Capítulo 3 #3
—Aquí hay unos cuantos elementos que en su día trabajaron como agentes —dijo—, y más de un par de ellos seguramente vendían secretos según la dirección del viento. Pero ni siquiera el tabaco ruso llega a encubrir el olor que tú desprendes. Porque tú eres un chupatintas.
—¿Un chupatintas, dices? En su momento estuve a punto de ocupar la mesa de jefe de departamento.
—¿Y qué pasó? ¿Alguien perdió la llave Allen y no pudieron montarla?
El otro se echó a reír.
—Había otra persona más espabilada. Son cosas que pasan. Por cierto, me llamo Chester Smith. Ya sé: es un apellido de lo más anodino.
—¿Y qué mesa en concreto estuviste a punto de ocupar, Smith?
—La de enlace con los estadounidenses. Al final se la dieron a una mujer que había hecho un máster en el Barnard College de Nueva York. Queda claro que allí se hacen contactos, y no hay como ir tejiendo redes desde joven. ¿Queda algo en esa botella?
Lamb la levantó. Todavía quedaban unas tres cuartas partes.
—No —respondió.
Un hombre de muy baja estatura apareció en el umbral y al momento fue engullido por el gentío.
Smith dijo:
—Esto parece la onu .
—¿Un refugio para raritos y solitarios?
—Exacto. ¿Sabías que el Viejo Miles nunca llegó a estar oficialmente en nómina? Ha estado regentando esta especie de club para espías bebedores desde los años setenta, pero siempre de forma extraoficial. Y seguro que aquí se han planificado un montón de operaciones...
—A ver, Chester Smith. ¿Tú sigues trabajando en Regent’s Park?
—No. Me pillé la jubilación anticipada después de que no me asignaran la mesa prometida. La indemnización no estuvo nada mal. —Bebió un sorbo—. Ahora me dedico a hacer alguna que otra operación inmobiliaria.
—No me digas.
Lamb vació el resto del vaso y lo volvió a llenar de inmediato.
—Pues sí. Con edificios de oficinas, sobre todo, y apartamentos de lujo de vez en cuando. Pero siempre me atengo a una cosa, llámalo un principio si quieres: no trabajo con dinero de los rusos.
—Seguro que estás muy orgulloso de eso.
El hombre bajito volvió a asomar brevemente, encajonado entre tipos más altos.
La habitación se había ido llenando desde la llegada de Lamb, y en un momento hizo su aparición el Viejo Miles en persona.
La gente lo recibió con entusiasmo. Acababa de cerrar su tienda por última vez, dijo.
Era un momento triste, pero los momentos tristes son tan dignos de celebración como los felices; de lo contrario, la mitad del alcohol del mundo se quedaría sin beber.
Y qué mejor que compartir un momento así con antiguos colegas.
Eso, más o menos, fue la base de su breve discursito.
Se oyeron algunos vítores y se alzaron las copas.
Otro rumor de cánticos se coló por la ventana, como si unos desconocidos situados a lo lejos también fueran antiguos colegas.
—Tú en su día fuiste agente sobre el terreno, ¿verdad? —apuntó Smith una vez que el clamor se atenuó—. ¿Por eso estás aquí hoy, porque echas en falta los viejos tiempos?
—Lo que más me gusta de los viejos tiempos es que ya se acabaron —respondió Lamb.
—¿Sabes una cosa? Creo que acabo de deducir quién eres. Tú eres Jackson Lamb, ¿me equivoco?
El rostro de Lamb permaneció inmutable, pero finalmente asintió con la cabeza.
—¡Ésta sí que es buena! ¡Jackson Lamb! Si llego a saber que iba a encontrarme con una leyenda como tú, vengo con mi librito de autógrafos.
—Si llego a saber que esta noche iba a encontrarme con esto, me habría aseado un poco —repuso él, se tiró un pedo como para rematar la frase y le dio una última calada al cigarrillo antes de que el cilindro se separara del filtro y cayera al suelo lanzando chispas.
Lamb hizo caso omiso de cada fase de ese proceso, salvo por la calada.
Cuando expulsó el humo fue como si conjurara una nube de tormenta.
Smith pisoteó el pequeño incendio hasta apagarlo del todo.
—¡Jackson Lamb! ¿Es verdad que cierta vez hiciste...?
—De lo que alguna vez hice o dejé de hacer no me acuerdo en absoluto. —Sacó un nuevo cigarrillo—. ¿O no llegaron a explicarte por qué el servicio secreto se llama así?
Chester Smith se llevó el dedo a los labios.
— Mea culpa . Pero entenderás que un simple oficinista se sienta impresionado al hablar con un agente de campo.
—Yo mismo soy un simple oficinista últimamente. Y tú eres... ¿cómo lo llamáis? ¿Asesor inmobiliario? ¿Consultor? ¿O con gilipollas basta?
—¡Muy buena! «¿Con gilipollas basta?» Ésa me la guardo. —Smith sacó un encendedor y le dio lumbre—. Pero tampoco soy un civil sin más. Una vez al mes como con Oliver Nash en un club cerca de Wigmore Street. Él me mantiene al día.
Nash presidía la Comisión de Supervisión, encargada de vigilar los gastos del servicio, por lo que en teoría ataba en corto a Diana Taverner.
No era de sorprender que quedara con los amigotes para cenar y contarles los rumores que llegaban a sus oídos.
Era la pesadilla de cualquier agente sobre el campo: un burócrata de carrera con derecho a veto sobre las operaciones.
Lamb continuó:
—Oliver Nash siempre ha sido un hombre muy considerado. ¿Publica los chismes en un boletín o se conforma con un megáfono?
Smith volvió a meterse el mechero en el bolsillo y respondió:
—¿Sabes que tu amado servicio secreto llevó a cabo una ejecución el mes pasado?
—El megáfono, por lo visto.
—Se cargaron a una de esas alimañas del gru .
Y esa alimaña, una alimaña hembra, para ser exactos, estaba implicada en el asunto del novichok, la sustancia tóxica.
La liquidaron en su propio terreno, en la zona del Volga.
Es lo que yo llamo marcarle un gol al enemigo por la escuadra.
—Hizo girar su vaso vacío—. Dicen que Putin está que echa chispas.
—Putin siempre está echando chispas. Las echa él y hace que las echen otros, con electrodos de por medio.
—Oye, ¿qué tal si me invitas a un chorrito de eso que tienes?
—No soporto a los gorrones —respondió Lamb, que aun así vertió un dedo de whisky en el vaso de Smith tras asegurarse de llenar el suyo hasta el borde.
—Gracias. —Smith hizo un brindis en dirección a la foto en la diana para dardos y se puso a canturrear una parodia de Rasputin de Boney M.
—: «Ra, ra, ra-Putin, eres toda una drag queen...
» —Hizo una pausa y añadió—: Lástima que le diera por el despotismo.
Lo tenía todo para triunfar en el mundo de la pornografía gay.
Podría haber sido el nuevo Joe Dallesandro.
Lamb emitió un gruñido, pero no dijo nada.
—Ese hombre al que Putin trató de envenenar... aquí, en Inglaterra —añadió Smith.
—¿Qué pasa con él?
—Era un espía al que en su día intercambiamos. Ya no estaba en activo. Él...
—Sé cómo funcionan estas cosas —interrumpió Lamb—. No soy la puta mujer de la limpieza.
—En fin, bienvenidos al nuevo orden mundial, ¿eh?
Se acabaron los miramientos. Pero no me malinterpretes: yo a Lady Di sólo puedo aplaudirle la jugada.
No sé si me explico: estoy a favor de la paz, el amor y demás, pero siempre y cuando haya un empate en el número de muertos.
De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en el hazmerreír de los rusos.
—Vació su vaso de un trago. Era posible que estuviera hablando con sarcasmo—.
Seguro que el amigo Putin ha hecho que ruede alguna cabeza allá, en la Madre Rusia.
La Reinona del Kremlin. Seguro que ha mandado a unos cuantos infelices a Siberia.
Para que se enteren de lo que vale un peine siberiano, ¿no?
—añadió mirando a Lamb de reojo—. Pero con eso no va a tener bastante, ¿verdad?
Después de que Regent’s Park se la haya metido doblada, el tío debe estar muerto de ganas de tomarse el desquite.
O será incapaz de mirar a su fotógrafo a la cara.
—Ya. Pues tú sigue sin venderle pisos. Seguro que así se lo piensa dos veces.
—Ahora que lo pienso, no me extrañaría que estuviera detrás de esa turba de los chalecos amarillos —dijo Smith, señalando con la barbilla la ventana entreabierta, por la que seguía llegando cierto alboroto lejano—.
Les gilets jaunes , el equivalente en carne y hueso a una horda de trolls de internet.
—Si tú lo dices —repuso Lamb—. Por mi parte, me los tomaría más en serio si no se pasaran el día eligiendo el modelito.
—Se metió la botella en el bolsillo del abrigo y extendió la mano libre.
Chester Smith hizo amago de estrechársela—.
No, lo que quiero es tu mechero. Al mío se le ha acabado el gas.
Smith se lo pasó y luego se quedó mirando cómo Lamb cruzaba la sala.
La gente se apartaba a su paso sin rechistar.
Al llegar a la puerta se detuvo sin mirar atrás, aunque él tuvo la sensación de que, de un modo u otro, se las arreglaba para escudriñar la sala al completo.
Pero, fuera lo que fuese lo que buscaba, al parecer no lo encontró, porque se esfumó al cabo de un momento. Sin él, el lugar parecía medio vacío.
—Jackson Lamb... —murmuró sin ninguna razón evidente y se fue a buscar a otro con quien charlar.
Sentado junto a Taverner, Judd rebosaba satisfacción por todos los poros. Diana le posó la mano en el hombro y dijo:
—Odio admitirlo, pero casi tengo una erección al oírte ahí dentro.
—Igual que yo.
—Y gracias por tus amables palabras.
—Cada sílaba es más que merecida.
No estaba acostumbrada a recibir elogios de Peter Judd, que tampoco era proclive a admirar los logros ajenos: para él, era como ver a otros caminar con unos zapatos que pensaba comprarse.
Pero había estado dirigiendo una empresa de relaciones públicas desde que dejó la política activa; quizá había aprendido algo, aunque sólo fuera a escoger la mentira más adecuada en cada momento.
—Y la cosa ha servido para conseguir la respuesta deseada —prosiguió—: la rabia y la furia del Kremlin, o eso es lo que cabe esperar. Putin es muy capaz de hacer «tales cosas... que han de ser, aún no sé...». Eso es de El rey Lear , ¿no?
—Es muy posible.