La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

El sobre no estaba cerrado. Dentro había nueve folios mecanografiados y firmados por Teresa en todas las páginas.

El primero llevaba por título «Declaración sobre Samuel Noriega».

Al final figuraba una frase manuscrita: «Entregar a la Guardia Civil cuando vuelva de Oviedo».

Tres días después de la fecha del documento, Teresa sufrió el ictus que acabaría provocando su muerte.

Irene me preguntó si quería salir mientras lo leía. Dije que no.

«Julián dijo que Evaristo decidió qué hacer y que él ayudó porque entró en pánico. Nunca me dijo con claridad en qué consistió esa ayuda. Cuando mencioné los drenajes, se levantó y se marchó. Interpreté ese gesto como una confirmación, pero no puedo afirmar que lo fuera.»

Aquella frase me hizo detenerme. Incluso al final de su vida, Teresa separaba lo que sabía de lo que había deducido.

Teresa terminaba diciendo que había decidido entregar el documento después de encontrar en julio una copia del antiguo plano de explotación en casa de un trabajador fallecido. «No tengo derecho a pedir perdón antes de decir la verdad», escribió.

Dentro del sobre estaba la copia del plano. D3 aparecía rodeado a lápiz, pero junto al círculo había un signo de interrogación, no una cruz.

—¿Esto basta para buscar allí? —pregunté.

—Se suma a todo lo demás —respondió Irene—. Y aclara por qué su tía estaba reuniendo documentación ahora.

Pensé en lo cerca que había estado Teresa de hablar.

Si el ictus hubiera ocurrido una semana después, quizá yo nunca habría vuelto a la casa con la intención de venderla, nunca habría medido aquel dormitorio y nunca habría descubierto el ropero.

La verdad habría llegado por una vía menos extraña y probablemente menos dolorosa para mí.

Pero también comprendí que no tenía sentido imaginar una versión más ordenada de los hechos.

Teresa había tardado veintinueve años en decidirse.

El azar le había quitado los últimos días que necesitaba.

Fotografié solo la portada antes de que Irene se llevara el sobre.

No quería conservar las nueve páginas en el móvil.

Durante el trayecto de vuelta a Oviedo pensé en una frase de mi tía que yo había escuchado muchas veces en contextos domésticos: tapar una humedad sin arreglar la fuga solo consigue que reaparezca en otro sitio.

Había construido una vida entera sobre esa idea y, sin embargo, había necesitado casi treinta años para aplicársela a sí misma.

* * *

La declaración de Teresa cambió el ritmo de la investigación.

Irene dejó de hablar de una mera inspección técnica y empezó a referirse a una búsqueda dirigida.

No me dio detalles operativos, pero supe que D3 sería examinado en cuanto el terreno permitiera trabajar con seguridad.

También supe que mi padre había sido citado de nuevo y que esta vez acudió acompañado de un abogado.

Beatriz leyó una copia autorizada de la declaración en dependencias de la Guardia Civil. Salió con los ojos hinchados y una serenidad que me preocupó más que el llanto.

—Ha tardado veintinueve años —dijo al subir a mi coche—. Pero lo ha escrito.

—Sí.

—No sé si la perdono.

—No tienes por qué decidirlo hoy.

Fuimos a ver a Pilar. Beatriz quería contarle personalmente lo esencial antes de que empezaran a circular rumores.

Pilar escuchó con las manos apoyadas sobre las rodillas.

Cuando oyó que Teresa daba por muerto a Samu desde 1997, cerró los ojos.

No lloró hasta que Beatriz mencionó el posible drenaje.

—Todo este tiempo tan cerca —murmuró.

La Granda estaba a menos de siete kilómetros de su antigua casa.

Comprendí que la distancia podía convertirse en otra forma de crueldad: durante décadas habían pasado por la carretera de la cantera para ir al mercado, visitar a familiares o simplemente cruzar al concejo vecino sin saber que Samu quizá seguía allí.

Esa tarde mi padre me envió un mensaje pidiéndome que no creyera «todo lo que Teresa escribió». No contesté. Una hora después envió otro: «Hay cosas que no podía saber». Después un tercero: «Yo no lo maté».

Leí los tres seguidos. Durante semanas había evitado usar esa palabra. Ni siquiera Teresa lo acusaba de haber provocado directamente la caída. Sin embargo, mi padre parecía necesitar defenderse de una acusación que nadie le había formulado en esos términos. Irene me llamó antes de cenar.

—Su padre ha ampliado declaración.

—¿Ha contado dónde está Samu?

—Dice que no conoce la ubicación exacta. Admite que, después de la caída, ayudó a Evaristo a trasladar el cuerpo unos metros hasta una zona de roca porque estaba en shock. Afirma que luego se apartó y que Evaristo terminó de ocultarlo solo.

Me senté en el borde de la cama.

—¿Unos metros hacia dónde?

—No lo precisa. Dice que era de noche, que no volvió nunca y que no puede identificar el punto con seguridad.

—Pero sabía que estaba muerto.

—Sí. Eso ya lo reconoce.

La frase me dejó sin aire durante unos segundos.

A pesar de la nota de Teresa, una parte de mí había seguido esperando alguna grieta por la que la historia pudiera ser menos grave: que mi padre hubiera perdido de verdad a Samu, que Evaristo actuara después sin que él lo supiera, que el silencio de Julián fuera cobardía pero no participación física.

Aquella posibilidad acababa de desaparecer.

—¿Por qué volvió a casa de Teresa?

—Según él, Evaristo le ordenó mantener la versión de la fuga. Dice que estaba aterrorizado y que pensó que confesar implicaría que lo acusaran de la muerte. Le dijo a Teresa que Samu había salido del coche. Después fue a casa y habló con su madre.

—Mi madre todavía no sabía que estaba muerto.

—Eso mantiene.

Colgué y me quedé sentada. Sobre la mesa tenía una muestra de madera que había llevado del estudio por error y una factura del supermercado. Objetos normales, ridículos casi, junto a una verdad que cambiaba la forma en que veía toda mi infancia.

Mi padre había tocado el cuerpo de Samu. Había regresado después a una casa donde yo estaba esperando y había permitido que me preguntaran por el bosque. Durante treinta años había vivido sabiendo que cada búsqueda, cada cartel y cada entrevista partían de una mentira que él podía haber detenido.

No sentí ganas de llamarlo. Sentí algo más frío: la necesidad de que la siguiente conversación no ocurriera en los términos que él eligiera.