La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

—Yo diría que alguien se le ha adelantado —repuso Catherine.

La puerta trasera daba a un porche en el que se colgaban los abrigos y se dejaban las katiuscas de goma, o al menos así era en el pasado.

Ahora no era más que un espacio frío y vacío entre el mundo exterior y la cocina.

River lo atravesó sin hacer ruido. Ésa era la gracia de estar familiarizado con una casa: sabías dónde crujía el suelo de tablones, qué bisagra necesitaba aceite, dónde tenías que apoyar el peso de tu cuerpo.

Allí, en el quicio de esa puerta, había una marca a lápiz, a la altura de su vientre.

La había hecho su abuela Rose. «Ahí lo tienes: ésa es tu estatura.

» Y luego su abuelo le había explicado las reglas de la vida: uno no dejaba sus datos personales a la vista de todos; no marcaba su estatura y su edad para que las alimañas las encontraran.

Fue el primer atisbo que tuvo del mundo secreto de su abuelo, y nunca volvió a pedirle a su abuela que lo midiera.

No se oía ningún ruido. El despacho estaba en la planta baja, al fondo; saliendo de la cocina a la izquierda.

Podría haber hecho el recorrido con los ojos cerrados.

La puerta estaba abierta unos centímetros.

¿La había dejado así al marcharse la última vez?

Se quedó quieto mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, plenamente consciente del vacío que lo rodeaba.

Incluso el reloj de pie que su abuelo había instalado en el pasillo mucho antes de que él naciera había desaparecido.

La ausencia de su tictac era como una mano que le tocaba el hombro reclamando atención.

Pero en el despacho las estanterías seguirían estando llenas de libros, con las alfombras en su sitio, al igual que el escritorio, las cortinas y las butacas.

Habría un canasto con leña junto a la chimenea y un viejo transistor sobre la mesita.

Casi esperaba encontrarse allí al Viejo Cabrón, con su copa de brandy en la mano.

Pero no, su abuelo había ido a parar al limbo de los espías y, además, el aire olía a polvo quemado.

Apoyó la mano en la puerta del despacho y empujó. Se abrió de golpe.

Ese leve resplandor procedía de un viejo radiador eléctrico de una sola barra, normalmente situado detrás de la butaca de su abuelo.

Bajo su halo, la estancia adquiría el aire de una pintura flamenca: donde sea que se posara la mirada, los detalles aparecían nítidos, mientras que los bordes se desvanecían hasta fundirse con la oscuridad.

Y allí, más o menos donde la luz incidía con mayor fuerza, estaba la butaca de su abuelo, cuya presencia le resultaba tan familiar como la del hombre que solía ocuparla.

Quien ahora se sentaba en ella lo vio entrar sin moverse.

Ni siquiera parecía respirar. Perfectamente podría haber sido un fantasma.

—Jesucristo —musitó él, y se adentró dos pasos en el despacho—. ¿Sid?

—Hola, River —respondió ella.

En ese mismo momento, a varios kilómetros de distancia, una ambulancia avanza a toda velocidad por Beech Street, con las luces estroboscópicas iluminando de azul la estación de metro de Barbican y luego los edificios de la siguiente manzana: el restaurante chino, el kiosco, la puerta entre ambos —que nunca se abre ni se cierra—.

Y, durante el tiempo que tarda en pasar, la Casa de la Ciénaga queda iluminada y sus ventanas reflejan la luz como si participaran de la vida londinense, como si el edificio respirara el mismo aire que los demás y albergara las mismas esperanzas y aspiraciones.

Pero el espejismo no dura mucho. Un momento después, la ambulancia se aleja a toda pastilla por Aldersgate Street, con la sirena aullando por encima de los tejados, y las ventanas de la Ciénaga vuelven a ser los mismos pozos negros de antes, de modo que, si alguien se acercara y mirara dentro —suponiendo que pudiera asomarse desde esa altura—, no vería nada...

y no hablamos de una nada cotidiana, de una simple ausencia, sino de la nada profunda que llega cuando todo se ha acabado.

Pero nadie se acerca jamás por allí ni mira por las ventanas.

La Casa de la Ciénaga bien podría no estar, a juzgar por la poca atención que recibe; y aunque eso no sorprende —el mundo del espionaje no se caracteriza por su vistosidad—, también hace pensar que es prescindible.

Porque, en Londres, un edificio que se pasa de largo no tiene razón de ser, y como tal puede tener los días contados; puede dejar de verse como ladrillo y mortero para convertirse en una oportunidad, en una columna de aire vacía a la espera de que el acero y el cristal le den forma.

Su historia no cuenta para nada. Para quienes compran, venden, poseen y construyen, el pasado es sólo un atajo hacia el porvenir, y el porvenir promete riquezas deslumbrantes a quienes estén dispuestos a aceptar los cambios exigidos. O al menos eso dicen.

Porque las ciudades son tan efímeras como el mar, que no deja nunca de moverse.

Y, como el mar, tienen sus tiburones.