La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Mi padre apareció en el estudio a las siete de la tarde.

Eva ya se había marchado y yo estaba cerrando cuando lo vi al otro lado del cristal.

No me gustó que hubiera ido sin avisar, pero tampoco parecía alterado.

Sostenía las llaves del coche en una mano y llevaba la misma chaqueta azul que usaba desde hacía años.

Abrí la puerta y no le ofrecí pasar más allá de la zona de reuniones.

—He declarado —dijo.

—Lo sé.

—No todo.

Me apoyé en el respaldo de una silla. Semanas atrás aquella frase me habría asustado; después de tantas confesiones parciales, lo que sentí fue un cansancio profundo y la certeza de que no pensaba perseguir otra verdad a medias.

—Entonces vuelve y termina.

—Lo haré. Pero quería que tú lo supieras antes.

—No necesito ser la primera.

—Yo sí necesito decírtelo mirándote.

No estaba segura de que tuviera derecho a esa necesidad, pero me senté. Dejé el teléfono sobre la mesa, a la vista. Mi padre siguió de pie hasta que le pedí que se sentara también.

Empezó por el momento en que Samu salió del Renault.

Habían parado cerca del cargadero porque el niño estaba llorando y golpeando el respaldo del asiento delantero.

Evaristo le gritó que se callara. Mi padre, por primera vez, le dijo que bajara del coche y que él llevaría a Samu al cuartel.

Mientras discutían, el niño abrió la puerta trasera y echó a correr.

—Evaristo salió detrás —contó—. Yo tardé unos segundos. No sé cuántos. Intenté apagar el motor, coger las llaves… sigo pensando en esos segundos como si cambiaran algo.

Corrieron hacia el lateral del cargadero. Samu conocía el terreno, pero era de noche y había llovido el día anterior. Evaristo le gritaba que se detuviera. Mi padre oyó un sonido que durante años había descrito para sí mismo como un derrumbe pequeño: piedras cayendo, un golpe y después silencio.

—Cuando llegué, Evaristo estaba bajando por un talud. Samu había caído desde el borde. No era una altura enorme, pero golpeó contra roca. —Mi padre se pasó las manos por la cara—. Bajé. Tenía sangre en la cabeza. No respiraba. Evaristo dijo que estaba muerto.

—¿Comprobasteis si lo estaba?

—Yo intenté encontrar pulso. No supe. Evaristo sí. Había trabajado de socorrista unos meses de joven, o eso decía. Me gritó que no había nada que hacer.

—¿Llamasteis a una ambulancia?

Negó con la cabeza.

—Eso es lo que no he podido perdonarme nunca. Podía haber una posibilidad, por pequeña que fuera. Pero Evaristo empezó a decir que nos acusarían, que yo había secuestrado al niño, que él iría a prisión por malos tratos, que tú aparecerías en todos los periódicos. Yo estaba…

—Asustado.

—Sí.

—Y decidisteis ocultarlo.

Mi padre tardó en asentir.

—Evaristo conocía un drenaje. Me dijo que necesitábamos moverlo antes de que pasara alguien. Lo levantamos entre los dos. Yo lo sostuve por los hombros.

Tuve que apartar la mirada. No necesitaba más detalles, pero él parecía haber llegado a un punto en el que detenerse volvía a ser otra forma de mentir.

—Lo llevamos hasta una entrada lateral. Había piedras delante, pero Evaristo sabía apartarlas.

Yo no entré dentro. Dejamos a Samu junto a la boca y Evaristo me mandó volver al coche.

Dijo que él se ocuparía. Esperé quizá veinte minutos.

Cuando regresó no llevaba la cazadora. Tenía las manos blancas de polvo.

—¿D3?

—Creo que sí. Entonces no sabía cómo se llamaba. He visto los planos ahora.

—¿Y la chaqueta?

—La utilizó para envolverlo o arrastrarlo. No quise preguntar. La dejó allí.

Sentí náuseas y me levanté para abrir una ventana. El ruido de la calle entró de golpe: un autobús frenando, alguien arrastrando una maleta, dos adolescentes riéndose. Mi padre esperó.

—Después volviste a casa de Teresa.

—Sí. Evaristo me dijo que dijera que Samu había escapado. Pensé que si contaba la verdad, nadie creería que la caída había sido un accidente. Al día siguiente ya había demasiada gente buscando en el bosque y… —Se quedó sin voz—. Cada hora que pasaba hacía más difícil hablar.

—No. Cada hora que pasaba hacía más grave que no hablaras.

Asintió.

—Lo sé.

—¿Y mamá?

—Le conté que Samu había escapado. Mucho después le dije la verdad. Ella quiso que fuera a la policía. Yo le dije que eso te destruiría, que podrían acusarla también por tu declaración. La fui convenciendo igual que me había convencido a mí mismo.

Aquello no limpiaba a mi madre, pero colocaba otra pieza en su sitio.

—¿Dónde exactamente está la entrada?

—Podría reconocerla si la viera. Hay una roca partida, como dos dientes, y un canal estrecho a la derecha. Pero han pasado treinta años.

—Díselo a Irene.

—Se lo diré mañana.

—Hoy.

Me miró con una fatiga inmensa.

—Hoy.

Llamó desde el estudio. No escuché la conversación completa; me aparté hasta la ventana. Cuando terminó, me dijo que Irene lo había citado de inmediato. Antes de marcharse, se quedó junto a la puerta.

—No espero que me perdones.

—Bien.

No añadí nada más. Había esperado durante semanas que mi padre pronunciara la verdad entera. Cuando por fin lo hizo, comprendí que conocerla no producía alivio automático. La verdad no reparaba la noche de 1996; solo impedía que siguiéramos viviendo dentro de la versión construida para ocultarla.

* * *

Irene me llamó poco después de medianoche.

Mi padre había confirmado ante ella lo esencial de lo que acababa de contarme y había acompañado a los agentes hasta un mirador desde el que pudo señalar, a distancia, la zona del acceso lateral.

No iban a entrar de noche. El terreno seguía húmedo y necesitaban asegurar el ramal antes de tocar el relleno.

—Ha dicho algo más —añadió Irene—. Cree que Evaristo colocó el cuerpo dentro del primer tramo, no muy profundo. Su padre no lo vio hacerlo.

—¿Le creen?

—No es mi trabajo creerle o no creerle como persona. Vamos a comprobar lo que se pueda comprobar.

Me sorprendí sonriendo sin humor. Aquella respuesta era exactamente la que esperaba de ella.

Dormí poco. Por la mañana conduje hasta Fontenosa y abrí todas las ventanas de la casa de Teresa.

El olor a cerrado había desaparecido casi por completo desde que Fede empezó a trabajar en algunas reparaciones básicas, pero seguía habiendo rincones que conservaban su presencia: el jabón de lavanda en el baño, una caja de botones, el vaso con lápices junto al teléfono fijo.

Beatriz llegó a media mañana. Habíamos acordado vernos antes de que la búsqueda empezara porque ninguna quería enterarse por una llamada inesperada.

Le conté la confesión de mi padre con el mayor cuidado posible. No describí cómo habían movido a Samu hasta que ella me preguntó expresamente. Entonces no oculté nada, pero tampoco añadí imágenes que Julián no hubiera dado. Beatriz escuchó de pie, apoyada contra la encimera.

—¿Mi padre sabía que Samu podía seguir vivo?

—Julián dice que Evaristo afirmó que estaba muerto. Mi padre intentó buscarle el pulso y no lo encontró.

—Eso no responde.

—No. No sabemos si alguien cualificado comprobó la muerte.

Se llevó una mano a la boca y caminó hasta la ventana. Durante varios minutos permaneció mirando el patio.

—He pasado treinta años deseando encontrarlo —dijo—. Ahora estoy deseando que lo encuentren muerto desde el principio, porque la alternativa es pensar que pudieron dejarlo allí cuando todavía…

No terminó. Me acerqué, pero no la toqué hasta que ella buscó mi mano.

—No sabemos eso —dije.

—Ya sé que no lo sabemos.

Nos sentamos. Beatriz preguntó por mi padre, por si estaba detenido, por qué ocurriría ahora.

Le expliqué únicamente lo que Irene me había dicho: las diligencias seguían abiertas, habría que determinar responsabilidades con pruebas y el tiempo transcurrido complicaba muchas cuestiones legales.

No quise convertir nuestra conversación en una especulación sobre delitos y condenas.

—¿Y tú? —preguntó al cabo de un rato—. ¿Qué vas a hacer con él?

—No lo sé.

—Puedes no saberlo.

Agradecí que me devolviera una frase parecida a la que yo le había dicho sobre Teresa.

Durante semanas habíamos tenido la sensación de que descubrir hechos obligaba inmediatamente a decidir sentimientos.

Tal vez no fuera así. Podía declarar contra mi padre, negarme a protegerlo y, al mismo tiempo, no saber todavía qué lugar tendría en mi vida cuando todo terminara.

Por la tarde, Irene nos avisó de que el equipo entraría a la mañana siguiente si el tiempo se mantenía estable y nos pidió expresamente que no fuéramos a La Granda.

Beatriz aceptó sin protestar; yo hice lo mismo, aunque sabía que la noche se me haría más larga precisamente porque, por una vez, no había nada útil que pudiéramos hacer.

—¿Dónde esperamos? —me preguntó después de colgar.

Miré alrededor. La cocina de Teresa era el lugar donde Samu había comido algo aquella tarde de agosto, donde quizá creyó que ya estaba a salvo. Me pareció insoportable y apropiado al mismo tiempo.

—Aquí.

Fede se ofreció a acompañarnos, pero le dije que preferíamos estar solas. Eva prometió cubrir cualquier asunto del estudio. Pilar no quiso venir; dijo que esperaría en su casa y que Beatriz la llamara cuando supiera algo.

Aquella noche dejamos encendida una lámpara del salón y dormimos poco, cada una en una habitación distinta.

La casa crujía con los cambios de temperatura, igual que todas las casas antiguas, y por primera vez desde que había regresado no interpreté ningún sonido como una advertencia.

No quedaba un secreto moviéndose por las habitaciones.

Quedaba una búsqueda concreta, en un lugar concreto, y personas que por fin estaban dispuestas a mirar donde durante treinta años nadie había mirado.