CAPÍTULO 41
El laboratorio confirmó la identidad un martes por la mañana. Beatriz me llamó antes de que Irene pudiera hacerlo.
—Es Samu.
Solo dijo eso. Durante unos segundos ninguna habló. Yo estaba en el estudio, frente a una mesa llena de muestras, y tuve que sentarme.
—Voy para allá —dije.
—No hace falta. Estoy con mi madre.
—¿Quieres que vaya?
Beatriz tardó un poco en responder.
—Sí.
Encontré a Pilar en su salón con una fotografía de Samu entre las manos.
Era la misma imagen escolar que había aparecido tantas veces en las noticias de 1996: pelo oscuro, jersey claro, una sonrisa algo forzada.
Sobre la mesa había otra fotografía que yo no conocía, tomada en una playa, con Beatriz y Samu cubiertos de arena hasta las rodillas.
La identificación genética era concluyente.
La edad estimada y los objetos encontrados coincidían también.
No había, según les habían explicado, elementos suficientes para determinar una causa de muerte precisa después de tanto tiempo, aunque las lesiones óseas eran compatibles con una caída importante.
Aquella limitación no alteraba lo esencial para ellas: podían recuperar a Samu y enterrarlo con su nombre.
Pilar lloró mientras nos contaba que había pasado años imaginando una puerta que se abría.
En algunas versiones Samu era un hombre adulto que aparecía de pronto diciendo que había vivido lejos; en otras, llamaban desde Francia, desde Madrid o desde cualquier sitio donde una noticia sobre una persona sin identificar le hubiera dado esperanza.
Nunca se había permitido imaginar una tumba concreta.
—Ahora sé dónde poner flores —dijo.
No supe qué responder. Beatriz le acarició el hombro.
Irene llegó una hora después para explicarles los siguientes pasos.
Parte de los restos y objetos permanecerían bajo custodia hasta que la autoridad judicial autorizara su entrega.
La investigación sobre lo ocurrido en 1996 continuaba.
Mi padre había ratificado su declaración y ya no sostenía ninguna versión relacionada con El Robledal.
—¿Ha dicho por qué mintió sobre el bosque? —preguntó Beatriz.
—Ha reconocido que sabía que la búsqueda allí alejaba la atención de La Granda. También ha dicho que no fue él quien sugirió inicialmente ese lugar, pero que, cuando supo lo que Lucía había declarado, decidió no corregirlo.
Sentí una presión en el pecho. Mi recuerdo manipulado no había creado el encubrimiento, pero lo había facilitado.
Durante años me había preguntado si mi frase sobre el bosque había condenado a Samu a no ser encontrado.
Ahora entendía que los adultos responsables habían tenido innumerables oportunidades de corregirla.
—Yo tenía doce años —dije, más para mí que para ellas.
Irene me miró.
—Sí.
Pilar dejó la fotografía sobre la mesa y se volvió hacia mí.
—Lucía, tú no hiciste esto.
No había reproche en su voz. Precisamente por eso las lágrimas me llegaron de golpe. Había necesitado oírlo de ella más de lo que quería admitir.
Beatriz se acercó y me abrazó. Nos quedamos así un momento, las tres alrededor de una mesa cubierta de fotografías de un niño que por fin dejaba de ser una desaparición.
Cuando me marché, pasé por la carretera de Fontenosa sin entrar en el pueblo.
A lo lejos podía verse la ladera de La Granda, parcialmente oculta por nubes.
Ya no sentí la necesidad de mirar el acceso ni de reconstruir el recorrido del Renault.
La cantera había dejado de ser una hipótesis.
También había dejado de pertenecerme. Samu volvía a su familia, aunque lo hiciera de la única manera que nadie había querido aceptar durante treinta años.
* * *
Vi a mi padre por última vez antes del entierro en su piso de Oviedo.
Fui porque tenía algunas cajas mías guardadas allí desde que murió mi madre y porque no quería que cualquier conversación pendiente acabara mezclándose con el funeral de Samu.
Julián sabía que iba a recogerlas. Cuando llegué, las había colocado junto a la puerta.
La casa seguía prácticamente igual que en 2018.
El mismo sofá, las mismas fotografías familiares en el pasillo y una marca más clara en la pared donde antes colgaba un espejo que mi madre rompió al poco de enfermar.
Durante años aquel piso había sido la definición más estable de hogar que yo conocía.
Ahora lo recorrí sintiendo una distancia difícil de explicar.
—El abogado dice que todavía no saben qué pasará —comentó mi padre.
—No he venido a hablar de eso.
—Ya.
Me ofreció café. Dije que no. Nos sentamos en el salón porque ninguno parecía dispuesto a mantener una conversación importante de pie junto a las cajas.
—Quiero pedirte perdón —dijo.
No respondí de inmediato.
—¿Por qué parte?
La pregunta no fue sarcástica. Necesitaba saber si iba a escuchar una disculpa por haberme mentido o si, por fin, podía nombrar lo que había hecho sin esconderlo detrás de una palabra general.
—Por no llevar a Samu donde Teresa me pidió.
Por llamar a Evaristo. Por no pedir ayuda después de la caída.
Por ayudar a moverlo. Por volver a casa y mentir.
Por dejar que tu madre te preguntara hasta que aquella historia del bosque acabó pareciéndote tuya.
Y por seguir mintiéndote ahora, cada vez que aparecía una prueba.
Era la primera vez que enumeraba sus decisiones sin convertirlas en una cadena de accidentes.
—¿Por qué has tardado tanto en decirlo así?
—Porque, si lo decía completo, ya no podía seguir pensando que yo solo había cometido un error.
Miré una fotografía sobre la estantería. Salíamos los tres en Covadonga cuando yo tendría quince años. Mi padre tenía una mano sobre mi hombro y mi madre sonreía a la cámara. No pude odiar la fotografía. Tampoco pude mirarla como antes.
—No sé qué relación voy a querer tener contigo —dije—. Ahora mismo no quiero que me llames ni que vengas al estudio ni a la casa de Teresa. Si necesito hablar, te buscaré yo.
Asintió.
—Lo entiendo.
—Y si alguna vez vuelves a cambiar la versión para protegerte, no habrá otra conversación.
—No la cambiaré.
No le pedí una promesa. Las promesas habían tenido demasiado protagonismo en aquella historia.
Cuando me levanté, mi padre me entregó un sobre.
Dentro había una fotografía de Teresa, mi madre y yo en el jardín de Fontenosa, tomada el verano de 1996.
Samu no aparecía. En el reverso, con la letra de Ana, figuraba una fecha de finales de julio.
—Tu madre guardó esa foto en su mesilla hasta que murió —dijo—. No significa nada sobre lo que hizo. Solo pensé que era tuya.
Me la llevé porque era mía, no porque absolviera a nadie. En la puerta, Julián preguntó si podía asistir al entierro. Me sorprendió que me lo preguntara a mí.
—Eso tiene que decidirlo la familia de Samu.
—Beatriz me ha dicho que no.
—Entonces ya tienes la respuesta.
Mi padre bajó la vista.
—Sí.
Cogí las cajas y salí. En el ascensor pensé que habría sido más fácil descubrir que Julián era un hombre completamente distinto del padre que recordaba.
La verdad era más incómoda: era el mismo hombre.
Había cuidado de mí, había querido a mi madre y había hecho algo terrible que condicionó la vida de varias personas.
No necesitaba elegir cuál de esas versiones era la auténtica.
Lo eran todas, y precisamente por eso tendría que decidir con el tiempo qué podía hacer yo con ellas.