La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

El trabajo que Lamb le había encomendado, tras haberse pasado meses contemplando la pared que tenía enfrente, resultaba aún menos estimulante que mirar la pared.

Al parecer, el jefe había visto en la tele —o en un periódico, o simplemente se le había ocurrido— que muchos adolescentes radicalizados se estaban retirando de las redes sociales, y había decidido que Lech podría dedicarse a investigar ese asunto.

—¿Quieres que haga un listado de los chavales que hayan dejado de utilizar las redes sociales?

—Eso mismo: de Faceboom, Twatter y demás.

—¿Alguna pista de cómo puedo hacerlo?

Lamb había fingido meditarlo.

—Si quieres lo hago yo mismo —repuso finalmente—. Pero, en tal caso, tu presencia aquí tendría todavía menos puto sentido que hasta ahora.

En fin: uno de los intercambios habituales que uno podía tener con alguien como Lamb.

Desde entonces pasaba los días perdido en una ventisca de hashtags muy parecida a las marcas que veía en su rostro cada vez que se miraba en el espejo.

Porque tenía la cara hecha un cromo. De lejos podía parecer que había sobrevivido a un brote de acné, pero de cerca se veían las cicatrices de la cuchilla que había empleado para borrar lo que había debajo.

Era como si se hubiera frotado las mejillas con un rallador.

Eso era malo de por sí, pero podría haber sido peor: la palabra que había intentado eliminar era pedófilo , grabada a cuchilla en su cara por el mismo individuo que le había infectado el portátil con pornografía infantil.

Pensando en ello, asestó unos cuantos trompazos más a la puta masa para hornear.

Aquel sujeto ahora estaba fuera de circulación —gracias a Lamb, mira tú por dónde—, pero lo mismo sucedía con su propia carrera profesional y con su vida anterior en general.

Regent’s Park nunca iba a admitir que le habían tendido una trampa.

Su exoneración supondría admitir un error, y en el Park no se cometían errores.

Así que no había camino de vuelta a sus iluminadas dependencias.

Y si abandonaba la Calle de los Espías, tampoco había un futuro mejor.

Si se marchaba, lo haría sin referencias y con pinta de extra de peli de terror.

Los empleadores no se pelearían por él, ni mucho menos.

Aunque ya no podían rechazar a nadie por ser viejo, gay, de una minoría étnica, discapacitado, hombre, mujer o tonto, cuando tenías semejante estropicio de cosecha propia en el rostro podían mirarte con lástima y soltarte un «gracias, el siguiente».

Tocaba quedarse en la Ciénaga, y a saber hasta cuándo.

Eso bastaba para inducir la paranoia. Esa misma tarde, mientras volvía a casa en autobús, había tenido la sensación de que alguien lo observaba; una sensación tan real que se había bajado antes de tiempo y se había quedado esperando a que el bus se alejara antes de seguir a pie.

El resto del trayecto lo había hecho a pie.

Sabía que era poco probable que alguien se interesara en él; si había una ventaja en ser un caballo lento era que no le interesabas a nadie.

Pero uno no se libraba de su instinto así como así.

Cubrió el cuenco con un trapo. Cuando la masa subiera, volvería a machacarla, la aplanaría sobre una bandeja, le echaría aceite de oliva junto con una mezcla de ajo y albahaca picados, y la dejaría reposar una hora antes de meterla en el horno. Y hala: una focaccia de rechupete.

«A ver», pensó. «¿Cómo se explica que tu vida sea un desastre si eres capaz de hornear una puta focaccia?»

Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no estampar el cuenco contra la pared, pero lo consiguió.

«Y mírame.»

No hacía mucho, Catherine Standish había vuelto a comprar alcohol.

Se trataba de una recreación consciente de su época de bebedora, con una salvedad fundamental: no bebía.

Era un coqueteo deliberado con el peligro, la escenificación del deseo alcohólico de olvidar, pero al final había hecho lo que tenía que hacer: vaciar las botellas en el fregadero y desmantelar la cueva de Aladino que había montado.

Después, la sensación fue como la de los días posteriores a la Navidad en su infancia, cuando se guardaban los adornos y volvía la grisura de siempre. Pero al mismo tiempo sabía que había evitado un peligro, y que su arrepentimiento por no haberle plantado cara no era más que la adicción hablando.

A la adicción le encantan los desafíos porque le dan una excusa para fracasar. Y en la Casa de la Ciénaga, las oportunidades de fracasar nunca andaban lejos.

Y si alguna vez estabas a punto de olvidarlo, lo más probable era que Jackson Lamb se encargara de recordártelo.

Pero Lamb se había ido de la oficina en una de sus misiones antes que ella, y ella misma se había marchado temprano.

La tarde era fría —el cambio al horario de verano había venido acompañado de granizadas y cielos grises—, y llevaba su abrigo de invierno mientras esperaba en una parada de autobús; no la suya, ni cerca de su ruta.

Pasaron varios autobuses y no hizo ademán de parar ninguno, pero cuando una silla de ruedas dobló la esquina más próxima y pasó junto a la parada, echó a andar detrás.

La ocupante no dio muestras de haberse fijado y continuó hasta el siguiente cruce, donde el zumbido eléctrico cesó un momento en el paso de peatones.

Catherine se mantenía fuera de su campo de visión, pero la mujer en la silla habló de todos modos:

—¿La conozco?

—Eso dígamelo usted.

—Deme un minuto.

Era el tiempo justo para que el semáforo cambiara. Y en cuanto lo hizo, la silla de ruedas volvió a ponerse en marcha. Mientras cruzaban la calle bajo el rugido impotente del tráfico londinense, la mujer volvió a hablar:

—Catherine Standish —indicó—. La antigua secretaria personal de Charles Partner, fallecido y poco llorado. Y hoy en día... ¿cómo podríamos describir su puesto...? ¿Amanuense? ¿Ama de llaves? ¿Chica para todo de Jackson Lamb, aún no fallecido, pero siempre impresentable?

—Le manda saludos.

—¿Ah, sí?

—La verdad, no.

—Ya me lo parecía. Entonces ¿no va a fingir que este encuentro ha sido casual?

—Llevo diez minutos esperando.

—Me sorprende que no se la hayan llevado. En este barrio son muy suspicaces con los que haraganean por las aceras.

El barrio de marras era el de Regent’s Park, donde se encontraba el cuartel general del servicio secreto.

—Ser una mujer madura tiene ciertas ventajas —dijo Catherine—. Una se vuelve medio invisible.

—Lo dirá por usted.

Era una réplica justificada. Molly Doran tenía muchas facetas personales, pero la invisibilidad no se contaba entre ellas.

—Por lo general cojo un taxi —prosiguió—. Ha tenido suerte de encontrarme. —La silla se detuvo en seco—. Por cierto, lamento lo sucedido con su colega de la Ciénaga.

—Gracias.

—A Jackson le revienta perder agentes de campo.

—Supongo que a los agentes de campo tampoco les hace mucha gracia.

—Ah. Nos ha salido respondona. —La silla de ruedas reemprendió la marcha—. La razón por la que no estoy yendo a casa en taxi, señorita Standish, es que tengo cosas que hacer en el centro. Así que tiene dos minutos para explicarme qué es lo que quiere exactamente, y luego cada una por su lado.

Catherine respondió:

—Hay cosas que nos preocupan.

—Ah, eso tiene que ser tremendo.

—Y estábamos preguntándonos si usted podría ser de ayuda.

—Habla en plural. ¿A quién se refiere?

—Sólo a mí, en realidad.

—Ya.

Molly iba maquillada de un modo que desafiaba las burlas: el rostro pálido como la muerte, las mejillas de un rojo absurdo.

Parecía dirigirse a una audición para un circo distinto al de los servicios secretos, como payasa, o quizá como acróbata.

Aunque esto último lo tenía particularmente difícil, porque sus piernas terminaban en las rodillas.

—¿Así que Lamb no tiene ni idea de que está hablando conmigo? —preguntó.

Catherine sabía que era un error afirmar con rotundidad qué sabía o dejaba de saber Lamb en un momento u otro, incluso cuando dormía. Pero se permitió suponer:

—No, no sabe nada de esto.

—Pues qué pena: cuando Lamb quiere que le haga un favor, se lo cobro a precio de oro.

—¿En serio?

—No con dinero, claro; con información: la moneda de cambio de los espías. —Molly esbozó una sonrisa poco amigable—. Digamos que me gusta atesorarla.

—Por eso quería verla.

—Es la única razón por la que la gente quiere verme.

Es lo único que tengo que ofrecer: mi raison d’être en la vida.

—La silla volvió a detenerse y Catherine intuyó que iba a soltarle un discurso—.

Soy archivista, señorita Standish. Me muevo en el mundo del papel.

Mi pequeño reino está lleno de carpetas abarrotadas con los secretos que la gente se guardaba cuando redactaba sus informes a máquina.

Unos quince años atrás, más o menos, la gente no hacía más que decirme que la digitalización pondría punto final a mis funciones de guardiana.

Pero luego, a medida que iba quedando claro lo vulnerable que es el mundo online , todos empezaron a ponerse nerviosos, clic-clac .

—Hizo el gesto de encender y apagar un interruptor—.

Basta un buen hacker en Beijing para que todo lo que está en la Web quede expuesto.

Así que aquí sigo, y mis archivos siguen siendo los más fiables.

Puede que el futuro no esté en mis manos, pero créame: el pasado es mi territorio.

—Hizo una pausa—. Por cierto, «hacker» es una palabra relacionada con la informática.

—Sí, algo he oído al respecto.

—Bien, pues hábleme de eso que le preocupa. ¿Alguien ha estado sacudiendo sus cimientos? ¿La Casa de la Ciénaga está viniéndose abajo con usted dentro?

Antes de que Catherine pudiese responder, un aullido resonó a lo lejos, en la zona donde se encontraba el zoológico.

—¿Ha oído eso? —preguntó.

—Ah —dijo Molly—. Es el lobo feroz, que viene a echar su casita abajo, ¿no?