Capítulo 2
Seamos sinceros. Al ver la fachada, uno piensa: «No es la propiedad más atractiva del mercado.»
Pero tengamos en cuenta su potencial.
Orientados al este, aunque protegidos del sol de la mañana por la imponente silueta del Barbican Centre, y con la protección adicional de su ubicación en Aldersgate Street, en el distrito londinense de Finsbury, famoso por su clima templado.
El tráfico, regulado por semáforos cercanos; los autobuses, una presencia constante.
Y el metro a la puerta, con las líneas Hammersmith hoy está un poco atascada —no suele pasar—, pero basta con arrimar el hombro y listo.
Subimos por las escaleras, aunque mejor no cargar demasiado peso en la barandilla: es más ornamental que resistente. Eso sí, es la original.
Y llegamos al primer piso: un par de despachos gemelos con ventanas que dan al ladrillo visto de enfrente.
Todo intacto, tal cual. Fíjense en los acabados: un auténtico detalle de época.
Los setenta están de vuelta, ¿no? Con sus disturbios, su recesión, su racismo...
ja, ja, ja. Es broma. Ya en serio: con una mano de pintura podrán darle su toque personal.
Un poco de amarillo, un poco de gris... nada como una pincelada de color para sacar a relucir la calidez de una estancia.
Pero el tiempo apremia, ¿verdad? Sigamos, arriba.
Otro tramo de escaleras —un poco de ejercicio, excelente para el corazón—.
Eso del enlucido no es humedad, sino la decoloración normal al paso del tiempo.
En este piso hay otros dos despachos, además de una cocina de dimensiones compactas: encimera para el microondas y el hervidor, y espacio para guardar la vajilla y poco más...
El grifo sólo necesita un pequeño ajuste; nada serio.
Aquí tenemos el baño y... eh, vaya. El último usuario debía de estar muy concienciado con el medio ambiente y no quería malgastar agua.
Con tirar de la cadena, asunto resuelto.
Seguimos subiendo hasta los dos últimos despachos.
Podrían convertirse en dos magníficos dormitorios.
En éste, el techo está un poco combado, pero eso le da carácter, y hay espacio de sobra para vivir...
siempre que se pasen por alto los listines telefónicos, los ceniceros a rebosar y las manchas sospechosas de la moqueta.
Con una buena limpieza, queda como nuevo.
Lo ideal habría sido retirar todo esto antes de la visita, pero no ha sido posible acceder, así que disculpen.
Las ventanas también parecen estar atascadas, aunque eso se arregla en un momento con un destornillador.
En fin. Tiene su encanto: es un poco distinto.
Y con historia. Hablamos de una dependencia del servicio secreto, aunque no de las más activas.
Trabajo burocrático, al parecer. Los actuales ocupantes llevan aquí una eternidad, ¡y a ellos probablemente se les ha hecho aún más larga!
Para eso no se hace uno espía, ¿no? A lo mejor nunca fueron muy buenos. Tal vez por eso están aquí.
Veo que no acaban de convencerse. Por lo del retrete, ¿verdad? Tal vez prefieran que nos vayamos hacia el otro lado, donde hay espacios más clásicos, con vistas a Regent’s Park. No se preocupen por la puerta. La seguridad nunca ha sido una prioridad aquí; cosa rara, pensándolo bien.
En fin, no es asunto nuestro. Lo importante es vender la propiedad y quitárnosla de encima. Y antes o después aparecerá un comprador. Así funciona esto; como en cualquier sector: si algo está en venta, alguien acaba comprándolo.
Es cuestión de tiempo. Nada más.
¿busca donante de esperma? , rezaba el anuncio que quedaba por encima de la cabeza de Louisa Guy.
Ni hablar. Aunque, en la Central Line del metro londinense, y en hora punta, una «donación» indeseada tampoco podía descartarse del todo.
Prefería pensar que no corría peligro, aunque estaba acorralada en un rincón y de espaldas a la masa que la rodeaba.
Se mantenía atenta a la ventanilla de la puerta contra la que la empujaban, pese a que en el reflejo todo se veía deformado como en una película en 3d sin gafas.
Aun así, distinguía rasgos humanos: bocas borrosas que tarareaban al ritmo del iPod, rostros herméticos evitando cualquier contacto...
Las probabilidades de tener un rifirrafe con un desconocido eran mínimas —un incidente por cada millón de viajes, según las estadísticas—, pero lo último que quería era ser la excepción. En cualquier caso, mejor respirar hondo y no pensar en lo peor.
Al llegar a Oxford Circus, la gente se dividió en dos como una bandada de estorninos y ella siguió al grupo que se dirigía hacia las salidas.
No tenía por costumbre acercarse al centro de la ciudad después del trabajo.
Las veladas de bar en bar habían quedado atrás casi por completo —cosa que apenas lamentaba—, las salidas de compras tenían lugar los fines de semana, y en cuanto a los eventos culturales —teatro, museos, conciertos—, pues bueno, se abstenía: era londinense, no una puñetera turista.
Sin embargo, después de haber recorrido quince kilómetros bajo la lluvia la semana anterior, necesitaba unas nuevas deportivas.
Una estupidez. Pero había tenido un mal día porque su cabezota insistía en pensar en Emma Flyte y no la dejaba en paz.
No te puedes escapar de los recuerdos, pero sí cansarte lo suficiente para que los detalles se vuelvan borrosos.
Las deportivas habían encogido o cambiado de forma; en cualquier caso, ya no servían, y por eso estaba en el centro después del trabajo.
Tras el cambio de hora, había algo más de luz por las tardes, pero aún se notaba el invierno en el aire.
Los anuncios de la escalera mecánica la instaban a replantearse sus decisiones fundamentales: cambiar de banco, cambiar de teléfono, cambiar de trabajo... En un mundo perfecto, habría hecho las tres cosas antes de salir a la calle.
La lluvia había dejado mojadas las aceras.
Esquivó varios grupos de peatones, cruzó Regent Street corriendo mientras el semáforo marcaba la cuenta atrás —3, 2, 1— y entró en una tienda de deportes cuyo rótulo de neón, bajo aquella luz húmeda, era una pálida imitación de sí mismo.
El suelo de baldosas era poco menos que una pista de patinaje. Un letrero amarillo advertía: cuidado.
Si hubiera tenido cuidado, Emma Flyte seguiría con vida.
Pero no tenía sentido pensar en eso: desde entonces habían adelantado la hora, y rara vez se da marcha atrás.
La sección de calzado estaba en el sótano. Volvió a entrar en un ascensor; siempre estaba subiendo o bajando, o eso parecía. Siempre arriba o abajo.
Las zapatillas se alineaban en la pared del fondo como cabezas en Juego de tronos .
Como siempre, había rebajas: las tiendas físicas no levantaban cabeza desde el Brexit —también conocido como «ya sabes cuándo»—, pero incluso con descuento los precios seguían siendo altos.
Los de las zapatillas bonitas, al menos.
Y aunque, en unas zapatillas, lo fundamental es que se ajusten bien al pie, y no necesariamente que sean bonitas, tenían que ser bonitas, y punto.
Cogió las más atractivas de la pared —lo que no demostraba nada, pero era un punto de partida razonable— y se las probó.
Le iban bastante bien. Anduvo arriba y abajo y vio que le apretaban un poco, más que cuando estaba sentada, pero a saber si porque eran nuevas o porque la talla no terminaba de ser la justa.
En esas tiendas deberían tener una cinta de correr.
Flexionó la pierna para ver si eso ayudaba y se dio cuenta de que un tipo estaba mirándola.
Estaba en la otra punta, examinando unas Nike.
Volvió a hacer lo mismo y el otro la miró de nuevo, aunque se esforzaba en fingir que no.
Ella se acuclilló y apretó la punta de cada zapatilla para comprobar el ajuste.
El desconocido dejó las Nike en la pared y dio un paso atrás con una expresión neutra evidentemente impostada.
«Pues sí, mira tú por dónde», pensó, regalándose un pequeño aplauso mental.
Aún se fijaban en ella: quien tuvo retuvo.
Volvió a sentarse y se quitó las zapatillas.
Costaban más de lo que quería gastar. Eso rara vez la frenaba, pero mejor probarse otros pares antes de decidirse.
Como si le diera la razón, el móvil le vibró en el bolsillo y, en el mismo instante, oyó un ¡ping!
cercano: un mensaje acababa de entrar en otro teléfono.
Era el del tipo que había estado mirándola y fingiendo que no.
Lo vio dar unos pasos hasta perderse tras un expositor de calcetines y muñequeras mientras se llevaba la mano a la chaqueta.
«Podría ser el principio de una comedia romántica», pensó ella con ironía.
«Dos mensajes a la vez... ¿qué probabilidades hay?
» Casi sin pensarlo, sacó el móvil y miró la pantalla.
«Joder.»
Dio un salto y echó a correr descalza hacia el lugar donde se escondía el tipo.
Resbaló, pero recuperó el equilibrio agarrándose a la estantería.
No obstante, el otro ya se había esfumado.
¿O era ese que se escabullía por la escalera mecánica subiendo los escalones de dos en dos, como si acabaran de alertarlo sobre una emergencia?
«Ya, claro», pensó ella. «Tú y yo estamos en las mismas.» No tenía sentido seguirlo: no con los pies descalzos. Y acababa de perderlo de vista; ya estaría en la calle, tomando la dirección más concurrida para desaparecer entre el gentío.
«Cabrón», pensó. «Maldito cabrón taimado.»
Volvió hacia donde había dejado los zapatos, con la humedad del suelo calándole los calcetines a cada paso.
«¿Qué demonios está pasando aquí?»