CAPÍTULO 40
A las ocho y doce de la mañana sonó el teléfono de Beatriz. Nos sobresaltamos las dos, pero era Pilar. Quería saber si había empezado la búsqueda. Beatriz le explicó que no teníamos información y prometió llamarla en cuanto supiéramos algo. Después dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.
Esperar resultó más difícil que investigar.
Cuando buscábamos documentos o hablábamos con testigos, siempre había una tarea siguiente.
Aquella mañana no podíamos hacer nada útil.
Preparé café, recogí tazas que no estaban sucias y revisé dos veces un correo de trabajo sin entender una sola línea.
Beatriz caminó por la casa, se detuvo frente al ropero y luego salió al patio. A las diez y media llamó Irene.
—¿Han encontrado algo?
Hubo una pausa breve.
—Material que requiere examen. No puedo decirles más todavía.
No necesité preguntar qué significaba. Cuando se lo conté a Beatriz, se sentó en el escalón de la puerta trasera y apoyó los codos en las rodillas.
El tiempo se volvió viscoso. A mediodía, Pilar volvió a llamar.
Beatriz esta vez no le dijo lo del material encontrado; decidió esperar a que hubiera una confirmación.
Yo entendí la prudencia y, al mismo tiempo, pensé en todas las veces que los adultos de mi infancia habían usado la palabra proteger para justificar el silencio.
La diferencia era que ahora no ocultábamos una verdad conocida, sino una incertidumbre.
A las dos y veinte llegó un coche de la Guardia Civil. Irene bajó sola. No llevaba prisa y eso me asustó más que cualquier gesto. Entramos en la cocina.
—El equipo ha encontrado restos humanos —dijo—. También fragmentos textiles y lo que podría ser una zapatilla infantil. Todavía no puedo confirmar identidad. Se va a trabajar como una localización forense y necesitaremos análisis.
Beatriz cerró los ojos. No lloró inmediatamente. Preguntó si podía ser otra persona, si había alguna posibilidad de que no fuera Samu.
—La hay hasta que lo identifiquemos —respondió Irene—. Pero el contexto es compatible con lo que estamos investigando.
—¿La cazadora de mi padre?
—Hay tejido oscuro. No sabemos qué es.
Beatriz asintió y pidió ir con su madre. Irene se ofreció a acompañarla para comunicarle oficialmente el hallazgo. Antes de salir, Beatriz me abrazó con una fuerza que me dejó sin respiración.
—Si es él, al menos sabemos dónde estuvo —me dijo al oído.
Me quedé sola en la casa. Pensé que sentiría alivio, pero lo primero que sentí fue una tristeza física, casi pesada.
Había un niño detrás de todas las notas, mapas y horarios.
Un niño que había escrito su nombre en una pared, jugado con una peonza, discutido con su hermana y confiado en una profesora que intentó ayudarlo.
Durante semanas, el misterio había exigido mi atención con tanta intensidad que a veces había olvidado la sencillez brutal del centro: Samu tenía diez años y los adultos fallaron una y otra vez a su alrededor.
Mi padre llamó a las cuatro. Dudé antes de contestar.
—Me han dicho que han encontrado restos —dijo.
—Sí.
Oí su respiración temblar.
—Entonces era allí.
—Parece que sí.
—Yo no entré, Lucía. Te juro que no entré.
La insistencia me hizo cerrar los ojos.
—Hoy no voy a hablar de qué parte hiciste tú y cuál hizo Evaristo.
—Necesito que sepas que…
—Hoy no.
Esta vez fui yo quien colgó. Por la tarde llegaron Eva y Fede casi al mismo tiempo, cada uno por su cuenta.
Ninguno intentó animarme. Eva calentó comida porque yo no había comido y Fede reparó en silencio una persiana que llevaba semanas atascada.
Aquellos gestos sencillos me ayudaron más que cualquier frase.
Cuando anocheció, recibí un mensaje de Beatriz. Pilar estaba con ella. Ambas habían prestado muestras para una futura comparación genética. «Si es Samu, queremos que vuelva con su nombre», escribió.
Miré hacia la puerta abierta del ropero y dejé de verlo como un cuarto secreto: allí había quedado conservada la última tarde en que Samu todavía esperaba que un adulto hiciera lo correcto.
* * *
La identificación tardó doce días. Durante ese tiempo, la Guardia Civil mantuvo la zona de D3 cerrada y siguió trabajando en el primer tramo del drenaje.
Yo recibía únicamente la información que me correspondía como testigo y familiar de uno de los investigados.
Beatriz, como hermana de Samu, sabía algo más, aunque tampoco quiso convertir cada novedad en una conversación diaria.
Las dos necesitábamos volver a hacer cosas que no tuvieran relación con 1996.
Trabajé. Terminé el proyecto de la clínica, discutí con un instalador que había colocado tres luminarias fuera de eje y acompañé a Eva a elegir un revestimiento para un piso de Gijón. La normalidad no borró nada, pero consiguió que el caso dejara de ocupar todas las horas del día.
Irene me citó una mañana para ampliar un detalle de mi declaración.
Cuando terminamos, me explicó que la posición de los restos era coherente con la versión final de mi padre: estaban dentro del acceso auxiliar de D3, detrás de un relleno de piedra suelta colocado desde el exterior.
Entre ellos se habían recuperado restos de tejido oscuro y una hebilla metálica perteneciente probablemente a una prenda de adulto, además de la zapatilla infantil.
No había forma de saber aún si el tejido era la cazadora que Pilar recordaba.
—¿Mi padre ha vuelto al lugar? —pregunté.
—Con nosotros. Señaló el acceso antes de conocer dónde se había producido el hallazgo.
—Entonces sí lo recordaba.
—Recordaba la zona mejor de lo que había admitido al principio.
Aquello ya no me sorprendía. Las versiones de Julián habían evolucionado siempre en el mismo sentido: negaba hasta que una prueba hacía imposible la negación y, solo entonces, reconocía el siguiente tramo. La diferencia era que ahora parecía haber llegado al final.
—¿Ha confesado que ayudó a tapar la entrada?
Irene negó con la cabeza.
—Dice que no. Afirma que dejó a Evaristo solo unos veinte minutos y que, cuando volvió, el acceso ya estaba cubierto. Reconoce haber ayudado a llevar el cuerpo hasta allí y haber callado después. El resto habrá que sostenerlo con lo que exista, no con intuiciones.
—Evaristo está muerto.
—Sí.
La palabra cayó sin dramatismo. Evaristo no podría explicar qué hizo, ni contradecir a mi padre, ni asumir públicamente una responsabilidad que ya no podía alcanzarlo. Parte de la verdad quedaría necesariamente incompleta.
Antes de marcharme, Irene me entregó una copia de la transcripción de la cinta y me preguntó si quería conservarla cuando terminara todo. Le dije que sí, pero no todavía.
Aquella tarde fui a Fontenosa. El ropero seguía vacío porque los objetos permanecían custodiados, y la casa tenía el aspecto de una obra detenida.
Fede había retirado el yeso suelto y protegido el suelo.
Sobre una mesa descansaban los planos originales de 1958, los que mostraban la habitación con sus dimensiones reales.
Me puse a medir otra vez, esta vez sin buscar nada oculto. Desde el muro exterior hasta el tabique del pasillo había exactamente lo que el plano indicaba. El espacio había estado allí siempre; lo único que cambió fue la decisión de tapiarlo.
Durante semanas había pensado que la casa me había revelado un secreto. En realidad, una casa no revela ni oculta nada por voluntad propia. Son las personas quienes levantan paredes, alteran planos y deciden qué habitación deja de existir.
Lo mismo había ocurrido con mi memoria. Nadie había borrado por completo aquella noche. Habían levantado un tabique delante y, durante treinta años, yo había confundido el tabique con la forma original de la historia.