Capítulo 3
«En Brewer Street hay una tienda donde puedes comprar tabaco ruso, chicles polacos, rapé lituano...»
De no haber muerto largo tiempo atrás, el hombre que en su día había dicho esas palabras no hubiera tenido problema en encontrar la tienda en cuestión: no se había movido de donde estaba, no la habían redecorado, apenas había cambiado en absoluto.
Seguía ocupando la misma superficie del tamaño de un sello de correos, sobre el mostrador seguía descansando la caja registradora a la que llamaban «la eléctrica».
En sus paredes seguía habiendo estanterías de suelo a techo, y cada uno de los estantes seguía exhibiendo la misma desconcertante variedad de artículos en venta: los mismos puros con vitolas verdes y amarillas; las mismas ranas de chocolate con idéntico envoltorio en papel de aluminio.
El Viejo Miles en realidad no se llamaba así, aunque se decía que, a sus años, había pasado por miles de vicisitudes, lo que explicaba su propensión a aferrarse a sus costumbres.
En todo caso, si la gente se aferra a las costumbres es porque intuye que se avecinan cambios, y la aparente inmutabilidad de la tienda ocultaba precisamente eso: una serie de pequeños cambios que obligaban a un replanteamiento total.
Porque lo que en su día era un negocio más o menos boyante había dejado de serlo.
Las tasas municipales no dejaban de subir, mientras que el número de clientes no dejaba de bajar —a causa de la edad, la decreciente movilidad física y, en último término, la muerte.
La tienda había formado parte de una red local de comercios de todo tipo donde un cliente con oficio podía aprovisionar a su familia como para resistir un asedio.
Pero aquellos días habían quedado atrás, y el estanco-cueva de contrabandistas regido por el Viejo Miles había quedado varado en medio de una zona que los hípsters consideraban su patio de juegos.
Y eso era el menor de los problemas. Londres se transformaba día a día, y aunque la ciudad nunca había sido tan amable y acogedora con los recién llegados como se complacía en fingir, sí que por lo menos había prosperado merced a la variedad que éstos aportaban.
Pero la neblina política del momento había modificado ese panorama y, como la historia demuestra, lo que mejor disipa las brumas políticas es el ondear de banderas y pancartas, que suele preceder al uso de porras y bastones.
Con la variedad pasada de moda, las concentraciones de los llamados «chalecos amarillos» en las calles del centro de Londres eran una muestra de la reducción de los horizontes mentales que acompaña al levantamiento de un puente levadizo.
Milosz Jerzinsky —el Viejo Miles— no había dedicado su juventud a luchar a distancia contra los comunistas para que los fascistas de al lado lo atacaran a la puerta de su casa.
Además, el contrato de alquiler de su pequeña tienda iba a expirar el mismo año de su jubilación: una nítida simetría de plazos que podía interpretarse como una señal de los cielos.
De ahí que hubiera aceptado, según reconocía ante sus últimos clientes, el dinero del especulador.
Levantaba el campamento; se marchaba de allí.
Su establecimiento seguiría como siempre hasta el último día, pero ese último día estaba al caer, a medianoche exactamente, y, hasta entonces, en el piso de arriba estaba teniendo lugar un último cónclave: una reunión de incondicionales y no tan habituales por igual que se disponían a contar las horas bebiendo un vaso tras otro, y cuya mera presencia confirmaba el comentario elogioso que aquel cliente muerto largo tiempo atrás había hecho una vez sobre la tienda del Viejo Miles: «Da igual en qué momento entres, la mitad de los clientes son espías. »
«Hay momentos buenos y otros menos buenos», estaba pensando el estanquero.
Acababa de vender las tres últimas cajetillas de cigarrillos rusos que le quedaban —una marca mortal de necesidad que sólo los suicidas podían apreciar de veras— a un tipo gordo envuelto en un abrigo sucio y con aspecto de pasarse media vida encerrado en una casa de apuestas, ya fuera detrás de la ventanilla enrejada o sentado en un taburete frente al televisor, contemplando cómo su paga semanal se rompía una pata en el hipódromo de Doncaster.
Sin embargo, mientras esperaba para recibir el cambio, sus ojos mostraban una concentración sombría, como si estuviera grabándose en la memoria el interior del pequeño local.
Quizá, en su día, aquel tipo gordo había perdido más cosas que una paga.
No podía descartarse que su fea cabezota albergase todo un archivo de fracasos, y quizá por eso el Viejo Miles le dirigió la palabra mientras contaba las monedas que iban a parar a su mano abierta:
—Cerramos —dijo.
—Eso he oído.
—Este negocio no tiene futuro.
El tipo gordo soltó un gruñido.
—Ni presente, por lo que veo.
—¿Es la primera vez que vienes?
El otro no respondió. Tenía la vista fija en las monedas, como si el Viejo Miles pretendiera engañarlo con el cambio o colarle alguna sin valor. Pero terminó por metérselas en el bolsillo del pantalón, miró al anciano a los ojos y le dijo:
—Había oído hablar de este lugar, pero no había venido nunca.
—Pues esa marca que fumas no la venden en ninguna otra tienda de por aquí.
—Tal vez por eso vas a cerrar la tienda —dijo el otro—. Quizá eres demasiado fisgón para sobrevivir.
—No te digo que no —convino el Viejo Miles—. Aunque también te digo que siempre he sabido sobrevivir. —Señaló con la cabeza la puerta situada a su izquierda—. ¿Quieres subir al piso de arriba?
—No eres mi tipo.
—Hay bebida y gente de ideas afines. —Se inclinó hacia él—. Has estado en esto, ¿no? Suelo notarlo. —Se echó atrás—. Digamos que es un velatorio.
—No soy sentimental.
—Pero tienes pinta de bebedor.
El tipo gordo sacó un cigarrillo de no se sabe dónde.
Daba la impresión de ser idéntico a los que el Viejo Miles le había vendido —con un tabaco negruzco y el papel medio suelto en el filtro—, pero el estanquero no se explicaba cómo había podido sacarlo de la cajetilla con la mano metida en el bolsillo.
—Bueno... —dijo el tipo gordo con el cigarrillo entre los labios—. Igual subo un momento a ver si veo alguna cara conocida.
—Y en el caso de que te reconozca a ti —repuso el Viejo Miles—, ¿con qué nombre te va a saludar?
—Quién sabe —respondió Jackson Lamb.
Y desapareció por la puerta que le había señalado el estanquero.
Las carnes rojas eran la especialidad de la casa.
Y, si la carta no bastaba para dejarlo claro, sólo había que mirar las caras de los comensales.
Diana Taverner hizo el cálculo elemental: descontando al personal de servicio, era la única mujer en el restaurante.
Y no le importaba. La igualdad no significaba nada si no implicaba ganarte un sitio en la mesa; una mesa que ahora ocupaba el reservado de la planta superior de un pub; y no un pub cualquiera, sino uno de esos gastropubs que aparecen reseñados en los suplementos dominicales, con chef renombrado.
El susodicho se había pasado poco antes por la mesa para presentarse y explicar los cortes que pensaba servirles; le había faltado poco para preguntarles si querían conocer personalmente a la vaca.
A ella le gustaba comer bien, pero los rituales asociados a la restauración le resultaban, sencillamente, tediosos.
Un tenedor golpeó repetidamente un vaso. El grupo guardó silencio.
—Gracias a todos.
Era Peter Judd. Había ganado peso. Para ser un hombre al que nunca le había importado que lo fotografiaran corriendo por las mañanas, se parecía muchísimo a la imagen del «antes» en una de esas composiciones fotográficas de «antes» y «después».
Pero los paparazzi ya no lo perseguían, aunque no era descartable que volvieran a hacerlo el día menos pensado: dar por acabada la carrera de un político como él —cuyas ansias de poder eran tan descarnadas que casi debería llevar un letrero de precaución dirigido a las almas sensibles— implicaba «fliparse», como se dice en jerga callejera.
Y la jerga callejera era uno de los registros que él dominaba.
Otro era la cordialidad corporativa, que esa noche estaba explotando al máximo.
—Quisiera empezar diciendo que es maravilloso verlos a todos ustedes aquí, en la que sin duda será la primera de muchas, muchísimas ocasiones semejantes, para celebrar esta nueva empresa en la que nos hemos embarcado, tan imaginativa como audaz.
Todos conocen a Diana Taverner, y sin duda coinciden conmigo en que su nombre de pila le viene como anillo al dedo.
Porque Diana es una cazadora de primera.
Y por eso esta noche rendimos homenaje a sus recientes incursiones en el terreno de la intriga internacional...
a sus últimos... eh... devaneos, por así decirlo.
Durante los años en que Peter Judd había estado luchando para convertirse en primer ministro, había quienes decían que sus bufonadas enmascaraban una total y absoluta dedicación a sus intereses personales, pero era un error suponer que sus chascarrillos y astracanadas eran puro espectáculo.
No sólo le encantaba el papel de presentador de circo; además, hacía que incluso quienes lo conocían bien tendieran a subestimarlo.
Esto —como bien sabía Diana— era un componente clave de su capacidad para manejar a los demás.
Largo tiempo atrás, había estudiado a fondo la lealtad —los lazos que nos unen y cómo respondemos a ellos—, aunque, por su parte, nunca se había sometido a ese tipo de restricciones.