Capítulo 13 #7
A todo esto, en la lúgubre cocina del lugar donde vive por lo pronto, Lech Wicinski está de nuevo haciendo una focaccia, o cuando menos aporreando la masa con los puños.
Bajo la luz cruda de un tubo fluorescente —que chisporrotea a cada momento, como si en su interior hubiera insectos eclosionando—, sus cicatrices se revelan como cortes de cuchilla provocados uno a uno, no como el caótico campo de batalla que suelen parecer.
Bajo esa luz, su rostro parece un primer borrador, un manuscrito provisional lleno de tachones y garabatos, aunque en realidad es el texto final: una versión que ya no va a mejorar.
Es imposible saber qué piensa él al respecto, pero lo cierto es que sigue aporreando la masa en la encimera mucho después de que haya llegado el momento de dejarla reposar.
Está tan absolutamente concentrado como, a cierta distancia de allí, Roderick Ho ante la pantalla de su ordenador.
Y es que el Rodillo se encuentra en un paisaje devastado, metido en un charco de sangre que le llega a los tobillos, combatiendo con unos humanoides pertrechados con armas nada humanoides: una mezcolanza de espadas, picas y hachas cuyos mandobles y tajos él elude como puede.
O, mejor dicho, no él, sino su avatar: una versión ligeramente modificada del Roddy Ho 1.
0; más alto, con las facciones cinceladas, el pelo más lustroso y el cuerpo más musculado; un macho alfa en un mundo omega —y está seguro de que no ha invertido la posición de dichos conceptos.
«No te mueras», le ordena a ese nuevo Roddy, a sabiendas de que es una orden innecesaria, pues el Rodinator es una fuerza indestructible que se mueve con tanta agilidad como Luke Skywalker y pronuncia frases lapidarias.
Sus labios esbozan una sonrisa cuando recuerda lo que le dijo a Damien Cantor al despedirse: «Somos de la Casa de la Ciénaga.
Hasta la vista, baby .» Aunque la sonrisa se desvanece enseguida cuando se acuerda de que Cartwright no ha vuelto a la Ciénaga, y antes de que haya tenido tiempo de procesar ese pensamiento, la cabeza de su avatar sale despedida dando volteretas por un campo de batalla sembrado de cráteres, rodando sobre el barro, entre los escombros, con gracia, como si estuviera en la pista de baile donde Shirley está bailando otra vez, o sigue bailando, porque ella en cierto modo nunca deja de bailar.
Ella baila hasta cuando duerme —cosa que hace de vez en cuando, cuando no le queda más remedio—.
En un momento en que nadie la mira, despega los pies de la pista un segundo, y su cuerpo bien poco aerodinámico desafía la gravedad, y durante ese breve lapso se siente a gusto consigo misma, como si el contacto con la tierra fuera la causa de su insatisfacción y de su constante necesidad de un pequeño colocón.
Por cierto, este colocón está llegando a su fin, como sucede con todos, pero ella sigue bailando y, como siempre que lo hace, va recitando la letra de la canción en silencio, como quien murmura una plegaria.
Catherine Standish está haciendo lo mismo: diciendo unas palabras que no van dirigidas a nadie en particular, porque quiere creer que las palabras ganan poder simplemente por el hecho de decirlas en voz alta, y cabe la posibilidad de que, al decir «no te mueras», el mundo entero se someta a esa orden, aunque también es posible que se niegue a escucharla.
Desde luego, las palabras dichas en voz alta no han tenido ningún efecto perceptible en la situación de Damien Cantor, pues sigue allí donde los caballos lentos lo dejaron, esposado a una argolla de hierro en una habitación vacía.
Ahora mismo está dormitando con la cabeza apoyada entre dos botellas de plástico medio llenas, y sus sueños, plagados de ruido y alboroto, no difieren tanto de las imágenes del juego de guerra que hace las delicias de Roddy Ho.
Son retazos caóticos de información secreta, cuyo significado sigue siendo tan escurridizo como el de las notas que Andréi insertó entre las páginas de sus libros, un batiburrillo que Reece Nesmith III está tratando de ordenar en este mismo instante.
Pero algunas de las notas garabateadas por Andréi están en ruso, y otras resultan tan ilegibles que es como si lo estuvieran, por lo que no tarda en tirarlas por los aires creando una breve tormenta de papel.
«No tendrías que haberte muerto», piensa.
Es una exhortación dirigida al pasado y, por lo tanto, con menos probabilidades de ser escuchada que una dirigida al presente.
«Hay pensamientos que es mejor sofocar antes de que prendan.
» Esa idea ronda la cabeza Diana Taverner cuando se levanta de la cama y baja por las escaleras sin hacer ruido para encontrarse con que las luces de seguridad del exterior están encendidas.
Un zorro huye del jardín, como atestigua el sonido de sus garras al trepar por la valla.
Ella está sumida en un limbo insomne, y no sabe con seguridad si es el final de un día o el principio del siguiente; en todo caso, tiene la certeza de que tanto el pasado como el futuro le traerán sinsabores.
Es culpa de Peter Judd, quien se las ha arreglado para comprometerla de tal manera que no puede negarle nada.
Pero ningún problema es insuperable, aunque algunas soluciones puedan parecer desagradables a primera vista.
«Lo fundamental es seguir manteniendo la compostura», decide en el momento justo en que las luces de seguridad se apagan.
Por una curiosa coincidencia, Tommo Doyle recobra la conciencia en ese instante.
Está seguro de que la víspera estuvo en un pub del East End, pero ahora se encuentra en un contenedor de basura.
No es capaz de reconstruir lo ocurrido, aunque algunos detalles empiezan a aflorar entre una bruma de dolor físico.
Recuerda a un gordo de pelo grasiento y con la papada erizada de pelillos que entabló conversación con él en el primer pub de la noche, y con el que siguió bebiendo sin descanso hasta que, al salir del último pub —ahora lo recuerda bien—, lo llevó a un callejón sin salida y le rompió las piernas.
«¿Y ahora quién es el lisiado?», preguntó antes de tirarlo al contenedor como si fuera un mueble inservible.
Algo parecido ocurrirá con los muebles, las alfombras y los libros —tan cuidadosamente ordenados— de la casa del Viejo Cabrón: irán a parar a un contenedor.
Si entre sus páginas se escondían mensajes en clave —lo que no es descartable, dada la identidad de su propietario—, esos secretos se perderán para siempre.
Luego cubrirán el edificio entero con lonas, como si fuera una obra de arte, sólo que, en este caso, los «artistas» llevarán trajes de protección y no batas de pintor, y finalmente, desmontarán la fachada ladrillo a ladrillo para erradicar cualquier rastro de la sustancia tóxica untada en la entrada.
Ya sin fachada, la casa quedará expuesta a la intemperie. Si las casas mueren, esa probablemente lo hará. Otras resisten, pese a todo.
De vuelta en el presente, en Aldersgate Street, en el barrio londinense de Finsbury, la Casa de la Ciénaga ha resistido otro día, pese a haber sido borrada del mapa.
Sigue siendo la pesadilla de un agente inmobiliario, con sus cañerías llenas de filtraciones y sus maderas descascarilladas, pero aun así, incluso a estas horas, ejerce una atracción sobre sus ocupantes, uno de los cuales se acerca ahora desde una dirección inesperada y desaparece por el callejón que da a la parte trasera.
Si fuera posible ver a través de las paredes, poco después se distinguiría una sombra, una silueta voluminosa recortada por el resplandor de un cigarrillo cuya brasa asciende piso a piso, dejando tras de sí pequeñas cicatrices de luz y calor.
Cuando la sombra alcanza la última planta, el cigarrillo se consume, pero no sin darle vida a otro con su último aliento.
Y aunque el fumador no pronuncia palabra, en las habitaciones oscuras y vacías de abajo se produce un eco que se extiende por toda la Casa de la Ciénaga: «No te mueras.
» Dura apenas un rato, hasta que sólo se oye el final de la frase, «mueras», que persiste un instante más —«mueras... mueras»— y luego cesa.