La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Esa tarde había estado en la Casa de la Ciénaga.

Cada tarde, de hecho, estaba en la Ciénaga; y hasta cuando no lo estaba, sentía que sí.

La Casa de la Ciénaga proyectaba una sombra portátil, de forma que, aunque te encontraras a mitad de camino de Watford, seguías notando su peso sobre los hombros.

La Ciénaga te succionaba la savia, o por lo menos lo intentaba.

El truco consistía en dejar claro que eras más correosa de lo previsto.

En fin, era lo que había. Esa tarde había estado en la Casa, trabajando en uno de los proyectos personales de Jackson Lamb: «El extrarradio hooligan», como él lo llamaba.

Su idea era que no te ponías un chaleco-bomba y te encaminabas a la calle principal de tu ciudad sin que tus tendencias antisociales se hubieran manifestado de alguna manera, ya fuese no pagando las multas por estacionamiento indebido o hablando a voz en grito por el móvil en el vagón silencioso.

Ella no estaba tan segura, pero ésa no era la cuestión.

La cuestión era que, si estabas en la Casa de la Ciénaga, hacías lo que Jackson Lamb te decía.

La alternativa consistía en aceptar que tu carrera en el servicio secreto se había acabado, y como todo caballo lento antes que ella, y todos los que vendrían después, estaba convencida de que era la excepción a la regla de que Regent’s Park no readmitía a nadie.

Creía que la estaban esperando. Creía que, en algún armario de material de oficina, ya tenían preparada la pancarta para darle la bienvenida.

Y ese día también se pondría a bailar.

Por lo pronto —y sin duda también en ese futuro glorioso—, una mujer no dejaba de cruzar su mirada con la de ella y fingir que era casualidad.

¿Quién sabe?, la tía igual acababa teniendo suerte, pero de momento tendría que conformarse con mirarla embobada, como todos los demás, porque ella lo estaba dando todo en la pista, y más le valía a todo el mundo hacerse a un lado.

En reposo, ella tal vez podía parecer un bolardo de hormigón con malas pulgas —como había dicho en su día un antiguo colega—, pero eso era sólo la mitad de la historia: puede que no destacase por su estatura y quizá era demasiado cilíndrica para responder a los cánones de belleza tradicionales, pero la física pura dicta que todo cuerpo ejerce una atracción gravitatoria, y cuando bailaba, su poder de atracción estaba a la altura de las leyes de Newton.

En cuanto al antiguo colega, si le hubieran pedido que repitiese esa descripción un momento después, sin duda habría estado demasiado ocupado preguntándose qué era lo que le acababa de pasar a sus costillas.

Ella era tan capaz de encajar una crítica como cualquiera, siempre que el otro estuviera dispuesto a encajar su respuesta.

Pero bueno, la tía esa seguía mirándola y fingiendo que no.

Tanto empeño por su parte resultaba admirable, pensó Shirley.

Quien te admira es digno de tu admiración, y quizá tendría que apiadarse un poco de ella, sacarla de entre la multitud y animarla a bailar como se debe.

Aunque eso podría traer complicaciones después, porque sus parejas —y estaba pensando en sus parejas profesionales, que en algunos casos adquirían derecho a roce— tenían tendencia a morir; sus cerebros salpicaban la pared de un despacho; sus tripas quedaban esparcidas en laderas nevadas de Gales...

Nunca se había considerado gafe, pero eso daba igual, ¿no?

Lo que importaba era lo que pensaran los demás y, después de que dos de sus compañeros la hubieran palmado, no iba a ser fácil poner fin a las habladurías.

«Como te emparejen con Shirley, mejor que vayas haciendo testamento.

» No era el tipo de mensaje que querrías transmitir a quienes te miraban desde la barrera fingiendo que no.

Y las luces giraban, la pista de baile se estremecía y el potente bajo eléctrico hacía vibrar su cuerpo de arriba abajo. Todas las miradas estaban puestas en ella, y a ella le parecía bien.

Siempre que nadie fuera a morirse.

River tenía algo de dinero procedente de la herencia de su abuelo. Los cuidados del anciano habían consumido gran parte de los ahorros del viejo como un casero implacable, pero le había quedado lo suficiente como para comprarse un coche, el primero en unos cuantos años.

Antes de comprarlo había realizado las investigaciones de rigor, y examinado qué vehículos de segunda mano sufrían más desgaste según las estadísticas.

Incluso había escuchado el consejo de Louisa: los coches amarillos sólo perdían el veintidós por ciento de su valor en los tres primeros años, frente al treinta por ciento de los de cualquier otro color.

Al final había comprado uno que vio por la calle con un anuncio de se vende pegado al cristal, pero bueno, es que era una ganga.

Y por el momento todo iba bien, pensó mientras el Londres de media tarde iba dejando paso a las tiendas de alfombras y de colchones, a talleres y naves de trasteros en alquiler. Había dejado atrás su monótona existencia de peatón, lo que podría suponer un nuevo comienzo.

Ya tenía una mano en el pomo de aquella puerta y estaba listo para cruzar el umbral de lo que viniese después. Aunque antes tenía que lidiar con lo que fuera que estuviese pasando en Kent.

La casa de su niñez se hallaba en las afueras de Tonbridge, y Jennifer Knox era una vecina según los estándares rurales.

En el centro de Londres, en el espacio entre su casa y la del Viejo Cabrón cabrían quince viviendas habitadas por completos desconocidos.

Fuera de la ciudad, sin embargo, los forasteros resultaban más visibles, y se notaban las luces encendidas en casas que deberían estar a oscuras.

Así que no tenía motivo para dudar de lo que aquella mujer le había contado: que alguien estaba —o había estado— en la casa de su abuelo.

Podría ser un simple caso de allanamiento oportunista.

En el periódico habían publicado una esquela, y los rateros también sabían investigar.

Sin embargo, había otras posibilidades. El Viejo Cabrón había sido un espía, una leyenda del servicio secreto.

La esquela había sido prudente —lo situaba en el Ministerio de Transporte, su tapadera—, pero había llevado una vida secreta, y no podía descartarse que algunos de sus secretos lo hubieran sobrevivido.

A estas alturas la casa estaba prácticamente vacía; la mayoría de los muebles habían desaparecido. Su madre se había encargado de ello. «Para que no tengas esa carga», le dijo.

Al principio, él pensaba que quería sacar tajada —joder, ¿qué decía eso de él?— y se plantó con lo que había en el despacho.

—Los libros me los quedo —dijo—. Quiero conservarlos.

Su madre lo miró como tantas otras veces: como si se hubiera vuelto loco.

—Pero si tú no lees, River.

—Sí que leo.

—Pero no tanto.

¿Y quién leía «tanto»? El despacho del viejo era una caverna forrada de libros, como si con la edad se hubiera vuelto medio hobbit .

Sin embargo, durante su último año no había leído en absoluto porque las palabras se le escapaban de las páginas que tenía delante.

En una de las últimas conversaciones coherentes que había mantenido con él, le había dicho: «Estoy perdiendo pie, River» mientras lo miraba con unos ojos que parecían un pozo sin fondo.

Así que el despacho parecía la habitación de muestra de una casa desocupada.

Libros, butacas, cortinas... El estante con una estrambótica colección de trofeos —un globo de cristal, un pedazo de hormigón, un trozo de metal que en su día había sido una Luger—.

El escritorio con su hoja de papel secante, como salido de una novela de Dickens, y el abrecartas, que era una daga con todas las de la ley y había pertenecido a Beria...

Si David Cartwright había dejado secretos tras su paso por el mundo, estarían en esa habitación, en aquellas estanterías, escondidos entre mil millones de palabras.

Él no estaba seguro de si se lo creía de verdad, pero tampoco de lo contrario, y si él pensaba así, otros también podían hacerlo, y actuar en consecuencia.

Los secretos de los espías suelen ser peligrosos para amigos y enemigos por igual, y el viejo había hecho muchos amigos y enemigos a lo largo de los años.

Podía imaginarse perfectamente a alguno de ellos reventando una cerradura o colándose por una ventana; casi podía verlos peinando el despacho en busca de pistas.

Y si eso estaba ocurriendo, él tenía que impedirlo. Si su abuelo había dejado algún rastro, sólo él lo seguiría. Nadie más.

El tráfico fue disminuyendo a medida que caía la noche, así que llegó sin problemas.

Aparcó a unos metros de la casa y siguió a pie.

Desde fuera, la vivienda parecía desocupada.

No se veía ninguna luz. Siempre era posible que la anciana se hubiese equivocado.

Pero también era posible que no, por lo que rodeó la fachada manteniéndose a la sombra de los árboles y entró por la puerta trasera haciendo el menor ruido posible.

Lech Wicinski estaba haciendo masa para hornear siguiendo una lista de instrucciones que había aprendido de memoria.

Primero, pesar la harina —o calcular a ojo.

Luego, agregar levadura y una pizca de sal. Mezclar.

A continuación, agua templada y unas cucharadas de aceite de oliva.

Y después, meterle unos puñetazos al puto amasijo hasta dejarlo medio muerto.

En ese punto, perdió la concentración un momento.

El día había sido malo, o sea, igual que la mayoría.

A Jackson Lamb le había dado por preguntarle cuándo pensaba limpiar las ventanas de la oficina, como si su origen polaco lo predispusiera genéticamente a labores como ésa.

Los demás caballos lentos, sin llegar a simpatizar con él, se llevaban algo mejor.

Y aun así, la atmósfera en la Casa de la Ciénaga seguía siendo la del funeral de un desconocido.