Capítulo 2 #2
Sin contar el mensaje de texto de hacía cinco minutos, era la primera vez en días que el teléfono de River Cartwright daba señales de vida. Tenía que hacer algo con su vida social.
—¿El señor Cartwright?
—Ajá.
—Soy Jennifer Knox.
Repasó mentalmente la lista de mujeres con las que había tenido trato en los últimos años. No tardó nada: entre la «A» y la «K» no había nadie.
—La vecina de su abuelo.
Eso explicaba el temblor de la voz: era la voz de una anciana. Fue un alivio. No estaba tan desesperado, dijera lo que dijera la gente.
—Sí, por supuesto.
Jennifer Knox: una habitual en casa del Viejo Cabrón.
Proveedora de guisos y chismorreo local.
Sus visitas, sin embargo, se habían ido espaciando hasta desaparecer a medida que el Viejo Cabrón perdía pie con los chismes, con los alimentos sólidos y con minucias como quién era aquella mujer a la que conocía desde hacía años.
Tenía ese número porque era a él a quien había que llamar cuando al Viejo Cabrón le ocurría algo, aunque el viejo estaba ya más allá de esas contingencias y Jennifer Knox lo sabía perfectamente: había estado en el funeral.
—Por supuesto, señora Knox —repitió—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Hay alguien en la casa.
Se refería a la casa de su abuelo, que llevaba tiempo desocupada.
Ahora era suya... «técnicamente», como su madre insistía en recalcar —aunque «técnicamente» quería decir en todos los sentidos posibles, incluido el legal, salvo por la convicción materna de que el orden natural de las cosas se había alterado—.
También «técnicamente» estaba en venta, aunque a un precio que el agente inmobiliario había calificado de «demasiado optimista» en esos tiempos, posteriores a «ya sabes cuándo».
A él no le venía mal que no se vendiera, al menos por el momento. Había crecido en casa de sus abuelos: su madre lo había dejado allí con siete años, cuando la posibilidad de que él fuera quien heredara la casa no estaba en el horizonte.
Era mucha historia que vender.
Jennifer Knox seguía hablando:
—... he pensado en llamar a la policía, pero luego me he dicho: ¿y si son amigos suyos? O, ya sabe, posibles compradores...
—Gracias, señora Knox. Debería habérselo dicho. Sí, son unos amigos que están de paso y necesitan un sitio donde dormir. Y ya sé que no hay muebles, pero...
—Sigue habiendo un techo y cuatro paredes, ¿no?
—Exacto, y sale más barato que un hotel. Están viajando y...
—Ya, ya: todos hacemos lo que podemos para ahorrar.
—Por la mañana se habrán ido. Muchas gracias, señora Knox.
El piso de River tenía una sola habitación, era de alquiler y estaba «alejado de las rutas turísticas», como en su día había afirmado un capullo que se creía muy listo.
Por más que hubiera heredado una buena casa en el campo, sus condiciones de vida seguían siendo cutremente urbanas.
El piso estaba helado la mayor parte del año y oscuro incluso a plena luz del día.
En el club nocturno de abajo había conciertos en directo dos veces por semana y la tapa de una alcantarilla cercana se había aflojado y, cada vez que un coche pasaba por encima, el ¡clanc!
, ¡clanc! le provocaba espasmos mandibulares.
Volvió a suceder mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo.
Más que una banda sonora era un dolor de muelas con altavoz.
Le hizo una peineta al mundo en general y decidió ir a ver quién se había colado en la casa de su difunto abuelo.
Mientras tanto, Roddy Ho estaba haciendo lo que mejor se le daba. Y lo que mejor se le daba era todo.
Lo cual tendía a mantenerlo ocupado, pero bueno: si ser Roddy Ho fuera fácil, todo el mundo lo sería. Habría algunos dobles suyos con dedos torpes, otros mal peinados; incluso algunos que no les gustaran a las tías.
Lo que entrañaba un sinfín de posibilidades cómicas, aunque el Roddy Ho de verdad no tenía tiempo para considerarlas, pues él —que se las sabía todas, que iba peinado que daba gusto verlo, que era un imán para las titis— estaba pero que muy atareado.
Pues, como de costumbre, lo estaba dando todo, absolutamente todo, para salvar a la Casa de la Ciénaga del colosal asteroide lleno de mierda que se cernía sobre ella, fuera lo que fuera.
Lo único indiscutible es que se aproximaba mierda; al fin y al cabo, aquello era la Casa de la Ciénaga. Pero, además, él mismo —el Rodster— había alertado a Jackson Lamb de la «Extraña Limpieza», como la había bautizado.
La Extraña Limpieza significaba mierda en camino, sin duda, y que el asteroide lleno de mierda iba a ser de los que dejan cráter. Tampoco hacía falta ser un genio. Era el negocio del espionaje, y cuando las cosas se torcían, se torcían a lo grande.
Así que estaba analizando la mierda: comprobando su profundidad y su consistencia, intentando averiguar de dónde venía. Y si la metáfora de la mierda empezaba a agotarse, al menos ya había quedado claro.
Había mierda en camino y todo el mundo esperaba que él aportara el papel higiénico de doble capa.
Aunque, pensándolo bien, eso implicaba que él mismo tendría que encargarse de limpiar cuando llegara el momento.
Momentáneamente desconcertado, alargó la mano para coger otra porción de pizza.
Estaba en su despacho y ya hacía un buen rato que había pasado la hora de irse, pero cuando HotRod estaba en una misión no miraba el reloj.
Además, hay cosas que es mejor no hacer con tu ordenador de casa, y trastear con los registros del servicio era una de ellas.
El primer problema —la dirección de la mierda que se aproximaba— ya lo tenía resuelto, y no tenía misterio: cada vez que la Casa de la Ciénaga estaba en el punto de mira, se podía apostar lo que fuera a que Regent’s Park estaba detrás.
Y en ese caso concreto —el caso de la Extraña Limpieza—, lo que habían barrido era la propia Casa de la Ciénaga.
Con lo de «barrido» quería decir borrado de la base de datos del servicio secreto. Y no tan sólo la Ciénaga, sino también a los propios caballos lentos. Desde Wicinski, el último en llegar, hasta Jackson Lamb, todos y cada uno de ellos habían sido eliminados del sistema.
Bueno, seguían estando presentes en los niveles más profundos de datos, relacionados con los sueldos y cuentas bancarias, los cuales —tras un desagradable hackeo informático hacía unos años— funcionaban con números de empleado en lugar de nombres; así que seguían cobrando y teniendo trabajo.
Pero sus historiales personales, sus expedientes, habían desaparecido.
Si alguien buscaba «Roddy Ho» en la base de datos del servicio, no encontraría nada. Cero. Como si SuperRod hubiera dejado de existir.
Tarde o temprano todo se acaba, y eso él lo tenía claro. Ahí estaban, si no, aquellas colosales estatuas de caballeros jedi que los talibanes habían hecho fosfatina a bombazo limpio. Pero él siempre había creído que su propia leyenda aguantaría un poco más.
Así que pensó en volver a insertarse en la base de datos: pan comido para alguien tan polivalente como Rodinator, perfectamente capacitado para colar una fotopolla como salvapantallas oficial del mi5 si le daba por ahí.
Pero mejor no. En Regent’s Park sabían perfectamente con quién se estaban metiendo, y lo lógico es que hubieran reforzado la seguridad para cuando el Rodillo acudiera para enmendarles la plana.
Eso exigía las habilidades de un ninja: sigilo y astucia. Básicamente su perfil de usuario. Era prácticamente invisible, así de claro. La mitad de las veces, la gente ni se daba cuenta de que estaba en la habitación.
Así que avanzó con sigilo de pantera entre los píxeles, fundiéndose y confundiéndose con la propia matriz. Recabar información era una cosa; recabar la ausencia de información exigía auténtica sangre fría.
Y él era más frío que la leche del cereal del desayuno.
Hizo una pausa para quitar los restos de pizza del teclado y recapituló.
Lo que había descubierto, fundamentalmente, era que quienquiera que se hubiese encargado de limpiar aquellos datos había hecho un trabajo de una minuciosidad impresionante.
«De hecho», pensó, «un novato cualquiera, cualquier espía junior recién llegado al Park, no tendría ni idea de que la Casa de la Ciénaga existe».
Se le vino a la cabeza la imagen de un espacio vacío en la calle, un hueco ignorado por los transeúntes. Y, sin proponérselo, se preguntó durante apenas un instante si alguien notaría la diferencia.
«Hay que bailar como si nadie te mirara», pensó Shirley Dander. «¿Qué gilipollas se inventó esa chorrada?
»Porque la gracia del baile está en que todo el mundo te mire, ¿no? Sobre todo si lo haces bien.
»Esos que están bebiendo gin-tonics aromatizados junto a la pared tienen que estar pensando: “Ojalá tuviera yo ese ritmo.” Y ni hablar del flipado de la pajarita y las gafas en el balcón.
»A ver, vosotros dos, tan monos. En lugar de estaros midiendo el uno al otro, moved el culo de una vez. Espabilad un poco antes de que tire una moneda para decidir a cuál de los dos me llevo a casa esta noche.
»Porque podría pasar. Y tan fácilmente que incluso debería llevar un cartel colgado del cuello: precaución, mujer en plena faena , para que estos infelices se enteraran de con quién están tratando.»
Mientras, que alucinasen con su forma de bailar. No había mejor colocón que el colocón natural, porque seguro que los efectos de la coca ya se habían disipado. Lo que ahora fluía por sus venas era puro poderío personal: el poderío de Shirley.