La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 1
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La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7)

La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7)

Por Mick Herron

© inepub.com

Capítulo 1

A ella, la mañana se le estaba quedando más corta de lo previsto.

Con su abrigo con forro de piel para protegerse del frío helador, se dirigía a una reunión en las nuevas instalaciones: un complejo de granito en las afueras de la ciudad.

Si a primera vista parecía la sucursal de una compañía de seguros, pues muy bien: hay cosas que se esconden mejor a la vista de todos.

El cielo estaba gris, aunque no amenazaba lluvia. Las calles estaban como siempre.

No estaba bien visto ir en coche, pero había un autobús lanzadera que salía cada media hora y hacía un recorrido circular por los barrios periféricos, y de camino a su parada pasaba por delante de una farmacia.

Necesitaba comprar sales de baño. Tres días de la semana, su jornada era puro ejercicio: quince kilómetros de carrera por la mañana, luego gimnasio y después cuatro cruces del lago —dos en barca y dos a nado—, rematados con otros quince kilómetros de carrera.

Así que por las noches le venía bien darse un largo baño caliente en casa...

El día anterior se había quedado medio dormida en la bañera y el chapoteo del agua le había recordado el vaivén del lago donde, según se decía, en cierta ocasión habían echado sanguijuelas para que los nadadores no bajaran la guardia.

Pero ella nunca se había encontrado con ninguna, y eso era un alivio.

Sólo pensar en las sanguijuelas le daba repelús: porque eran blandas como gelatina, porque eran casi pura boca y porque, si pisabas una, reventaba como un globo lleno de sangre.

«En serio», pensó. «Antes este tipo siguiéndome que una de esas cosas pegada a la piel.»

Porque acababa de notar que alguien la seguía.

Tendría que haberlo detectado antes, pero sólo había tardado quince segundos: un margen asumible, incluso para los estándares de su departamento.

Y ya estaba rehaciendo la ruta y torciendo hacia el mercado cubierto, un vasto anfiteatro donde había pollos colgando de ganchos y sacos de legumbres formando parapetos en los pasillos, demasiado estrechos para que un perseguidor se mantuviera oculto.

Aunque éste lo estaba intentando: cuando ella se detuvo a examinar una bandeja de huevos de pato, en el pasillo sólo había una anciana con dos bastones.

Pero el tipo seguía por allí, en alguna parte, vestido con chaqueta de cuero negra: una prenda demasiado llamativa para un seguimiento a pie, lo que de hecho era un doble farol bastante astuto.

Y la naturaleza de su tarea quedaba bastante clara: era otra prueba.

Tenía que darle esquinazo antes de llegar a la parada del autobús.

Porque, aunque cruzaras el lago a nado cien veces y corrieras una barbaridad de kilómetros en una hora, nada de eso contaba si no eras capaz de sacudirte una sombra en la calle.

Y si la llevabas hasta tu casa, bueno...

Había oído decir que había un departamento al que desterraban a los fracasados: los perdedores eran condenados a galeras oficinescas, a pasarse el resto de la eternidad sumidos en una bruma de ambiciones frustradas.

Tan sólo tenías que meter la pata una vez.

Lo cual era duro, pero —hasta que te pasaba a ti— también resultaba justo.

Pero eso no iba a pasarle a ella.

Durante su última misión, en una ciudad extranjera, la sombra había sido ella.

Todo era bastante parecido. Salió del mercado, cruzó la calle y siguió a una mujer de chaqueta gris y falda a juego hasta el interior de una tienda de lencería situada en la acera de enfrente: territorio femenino.

Eran las dos únicas clientas. Fuera, el tipo de la chaqueta de cuero merodeaba fingiendo mirar el teléfono.

Lo había obligado a dejarse ver y, en cuanto cayera en la cuenta, no le quedaría más remedio que desistir, cosa que, con suerte, ocurriría a tiempo para que ella pudiera coger el autobús.

¿Qué le impedía darle un toquecito al cristal del escaparate y saludarlo con la mano?

—Perdone... —Era la otra mujer en la tienda—. Ese hombre, el de fuera, con chaqueta de cuero, ¿la está siguiendo?

«Bueno», pensó ella, «vamos a ver a dónde nos lleva esto». Dejar que una situación siguiera su curso daba pistas sobre cómo actuar después.

—La verdad es que sí.

La mujer tenía los ojos oscuros y vivos.

—¿Es un acosador...?

—Ha estado siguiéndome desde que ha salido de casa.

—¿Quiere que llame a la policía?

Ya estaba echando mano al teléfono.

—No, no... Es un antiguo novio. La última vez que llamé a la policía, se presentó en casa más tarde y me pegó.

Era una explicación más bien pedestre, pero tampoco estaba ante un tribunal.

La dependienta las miraba desde detrás del mostrador.

—¿Necesitan ayuda, señoras?

La mujer de gris respondió:

—El tipo de allí fuera está dando problemas.

La dependienta no se sorprendió: al fin y al cabo era una tienda de lencería.

—¿Hay otra salida?

—Sí, pero no es para las clientas.

—Mire —señaló la mujer—, aquí no estamos hablando de clientas, sino de dos mujeres víctimas de un individuo que ronda la puerta de su tienda.

Lo dijo sin levantar la voz, pero con un deje de amenaza.

—Bueno... —Era una rendición elegante—. Claro que sí. Quizá ahora mismo, aprovechando que está de espaldas...

En efecto, el de la chaqueta negra estaba de cara a la calle y con la cabeza inclinada sobre el teléfono.

Ella consultó el reloj. Aún llegaba al autobús. Y eso sería más gratificante que darle una palmadita en el hombro al tipo y decirle que lo había pillado...

Mientras las conducían hacia la entrada de mercancías, la mujer de gris le sonreía radiante, como si todo fuera una aventura.

«Algo que comentar con el equipo», pensó ella. «La gente de la calle puede ser un recurso.»

Una vez que la puerta se cerró a sus espaldas y se encontraron a solas en un callejón lleno de contenedores de basuras, le dijo a la mujer de gris:

—Gracias.

—Ha sido un placer —respondió ésta, dando un paso adelante para abrazarla.

Tal vez todo aquello fuera producto de su imaginación, aunque eso implicaría que también lo eran el repentino dolor en el corazón, como de un estilete clavándose, y el gesto del mundo entero de llevarse una mano a la boca.

La mujer de gris la depositó en el suelo y se alejó con rapidez, dejándola comprender, en su último instante, que aquello no era una prueba o que, si lo era, el precio del fracaso era más alto de lo esperado.

Pero ese pensamiento no fue más que una breve epifanía, ya extinguida mucho antes de que redactaran, encriptaran y enviaran la noticia de su muerte a una sala llena de gente, a medio mundo de distancia, donde un joven aplicado se la comunicó a una mujer de más edad revestida de autoridad como quien lleva una capa de armiño que la mantiene abrigada —y se nota.

La mujer tomó la tableta que el joven le ofrecía, leyó el mensaje en la pantalla y sonrió.

—«Smiert spionam» —dijo.

—¿Eh... señora?

—Ian Fleming lo ponía en sus libros. Significa: «Muerte a los espías» —aclaró Diana Taverner y, como el muchacho seguía mirándola sin comprender, agregó—: Búsquelo en Google.