Capítulo 3 #2
—Como ninguno de ustedes habrá olvidado, no hace mucho que nuestra soberanía nacional y nuestra tranquilidad se vieron violentadas por un episodio lamentable, cuando, por razones que aún no han sido del todo esclarecidas, un servicio de inteligencia extranjero envió a un par de sicarios...
un hombre y una mujer, para ser precisos...
para cometer un asesinato en nuestro territorio.
Éstos llegaron haciéndose pasar por turistas interesados en admirar las maravillas de nuestro país, pero en lugar de venir pertrechados con una guía turística y el consabido palo selfie , se presentaron con una sustancia tóxica y una intención homicida.
Hasta aquí, nada que no estemos acostumbrados a ver en las pantallas de los cines mientras hacemos manitas y degustamos palomitas.
Y, sin embargo, a la hora de pensar en un precedente cinematográfico sería más oportuno mencionar al inspector Clouseau, en vez de a James Bond; al Gordo y el Flaco, en vez de The Fast and the Furious .
Pues, en su torpeza e ineptitud, estos dos infelices no sólo fueron incapaces de llevar a cabo su misión, sino que dejaron tras de sí a una mujer muerta y a un hombre gravemente herido.
Dos ciudadanos inocentes que, infortunadamente, se convirtieron en víctimas colaterales de una intriga internacional.
Lo mismo que yo, ustedes habrán sentido...
cómo decirlo... auténtica vergüenza al comprobar que este episodio lamentable se saldaba sin castigo alguno, al ver que los perpetradores de estos crímenes eran recibidos como héroes de la patria en la televisión de su país de origen y que su presidente, sin ningún empacho, declaraba que nada habían tenido que ver con lo sucedido, que se trataba de dos simples visitantes sin la menor implicación, totalmente inocentes, sometiendo así a sus víctimas, y por extensión a todos los ciudadanos de esta nación, a un desprecio que, en otros tiempos, habría hecho pulir botas, preparar petates y botar cañoneros.
Hizo una pausa. En su rostro apareció el mohín habitual; en sus ojos, el brillo taimado de siempre.
«Para hacer de Nerón sólo le faltan la toga y la lira», pensó Diana.
Judd continuó, bajando la voz:
—Por supuesto, me veo obligado a agregar que, por deplorable y sórdido que fuera lo sucedido, podría haber sido mucho peor.
Muchísimo peor. Eso de untar con una sustancia tóxica el pomo de la puerta de la casa de su antiguo compatriota, en un intento de acabar con él que no salió según lo esperado, sin duda fue ignominioso, ignominioso a más no poder.
Pero lo que hicieron después: deshacerse del tóxico sobrante, metido en un botellín de perfume, tirándolo a un parque, con el resultado de que una pareja que había salido a realizar labores comunitarias y estaba haciendo limpieza se tropezara con él, eso...
eso no tiene nombre, no se puede describir con palabras.
Sin duda, que la pobre mujer muriese ya fue trágico de por sí, pero no hace falta tener mucha imaginación para pensar en otros posibles desenlaces.
Al dejar allí tirada su ponzoñosa arma mortal, los desalmados verdugos ni se pararon a pensar en otras consecuencias potenciales.
Muchas otras personas podrían haberse contaminado con ese veneno.
Niños, incluso. Niños pequeños, niños británicos.
El público estaba cautivado por su retórica, con los cuchillos y tenedores en ristre sobre los sanguinolentos trozos de carne.
Damien Cantor asentía con la cabeza al ritmo de sus palabras como si hubiera estado bailando a su son desde la primera vez que pisó una discoteca siendo un chaval.
Diana se había llevado una sorpresa al verlo entre los asistentes.
Pero él, lo mismo que los demás, era quien pagaba todo aquello.
Así que Diana suponía que tenían derecho a disfrutar del momento, incluso si eso los llevaba —de forma típicamente masculina— a considerarse sus artífices.
—Y bien, como he dicho, el resultado se puede resumir en una sola palabra: vergüenza.
La vergüenza de ver que nuestro gobierno no hace nada, pues el supuesto ruido de sables con que amagaba nunca pasó de ser un grotesco remedo; nada de acero, sino hojalata de tres al cuarto, la hojalata propia de los incompetentes.
Lo que hicimos fue cubrirnos la cabeza con el delantal y esconder nuestro rostro ante el mundo.
En un momento en que el matón global nos provocaba y se mofaba de nosotros, nuestra única respuesta fue plañir como cobardes.
¿Podemos sorprendernos de que los ciudadanos de a pie se sintieran escandalizados?
¿De que empezaran a hacerse preguntas sobre sus dirigentes?
¿Quién de nosotros no lo hubiera hecho, en vista de que nuestros dirigentes se mostraban incapaces de estar a la altura de las circunstancias?
Cualquiera supondría que los ocupantes de los principales despachos del país estaban preparados para afrontar ese tipo de situaciones.
Y, puestos a suponer, que incluso habrían hecho sus necesidades antes de acceder a dichos despachos.
—Se detuvo y recorrió la mesa con la mirada—.
Así pues, tan impresionado como admirado, tengo el placer de expresar nuestro agradecimiento colectivo a la bella Diana por la eficiencia y el aplomo con que situó al objetivo en su punto de mira.
Un objetivo, no hace falta que se lo recuerde a ustedes, que consistía en responder de la forma debida, a fin de igualar el tanteo.
Dos sicarios, ya lo he dicho, dos sicarios fueron enviados a nuestra nación soberana, aunque, como todos ahora sabemos, uno de esos dos sicarios de hecho era, no es preciso esconderlo, una «sicaria».
Y ahora ella, la hembra de la especie...
y no hace falta citar a nuestro poeta nacional para tener claro que es mucho más mortífera que el varón...
ha sido devuelta al suelo del que procedía, o, mejor dicho, al muladar, al muladar del que procedía, después de que uno de nuestros héroes que trabajan en la sombra...
¿o quién sabe, quizá fue una heroína?...
se encargara de... eh... de darle el finiquito.
De acuerdo con las instrucciones de nuestra valerosa Diana cazadora, aquella sicaria adiestrada para acabar con las vidas de otros ha sido borrada del mapa, y casi no alcanzo a imaginar, como sin duda les pasa a ustedes, la naturaleza del pavor que su antiguo compañero de vilezas siente en este momento.
La venganza, caballeros... caballeros y dama...
la venganza suele tener mala prensa. Se nos pide que pongamos la otra mejilla, que perdonemos las ofensas.
Y todo eso está muy bien, muy bien, claro que sí.
Pero también hay momentos para la ira y el escarmiento, para empuñar la espada y acabar con quienes nos han hecho tanto daño.
Que por fin esto haya sucedido es ahora motivo de celebración, y a la vez que rindo homenaje, como todos estamos haciendo, a la hermosa Lady Diana, aprovecho para darles las gracias a todos ustedes por haberle facilitado el trabajo, por haberlo hecho posible.
Pues fueron ustedes los que aportaron el acero y el plomo, los que proporcionaron el arma.
Diana apuntó, y su puntería, como sabemos, es más que certera.
Y de nuevo podemos andar con la cabeza alta por el mundo, a pesar de que nuestro orgullo por ahora se vea limitado a la callada satisfacción, sin que nos esté permitido el jubiloso rugido de triunfo.
Pero ya llegará el momento de rugir, ténganlo por seguro.
Ya llegará el momento de rugir. Y cuando rujamos, el mundo entero se va a enterar. Gracias.
La tumultuosa reacción a sus palabras se prolongó unos cuantos minutos.
Había que reconocerlo, pensó Diana: Judd sabía perfectamente qué teclas había que pulsar.
El cuarto situado encima de la tienda del Viejo Miles tenía más de casita del árbol que de club para caballeros: básicamente era un espacio con suelo de tablones y sin mobiliario digno de tal nombre.
Alineadas en una pared, unas cajas de embalaje de madera hacían las veces de mesas en las que colocar las botellas —de vino tinto, vodka y whisky— y los ceniceros, ya a rebosar.
El resto del cuarto estaba ocupado por corrillos de hombres ancianos, o casi ancianos; algunos vestidos con trajes que habían visto mejores tiempos, otros con prendas llamativas para la ocasión.
Por la pequeña ventana de guillotina, que se mantenía entreabierta gracias a una lata de tabaco insertada a manera de cuña, se colaba el rumor de unos cánticos en la lejanía.
Las conversaciones eran en distintas lenguas y se solapaban entre sí. En lo alto flotaba una bruma azul, y la solitaria bombilla del techo se balanceaba ligeramente, como la luna en una noche encapotada.
Lamb había encontrado una botella de whisky de malta y estaba fumando en un rincón; tenía toda la pinta de un contenedor de basura al que alguien le hubiera prendido fuego.
En la pared, a la altura de su hombro, había una diana para dardos en cuyo centro se veía una foto de Vladímir Putin con el torso desnudo y a lomos de un caballo.
Algo más allá, una pequeña tarjeta postal de una iglesia de madera en un paisaje nevado constituía la única decoración de la sala.
—¿Estás fumando o eso que tienes en la boca es un arma química?
—Quien le había hecho la pregunta era un poco más joven que la mayoría de los presentes e iba vestido con un traje gris marengo con raya diplomática.
Su pelo, un tanto ralo, tenía una tonalidad arenosa, y la montura de sus gafas era de color azul—.
Ese cigarrillo huele a la era soviética. ¿Dónde los fabrican, en Chernóbil?
Lamb miró en derredor. Al entrar había notado que muchos lo observaban, pero se tomaban la molestia de fingir que no.