigo de las convenciones sociales como ella misma.

—Y has de admitir que, de momento, todo está funcionando bastante bien.

Así era. O al menos eso parecía.

A finales del invierno, Judd se había acercado a ella para ofrecerle una oportunidad: la oportunidad de «colgarse una medalla», en sus propias palabras.

Tales ocasiones habían escaseado en los últimos tiempos.

Una agente había muerto en la nieve, en Gales.

Era una de los caballos lentos de Jackson Lamb, pero aun así su muerte había quedado registrada en los archivos del servicio.

Y lo mismo había pasado con otro operativo que se había marchado hacía poco de Regent’s Park: también había resultado muerto en el mismo fiasco.

En principio, nadie podía culparla a ella directamente por lo sucedido, pero el mal olor persistía.

Y el fiasco había tenido lugar poco después de que su solicitud de una revisión y renovación integral de las prácticas operativas —o sea, la petición de un incremento considerable en el presupuesto— hubiera sido rechazada.

Y poco después llegó el Momento Innombrable, que obligó a hacer recortes presupuestarios.

La última retirada británica a gran escala del continente europeo, acontecida en Dunkerque y llevada a cabo por una flotilla improvisada, había sido una derrota disfrazada de victoria; esta nueva versión, también un supuesto triunfo, podría haber tenido lugar a bordo del Titanic .

No era raro que la propuesta de Peter Judd le hubiera sonado a música celestial:

«Supongamos que el servicio secreto llegara a ser...

¿cómo decirlo?... autosuficiente. Que tuviera los recursos necesarios para operar como es debido en situaciones críticas, sin necesidad de autorización por parte del gobierno.

No estamos hablando de una privatización, sino tan sólo de recibir los fondos necesarios de fuentes que tienen un interés personal en la seguridad nacional. »

Esos fondos habían sido bien invertidos, aunque hasta ese momento el expediente de la operación llevada a cabo en Kazán seguía siendo un milagro de costes inexistentes.

Ciertamente, eso era más fácil de gestionar que lo contrario.

Por poner un ejemplo, los que controlaban el presupuesto no tenían problema en hacer la vista gorda al precio absurdamente bajo de cierto dispositivo de vigilancia extraterritorial.

A lo que se sumaba que el coste real de hacer que se cargaran a alguien seguía siendo una cuestión de muy mal gusto que era mejor no debatir en público, por lo que tampoco estaba sujeta a un escrutinio demasiado intenso.

Judd se distrajo con algo y el hombre a la izquierda de Diana aprovechó para dirigirse a ella:

—Lo que dijo de aquel asunto me hizo reír. Me refiero a lo de «Smiert spionam».

—¿Y cómo sabe usted lo que dije?

—Venga. Lo dijo precisamente para que estuviera en boca de todos. Porque sabía que no tardaría en correrse la voz.

A ella siempre le había molestado que le dijeran qué sabía o dejaba de saber, aunque ya hacía mucho que nadie se atrevía a hacerlo.

Tanto que el tipo a su lado, Damien Cantor, seguramente era un colegial por entonces.

Ahora debía tener treinta y cinco años, y era de esos que empiezan a hacerse un nombre en el mundo de los negocios sin abandonar su aspecto de hípster, con barba de tres días y zapatillas deportivas.

Dicen que los sesenta de ahora son los cuarenta de antes, pero los treinta y cinco vienen a ser los doce.

—Y bien —prosiguió Cantor—. Supongo que estará contenta de cómo marchan las cosas.

—¿Se supone que debo estar contenta?

—Se ha pasado usted muchos años atada al reglamento. —Cantor iba desmigando un panecillo mientras hablaba, aunque la comida ya había terminado—. Pero ahora va más o menos por libre, ¿no?

—No tengo ninguna intención de saltarme el reglamento, señor Cantor.

—Llámeme Damien, por favor. —Cogió una servilleta—. Me alegro de haber sido de utilidad. Y todos estamos esperando la próxima aventura.

—Y yo agradezco su ayuda. Pero la próxima aventura, por usar su expresión, muy probablemente consista en mejorar los procesos administrativos. No sabe usted lo caro que sale actualizar un cortafuegos informático.

—Me lo imagino. Aunque creo que todos preferiríamos algo un poco más vistoso, algo en tecnicolor. Después de un comienzo como éste, sería una pena bajar de nivel, ¿no es cierto?

Ella se lo quedó mirando sin que él se mostrara especialmente incómodo.

Era, de lejos, el más joven de los asistentes: un gurú mediático de última generación.

Criado en internet y graduado en YouTube, ahora era propietario de un canal que emitía noticias las veinticuatro horas del día, en su mayor parte alimentado por contenidos de particulares.

«Créalo, no lo simules» era el lema del canal Go tv , o tal vez su eslogan.

Por lo demás, su función primordial era azuzar la indignación de los espectadores, de manera que había que reconocer que el tío sabía cómo sacarle rédito al espíritu de la época.

Judd se volvió hacia ellos.

—El señor Cantor acaba de ofrecerme sus sugerencias —dijo Diana—. Por lo visto, tengo que esmerarme para que esta teleserie sea cada vez más trepidante.

—Damien es famoso por su sentido del humor. Pero aquí nadie está diciéndote lo que tienes que hacer, Diana. Nosotros trabajamos entre bambalinas, de eso se trata.

—Desde luego —convino Cantor—. A mí no tienen que hacerme el menor caso.

Los camareros estaban retirando los platos y la gente empezaba a formar corrillos. Un grupo se separó del resto y se dirigió a la zona de fumadores.

—No tendremos que aguantar estas tonterías mucho más tiempo —oyeron decir a uno de ellos.

—De hecho —continuó Cantor—, personalmente prefiero justo lo contrario: que todos le hagamos más caso a usted.

—Bueno, bueno, tampoco hay que precipitarse —dijo Judd.

—Venga, Peter. Está claro que ése es el paso que debemos dar ahora —recomendó Cantor mirando a Diana a los ojos—.

El canal Go tv emite un noticiario a las siete de la tarde.

Sería magnífico que usted apareciera en él; daría mucho que hablar.

Sólo para ofrecer un breve resumen de...

los acontecimientos recientes. Sin necesidad de entrar en detalles.

Manteniéndolo todo tan secreto como le plazca, pero dejando claro que nuestro orgullo nacional vuelve a ser el de siempre, que el león ha rugido.

En fin... no hace falta que le escriba el guión.

—Empezaba a parecerme lo contrario —respondió ella.

—Si lo prefiere, podemos grabarla detrás de una cortina.

—Yo podría hacer lo mismo por usted, si quiere.

—Quizá deberíamos dejar todo esto para más adelante —intervino Judd con suavidad—. ¿Podemos hablar en privado, Diana?

Le posó la mano en el hombro y ella notó que Cantor se daba cuenta. Hacía bastantes años que no había nada entre ella y Judd, pero la inexactitud no restaba valor a la información, y las fake news podían ser tan útiles como las noticias veraces.

Se cuidó de sonreír abiertamente mientras se levantaba del asiento.

En los últimos tiempos había concentraciones callejeras casi todas las semanas; no se trataba de manifestaciones exactamente, sino de lo que se describía como «muestras de solidaridad», por mucho que en realidad mostraran una profunda división.

Los chalecos amarillos formaban una coalición informal de descontentos; sus orígenes franceses constituían un homenaje involuntario a la libre circulación de las ideas, y su ira —inicialmente dirigida a quienes no los escuchaban, o a quienes los escuchaban pero no hacían lo que ellos exigían, o a quienes hacían lo que ellos exigían pero de una forma que por las razones que fuesen no llegaba a satisfacerlos— hacía tiempo que había dado paso a un odio indiscriminado por todo aquel que se pusiera en su punto de mira: parlamentarios de origen judío, periodistas gays, activistas estudiantiles, agentes de tráfico...

A todos ellos los tachaban de «nazis» por sistema, lo que, como poco, hacía pensar que los criterios que definían la raza superior se habían relajado un tanto desde su momento álgido.